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“Aún nos quedan las manos y la tierra”

Argentina produce alimentos para millones de personas, pero su propia gente, pauperizada y excluida del sistema, ya no puede comprarlos. La triste paradoja que enfrenta el otrora conocido "granero del mundo" es que ya no puede alimentar a su propia población. El hambre y la desnutrición que sufre gran parte de la humanidad tienen relación directa con la forma en que se producen y distribuyen los alimentos, el acceso social a los mismos y la regresiva distribución del ingreso. Pero en todo el mundo se desarrollan formas de producción alternativa.

El hambre no sólo está relacionada con la producción de alimentos y la expansión de la agricultura. El funcionamiento de la economía y el accionar de las instituciones políticas y sociales pueden influir directa o indirectamente en la capacidad –o incapacidad– de los individuos para adquirir alimentos y gozar de buena salud y alimentación. Por esa razón, es importante conjugar el papel del Estado con el funcionamiento eficiente de otras instituciones económicas y sociales, desde el comercio y el mercado a los partidos políticos, las ONGs y otros actores que sostienen y facilitan el debate público.

La apertura irrestricta al modelo global con sus secuelas –destrucción de la industria nacional y de los recursos naturales, concentración del capital y un sistema de producción agrícola no diversificado que excluye a los trabajadores y es de escaso valor agregado– generó un proceso de exclusión social y migraciones internas sin precedentes. En 1991, la población rural del país equivalía al 12%, pero datos preliminares permiten augurar que el nuevo censo nacional mostrará un fuerte despoblamiento de áreas rurales y un importante hacinamiento en poblados intermedios no preparados para contener ese fenómeno1. El crecimiento de esta población migrante, junto al empobrecimiento de las clases urbanas demuestran que el sistema socioeconómico aisló a más del 50% de la población argentina. Se ha quebrado la interrelación entre la economía financiera y la economía productiva y aparecen nuevas instancias a las que la propia sociedad ha echado mano para sostenerse: el crecimiento de la economía solidaria, el asociativismo y los clubes de trueque son la cara visible de una lucha por la supervivencia en el marco de un Estado ausente que, cuando aún opera, sigue equivocándose, sea por ingenuidad, complacencia o desinformación.

El asistencialismo y clientelismo político que trajo aparejado en su momento el reparto de las otrora recordadas cajas PAN (Plan Alimentario Nacional), reproducidos ahora en inorgánicos programas de distribución de alimentos, no atacan ni solucionan siquiera en parte las causas del problema. Al contrario, sumarán nuevas dependencias e inconvenientes.

Es también el caso de las campañas de algunas instituciones empresariales con la pretendida donación de soja transgénica a los más necesitados2, cuando los Programas de ayuda Alimentaria Mundial (PAM) están siendo seriamente cuestionados y denunciados por ONGs en todo el mundo, al descubrirse en los alimentos enviados elementos transgénicos prohibidos. El singular regalo que pretende hacerse a los indigentes argentinos presenta otra paradoja: en el país de la carne y el trigo, se pretende alimentar a los pobres únicamente con soja, producto totalmente desconocido en la dieta nacional.

El problema no es la falta de alimentos, sino su distribución y su acceso en forma equilibrada, balanceada. Lo que importa no es producir más OGMs, sino mejorar las condiciones para el acceso a la comida, la seguridad alimentaria y la producción local. Pero con estas soluciones, las corporaciones perderían sus ganancias3.

Muchos de los programas asistenciales enfrentan en algunos casos otra restricción: la necesidad de respetar la dignidad del que recibe. Los nuevos pobres han sido trabajadores y se siguen reconociendo como tales. En un país donde la tierra y el trabajo aún se encuentran disponibles es fundamental canalizarlos y protegerlos. Con una mínima ayuda estatal, cada argentino puede producir sus propios alimentos, de manera sana y sustentable, tanto en el campo como en las ciudades.

Los ejemplos se repiten en muchas partes del mundo. Existen desde hace tiempo modelos productivos agroecológicos, que superando la asistencia alimentaria se convirtieron en ejemplos de autoproducción y generación de excedentes comestibles de calidad y sanidad indiscutidas. Ha habido incluso algunos intentos de viraje hacia la producción orgánica a gran escala en Estados Unidos. En Cuba, los procesos de transformación de la agricultura permitieron, luego de la década de los ’90, casi duplicar su producción, reduciendo a su vez a la mitad el consumo de insumos externos4. Este planteo, al igual que el de la agroecología, se funda en las experiencias productivas de la agricultura ecológica, para elaborar propuestas de acción social colectiva, que enfrentan a la lógica depredadora del modelo productivo agroindustrial hegemónico, para substituirlo por otro que se oriente a la construcción de una agricultura socialmente justa, económicamente viable y ecológicamente sustentable5.

Con el mismo objetivo, las ferias ecológicas, que se organizan y expanden en todo el sur de Brasil, configuran un espacio de recuperación donde campesinos y consumidores forman una asociación basada en principios éticos y solidarios, proporcionando a su vez autonomía y autoestima al agricultor y mejores condiciones de calidad y precio para el consumidor6.

Seguridad alimentaria

En Argentina, los sistemas de autoproducción de alimentos son impulsados por un grupo de técnicos agrícolas consustanciados y comprometidos con una situación que, si bien ha explotado en la cara de muchos ciudadanos, no es novedosa: la de sostener, mediante la búsqueda de la seguridad alimentaria, al segmento más desprotegido de la sociedad (indigentes, niños y ancianos). Esta iniciativa ha tomado cuerpo orgánico en la última década, a través de un programa del INTA (Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria): el Prohuerta. Si bien no es el único programa existente en el país, por su extensión y cobertura de la población asistida es el más conocido y destacado.

Su propuesta básica se centra en el propósito de mejorar la condición alimentaria de la población empobrecida (urbana, periurbana y rural) mediante la autoproducción de alimentos en pequeña escala (huertas y granjas familiares, escolares, comunitarias e institucionales). La clave consiste en la promoción y adopción de tecnologías alternativas de producción orgánica, la prohibición total en el uso de agroquímicos y su reemplazo por novedosos y económicos conceptos de control para las plagas y las enfermedades, apoyados por un soporte técnico constante y el accionar local de un voluntariado interviniente –los promotores– que son quienes están en definitiva en contacto permanente con la población carenciada.

El núcleo central del Prohuerta es la entrega sin cargo de semillas de las principales hortalizas, frutales y animales de granja (para postura y carne) y la capacitación en la preparación y construcción de las propias herramientas y el área de laboreo a los beneficiarios del programa, que son quienes reproducen y consumen sus propios alimentos en huertas particulares, o comunitarias en aquellos casos que no tuvieran espacio disponible en sus propias casas. La superficie promedio de estas huertas oscila en los 100 m2 para las familiares, 200 m2 para las escolares y alrededor de los 1.000 m2 en el caso de las comunitarias.

La producción anual de una huerta familiar, que abastece a una familia de cinco personas, supera los 200 kg de hortalizas frescas (entre las de primavera/verano y otoño/invierno). En algunos casos se reciben además, animales de postura (gallinas Negra INTA) y de carne (pollos camperos), o parejas de conejos.

La mayoría de las hortalizas, en una dieta balanceada, proveen de minerales como fósforo, calcio, hierro y magnesio, muy ricas en vitaminas A, B, C y D, aportando fibras que favorecen la digestión y en algunos casos son proveedoras de proteínas. Se promueve la autoproducción de zapallos, perejil, espinacas, acelga, tomate, zanahoria, porotos, lentejas, ajo, maíz, brocoli, coliflor, pimiento, alfalfa, soja, repollo, papa, berenjena, melón, cebolla y otras verduras durante todo el año calendario, en distintas combinaciones y rotaciones en los ciclos primavera-verano y otoño-invierno.

En la década pasada, a medida que crecía el ajuste estructural y el empobrecimiento de la población, se expandía el programa, con sus altos y bajos, y las consabidas presiones y apropiaciones políticas de turno, que más de una vez lo han hecho trastabillar o puesto al borde de la desaparición. En concreto, el Prohuerta creció en poco más de diez campañas en porcentajes exponenciales (ver gráfico) y actualmente facilita la producción de sus propios alimentos a casi 2.500.000 personas, a través de 400.000 huertas y granjas familiares, más de 5.600 huertas escolares y 2.300 comunitarias, presentes en todas las localidades de Argentina7.

La producción total de alimentos supera las 80.000 toneladas sobre las 4.000 hectáreas de huertas a nivel nacional, con un valor de mercado que ronda los 150 millones de pesos. La relación histórica promedio entre peso invertido/peso en alimento producido es de aproximadamente 1 a 10, a lo que hay que agregar valores no monetarios, como el rescate de la dignidad, la contención social y el sostenimiento de un numeroso grupo de personas que no cuentan casi con otros medios para subsistir.

Evidentemente, programas de esta envergadura necesitan generar una masa crítica de insumos (especialmente semillas), generalmente variedades hortícolas cuyas principales características deben ser su rusticidad, plasticidad de comportamiento y niveles de producción media adaptables a las diferentes condiciones agroclimáticas de las regiones argentinas. La sanidad de las mismas es clave para su sostenibilidad en el tiempo y su reproducción. Pero la demanda creciente de estos insumos puede hacer que se llegue rápidamente a un cuello de botella que, dada la fragilidad institucional en que se desarrolla el programa, lo vuelva insalvable sin un apoyo o subsidio importante.

Aun así, la tremenda crisis que atraviesa el país hace que con el presupuesto actual –alrededor de unos diez millones de pesos– se pueda alcanzar solamente a la tercera parte de la población indigente argentina (unas 7.800.000 personas). A pesar de estos alentadores resultados, en lugar de recibir mayor apoyo oficial (y por qué no de otras organizaciones), los Prohuerta sólo han percibido este año un 7% de la partida acordada, lo que implica prácticamente la parálisis del programa.

Metodología de participación

Estos proyectos de autoproducción sólo necesitan que el Estado los provea de semillas y de la orientación técnica inicial, puesto que el trabajo, la tierra y el voluntariado organizador es de la propia gente. Hasta la entrada en producción siempre será necesario un aporte alimenticio diario que luego se hará suplementario, para alcanzar el autoabastecimiento y una posible generación de excedentes que podrían trocarse por otros bienes y servicios tan urgentes como el propio alimento.

Estos sistemas tienen relación directa con una metodología de participación directa y activa de gran cantidad de agentes multiplicadores que trabajan a nivel local, motivados por y motivadores del funcionamiento del programa en la población base. En las actuales circunstancias de necesidad en el incremento de los planes de autoproducción se hará imprescindible consolidar el perfil de los promotores y sumar nuevos agentes como líderes comunitarios y otras ONGs. La autoproducción de alimentos es una propuesta creciente, impulsada no sólo por organismos estatales sino por organizaciones comunitarias en todo el mundo. En La Habana, alrededor de 26.000 horticultores urbanos (especialmente jóvenes y ancianos), producen en espacios ecológicos comunitarios la mayoría de las hortalizas que se consumen8.

Se destaca el importante papel de las huertas urbanas y periurbanas en las grandes ciudades, que pueden cumplir un interesante rol en apoyo a la creciente cantidad de comedores populares. El exitoso ejemplo de Porto Alegre es interesante. Allí, los comedores se abastecen de las huertas orgánicas pertenecientes a las comunidades campesinas de los alrededores de la ciudad.

El papel de los órganos municipales en estos emprendimientos es para destacar. Cada municipio puede buscar formas autoproductivas acordes a los recursos locales. Las formas de producción de alimentos agroecológicos promueven la seguridad alimentaria, permiten la monetarización (dando un activo para intercambiar) de los sistemas locales y son una interesante propuesta para el manejo del suelo municipal9. Estas huertas se constituyen en una fuente alternativa de creación de empleo y del sostenimiento de la salud de los vecinos.

El rol de los jardines y huertas urbanos y periurbanos y de la agricultura urbana en general es proveer de una significativa fuente de producción de alimentos a los pueblos y ciudades10, percibido y aprovechado por muchas economías desarrolladas del mundo. En el caso de economías pauperizadas como la argentina, además de la vital función de la búsqueda de alimentos de calidad, la cuestión es claramente alimentar a la población ya desnutrida. En esta escala, la intervención municipal puede permitir también importantes logros, como los alcanzados en muchas localidades del interior argentino, donde una activa participación municipal, sumado a un creciente apoyo de base, permite desarrollar huertas en baldíos municipales, tambos comunitarios, cría de vacunos para ordeñe, etc.11.

Pero propuestas de esta índole no necesariamente se ciñen a la búsqueda o el sostenimiento de comunidades para la resolución exclusiva o paliativos al problema de la desnutrición: al incorporar conocimiento productivo, proveen además una nueva capacitación, un conocimiento que puede ser aprovechable para la asociación y la producción comunitaria y constituir una salida comercial a nivel de microemprendimiento. No es un tema menor que a escala planetaria, de una u otra forma, hay casi 800 millones de personas involucradas en la producción en agricultura urbana, de las que 150 millones encuentran allí un empleo a tiempo completo, y una cifra similar genera producción extra para ser comercializada12.

Del mismo modo que en el caso de las ferias ecológicas, estas producciones locales pueden integrarse luego en nuevas redes de comercialización, obteniendo o siendo abastecidas de otros tipos de financiamientos, nuevas formas de organización y de trabajo, generando una economía solidaria a través de las redes, con más intercambio, más trueque, más integración comunitaria13.

  1. Roberto Benencia, en Eliseo Giai y Juan Carlos Amigo, En Vez del Modelo, Ediciones desde la gente, IMFC/IADE, Buenos Aires, 2001.
  2. P. Sabatino y D. Domínguez, “Lo que significa la soja en Argentina”, Red de alerta sobre transgénicos (www.ecohabito.com/redast), Buenos Aires, julio de 2002.
  3. “Usando la pobreza del Sur, el Norte justifica los alimentos genéticamente modificados”, LEISA, Revista de Agroecología, Vol 17, Nº 4, Lima, marzo de 2002.
  4. Miguel Altieri et al., Agroecología. Bases científicas para una agricultura sustentable, Editorial Nordan, Montevideo, 1999.
  5. Enrique Leff, “Agroecología y saber ambiental”, Agroecología e Desenvolvimiento Rural Sustentável, Emater, Vol. 3, Nº 1, Porto Alegre, enero/mayo de 2002.
  6. Mario Gusson y Jairo Boza, “Soberanía Alimentaria: las ferias ecológicas”, Biodiversidad, Sustento y Culturas, Nº 29. Montevideo, julio de 2001.
  7. Entrevista de Jorge Halperín a Daniel Díaz, Coordinador Nacional del Prohuerta, Radio Mitre, 12-6-02.
  8. Catherine Murphy, Cultivating Habana: Urban Agriculture and Food Security in the years of crisis. Food first, IFDP, Oakland, 2001.
  9. Yves Cabanas y Marielle Dubbeling, “Food Security, Urban Agriculture and Urban Management”, UMP- LAC/UNCHS (www.cityfarmer.org/marielleUN.html#marielle), Nueva York, junio de 2001.
  10. City Farmer. www.cityfarmer.org
  11. Raúl Terrile et al., “Agricultura urbana y alimentación de las ciudades de América Latina y el Caribe”, IPES-PNUD. Estudio de Caso: Camilo Aldao (Argentina). CEPAR, 2000.
  12. Bettina Baumgartner y Hasan Belen, “A systematic overview of urban agriculture in developing countries”, EAWAG, Swiss Federal Institute for Environmental Science (www.sandec.ch/urban_agri/Hasan.Bettina.pdf), septiembre de 2001.
  13. José Luis Coraggio, Políticas Sociales y Economía del Trabajo, Editorial Miño y Davila, Universidad Nacional de General Sarmiento, Buenos Aires, 2001.
Autor/es Walter Alberto Pengue
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 38 - Agosto 2002
Temas Agricultura, Desarrollo, Movimientos Sociales
Países Argentina