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Recuadros:

Las centrales sindicales

Una noción extensamente admitida combinó argumentos de naturaleza diferente para desacreditar y dar por muerta a la organización sindical de los trabajadores. En realidad lo que está perimido es la concepción que se limita a defender exclusivamente el precio en que el trabajador vende su fuerza de trabajo, en lugar de reconocerlo como sujeto de una forma de organización social no capitalista.

La ofensiva capitalista acaudillada por la oligarquía financiera hacia fines del siglo XX incluyó el discurso de la crisis de la organización sindical, asentado en una peculiar lectura del cambio en las proporciones entre el activo obrero y las modalidades de la población excedente (desocupados) para las necesidades actuales del capital1: la clase obrera disminuye y desaparece su forma de organización histórica. A la vez, algunos rasgos de la organización sindical, como la burocratización o la incursión en actividades empresariales, presentes no sólo en Argentina2, enturbian el conocimiento de sus metas y peso en las luchas sociales.

Si se compara con 1975, cuando la movilización obrera logró detener por unos meses el plan de la oligarquía financiera3, o con la década de 1980, cuando la Confederación General de Trabajadores (CGT) convocaba movilizaciones con cientos de miles de personas4, parece evidente su debilitamiento. Pero no indica su peso real actual ni los intereses que expresa en sus acciones.

Una mirada que redujera esos intereses a los de la cúpula sindical tornaría inexplicable la capacidad de convocatoria que, en determinadas circunstancias, tienen las centrales sindicales. Baste recordar que fueron la CGT y la Central de Trabajadores Argentinos (CTA) quienes convocaron a la segunda más numerosa concentración política de los ’905, que las huelgas generales tuvieron acatamientos superiores al 50% y contribuyeron a retrasar la legalización de la flexibilización laboral, y que la rebelión que culminó el 20 de diciembre de 2001 con la renuncia del presidente Fernando de la Rúa había comenzado el 13 de ese mes con una huelga general.

La caracterización de la CGT encabezada por Rodolfo Daer como “dialoguista” u “oficial”; de la CGT que dirige Hugo Moyano como “rebelde” y de la CTA como “contestataria” remite a posiciones respecto de los gobiernos y señala una gradación en la histórica política común: golpear y negociar. La primera ha priorizado la negociación con los sucesivos gobiernos (Carlos Menem, Fernando de la Rúa, Eduardo Duhalde)6, sin descartar la confrontación, sobre todo como amenaza, mientras las otras han mantenido un discurso más confrontativo, pero sin dejar de negociar.

Las tres centrales dieron una tregua al gobierno de Eduardo Duhalde, basada en el freno al aumento de precios7 y en la obstaculización de los despidos (doble indemnización) fijada por la ley de emergencia económica8. La tregua se formalizó con la participación en la Mesa del Diálogo Argentino (MDA), junto a la Iglesia católica y otras entidades.

La CGT-Daer, que agrupa a los principales gremios de la actividad productiva, de las ramas donde se encuentran los capitales más concentrados y la mayoría de las empresas privatizadas9, participó de la MDA, denunció las remarcaciones de precios y los despidos (que corresponden mayoritariamente a sus actividades)10 y reclamó la reunión del Consejo Económico y Social. En abril apoyó la posibilidad de un plan económico alternativo, en el que el ajuste lo paguen los exportadores y los bancos, y demandó aumento de salarios, subsidio a los desocupados y derogación de la ley de reforma laboral. Pero se reunió con Duhalde y suspendió su marcha contra el Fondo Monetario Internacional (FMI). Después propuso un aumento de emergencia fijo general, bandas salariales por sector y redistribución del ingreso, previa reunión de la Comisión Negociadora Intersectorial; su interlocutor fueron las cámaras empresarias (construcción, bancos, industria, comercio) y recibió el aval del Ministerio de Trabajo. Finalmente se centró en lograr un aumento salarial de emergencia ($100) que no alcanza a estatales11, servicio doméstico, agrarios ni excluidos de convenios laborales12.

La CGT-Moyano agrupa principalmente a asalariados de la actividad productiva (particularmente transporte) donde tiene presencia el capital local y menos concentrado13. Aceptó, con reservas, participar de la MDA, reclamando firmeza con los grupos económicos, compensación de los efectos de la devaluación sobre el salario, prohibición absoluta de despidos, derogación de la ley de reforma laboral, convocatoria al consejo del Salario Mínimo Vital y Móvil, salario para desocupados, devolución del descuento del 13% a estatales y jubilados, posibilidad de pasar de las AFJP al sistema de reparto. Pero se debate entre el reclamo de aumento salarial y el apoyo al gobierno. En abril se reunió con Duhalde, suspendió su movilización a Plaza de Mayo y dio una nueva tregua en el contexto de la posibilidad de un plan económico alternativo. Después de los cambios en el gabinete ese mismo mes, Moyano se retiró de la MDA, se manifestó contra el FMI y el “modelo económico dependiente” y convocó a la primera huelga general y movilización contra el gobierno, que suspendió cuando Duhalde pidió una tregua; finalmente la huelga se realizó por 12 horas con movilización (7.000 personas), reclamando aumento de salarios y apoyada por el MIJD (jubilados y desocupados), pero con el retiro de la UOM de la CGT-Moyano y la no participación de UATRE (peones rurales) y taxistas. A comienzos de junio Moyano se negó a formar parte de la Comisión Negociadora Intersectorial y exigió el aumento salarial para todos, incluyendo la devolución del 13% a estatales y jubilados. Su diferencia con la otra CGT no pasa sólo por el enfrentamiento con el gobierno, sino porque sus demandas de aumento salarial incluyen a todos los asalariados en el marco de otra política económica.

Por su parte, la CTA agrupa principalmente a la pequeña burguesía asalariada en franco proceso de proletarización y pauperización y a fracciones proletarias no industriales14, junto con capas pobres, organizadas en la Federación de Trabajo y Vivienda y Barrios de Pie. Es la única central que se plantea organizar a los desocupados. Es por esto que su principal demanda es el Seguro de Empleo y Formación y sus movilizaciones más numerosas las protagonizan los desocupados. El 1° de mayo pasado, frente al Congreso, junto con la Corriente Clasista y Combativa (CCC), la CTA pidió la renuncia de Duhalde y la ruptura con el FMI y convocó a un paro general para el 29 de mayo, que mantuvo a pesar del cambio de gabinete y de la tregua pedida por Duhalde, realizando una movilización y cortes de calles y rutas, por redistribución del ingreso, seguro de empleo, asignación universal, democracia sindical, desprocesamiento de dirigentes sociales y autonomía del gobierno frente al FMI. Esta propuesta recibió la adhesión de organizaciones de pequeños empresarios (Federación Agraria Argentina, Asociación de Pequeños y Medianos Empresarios) y otras. De este modo la CTA logró que el gobierno las incluya en la administración de subsidios del Plan de Jefas y Jefes de Hogar Desocupados.

Muchas confrontaciones dentro del movimiento obrero han sido expresión de la contraposición de dos intereses que objetivamente coexisten en la figura del trabajador que, expropiado de sus condiciones materiales de existencia, sólo puede obtener los medios para reproducir su vida bajo la forma del salario, entregando a cambio su capacidad de trabajo. Su apariencia de propietario de fuerza de trabajo puesta a la venta en el mercado iguala al trabajador con los otros propietarios de mercancías. La toma de conciencia de esa situación orienta la lucha por obtener el mejor precio, como relación entre el desgaste de fuerza de trabajo y el dinero que recibe. En esa toma de conciencia se asientan la organización sindical y las distintas expresiones políticas del interés del asalariado.

Que en el proceso de la acumulación capitalista el resultado sea que la fuerza de trabajo tienda a venderse por su valor, y que sus portadores sean, aun fuera del proceso de trabajo, un atributo del capital15, no significa que esa lucha no haya dado lugar a combates y organizaciones que son un momento necesario en la constitución de la conciencia de los trabajadores como expropiados de sus condiciones de existencia. Es en la toma de conciencia de la condición de “expropiados” en la que se asienta la lucha por una forma de organización social no capitalista.

Las metas planteadas por las centrales sindicales hoy muestran que las tres se ocupan del interés del asalariado. Pero presentan diferencias que, aunque aparezcan como ideológicas, son también expresión de la situación objetiva en que se encuentran distintas fracciones de trabajadores: mientras una expresa el interés de una parcialidad, las otras lo hacen del conjunto, incluyendo, en distintas proporciones, a la población proletaria sobrante para el capital, los desocupados.

  1. Nicolás Iñigo Carrera; “Ausentes en la calle, vigentes en la sociedad”; en Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, abril de 2002.
  2. Narashima Reddy; “Economic Globalization and Labour Movement: the Challenge and Response”; ponencia presentada en el taller “Globalization and its discontent, revisited”, realizado en Kuala Lumpur, 14/16-6-02.
  3. María Celia Cotarelo y Fabián Fernández; Huelga general con movilización de masas. Argentina junio y julio de 1975, Pimsa, Buenos Aires, 1998.
  4. Nicolás Iñigo Carrera; Las huelgas generales. Argentina 1983-2001; Pimsa, Buenos Aires, 2001.
  5. 70.000 personas en Plaza de Mayo el 26-9-1996.
  6. Luis Laugé, “El aumento salarial no se puede postergar más”, declaraciones de Rodolfo Daer: “Se acabaron las épocas que un liderazgo como el de Juan Perón daba por sentado que fuéramos la herramienta sindical del PJ”; La Nación, Buenos Aires, 24-6-02.
  7. Los precios minoristas aumentaron 30,5% en los primeros seis meses del año.
  8. Entre enero y junio hubo 329.500 despidos. Ismael Bermúdez, “Récord de despidos en la primera mitad del año”, Clarín, Buenos Aires, 2-7-02.
  9. Luz y Fuerza, Petroleros Privados, Bancarios, Seguros, Comercio, Construcción, Telefónicos, Unión Ferroviaria, La Fraternidad, Alimentación, Textiles, Sanidad; además Carne, Gastronómicos, SUTERH (encargados de edificios), Municipales, UDA (docentes), UPCN (empleados del Estado), Correo.
  10. Ismael Bermúdez; ibid.
  11. Sólo UPCN propone el reintegro del 13% en una negociación entre CGT y gobierno, reasignando recursos.
  12. Beneficia a 500.000 trabajadores que ganan menos de 300 pesos; para otros 2,5 millones de asalariados privados el aumento es menor que el del costo de vida; no lo reciben 1,8 millones de asalariados del Estado, ni 3 millones de trabajadores en negro, ni los desocupados.
  13. Camioneros, Unión Tranviarios Automotor, Peones de Taxi, Asociación Argentina de Aeronavegantes, APTA (técnicos aeronáuticos), Dragado y Balizamiento; también SMATA (mecánicos), UOM, Cerveceros, UATRE y algunos de pequeña burguesía asalariada: docentes privados, UEJN (judiciales).
  14. Sobre todo docentes (CTERA) y empleados estatales (ATE), CONADU, empleados judiciales provinciales, CICOP (Médicos del Conurbano), UTPBA (periodistas), Actores, APA (uno de los 7 gremios aeronáuticos). También UOM Villa Constitución y Fatun (no docentes universitarios).
  15. Carlos Marx, El Capital; Tomo I, La reproducción simple.

Oportunidad para un gran debate

Bilbao, Luis

Para mediados de septiembre está previsto un nuevo Congreso de la CTA. Pese a la disparidad de fuerzas –respecto a las otras centrales sindicales– esta instancia alternativa es considerada por amplios sectores del activismo sindical y social como la posibilidad de un gran debate nacional que permita articular las numerosas expresiones de resistencia en una propuesta política unitaria, plural y democrática.

No siempre Argentina fue el páramo de ideas y proyectos actual. No siempre fueron el posibilismo, la mezquindad o el temor (para no hablar de la corrupción) los motores más potentes de la acción política y sindical. La pérdida de la identidad y la autoestima (en toda la Nación y específicamente en las filas sindicales), con base en la efectiva labor de desmantelamiento operada en las últimas décadas, se contrapone con la propia historia de luchas. Es precisamente en la búsqueda y el debate sobre el pasado donde tratan de afirmarse cuadros sindicales de los más diversos orígenes para enfrentar una crisis sin precedentes. El próximo congreso de una de las fracciones del movimiento sindical, la Central de Trabajadores Argentinos (CTA), que sesionará en medio de un cataclismo social y político y en plena campaña electoral, es percibido por cuadros pertenecientes a ésta y otras estructuras gremiales como oportunidad para debatir temas candentes: ¿corresponde recuperar la unidad en una central sindical única? ¿qué deben y qué pueden hacer los sindicalistas frente a las elecciones? ¿cuáles son las vías, los programas y los métodos para defender las conquistas gremiales, el salario y el puesto de trabajo? ¿cómo se acaba con la desocupación? ¿cuáles son y cómo debieran ser las relaciones entre sindicatos y partidos?

Primeros pasos de la CTA

En noviembre de 1992 se fundó el Congreso de los Trabajadores Argentinos1, sin intención de disputar como central sindical con la Confederación General de Trabajadores (CGT). La noción de “Congreso” aludía a un debate global, un posicionamiento político frente a los grandes problemas del país. Dos encuentros previos, en Burzaco y Rosario, habían afirmado esa perspectiva en sendos documentos2. El CTA nacía como punto de convergencia de corrientes históricamente diferenciadas del movimiento obrero y se proponía alcanzar una síntesis superadora. Lo explicaba así Víctor De Gennaro, antes de ser elegido secretario general, en un vibrante primer congreso en el que unos cinco mil delegados de todo el país debatieron posiciones en un clima inusual de democracia, fraternidad y alegría: “Nosotros somos herederos de toda esa historia (de más de un siglo de luchas) y al asumir el papel de permitir la recomposición de la lucha de la clase trabajadora en una nueva etapa, estamos alentando la reconstrucción de un movimiento nacional que haga política con mayúscula; y en esto quiero ser claro: hoy no se puede construir un sindicato si no se hace, esencialmente, política” (2).

Más allá de las intenciones de los protagonistas, el curso de los acontecimientos mostró sin embargo que lo viejo subsistía en la nueva forma. El CTA no pudo “hacer política”, ni siquiera con minúscula. Desenlace paradojal, dado que en su audaz irrupción en la sociedad protagonizó acontecimientos políticos resonantes, que culminarían con la Marcha Federal de 1994. Ocurrió que algunos de sus dirigentes se sumarían individualmente, sin debate ni participación alguna del CTA, a una propuesta electoral surgida desde fuera, frustrándose así los propósitos explicitados por De Gennaro en las vísperas de la fundación: “construir las bases reales de solidaridad concreta que después puedan explicitarse en términos de construcción política, hasta electoral (…) no sólo hay que construir este movimiento nacional, sino que hay que alentar la construcción de un movimiento de unidad latinoamericana (…) hoy lo revolucionario no es enunciar la situación de injusticia, o denunciar lo mal que estamos (…) Conocer la realidad es importante. Pero lo revolucionario es organizar la propuesta posible diferente, o sea, generar un poder que permita cambiar la situación (…) nos parece que esta construcción no se puede delegar en otros”3.

Pero algunos de los principales nombres del CTA ingresaron al Frente Grande como candidatos a diputados, luego integraron el Frepaso y acabaron desembocando en la Alianza encabezada por Fernando de la Rúa. Con visible reticencia, De Gennaro apoyó a José Octavio Bordón en las elecciones de 1995 y a De la Rúa en 1999. El desenlace catastrófico de estas experiencias no podía dejar de impactar sobre los cuadros y la estructura de la CTA.

Pero ya el primer paso inconsulto había enturbiado la vida interna del CTA y frenado la circulación y el debate de ideas. La CTA careció y carece de un órgano regular de información, formación y debate (la última edición del boletín de la dirección nacional, sólo hallable en internet, es del 6 de diciembre)4. Y eso que no faltan antecedentes, incluso inmediatos: hace un cuarto de siglo, la CGT de los Argentinos, aun reivindicándose central sindical, tuvo desde el inicio un periódico. Su director fue nada menos que Rodolfo Walsh.

Hay razones de fondo para esta ausencia de instrumentos de difusión y debate. ¿Cómo postularse como diputado o comprometerse con un partido ajeno a los intereses de los trabajadores si existe un nexo vivo entre dirección y bases? ¿Cómo atraer talento e inteligencia sin una estrategia de cambio raigal de la cultura y la política? Esa misma lógica hace que cuando se escribe este artículo, a menos de dos meses del Congreso, no haya documentos formales y no se debatan temas cruciales: los diputados que antes estaban en el Frepaso pasaron al ARI (Alternativa para una República de Iguales) del mismo modo que se aunaron con De la Rúa, sin consulta con las bases.

Ya en 1996 el CTA había desistido formalmente de presentarse como alternativa política ante los trabajadores y el conjunto de la Nación. El viraje quedó plasmado en un segundo Primer Congreso, esta vez para fundar la Central de Trabajadores Argentinos5. Pero tampoco pudo alcanzarse el otro gran objetivo trazado por De Gennaro y asumido con alborozo por el CTA: alcanzar la recomposición de la lucha de la clase trabajadora. El panorama sindical actual, la fractura profunda entre los trabajadores con empleo y los desocupados, confirmó el aserto de que “hoy no se puede construir un sindicato si no se hace, esencialmente, política”. Limitada casi exclusivamente a sindicatos de empleados del Estado y dada la imposibilidad de obtener reivindicaciones económicas y gremiales, la CTA aparece como la más endeble de las estructuras existentes, no obstante su fuerte presencia en un terreno en el cual no se expresa por sí misma: el de la lucha política.

Un logro mayor del CTA y luego la CTA fue el propósito de dar un lugar a los desocupados, permitiendo su afiliación individual e impulsando su organización cuando el desempleo estaba lejos de alcanzar las proporciones actuales y nadie imaginaba estructuras de desocupados como las que se formarían en años posteriores. Luis D’Elía, líder de una de las dos corrientes principales que agrupan a desocupados, es miembro de la dirección nacional de la CTA. Hacia fines de 2001 aquella línea de acción se proyectó en la construcción de un Frente Nacional contra la Pobreza (Frenapo), que logró aunar a importantes personalidades de diferentes ámbitos y organizaciones de un amplio espectro político en el reclamo de un subsidio para los desocupados, entre otras medidas. No obstante, la fractura del llamado “movimiento piquetero” y los acontecimientos recientes6 que desencadenaron una virulenta disputa en las filas de las organizaciones de desocupados, enfrentaron a D’Elía con las restantes corrientes y tuvieron un hondo impacto en la CTA. Mientras tanto, el Frenapo no consiguió presentar una perspectiva común frente a la agudización de la crisis y la caída del gobierno de De la Rúa, y fue afectado por las fuerzas centrífugas que predominan en toda la sociedad.

Con todo, y dadas las características de las otras dos cúpulas sindicales (ver en estas páginas el artículo de Iñigo Carreras), el Congreso de la CTA abre nuevamente expectativas en un arco amplio de dirigentes y activistas, con prescindencia de la central a la que cada uno pertenece. Ya nadie propone transformar la CTA en una “herramienta política de los trabajadores”, pero dirigentes de peso en toda la estructura nacional se oponen a seguir en el ARI y exigen pasar a la construcción de una “herramienta” propia. En ese punto convergen con activistas de otras centrales en la perspectiva del Congreso. Sin embargo no hay documentos orgánicos y posiciones oficiales que respondan a lo que reclamaba De Gennaro en 1992: “Conocer la realidad es importante. Pero lo revolucionario es organizar la propuesta posible diferente”. Transcurridos diez años, pocos creen que esa propuesta pueda limitarse a disponer de diputados cuyas decisiones son tomadas en otros ámbitos. Estos temas son constantemente tratados en reuniones de activistas, en todo el país.

“La organización democrática y participativa de un debate precongresal –sostiene un dirigente de un sindicato no afiliado a la CTA– podría tener un impacto inmediato y trascendental: el movimiento obrero podría reaparecer por fin frente a la debacle del país”. En efecto, la anomia de los trabajadores responde a una crisis nacional e internacional de identidad y representación (ver págs. 20-21), porque ha dejado atrás conceptos y organizaciones nacidas muchas décadas atrás, pero no ha logrado edificar las nuevas. El próximo Congreso de la CTA podría ser el escenario para un profundo intercambio de ideas que extendería su impacto más allá de los límites de esta organización, no sólo en las filas de trabajadores sino en una ciudadanía desconcertada, que combina momentos de inédita fuerza participativa con signos ominosos de fatiga extrema.

  1. Cristina Camusso, “Los sinuosos rumbos del sindicalismo”, Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, Buenos Aires, abril de 2002.
  2. “En Burzaco y Rosario los trabajadores retoman la palabra”; Crítica de Nuestro Tiempo Nº 2, Buenos Aires, abril de 1992.
  3. Norberto Bacher, “La opinión de Víctor De Gennaro”; Crítica de Nuestro Tiempo Nº 4, noviembre de 1992.
  4. Ibid.
  5. Marcelo Zugadi, “De Congreso de trabajadores a Central de dirigentes”; Crítica de Nuestro Tiempo N° 15, Buenos Aires, diciembre de 1996.
  6. Carlos Gabetta, “La descomposición del país mafioso”, Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, Buenos Aires, julio de 2002.


Autor/es Nicolás Iñigo Carrera
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 38 - Agosto 2002
Páginas:6,7
Temas Estado (Política), Movimientos Sociales, Políticas Locales, Clase obrera
Países Argentina