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Guerra, sequía y refugiados

Al elegir Afganistán como (¿primer?) objetivo de su “respuesta” militar, Estados Unidos se ha introducido en un engranaje peligroso. Del Gofo Pérsico a la China, pasando por Asia Central, se entremezclan conflictos –Israel-Palestina, Kurdistán, Irak, Cachemira, Chechenia, Tayikistán…– de intereses contrapuestos: enfrentamientos geopolíticos, luchas nacionales, riquezas petrolíferas, terrorismo, drogas, sin olvidar los centenares de miles de refugiados librados a su suerte y vagando por los caminos, huyendo de bombardeos y feroces combates.

Desde hace unos diez años, Asia central forma parte de un nuevo “Gran Juego”, cuyo objetivo es llenar el vacío dejado por la caída de la Unión Soviética. Al desplegar sus fuerzas militares en las antiguas bases del Ejército Rojo en Uzbekistán, Washington confirma el aumento de su influencia desde el fin de la guerra fría. Pero la intervención estadounidense en esta región implica también delicadas negociaciones con una cantidad de Estados cuyos intereses políticos son divergentes, lo que entraña un potencial costo político para Estados Unidos.

Desde 1991, Washington se esfuerza por desviar la influencia rusa fuera de Asia Central y del Cáucaso, manteniendo allí, al mismo tiempo, una influencia iraní reducida al mínimo. En su lugar, estimuló a Turkmenistán y Uzbekistán a cooperar con Pakistán, y a Transcaucasia con Turquía. Otra regla básica: la utilización de oleoductos y gasoductos que exportan energía del mar Caspio como una apuesta estratégica para el control de los Estados de reciente independencia.

Pero la guerra en curso transformó la lógica de la competencia estratégica. El comercio del petróleo y los proyectos de oleoductos1 van perdiendo importancia, mientras que se acrecienta la de las bases aéreas, servicios de inteligencia y poder militar. Además, sus propios aliados le plantean difíciles problemas a Occidente. Estados Unidos ya no puede contar totalmente con sus aliados de larga data, Islamabad y Riad. Si bien uno y otro ceden a la Fuerza Aérea estadounidense la utilización de bases aéreas, se niegan –en todos los casos oficialmente– a que sirvan de base de lanzamiento para los bombardeos contra Afganistán. Por esta razón la administración estadounidense tuvo que negociar con Moscú el derecho de llevar a cabo operaciones militares desde el enclave de Uzbekistán. Y su voluntad de combatir a los talibanes por intermedio de la Alianza del Norte acrecienta la importancia logística de Tayikistán, retaguardia de la coalición anti talibán.

El estado mayor militar ruso ve con mala cara la presencia disfrazada de tropas estadounidenses. “No veo que nada justifique un despliegue de la OTAN en los Estados de Asia Central”, declaró el Ministro de Defensa ruso Sergeï Ivanov2. Pero el presidente Vladimir Putin afirmó que estaba dispuesto a colaborar con Washington. El asunto era qué precio se pagaría para convencer a los dirigentes rusos. ¿Qué recibirá Moscú a cambio de su participación en la coalición “antiterrorista”? ¿Su boleto de entrada al “club occidental”, como le promete Washington? ¿Un acercamiento a la Unión Europea, a cambio del abandono de sus antiguas repúblicas del Este? ¿La entrada a la OTAN? (pág. 12)

El 4 de octubre pasado resurgió la guerra latente entre Georgia y Abjazia3. Según fuentes rusas, las guerrillas de Georgia, apoyadas por combatientes chechenos, tomaron por asalto poblados de Abjazia. Bajo la presión de Georgia, Vladimir Putin declaró estar dispuesto a retirar de Abjazia a las tropas rusas. ¿Un preludio de la separación de Rusia de la Comunidad de Estados Independientes, como se teme en Moscú, o bien de un nuevo despliegue de las fuerzas rusas de Georgia, la “puerta del Cáucaso”?

Turquía ostenta inequívocamente su solidaridad con Washington. La base aérea de Incirlik, utilizada por los aviones estadounidenses en sus patrullas rumbo a Irak, sirve para los bombardeos contra Afganistán. Además, Ankara tiene tropas especiales a disposición para las operaciones en el interior del país. Este conflicto ofrece a una Turquía económicamente frágil y que se encuentra en una posición ambigua desde el fin de la guerra fría, la oportunidad de mostrar a Occidente ciertos méritos que Rusia oculta ampliamente desde el pasado 11 de septiembre. De todos modos, al igual que los rusos, los turcos no quieren que Washington extienda la guerra a otros países, en particular a Irak.

La incertidumbre de Occidente en cuanto al papel de Arabia Saudita y Pakistán, la duda persistente sobre su fidelidad a Washington, hacen que Irán, situado entre ambos y dotado de una situación geopolítica excepcional, sea cada vez más cortejado por Washington y Londres. Tanto más porque los movimientos fundamentalistas sunitas reemplazaron al Hezbollah libanés en el rol de enemigo primordial de Washington. Pero el Estado iraní teme el acantonamiento a largo plazo de tropas en su frontera norte. Y procura aumentar su potencial militar en los próximos años: de allí la firma en Moscú de contratos de armamento ruso valuados en más de 300 millones de dólares por año.

También para India y Pakistán la desestabilización en Afganistán abre nuevas perspectivas. Uno y otro país consideran a la política afgana desde el punto de vista del conflicto que los enfrenta en Cachemira. En el pasado, Nueva Delhi arrojó aceite sobre el fuego de los conflictos territoriales entre Kabul e Islamabad, para que las fuerzas pakistaníes quedaran divididas en dos frentes. No faltan pruebas de la persistencia del conflicto, desde la explosión de un coche-bomba el 1º de octubre pasado, en Srinagar, capital de verano de Cachemira india, hasta el bombardeo indio sobre las tropas pakistaníes a lo largo de la línea de control el 15 de octubre, precisamente cuando el secretario de estado Colin Powell estaba de gira en la región.

El equilibrio en Cachemira involucra también a China, promotora de larga data del ejército pakistaní, por oposición a la India. Pero Pekín no está menos preocupada por el militantismo creciente de los 8 millones de uigures que viven en el oeste de la provincia de Xinjiang, por su implicación en el fundamentalismo islámico así como en el tráfico de drogas realizado a través de organizaciones afganas y pakistaníes. Los dirigentes chinos procuraron intensificar sus relaciones bilaterales con los talibanes, y el día de los ataques aéreos contra Estados Unidos una delegación china de alto rango se encontraba en Pakistán para discutir el tema de la cooperación económica con los talibanes. Pekín también teme la colaboración creciente entre estadounidenses y uzbekas, sobre todo si se volviera permanente.

  1. Olivier Roy, “Avec les talibans, la charia plus le gazoduc”, Le Monde diplomatique, París, noviembre 1996.
  2. Agencia France Presse, Moscú, 14-9-2001.
  3. “La Georgie face à ses minorités”, Le Monde diplomatique, París, diciembre 1998.
Autor/es Vicken Cheterian
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 29 - Noviembre 2001
Temas Armamentismo, Conflictos Armados, Militares, Terrorismo
Países Estados Unidos, Irak, Afganistán, Israel, Palestina