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Argentina, un país insalubre

El impacto de la pobreza creciente y la crisis del sistema de salud constituyen una de las dimensiones más alarmantes de la crítica situación que padece el país. El decreto gubernamental de emergencia sanitaria, vigente hasta diciembre de este año, aspira apenas a evitar el agravamiento de la situación sanitaria y el estallido de brotes epidémicos de enfermedades emergentes. Al mismo tiempo, la defensa de la salud pública por parte de personal médico y ciudadanos es uno de los indicadores más significativos de una renovada conciencia civil. Habida cuenta de las condiciones en que se gestan, nacen y se crían hoy un alto porcentaje de niños, el futuro inmediato del país se ve seriamente comprometido.

“Es el momento ideal para cualquier epidemia”, dice el doctor Alfredo Seijo, jefe del departamento de Zoonosis del Hospital Muñiz, en la ciudad de Buenos Aires. Se refiere a la crítica situación creada por la depresión económica, con su secuela de presupuestos insuficientes, dificultad para conseguir insumos, la virtual paralización del Instituto Nacional de Servicios Sociales para Jubilados y Pensionados (PAMI) y de las obras sociales, el estado de emergencia de los hospitales públicos…

“La única epidemia real que hoy tiene Argentina es la escepticemia, la epidemia de escepticismo”, dice por su parte el ministro de Salud, el médico sanitarista Ginés González García, quien manifiesta tener más miedo de la desorganización social que de las bacterias. El ministro apunta el impacto de la salud mental colectiva en conductas no saludables, al precisar que el aumento de casos de tuberculosis el año pasado en el país se debió mayoritariamente a casos de enfermos que abandonaban el tratamiento: quien no puede vislumbrar el futuro tampoco se cuida. Interrogado sobre el riesgo de epidemias en el curso de una conferencia de prensa correspondiente a la primera reunión de ministros de Salud de América del Sur, que tuvo lugar en Buenos Aires el 8 de junio pasado, González García admitió “una tensión permanente, debida a lo crítico de la situación”.

“Las enfermedades emergentes y reemergentes tienen clara vinculación con la pobreza, pero no le deben de modo exclusivo su aparición”, aclara el Dr. Seijo. “La presencia de bacterias en una región se debe a factores ecológicos muy complejos: cambios climáticos globales, situaciones de catástrofe –desde inundaciones y terremotos hasta guerras– también a procesos desorganizados de industrialización y urbanización, al mal aprovechamiento de recursos hídricos y la mala implementación de técnicas agrícolas. La pobreza actúa como multiplicador y factor de dispersión, sin el cual no se produciría la epidemia”. Un ejemplo claro que encuentra para ilustrar lo que dice es el cólera: aun con un empeoramiento de las condiciones socioeconómicas, el cólera –que había desaparecido a fines del siglo XIX– no reemergió en América Latina sino en la última década del siglo XX. Mientras tanto, en el Golfo de Texas se mantuvo una zona endémica, entre los obreros que trabajaban en las plataformas marítimas y se alimentaban de ostras medio cocidas o crudas. No obstante, no hubo epidemia debido a la excelente condición sanitaria de las ciudades costeras de Estados Unidos.

“Entre enfermedad y pobreza hay una asociación evidentemente no virtuosa: cada una de ellas amplifica y reproduce a la otra”, corrobora González García. En efecto, el pobre que se enferma pierde lo único que podía ofrecer en el mercado: su capacidad de trabajo. De las 50 enfermedades más comunes en la especie humana, agrega el ministro, la única más frecuente entre los ricos que en los pobres es el cáncer de piel, debido a la moda de tomar sol. Las infectocontagiosas, las cardiovasculares, las mentales y hasta los accidentes son más frecuentes en los pobres.

González García agrega que en términos de salud comunitaria, el cociente de distribución de ingreso de una sociedad es más importante que el nivel de ingreso y que, en este sentido, es significativo que en Argentina no existan estudios de enfermedades en relación con los niveles de ingresos. Esta relación es lo que explica que ciertas comunidades más pobres, pero más igualitarias, ostenten condiciones de salud superiores a las de sociedades opulentas, pero desiguales. Cuba es un buen ejemplo de lo primero.

Para el médico sanitarista y sociólogo José Carlos Escudero, en el país límite que es hoy Argentina (entendiendo por tal aquél que en determinado momento histórico concentra las contradicciones del mundo, como España en 1936, o como Vietnam de 1965 a 1975), las principales enfermedades vinculadas con la pobreza son las infecciosas y las parasitosis favorecidas por la desnutrición. Según el director del Centro de Estudios sobre Nutrición Infantil (Cesni) Alejandro O’Donnell, se proyecta que la desnutrición infantil alcanzó en el país el 20%. Esta proyección parte de la última encuesta nacional del Ministerio de Salud, que se remonta a 1996 e indicaba un 13% de desnutrición infantil1. La desnutrición, dice Escudero, es como el sida: no siempre mata directamente, pero mata bajando las defensas ante esas enfermedades. Escudero avizora otra fuente de enfermedades en la creciente proporción de gente que se alimenta de desperdicios, en un país que produce alimentos para cientos de millones de personas. El ministro González García, por su parte, señala que entre los temores que suscita una “ruptura brutal en el acceso a la cadena alimentaria”, se encuentra “el manipuleo de la basura, que no puede dejar de tener consecuencias en la salud”, aunque por el momento no cuenta con cifras de esa actividad, ni con pruebas de su impacto sanitario.

Pero aun antes de llegar a la indigencia, la incertidumbre laboral que se instaló en la vida de los argentinos (particularmente en el curso de la última década), tiene como resultado más asma, más insomnio, más erupciones de la piel, más trastornos sexuales, enumera Escudero, para quien no es de descartar una situación como la que se sufrió en Rusia al pasar “del régimen soviético al capitalismo mafioso”, donde hubo epidemias por la sencilla razón de que se dejó de vacunar contra enfermedades prevenibles. González García precisa que en Rusia se perdieron siete años de esperanza de vida, y al mismo tiempo asegura que las vacunaciones están garantizadas en Argentina, así como los tratamientos para tuberculosis y sida. ¿Pero hasta cuándo, si en lugar de incrementar el gasto social se siguen aplicando ajustes de corte neoliberal?

Pobreza en país rico

Si la relación entre enfermedad y pobreza está fuera de discusión, la salud de la sociedad argentina debería preocupar, y mucho. Datos del pasado mes de junio indicaban la existencia de 18.219.000 pobres, que representan el 51,4% de la población del país; de ellos, 7.770.000, esto es, el 42%, son indigentes. Y el 66% de los 12 millones y medio de jóvenes menores de 18 años son pobres. Esto en un país donde en 1975 la pobreza afectaba sólo al 5% de los hogares2.

El 13 de marzo pasado se publicó en el Boletín Oficial el Decreto 486/02 de Emergencia Sanitaria Nacional, con el objetivo de “restablecer el suministro de medicamentos e insumos en las instituciones públicas con servicios de internación; garantizar el suministro de medicamentos para tratamientos ambulatorios a pacientes en condiciones de alta vulnerabilidad social; garantizar el acceso a medicamentos e insumos esenciales para la prevención y tratamiento de enfermedades infecciosas; asegurar el acceso a las prestaciones médicas esenciales a los afiliados del PAMI”. La política nacional de medicamentos incluye leyes de prescripción con nombre genérico, sustitución farmacéutica y precios de referencia. No existen todavía mediciones de los resultados de estas políticas.

Pero la emergencia sanitaria está más que justificada, aunque en las actuales condiciones políticas y económicas habrá que felicitarse si al menos se consigue frenar el agravamiento. Jorge Pilheu, presidente de la Liga Argentina contra la Tuberculosis, calcula en Argentina un promedio de 15.000 nuevos casos anuales –con 1.000 muertes– pese a la vigencia del Programa Nacional de Lucha contra la Tuberculosis, que garantiza tratamiento completo. De los casos notificados, la curación es del 60%. No obstante, según el Informe suministrado por el Director de Epidemiología del Ministerio de Salud de la Nación, doctor Sergio Sosa-Estani, en 2001 la tasa nacional de esta enfermedad, estrechamente vinculada con la desnutrición y el hacinamiento, alcanzó el 32,1 cada 100.000 habitantes, con variaciones entre 6,9 en San Luis y 79,6 en Jujuy, una tasa 47% menor que hace 20 años. La tasa de mortalidad es de 2,8 cada 100.000 habitantes; el 50% de las muertes entre jóvenes de 20 a 34 años se da en casos de tuberculosis asociada con sida. En 1998 se habían notificado 12.205 nuevos casos, en su mayoría de tuberculosis pulmonar, lo que representa una tasa de 33,8 cada 100.000 habitantes, inferior a la tasa de 172,6 de Perú y a la de 51,1 de Brasil, pero más del doble de la tasa de 13 de Cuba, y el quíntuple de la tasa de 6 de Canadá y Estados Unidos3.

Bastó el optimismo de los ’70 –cuando se la creyó controlada y se bajaron los brazos– y la aparición del VIH, para que la tuberculosis reemergiera en todo el mundo, incluso en los países occidentales desarrollados, señala Seijo, quien subraya el carácter “tenebroso” de la asociación de la tuberculosis con el VIH: la enfermedad toma formas clínicas inusitadamente graves, ante las que los fármacos de primera y segunda línea de que se disponía para combatirla no resultan efectivos.

Población en riesgo

La envergadura de la epidemia de sida en América Latina llevó a que en la XIII Reunión de Ministros de Salud del Mercosur, Bolivia y Chile, celebrada en Buenos Aires el 7 de junio último, se acordara la constitución de una Comisión Intergubernamental de vigilancia y control del VIH/sida.

En Argentina, según se informó en esa reunión, desde 1982 a mayo de 2002 se notificaron 21.865 casos (el 77% en varones), y 13.675 muertes. La tasa de mortalidad es del 62,5 cada 100 casos en Argentina, la más alta en la región después de Chile. Se registra un constante incremento de casos hasta 1996, fecha en que la tasa de incidencia de la enfermedad empieza a descender, lo que se atribuye al comienzo de los tratamientos con cócteles antirretrovirales. En 2000 la tasa nacional era de 50,8 casos de sida por millón de habitantes. En 2001 el 80% de los nuevos casos de sida se presentaron en ciudad de Buenos Aires, provincia de Buenos Aires, Córdoba, Santa Fe y Salta. La enfermedad se caracteriza como “cada vez más femenina, más joven y más pobre”, habiendo llegado la proporción varón/mujer a 3 por 1.

El doctor Seijo admite no tener muy claro por qué no hay epidemias de dengue o leptospirosis en Argentina, cuando en realidad están reunidas las condiciones para brotes epidémicos. Condiciones que países como Brasil o Cuba han conjurado sistemáticamente, sin por eso salvarse de epidemias de dengue.

Como toda enfermedad, el dengue, uno de los mayores problemas de salud pública ocasionados por enfermedades transmisibles reemergentes en América, resulta potenciado por la pobreza, pero no perdona a ningún sector social. Según la Organización Panamericana de la Salud (OPS), en el año 2000 se registraron en Argentina 1.700 casos. En lo que va del 2002 se cuentan 13 casos importados de países limítrofes en la provincia de Buenos Aires, ciudad de Buenos Aires, Santa Fe, Misiones y Tucumán. El pasado mes de abril hubo un brote epidémico en la provincia argentina de Salta, con 185 casos autóctonos en las localidades de Salvador Mazza, Aguaray, Tartagal y Mosconi, una región que abarca a cerca de 100.000 personas. Aunque el brote fue controlado, la presencia del vector, el Aedes aegypti, sigue siendo altísima en las ciudades más populosas del país. “Hay 23 ciudades en alerta roja por el dengue”, informa González García. De 1998 a 2001, los municipios infectados aumentaron de 235 a 597, es decir, un 135%. Se considera que se encuentra en muy alto riesgo una población de 2,5 millones de personas, y en alto riesgo, 1,5 millones4. En octubre de 2001 el director del Centro de Zoonosis del Ministerio de Salud Pública de la provincia de Corrientes, doctor Omar Bottinelli, evaluó que Argentina estaba en “alto riesgo” de un brote epidémico de fiebre amarilla, cuyo vector es el mismo que el del dengue.

En cuanto a la leptospirosis, otro motivo de alarma para Seijo, se trata de una enfermedad que se propaga en terrenos y aguas contaminadas con orina de roedores infectados. Un estudio realizado en 2000 en colaboración con el licenciado Héctor Coto –director ejecutivo de la fundación Mundo Sano– en la Villa 20 de Lugano, donde había muerto una mujer de leptospirosis, probó la existencia de altas tasas de roedores, sumada a la incidencia de inundaciones, chicos descalzos en calles de barro, etc. A raíz del brote epidémico registrado en abril de 2001 en la provincia de Buenos Aires, con 6 muertos y 116 infectados, se realizó un estudio en la ciudad de Buenos Aires que resultó en la captura de 1.292 ratas, el 78,17% pertenecientes a la especie Rattus norvegicus, frente al 21,83% de Rattus rattus. En las siguientes áreas de la ciudad: Costanera Norte, vías ferroviarias, Villa Soldati, Villa Riachuelo, Mataderos, Boca-Barracas, Puerto de Buenos Aires, Puerto Madero, la presencia de ratas “excede los niveles tolerables para los ecosistemas urbanos”5.

En el año 2001 se notificaron 167 casos de leptospirosis, concentrados especialmente en las provincias de Santa Fe y Buenos Aires, los que representan un incremento del 200% respecto de los notificados en años anteriores6. En el pasado mes de abril hubo otro brote en la provincia de Buenos Aires, con 4 muertos. En los primeros días de junio último se notificaron cuatro casos de enfermedad en San Francisco Solano, Quilmes7, el mismo distrito donde una directora de escuela denunció que algunos de sus alumnos se alimentan con carne de sapos, ratas y caballos, a falta de otra comida.

Argentina tiene la tasa más alta del mundo del Síndrome Urémico Hemolítico, la primera causa de insuficiencia renal aguda en la infancia y la segunda de insuficiencia renal crónica: 9,2 casos cada 100.000 niños menores de 5 años y 300 casos notificados por año. No se ha aclarado todavía la etiología de esta enfermedad, pero en el 59% de casos en niños argentinos se encontraron evidencias de infección, fundamentalmente por el serotipo Echerichia coli 0157:H7. Se la relaciona con el consumo de carne mal cocida y falta de higiene, tanto personal como en la manipulación de alimentos.

Otra típica enfermedad emergente en el país es el hantavirus, una zoonosis que produce síndrome pulmonar, el reservorio de cuyo virus son ciertos roedores. Se notificó oficialmente en Argentina en 1995. Su transmisión se ha concentrado en tres zonas: el Noroeste (Salta y Jujuy), la región Sur (Chubut, Río Negro y Neuquén) y el Centro (provincia de Buenos Aires, Santa Fe y Entre Ríos). En 1999, 2000 y 2001 se notificaron respectivamente 81, 68 y 92 casos. En el 2002 se notificaron 46 casos, el 56% de ellos en la provincia de Buenos Aires. La tasa de mortalidad disminuyó de 48% al inicio de la epidemia al 17% en 2001.

Seijo alerta además sobre la fiebre hemorrágica, enfermedad emergente argentina de los años ’50, aparecida paralelamente con cambios en la producción agrícola ganadera de la Pampa Húmeda. El virus de la fiebre hemorrágica, Arenavirus Junin, tiene como reservorio a un ratón de campo, Calimys Musculinus, y todo cuanto favorece su reproducción o su acercamiento a los seres humanos impulsa el desarrollo de la epidemia. El Instituto Nacional de Enfermedades Virales Humanas Maistegui, con sede en Pergamino, provincia de Buenos Aires, logró en aquella emergencia un convenio con un centro de investigación militar de Estados Unidos para producir una vacuna de indiscutible eficacia. Los casos de fiebre hemorrágica que se registran en Argentina (136 notificados en 2001) corresponden a personas no vacunadas. Ahora Argentina debería ponerse a producir la vacuna, para lo cual cuenta con equipamiento, capacidad técnica y humana. Sólo falta la decisión política. Ningún laboratorio privado, ningún otro país, va a producir una vacuna para esta enfermedad local. Seijo augura que de no producirse esta vacuna, en los próximos años habrá una población de riesgo de alrededor de 5 millones de personas en una de las zonas de mayor productividad del mundo, como es la Pampa Húmeda.

Por último, los especialistas no dejan de mencionar otro tipo de epidemia in crescendo: la violencia social, las agresiones a los otros y las autoagresiones. “Típica enfermedad emergente en sociedades donde se agranda la brecha entre los que tienen y los que no –la define Seijo– en hospitalizaciones, gastos, daños y muertes equivale a cualquier otra enfermedad”, aunque es una enfermedad que se sustrae al saber médico, porque “el médico ve el resultado final: el aborto séptico, la niña violada, el traumatismo, el herido de bala…” Por su parte, Escudero anticipa “más muertes por abortos sépticos”, dada la mercantilización de anticonceptivos y la ilegalidad del aborto.

Prejuicios criminales

El ministro González García contabiliza entre sus preocupaciones el incremento de los embarazos adolescentes y sus consecuencias. Según sus informaciones, los partos no se han incrementado, ha cambiado la estructura, se ha pasado del 8% de unos años atrás al 14 o 15% de parturientas menores de 18 años, y aun de 13. “Allí hay un gran nicho de mortalidad, materna e infantil”, advierte. Hasta el momento las adolescentes más pobres “cargan con el peso de la demografía, tienen hijos que son a su vez chicos en alto riesgo…”, señala el ministro.

En la raíz de esta brutal irresponsabilidad social hacia las adolescentes, con secuelas mortíferas entre los sectores pobres, se combinan las malas condiciones de vida con los conceptos de la restauración católica, hostiles no sólo al aborto sino también a la anticoncepción. Esto a pesar de que los médicos enfatizan el grave problema de salud pública acarreado por la vigencia de esos conceptos: en el Hospital Paroissien, de La Matanza, el Servicio de Tocoginecología realizó un estudio sobre 266 mujeres, según el cual la incidencia del “aborto infectado”, es decir, el de la mujer que va al hospital a atenderse de las consecuencias de un aborto realizado en condiciones sépticas (introducirse en el útero tallos de perejil, agujas de tejer, sondas vesicales, o tomar cócteles proporcionados por comadronas) es del 28,9% de los abortos, cuya proporción es de uno cada cinco partos. La mayor parte de esas mujeres niegan haberse sometido a un aborto, porque temen ser denunciadas, y por la misma causa postergan excesivamente su concurrencia al hospital, llegando muchas veces en grave estado. Según el Jefe de Ginecología del Paroissien, doctor Emilio Gambaro, la tercera parte de las muertes maternas podría evitarse si se implementaran correctamente las leyes sobre salud reproductiva y los programas de procreación responsable, para evitar embarazos no deseados8.

  1. La Nación, Buenos Aires, 3-6-02. También, según la consultora Equis, en el primer trimestre de 2002 en los hospitales Materno Infantil de Laferrère, Policlínico de San Justo y Hospital Equiza de González Catán, sobre 6.889 niños nacidos, 1.830 (el 26,6%) presentaban problemas de desnutrición (Clarín, Buenos Aires, 8-5-02).
  2. Clarín, Buenos Aires, 14-6-02.
  3. Tuberculosis. Resumen de la situación argentina 1998, Instituto Nacional de Enfermedades Respiratorias Dr. Emilio Coni.
  4. Cifras extraídas del Boletín Epidemiológico del Ministerio de Salud y Acción Social de la Nación, 2000/2001.
  5. Control de plagas, publicación de la Cooperativa para el Manejo Integrado de Plagas, Año 3, Nº 11, Buenos Aires, julio de 2001.
  6. Idem nota 4.
  7. La Nación, Buenos Aires, 8-6-02.
  8. RIMA (Red Informativa de Mujeres de Argentina) http://www.geocities.com/rima_web
Autor/es Marta Vassallo
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 37 - Julio 2002
Páginas:30,31
Temas Derechos Humanos, Salud
Países Argentina