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El arduo balance del nasserismo de los “Oficiales libres”Al destronar al rey Faruk, último monarca egipcio, en momentos en que el poder real estaba en manos de las autoridades coloniales británicas y la mayoría de las riquezas -fundamentalmente agrícolas- controlada por una minoría egipcia, los autores de la Revolución del 23 de julio de 1952 surgieron como los líderes de un gran proyecto de sociedad para su país y para el resto de las naciones árabes. La reforma agraria, la redistribución de la riqueza, la nacionalización del Canal de Suez en 1956 y la construcción de la represa de Asuán aumentaron el prestigio y la influencia de la principal figura del movimiento de los "Oficiales libres", Gamal Abdel Nasser.El balance de Nasser, que se mantuvo al frente del Estado hasta su muerte, el 28 de septiembre de 1970, sigue dividiendo a los egipcios y desatando polémicas. La principal manzana de la discordia es la actitud de unos y otros respecto del poder absoluto ejercido por un jefe carismático, que supo generar una inmensa esperanza, no sólo en Egipto, sino en toda la región, durante tanto tiempo humillada por la colonización y sedienta de independencia, de desarrollo y de dignidad. Fue un gobierno que supo oponerse tenazmente a las potencias coloniales de la época, combatir la pobreza y las desigualdades sociales, pero que al mismo tiempo desarrolló una obstinada represión contra los intelectuales y los opositores de todo tipo, fundamentalmente los Hermanos Musulmanes y la izquierda. Profesora de ciencias políticas en la Universidad de El Cairo, primogénita y cercana colaboradora del líder egipcio, Hoda Abdel Nasser admite seguir fascinada por el proyecto político de su padre. Desde hace más de 30 años se consagra a la investigación y a la lectura de documentos que podrían realzar la imagen de un jefe acusado de haber contribuido ampliamente a quebrar ese sueño político, compartido durante dieciocho años por millones de árabes. Y rechaza las acusaciones del sucesor de Nasser, Anuar el Sadat, asesinado en 1981. “Fue atacado injustamente y presentado como un dirigente que no escuchaba a nadie. Al contrario, él tenía una gran capacidad de escucha y no cesaba de cuestionarse. Incluso llamó públicamente a la vigilancia contra la nefasta influencia de grupos de presión de algunos de sus colaboradores cercanos”, afirma Hoda Abdel Nasser, lamentando no haber aún podido tener acceso a las actas de las reuniones ministeriales presididas por su padre. “Pude acceder a archivos oficiales occidentales, principalmente británicos y estadounidenses, sobre las relaciones con Egipto bajo la presidencia de Nasser. Pero hasta ahora no logro obtener el derecho de ver los documentos ministeriales egipcios de la misma época. Luego de cincuenta años no debería haber más documentos secretos” se indigna. Los diferentes testimonios de los compañeros de Nasser, así como los de sus opositores y víctimas, o los documentos hechos públicos por el Foreign Office o el Departamento de Estado, no alcanzaron por lo tanto para hacer un balance total de la Revolución de los “Oficiales libres” y delimitar las responsabilidades –en particular sobre la humillante derrota infligida a Egipto por Israel en junio de 1967– o respecto de la construcción de un temible Estado militar-policial. Las condiciones para un debate sereno no parecen aún reunidas. Sin embargo, la actitud del gobierno respecto de la herencia de Nasser y de sus partidarios evolucionó con el correr de los años y el margen de libertad de expresión tolerado se amplió sensiblemente. A raíz de las vivas reacciones que desató entre periodistas e intelectuales, el gobierno tuvo que dar marcha atrás con un proyecto de ley sobre la publicación de documentos oficiales, que criminalizaba el acceso a aquellos considerados “secretos por motivos de seguridad nacional”. Posteriormente se creó una comisión para analizar los aspectos negativos de esa norma. “Ese proyecto se habría sumado a las leyes sobre la prensa actualmente en vigor. El resultado de esa ley sería una sociedad cerrada que no conoce su historia, su patrimonio”, explica Salama Ahmed Salama, uno de los más respetados cronistas de la prensa gubernamental1. La cantidad de libros, artículos de prensa y hasta programas en la televisión privada que hacen la apología o la crítica de Nasser fue creciendo con la cercanía del cincuentenario del golpe de Estado que modificó profundamente la fisonomía de Egipto y le permitió ejercer una influencia sin precedentes en la región árabe y a escala mundial. Persecuciones políticasContrariamente a su predecesor Anuar el Sadat, el actual presidente, Hosni Mubarak, considera que el verdadero peligro para el régimen proviene de los islamistas y no de los nasseristas, severamente reprimidos hasta el asesinato de Sadat por un comando islamista, el 6 de octubre de 1981. Desde entonces el país vive bajo el estado de emergencia, lo que permitió al gobierno desarrollar una guerra sin cuartel contra los grupos islámicos armados, mantener su control sobre la sociedad y condenar a la marginalización a las formaciones políticas legales2. En ese clima de excepción, el Partido Árabe Democrático Nasserista (PADN) obtuvo sin embargo, en 1990, una decisión de justicia que le permitió implantarse en El Cairo. Pero las luchas internas causaron rápidamente el alejamiento de importantes militantes y una pérdida de audiencia de esa formación. “El drama de la mayoría de los nasseristas es que no poseen una tradición de trabajo en grupo y que son incapaces de tener una mirada crítica sobre la experiencia de Nasser, o de desarrollar su pensamiento”, analiza Mahmoud Kandil, nasserista independiente y militante de los derechos humanos. Y añade: “Las luchas intestinas que opone la vieja guardia a los jóvenes militantes alcanzaron su paroxismo a mediados de los años ’90 y acabaron debilitando el PADN y generando un clima de abandono y de decepción entre los militantes más sinceros”. De su lado, Mohamed Fayek, ministro de Informaciones y responsable de las relaciones con los movimientos de liberación en la época de Nasser y que actualmente preside la Organización Árabe de Derechos Humanos (OADH), explica que “la corriente nasserista es muy amplia. Pero el problema es que existen limitaciones a la libertad de acción de los partidos políticos”. El tema de las libertades individuales no preocupaba demasiado a este ex ministro de Nasser hasta el día en que fue encarcelado por orden de Sadat. “Si un ministro es condenado a diez años de cárcel por haber expresado su desacuerdo con el Presidente de la República y por presentar su renuncia, significa que hay una profunda crisis en el seno del régimen”, se justifica Fayek, recordando que el asunto de más actualidad en la época de Nasser era el de “los crímenes perpetrados por los colonizadores y no el de las violaciones de los derechos humanos tal como los entendemos hoy en día”. Un punto de vista que naturalmente no comparte un hombre como Refaat Al Said, secretario general del Partido de Unión Nacional Progresista y Unitaria (PUNPU) que fue “salvajemente torturado en los centros de detención de la Revolución” por haber dado “un apoyo crítico” a un nuevo régimen sediento de apoyo incondicional. “Nasser nos trataba como a alumnos que sólo tenían que escuchar y obedecer. Una vez que había tomado una decisión, no aceptaba ninguna crítica, sugestión o enmienda”, agrega este responsable político que ya había sido encarcelado por primera vez al final del reino de Faruk. “Nuestro deber es reconocer los errores y las flagrantes violaciones a los derechos humanos cometidas bajo el gobierno de Nasser, como la ejecución en la horca del mártir Sayed Qotb3 y la persecución de los islamistas y de los comunistas. Deberíamos presentar nuestras disculpas a las familias de esos movimientos”, afirma por su parte Hamdin Sabbahi, parlamentario y líder del Partido Karama (Dignidad), formación nasserista no autorizada. Ex dirigente de la Unión de Estudiantes de la Universidad de El Cairo, Sabbahi no conoció personalmente a Nasser, pero fue varias veces encarcelado por haber defendido sus principios. A su entender, “la escasa participación popular en la Revolución del 23 de julio de 1952 y la preeminencia dada a las consideraciones de seguridad sobre la política, hicieron posible los duros ataques de que (Nasser) fue objeto”. Actualmente, numerosas organizaciones de defensa de los derechos humanos y varios sindicatos, entre ellos la Organización Egipcia de Derechos Humanos (OEDH) y el sindicato de abogados, cuentan entre sus dirigentes con personalidades consideradas nasseristas. Al igual que sus amigos políticos, que siguen ocupando influyentes posiciones en los medios gubernamentales y en el mundo cultural, esas personalidades disponen de una gran libertad de expresión, conscientes sin embargo de la existencia de límites a respetar, fundamentalmente en lo que hace a la crítica del presidente Mubarak o de los jefes de Estado de los países hermanos. Pero a pesar del miedo que la policía política hacía reinar en el país Nasser sigue siendo, aun para sus opositores, un dirigente histórico que supo ganarse un lugar en el corazón de los más pobres y entre los intelectuales. El dramaturgo y escritor Tawfik Al Hakim relató cómo, al día siguiente de la muerte del rais, cedió ante su “poder de seducción” y las “espléndidas imágenes de los logros de la Revolución”4. Aboul Ela Madhi, ex líder del movimiento de estudiantes islamistas y activo participante en el foro Egipto por la Cultura y el Diálogo, estima que “los aspectos positivos de la época nasserista son innegables (…) Las reformas sociales y la gratuidad de la enseñanza y de la atención médica permitieron la emergencia de una nueva elite proveniente de las clases sociales más modestas”, explica ese joven ingeniero que desde hace algunos años se distanció del movimiento de los Hermanos Musulmanes5. Ahora, esas conquistas sociales se van erosionando rápidamente a causa del programa de privatizaciones iniciado hace más de diez años, bajo la atenta mirada de los acreedores externos. Logros como los alquileres a precio módico para los contratos antiguos, o la ayuda material a las familias de estudiantes de escasos recursos “se están reduciendo seriamente” confirma Mahmoud Kandil. Y agrega que “lo que queda del servicio público está en ruinas, devorado por una privatización marcada por la corrupción, bajo la mirada cómplice de sindicalistas aliados a los nuevos ricos”. NostalgiasActualmente –señala Imed Chahin, profesor de ciencias políticas en la Universidad Americana de El Cairo– es común ver manifestantes hostiles a la política gubernamental con retratos de Nasser, y hasta oír consignas nasseristas del tipo “Hermanos, mantengamos la frente alta”. La nostalgia de la época nasserista aumentó aun más en abril y mayo pasados, con motivo de las agresiones del ejército israelí contra el pueblo palestino. Además de los retratos de Nasser que llevaban los manifestantes en todo el país, volvieron repentinamente a ponerse de moda viejas canciones nacionalistas de Oum Kalsoum, de Abdel Halim Hafez y de Mohamed Abdel Wahab, que calificaban a Nasser de “ejemplo de nacionalismo” y llamaban a la unidad árabe y a la resistencia contra la ocupación israelí y el colonialismo. Por todos lados se vuelven a oír las palabras del célebre cantor Abdel Wahab: “Hermano, los injustos fueron demasiado lejos. Por lo tanto, la guerra santa y el sacrificio son un deber”. Para Mahmoud Abdel Fadhil, ex jefe del departamento de ciencias económicas de la Universidad de El Cairo, “esa gran ola popular de solidaridad con la Intifada es uno de los frutos de la Revolución de julio”. Y recuerda que Nasser “supo quebrar las corrientes aislacionistas que luchaban por priorizar la pertenencia de Egipto a la civilización faraónica o mediterránea”. Abdel Fadhil considera que uno de los principales logros de la Revolución del 23 de julio fue haber desarrollado en el pueblo, “tanto en las elites como en todas las otras clases sociales”, el sentimiento de que el país es parte integrante de la nación árabe y que “no puede existir desarrollo económico ni acción política digna de ese nombre fuera de ese contexto”. La política de infitah (apertura) económica iniciada por Sadat y acentuada por Mubarak debe tener en cuenta, agrega Abdel Fadhil, que en Egipto existen “importantes fuerzas sociales y una elite influyente que siguen aferradas a la idea, defendida por Nasser, de un desarrollo económico independiente”. La campaña de boicot a los productos israelíes y estadounidenses, estimulada fundamentalmente por el Comité de Apoyo a la Intifada del Pueblo Palestino (CAIPP), en colaboración con organizaciones socio-profesionales, da una idea del alcance del sentimiento nacionalista de la sociedad. Hasta la prensa oficial se hace eco de ese fenómeno, a la vez que la creciente dependencia económica y militar respecto de Estados Unidos provoca fuertes críticas, tanto en los medios políticos como intelectuales. La dependencia se acompaña de una profundización de las diferencias entre ricos y pobres y de una paralización en la movilidad social, impulsada de manera sin precedentes por la Revolución del 23 de julio. “Resulta normal que personas que entendieron el sentido de la justicia social y de la dignidad, manifiesten su resistencia a cualquier tentativa de dilapidar derechos adquiridos, que sientan nostalgia de la época nasserista y que hasta tiendan a olvidar las violaciones a las reglas elementales de la democracia y los excesos del poder personal de Nasser”, explica Abdel Fadhil. Pero según Cherif Younes, de la Universidad de Heluan, el gobierno actual, que a ese respecto aparece como “un buen alumno de la escuela nasserista”, no parece dispuesto a dejar que se organice esa resistencia y menos aun a correr el riesgo de una auténtica democratización de las instituciones nacionales. Estas siguen estando en manos de un puñado de personalidades formadas, antes de la muerte de Nasser, en las filas de la Organización de Jóvenes Socialistas (OJS) o de la Unión Socialista Árabe (USA). “Aunque los sindicatos siguen estando bajo el control del gobierno, igual que en la época de Nasser”, agrega Younes. La ley de excepción, también heredada del tiempo de Nasser, permite amordazar a la sociedad, pero no impide el desarrollo de ciertas corrientes políticas en la clandestinidad. Así, el movimiento islámico egipcio, en todas sus tendencias, que había sido combatido enérgicamente y prohibido –salvo durante un corto período en época de Sadat– se convirtió en la principal fuerza de oposición del país, muy por delante de los nasseristas, que también juegan, cada vez más, sobre un registro religioso. “El Estado no reconoce la existencia de los islamistas e ignora incluso a los elementos más moderados, como los del Wassat. Es una táctica torpe, si no estúpida”, estima el periodista Mohamed Sid Ahmed. Uno de los grandes errores, que costó muy caro al país, fue haber privado a los estudiantes, desde 1952, de la enseñanza de la democracia y de la libertad. Según Mohamed Nour Farhat, profesor de derecho y ex consejero de la ONU en materia de derechos humanos, el vacío político que eso generó en el seno de las universidades “transformó la comunidad estudiantil en presa fácil de las corrientes extremistas que utilizan la religión para sus fines”. En su opinión, “el mal del oportunismo y de la hipocresía” que erosionó las organizaciones políticas surgidas de la Revolución y las transformó en “trampolines para jóvenes oportunistas” corroe actualmente al Partido Nacional Democrático (PND) del presidente Mubarak. Víctima de una ola de oposición interna, recientemente amplificada por una serie de casos de corrupción en los que estuvieron implicados diputados y empresarios miembros del partido, la formación en el gobierno sigue estando dirigida por veteranos miembros del establishment. ¿Se producirá un “rejuvenecimiento” en su próximo congreso, previsto para septiembre? Uno de los candidatos al puesto de secretario general, actualmente ocupado por Youssef Wali, ministro de Agricultura, será Gamal Mubarak, empresario e hijo del actual Presidente de la República. Además de la falta de democracia, responsable de todos los problemas que impidieron concretar el sueño de desarrollo, de independencia y de unidad árabe, la persistente ocupación de la escena política por oficiales del ejército también contribuyó a crear una profunda asimetría. “Es importante hallar un equilibrio y una relación sana entre el ejército y la sociedad civil”, estima Abdel Fadhil. La libertad de tono concedida a la prensa y a los intelectuales y tolerada aun en el seno del Parlamento, controlado por una mayoría del PND, parece brindarle al gobierno una válvula de seguridad. Ese margen le permite recordarle de vez en cuando a la oposición legal (que se siente “enjaulada”) que en Egipto hay más espacio de libertad que en otros “países hermanos”. Los medios de comunicación, y fundamentalmente la radio la Voz de los Árabes, están lejos de ejercer la influencia que, en tiempos de Nasser, tenían sobre la población y en los “países hermanos”. El ciudadano egipcio prefiere en general los programas del canal de televisión qatarí Al Jazira. La libertad de tono de ese canal sobre temas considerados “tabú” en El Cairo, incitó a los responsables a ampliar el margen de libertad de los medios audiovisuales y el círculo de los invitados. Estos incluyen actualmente elementos hasta hace poco considerados indeseables o pertenecientes a corrientes políticas no reconocidas, como Montasser Ezzayat, Selim Al Awa y Abu Ela Mahdi, islamistas independientes; Dhia Eddin Daoud, líder del partido nasserista; o Hafez Abu Seada, secretario general de la Organización Egipcia de Derechos Humanos. Así es que los dirigentes comienzan a admitir la necesidad de soltar lastre en materia de libertades para hacer aceptar por la opinión pública, a falta de verdaderas opciones democráticas, políticas económicas y sociales difíciles de aplicar. Cincuenta años después del golpe de Estado de julio de 1952, la ideología liberal occidental derrota a la revolución nasserista, que se había opuesto firmemente a Occidente y trabajaba, en vano, para desestabilizar a sus aliados en la región. Pero se trata apenas, al menos por ahora, de una frágil apertura propuesta por un gobierno sin proyecto movilizador, que permite la expresión de las inmensas frustraciones de millones de pobres asolados por crecientes desigualdades y de las de una elite sedienta de justicia no sólo respecto de Egipto, sino también de Palestina.
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