Le Monde diplomatique ÍndicesBúsquedaEste cdAyuda  
Home

La llama encendida

¿Anticipo de una reconstrucción o llamarada final? Mientras intelectuales y artistas tornan a abocarse a la política, la frenética actividad artística y cultural que vive Buenos Aires -y que de distintas maneras se reproduce en el interior del país- en medio de las protestas y de los indicios de una masificación de la pobreza, desborda e impugna a instituciones desacreditadas, atestigua la voluntad de resistir y permanecer, evoca un país que fue, pero también el que pudo ser, el que ¿todavía? podría renacer y levantarse sobre sus ruinas.

Ya es evidente que Argentina ha entrado al siglo XXI viviendo un proceso de catástrofe y un sentimiento de disolución y derrota moral que afecta todas las actividades y sectores de la sociedad. Y sin embargo, semejante fenómeno trae su polarización: al mismo tiempo que el país se hunde en una depresión sin precedentes, se mantiene sorprendentemente vivo el espacio de la cultura, erigida, coma tantas veces en la historia argentina, bastión de la resistencia. Lo que sigue es un repaso a lo que ocurre en la ciudad de Buenos Aires, pero hay suficientes datos como para afirmar que, como matices propios de las diferencias económicas y demográficas, entre otras, el mismo fenómeno se reproduce en casi todo el país.

La gente ha decidido ocupar el espacio público en los piquetazos, clubes de trueque, cacerolazos y asambleas barriales, incipientes intentos de democracia directa, balbuceos de autoafirmación frente a la crisis de representación y el fracaso de los políticos. También en el ámbito de la cultura se vive un movimiento colectivo, un resurgir de toda la producción y la potencia creativa en un impulso que está más allá de las instituciones. De manera más victoriosa –y promisoria– que el fútbol, hoy es la cultura la que mantiene la llama encendida; intelectuales y artistas parecen querer recuperar su lugar e influencia en la política. Así como no existe cultura política en la dirigencia, es evidente la carencia absoluta de una política cultural, de un proyecto a mediano o largo plazo de parte del Estado. En las últimas décadas Argentina ha perdido su posición de líder cultural en Latinoamérica, merced a una actitud oficial que estimuló la frivolidad y el negocio del espectáculo pasatista, en desmedro del verdadero patrimonio cultural –material e intelectual– de los argentinos. En consecuencia, ese patrimonio está seriamente amenazado y –devaluaciones mediante– el país se aísla cada vez más del resto del mundo.

Desarticulado el Estado y en un contexto de desastre, la sociedad sabe que debe hacerse cargo de diseñar su propia cultura, y la respuesta a este desafío es una verdadera explosión de iniciativas y actividades creativas de todo tipo en defensa, incentivación o protección de la cultura y la educación. Están llevándose a cabo diversos eventos artísticos y culturales de gran importancia y poder de convocatoria. Ya nos hemos referido al momento de revitalización que vive el cine argentino1. Y no sólo en la producción: las salas presentan hoy una proporción mayor de las películas que se exhiben en estos momentos en los cines de todo el mundo, y es de esperar que los costos sigan permitiéndolo. El IV Festival de Cine Independiente resultó un éxito de público, realizado con gran esfuerzo de los organizadores, que debieron ajustarse a una drástica reducción del presupuesto. Miles de espectadores, en su gran mayoría jóvenes, llenaron las salas durante diez días, mientras en la calle el país ardía, el gobierno cerraba los bancos durante una semana, los ministerios cambiaban de titulares y los ciudadanos recorrían los cajeros automáticos para disponer de sus propios pesos, presos en arcas ajenas. En una evidente toma de conciencia de la realidad nacional, han aumentado los grupos de documentalistas y abundan los ciclos de proyección de documentales políticos y su debate por parte del público. La Feria del Libro volvió a celebrarse con la visita de escritores extranjeros, la realización de talleres y presentación masiva de nuevos libros argentinos. Para asombro de todos, este año fue superado el promedio histórico de visitantes y las ventas mantuvieron los niveles de años anteriores. Similar éxito logró la última edición de arte BA, a mediados de julio pasado.

La Asociación Olimpíada de Filosofía y el Ciclo Básico de la Universidad de Buenos Aires (UBA) realizaron otra Muestra Nacional de Filosofía, mientras la Federación Universitaria (FUBA) lanzó la campaña Mes por la Universidad Pública, un espacio de participación y debate bajo la consigna “La Universidad se refunda o se refunde”.

Sentirse vivos

Buenos Aires propone hoy una abundante cartelera teatral en los espacios convencionales e independientes, pero el teatro también circula por otros ámbitos: los festivales, el ciclo Teatro por la Identidad, la movida teatral que sale a la calle, a las plazas, o lleva a cabo sus funciones en casas particulares y hasta en el subterráneo. El Teatro Colón, el San Martín y el Cervantes con sus actividades gratuitas atraen públicos ávidos. En el exterior, para citar sólo el último caso, el grupo Periférico de Objetos obtuvo en julio pasado un gran éxito en el Festival de Aviñón (Francia), con su obra Suicidio, en la que muchos ven una alegoría de la crisis nacional2.

Tal vez sea una búsqueda de identidad lo que subyace en este entusiasmo, quizás un sentirse vivos a pesar de todo, o el instinto de supervivencia. En este resurgir masivo de bienes culturales se observa una cierta ruptura con algunas normas ortodoxas. Hay resistencia a institucionalizarse, tal vez debida precisamente a la degradación de las instituciones. Los artistas parecen pasar por alto los cánones impuestos por el mercado tradicional de la cultura y el espectáculo. En el terreno de la plástica, por ejemplo, se ha quebrado la hegemonía de ciertos espacios que tradicionalmente fueron el pasaporte a la visibilidad. Y no es sólo a causa de que varias galerías tradicionales han cerrado o se han ido a otros países. Los artistas utilizan ámbitos alternativos para la exhibición de su obra, como cafés y restoranes, espacios de diseño o tiendas de ropa y galerías surgidas fuera del circuito de Florida y Santa Fe, y convocan numeroso público en los talleres abiertos que realizan en Palermo, Abasto, San Telmo o La Boca. Se observa también una conciencia colectiva, la evidencia de que se pueden lograr más resultados si se muestra o se proyecta en grupo, sin la condición de que la obra sea unívoca. Aturdidos, sin saber aún hacia dónde va el movimiento, los jóvenes artistas experimentan con lo que sucede y están armando una trama nueva, propia, que no espera la aprobación para actuar.

En el ámbito de las letras, la Sociedad de Escritoras y Escritores de Argentina (SEA) organiza un café literario con el foro “A río revuelto, instantáneas de la realidad”. Se observa el fenómeno de que muchos escritores que hasta ahora se habían dedicado de manera exclusiva a la poesía o la ficción, escriben también sobre la actualidad nacional. Son varios los foros culturales que han surgido como espacio de diálogo, confrontación y complementación de ideas. En todos prima la resistencia frente a la crisis y la convicción de que es la actividad colectiva y superadora del individualismo la que salva y renueva la cultura, y que con ella podría salvarse el país.

Estos movimientos son generados por numerosos intelectuales de diversas áreas: el Movimiento Argentina Resiste (MAR) se propone llegar a todos los ámbitos con una propuesta de debate y participación en un proceso de reconstrucción de Argentina y con un nuevo modelo de país. Bajo el lema “Argentina existe y resiste” sale al rescate del patrimonio cultural, intelectual y científico que ha sufrido el saqueo y avasallamiento durante las últimas décadas. El Manifiesto Argentino –otro colectivo de intelectuales–, el Movimiento Integrador de la Cultura Nacional (MICUNA), el Foro Multisectorial para la Defensa de Industrias Culturales… todos han surgido con el objetivo de generar una corriente de pensamiento y acción desde la resistencia en el campo de las ideas y la ética, para elaborar las bases de una política cultural y salvaguardar el patrimonio, impidiendo que se profundice el proceso de desnacionalización. Todos rescatan la importancia estratégica de las industrias y producciones culturales en las relaciones internacionales, ya que el fortalecimiento de la identidad cultural puede significar la mejor respuesta a la globalización.

Es de esperar que los intelectuales y artistas superen arraigados divisionismos; que estos movimientos se sumen y pasen a la acción. Porque resulta una señal positiva el solo hecho de que cientos de pensadores y artistas de diversas áreas hayan dejado el lugar del trabajo solitario para apelar a la resistencia y a conductas colectivas en un movimiento que excede el marco de la cultura en el sentido más amplio. Por primera vez en un cuarto de siglo intelectuales y artistas regresan a la arena pública.

Observando la historia

La República Argentina política fue construida por intelectuales: desde la Revolución de Mayo, que contó entre sus ideólogos a mentes brillantes como Mariano Moreno, Juan José Castelli, Manuel Belgrano y Bernardo de Monteagudo, los intelectuales formaron parte de la dirigencia política, o los políticos fueron al mismo tiempo intelectuales de nota. La intelectualidad alineada contra Rosas combatió desde la resistencia cultural, a veces desde el exilio, como los miembros de la Generación de 1837: Juan Cruz Varela, Esteban Echeverría, José Mármol, Juan M. Gutiérrez y Juan B. Alberdi. Caído el régimen rosista, fueron intelectuales de la talla de Domingo F. Sarmiento y Bartolomé Mitre quienes ocuparon los máximos sitiales del poder político y se encargaron de modernizar el país: Sarmiento fue uno de los escritores más destacados de su época, Mitre era escritor e historiador, las Bases de Alberdi inspiraron a la Constitución gracias a una cultura basada en el estudio del liberalismo europeo.

Los intelectuales de la Generación del ’80 –todos pertenecientes a la élite de entonces– contribuyeron a forjar el imaginario nacional y el ideario de una Nación moderna. En esa época, dirigencia política e intelectualidad estaban intrínsecamente asociadas en las figuras de Miguel Cané, Lucio V. Mansilla, Eduardo Wilde, Lucio V. López. Ese liberalismo de cultura literaria y esteticista encontró oposición tanto de los partidarios de la doctrina y educación católicas, encabezados por José Manuel Estrada, como de quienes adherían al positivismo de la corriente científica. La religión del progreso científico que practicaba Florentino Ameghino fue aplicada desde la función pública por José María Ramos Mejía y Joaquín V. González, quienes abogaban por el fortalecimiento de una idea diferente de Nación moderna, con clases sociales homogéneas. Como ellos, José Ingenieros se abocó a la educación y al mejoramiento de las condiciones de vida de las clases emergentes, fundamentando en su obra la estrecha vinculación entre teoría y política, entre intelectuales y Estado3. Esta corriente cientificista fue enriquecida por Juan B. Justo y Alicia Moreau, quienes cristalizaron el advenimiento de la ciencia a la política.

La Reforma Universitaria de 1918 –de influencia latinoamericana y mundial– fundamentada en Córdoba por Deodoro Roca fue un movimiento revolucionario de la joven intelectualidad para erradicar la decadencia de sus claustros. El nacionalismo en sus distintas vertientes, desde la tradicionalista hasta la que adhirió al fascismo y al militarismo, tuvo por ideólogos a escritores de la envergadura de Ricardo Rojas, Leopoldo Lugones, Manuel Gálvez, Gustavo Martínez Zuviría, los hermanos Irazusta, Carlos Ibarguren y Leonardo Castellani. El brillante Lisandro de la Torre sostuvo en los años ’30 una célebre polémica con uno de ellos, el sacerdote Gustavo Franceschi –director de la revista Criterio– acerca de la posición de la Iglesia en las cuestiones sociales, que trascendió el tema inicial hasta llegar al terreno de la moral y a la comparación del cristianismo con otras religiones4. Debates de este nivel hoy no existen en Argentina.

El peronismo también tuvo sus intelectuales célebres: Raúl Scalabrini Ortiz, Arturo Jauretche, Leopoldo Marechal. Desde la oposición, todo el grupo Sur, nucleado alrededor de Jorge Luis Borges y Victoria Ocampo, hizo del antiperonismo su bandera de lucha. En los años ’70, muchos miembros de la intelectualidad progresista renunciaron a su actividad específica para entregarse de lleno a la militancia política –en algunos casos a la resistencia armada– con la posterior derrota, masacre y desilusión. Haroldo Conti, Francisco Urondo, Raymundo Gleyzer y Rodolfo Walsh son algunos de los centenares de nombres prestigiosos comprometidos con la política y asesinados por la dictadura. En esos años negros, la cultura encontró la manera de seguir viva y en lucha a través de Teatro Abierto, un extraordinario fenómeno de resistencia y denuncia que encarnó el sentir colectivo.

Con la recuperación de la democracia, en 1983 hubo un cierto reflorecimiento de la actividad cultural. Gente de las letras, artistas de todas las ramas, pensadores y científicos que regresaron al país y quienes salieron del exilio interior apoyaron a la democracia; muchos de ellos al gobierno radical, si bien con reservas. La posterior decepción con el gobierno de Alfonsín motivó que los intelectuales volvieran a retirarse de la acción política. Ninguna figura destacada de la inteligencia argentina ocupó cargos públicos durante la década del menemato. Ese ha sido el gobierno más ajeno a la intelectualidad en toda nuestra historia; la cultura estuvo subvaluada durante esos años, en los que pareció haber una conspiración oficial para su destrucción, acompañada del menoscabo de la educación. En su reemplazo, el espacio de la opinión fue ocupado por el periodismo y las figuras mediáticas, que tampoco llegaron a la función pública, con excepción de Pacho O’Donnell y Jorge Asís, paradigmas del modelo ético y cultural menemista.

A pesar de todo, sigue habiendo buen teatro, una importante producción literaria y pictórica y el cine argentino es el más importante de Latinoamérica. Es la ciencia, que depende en gran medida de la acción oficial, la que acusa el mayor deterioro de los últimos años. Pero la actividad cultural que hoy se observa significa un regreso a la tradición histórica: los intelectuales vuelven a ocupar el espacio público en defensa de la República, esta vez mayoritariamente desde la clase media y no desde la élite. Hasta ahora, todo ha sido un movimiento defensivo y de resistencia. Lo que probablemente ha de venir es una reinsersión del intelectual, del arte y la cultura en la dimensión política. El país lo necesita.

  1. Josefina Sartora, “Un nuevo cine argentino. La fisura social en imágenes”, en Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, diciembre de 2001.
  2. El País, Madrid, 18-7-02.
  3. Oscar Terán, Vida intelectual en el Buenos Aires fin-de-siglo, Fondo de Cultura Económica, Buenos Aires 2000.
  4. Lisandro de la Torre, “Intermedio filosófico”, en Obras Completas, Ateneo, 1964.
Autor/es Josefina Sartora
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 38 - Agosto 2002
Páginas:12,13
Temas Cine, Teatro, Movimientos Sociales, Literatura, Clase obrera
Países Argentina