Le Monde diplomatique ÍndicesBúsquedaEste cdAyuda  
Home

El modelo de resistencia boliviano

Los partidos de izquierda bolivianos nunca tuvieron votaciones superiores al 5%. Es por eso que el 20,9% alcanzado por el dirigente campesino Evo Morales significa un logro histórico de los sectores progresistas, y expresa la oposición de un sector importante de la sociedad después de diecisiete años de políticas neoliberales. En efecto, el ascenso de este nuevo líder indígena supone la reacción concertada de los movimientos sociales ante la crisis y contra las políticas impuestas por el FMI y los organismos crediticios internacionales.

El 30 de junio pasado, el Movimiento al Socialismo (MAS), el “partido” de Evo Morales (42 años), obtuvo el segundo lugar en las elecciones y, según la Constitución, pasó automáticamente a disputar la Presidencia en el Congreso Nacional con Gonzalo Sánchez de Lozada, el candidato del Movimiento Nacionalista Revolucionario (MNR), que aglutina a los sectores medios y conservadores alineados con las políticas fondomonetaristas.

El MAS es el instrumento político creado por las confederaciones campesinas del Chapare y de todo el trópico de Cochabamba, el lugar más reprimido por las fuerzas policiales bolivianas –bajo el financiamiento y asesoramiento de la Drug Enforcement Agency (DEA) y otras entidades estadounidenses– debido a que allí se siembra la hoja de coca. No hay cifras exactas, pero se estima que en los últimos quince años, en esa región han muerto más de 250 campesinos defendiendo su derecho a sembrar coca.

La región del Chapare es el lugar donde, desde principios de los ochenta, se fueron asentando los campesinos que migraban del Altiplano. En 1985, el gobierno de Víctor Paz Estenssoro promulgó el decreto 21060, por el cual Bolivia pasó de una economía mixta de corte estatista a un neoliberalismo duro y ortodoxo. Se cerraron las empresas estatales como la Corporación Minera de Bolivia (Comibol) y más de 20.000 mineros fueron despedidos. Una buena parte de este contingente se internó en el Chapare y tomó el único camino posible: sembrar coca, pues otros productos agrícolas ni son rentables ni tienen mercado seguro.

El gobierno de Estados Unidos empezó a preocuparse por la coca del Chapare desde fines de los ’80, alegando que esa producción derivaba directamente hacia el narcotráfico. Pero el presidente de entonces, Jaime Paz Zamora (1989-93) se negó a penalizar el cultivo de la hoja de coca y, apelando a una comprensión histórica y soberana del problema, organizó la llamada “diplomacia de la coca”, bajo el lema “coca no es cocaína”. Cuando Paz Zamora terminó su mandato fue duramente atacado por la embajada de Estados Unidos en Bolivia, varios de los dirigentes de su partido, el Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR) fueron enjuiciados –uno de ellos, Oscar Eid, fue a la cárcel– por supuestos vínculos con el narcotráfico y el propio Paz Zamora perdió su visa a Estados Unidos.

Estas medidas formaron parte de una campaña de intimidación a todos los políticos bolivianos. El mensaje era claro: quien no está contra la coca del Chapare está contra la política de Estados Unidos en Bolivia. De allí en adelante la embajada estadounidense organizó distintos y variados planes de erradicación durante la década de los ’90, que sólo los campesinos resistieron. De allí emergió el liderazgo de Evo Morales.

En abril de 2000, los pobladores de Cochabamba, agrupados en la llamada Coordinadora del Agua, se levantaron contra la empresa Aguas del Tunari (subsidiaria de la transnacional Betchel) que administraba el agua potable de Cochabamba, y había aplicado un tarifazo superior al 35%. Hubo violentas protestas en las calles y el gobierno militarizó la región, pero el pueblo cochabambino terminó imponiendo su voluntad y ganó la “Guerra del Agua”, según la llamaron los medios. Los ejecutivos de la transnacional tuvieron que abandonar el país. El dirigente de la Coordinadora del Agua, Oscar Olivera, resumió así esta victoria popular: “Los bolivianos hemos infringido una significativa derrota al capital globalizado, la primera derrota en el mundo”.

Los campesinos cochabambinos, incluidos los del Chapare, jugaron un rol decisivo en la Guerra del Agua. Se extendieron los vínculos entre los movimientos sociales. Surgieron nuevos liderazgos y los partidos políticos fueron arrinconados y perdieron legitimidad. Así, cuando en enero pasado el gobierno conservador de Jorge Quiroga decidió cerrar los mercados de coca de Sacaba –un poblado cochabambino– el movimiento popular reaccionó como un solo bloque y aun cuando hubo siete muertos (tres campesinos y cuatro militares), el conflicto se resolvió de manera favorable para los campesinos: los mercados de coca siguieron abiertos y se paralizó temporalmente la erradicación.

En 1997, Evo Morales fue elegido diputado por el MAS. Su desempeño parlamentario estuvo íntimamente ligado a la defensa de la coca del Chapare y de los movimientos populares contrarios a las políticas neoliberales. En enero de 2002, la Comisión de Ética del Parlamento organizó un repentino proceso en su contra (según se sabe hoy, detrás del operativo estuvo el embajador de Estados Unidos en Bolivia, Manuel Rocha) y terminó expulsándolo. Se lo acusaba de ser el instigador de la violencia en Sacaba y por lo tanto responsable indirecto de la muerte de los cuatro militares.

Pero esta expulsión arbitraria resultó el empujón decisivo para que Evo Morales se convirtiera en el líder de los sectores populares, que vieron en ese hecho el emblema del abuso y la discriminación de los partidos políticos tradicionales hacia los campesinos y sus dirigentes.

El 5 de marzo de 2002 Morales hizo pública su candidatura a la Presidencia de la República. Como acompañante de fórmula había elegido a Antonio Peredo, el hermano mayor de dos míticos guerrilleros que lucharon junto al Che Guevara en su última incursión en Nancahuazú (ambos sobrevivieron, pero fueron eliminados posteriormente en operativos de tipo paramilitar, que nunca llegaron a esclarecerse). En ese momento, las encuestas daban al líder del MAS apenas el 2% de intención de voto, pero a medida que se fue caldeando la campaña empezó a crecer de manera sostenida.

A medida que los partidos favoritos (el MNR y la Nueva Fuerza Republicana –NFR– liderada por un ex capitán del ejército graduado en la Escuela de las Américas) se acusaban a través de los medios de enriquecimientos ilícitos y un sinnúmero de corruptelas, los votantes del campo, las zonas urbano-marginales y los intelectuales progresistas iban decantando su simpatía hacia Morales y Felipe Quispe (otro líder campesino de origen aymara, que participó en las elecciones y obtuvo el 6% de los votos). El pánico empezó a cundir en los sectores conservadores y en la embajada de Estados Unidos. El 27 de junio, tres días antes de las elecciones, el embajador Manuel Rocha conminó a los bolivianos a no votar por Evo Morales con el argumento de que este candidato estaba vinculado al narcotráfico, en una imperial y descarada intromisión en los asuntos internos del país. Pero como en otras ocasiones de la historia latinoamericana1, el tiro salió por la culata: según investigaciones de la empresa de encuestas Equipos Mori, este hecho exacerbó los sentimientos patrióticos y antiimperialistas de los bolivianos, volcando la elección a favor del MAS en cifras incluso superiores al 15% en las ciudades.

Evo y los comités populares

El segundo lugar obtenido por Morales no sólo abrió la posibilidad de que ingresen al Parlamento boliviano 35 indígenas y campesinos, sino también de que un líder popular, de origen aymara, llegue por primera vez a la Presidencia de la República. Pero puesto que para ello necesitaría del apoyo de otros partidos que en los últimos años se caracterizaron por apoyar directa o indirectamente el esquema neoliberal, Morales ha decidido pasar a la oposición para potenciar aun más aquello que algunos analistas llaman “la nueva izquierda”, cuyas características centrales son:

-Sus líderes ya no son intelectuales de las clases medias o altas que, pertrechados de conocimientos teóricos, se proponen como guías. Sus dirigentes son líderes campesinos e indígenas que se encumbraron a partir de la lucha por la defensa de su territorio y de sus culturas ancestrales.

-A diferencia de los movimientos de los años ’60 y ’70, no propone la disolución del Estado ni la lucha de clases, sino mayor participación en el sistema democrático, exige el reconocimiento de sus tradiciones, de los poderes fácticos que operan en las comunidades y de sus propias autoridades.

-Está vinculada –en realidad nace de allí– a los movimientos sociales y no al sindicato obrero. Esto le otorga una mayor capacidad de convocatoria, ya que las demandas que estos últimos años han propuesto las organizaciones sociales bolivianas abarcan a toda la sociedad, incluso a los sectores urbanos: rebajas de tarifas, preservación de los recursos naturales, reversión de los procesos de privatización, etc.

En esta “nueva izquierda” no aparece la idea tradicional de “el Partido”, lo que supone un arma de doble filo: por un lado se evitan las prácticas sectarias y los lineamientos verticalistas impartidos a modo de catecismo; pero por otro asoma una debilidad estructural que a largo plazo puede ser muy nociva: la historia enseña que los movimientos sociales acaban dispersándose.

De todos modos, Evo Morales ha hecho pública su decisión de no convertir al MAS en un partido de cuadros, con un comité central como los partidos tradicionales de izquierda: prefiere optar por generar centenares de comités populares que actúen en todos los estratos sociales, posibilitando la resistencia y la movilización contra el modelo neoliberal. Todo esto apoyado por la bancada parlamentaria, que intentará “tenderle un cerco interior al neoliberalismo”.

El otro terreno en donde el MAS se jugará su futuro, según Morales, es en el espacio de lo simbólico, “el neoliberalismo ha tenido a su favor un trabajo de desmovilización social organizado a la perfección por las ONGs y la cooperación internacional, que nos convirtieron en países mendigos. Vamos a proponer modelos de resistencia a ese avasallamiento ideológico. Vamos a pelear para imponerles al modelo y a los sectores conservadores todo el poder simbólico de nuestras culturas. Vamos a exigir que se respeten nuestras tradiciones comunitarias y las distintas lenguas que se hablan en Bolivia”.

El MAS es el resumen de las experiencias aquilatadas en los últimos veinte años por los sectores empobrecidos por el modelo neoliberal. Morales lo tiene claro: “nosotros hemos heredado las experiencias de los zapatistas en cuanto a su capacidad de encontrar en los campesinos la fuerza para interpelar las agresiones del mundo globalizado; hemos tomado de los cacerolazos argentinos la fuerza moral para salir a las calles y decirles a los amos del mundo que nos están matando de hambre y hemos heredado de la vieja izquierda ese espíritu rebelde que nos dice que los pobres del mundo unidos podemos encontrar una salida digna”.

  1. Para citar un ejemplo: en 1945, la intervención del embajador estadounidense en Buenos Aires, Spruille Braden, en contra de la candidatura de Juan Domingo Perón fue una de las razones determinantes de la posterior abrumadora victoria del líder popular.
Autor/es Sergio Cáceres, Walter Chávez
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 38 - Agosto 2002
Páginas:14
Temas Movimientos Sociales, Políticas Locales
Países Bolivia