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Sacra unión liberticida en Estados Unidos

Los atentados terroristas del 11 de septiembre pasado profundizaron el proceso de fortalecimiento de la derecha estadounidense, que se remonta a 1980, cuando la elección de Ronald Reagan para la presidencia. La oposición demócrata guarda silencio o dirige sus críticas a aspectos de la gestión de George W. Bush no relacionados con su cruzada antiterrorista. E incluso dentro de la izquierda han estallado polémicas que reflejan que también en ese ámbito el señalamiento de una relación entre el atentado y la política exterior de Washington o la preocupación por el cercenamiento de libertades civiles se leen como una adhesión al accionar de Al-Qaeda y de Osama Ben Laden.

Aunque menor, el incidente fue sin embargo esclarecedor. El 28 de febrero pasado, el senador demócrata Tom Daschle, líder de la mayoría, admitió ante la prensa que “necesitaba comprender mejor” para qué serviría el aumento de fondos que él y sus colegas debían destinar a la cruzada antiterrorista del presidente George W. Bush. Ocupado en la preparación de la guerra contra Irak, el presidente de Estados Unidos parecía considerar que el conflicto con Afganistán estaba definitivamente terminado. Sin embargo, Daschle señaló que ciertos objetivos seguían pendientes, en particular la captura de Osama Ben Laden, que había sido el motivo inicial de dicha guerra. Los estadounidenses “no estarán fuera de peligro hasta que no le quebremos el espinazo a Al-Qaeda. Y aún no lo logramos”, agregó.

Por moderada que haya sido esa declaración, era la primera vez que los responsables demócratas del Congreso osaban cuestionar la política de guerra de la Casa Blanca. La respuesta de los republicanos no se hizo esperar. El representante de Virginia, Thomas M. Davis III, acusó a Daschle de “apoyar y alentar a nuestros enemigos”. De su lado, Trent Lott, jefe de la minoría senatorial, se ofuscó: “¿Cómo se atreve el senador Daschle a criticar al presidente Bush en momentos en que libramos una guerra contra el terrorismo y, sobre todo, en que nuestros soldados luchan en el terreno? Debería evitar dividir al país cuando todos estamos unidos”. Otro parlamentario influyente, Tom Delay, que exhibe en su oficina varios látigos de cow-boy como símbolo de su autoridad, resumió en una palabra la opinión de sus amigos de la Cámara de Representantes: “Asqueante”.

¿Cómo reaccionó Daschle ante esas críticas que cuestionan su derecho a disentir con la Casa Blanca? Pocas horas después, su secretariado emitió un comunicado negando que hubiera cuestionado en lo más mínimo al Presidente. “En las declaraciones del senador Daschle esta mañana respecto de la guerra contra el terrorismo, algunos prefirieron ver una crítica hacia el presidente Bush. En realidad, esas declaraciones (…) no contienen ninguna crítica al Presidente ni a su campaña contra el terrorismo”. El apoyo demócrata a la extensión de esa campaña se mantenía inconmovible.

Aunque se podría excusar a un observador poco informado de creer lo contrario, el debate político no está totalmente muerto en Washington. Los demócratas del Congreso gustan en efecto criticar a la administración por sus vinculaciones con Enron o por sus proyectos de explotación petrolífera en el Ártico. Sin embargo, después de la guerra de Vietnam parecía evidente que el Congreso debía examinar escrupulosamente las aventuras militares de la Casa Blanca en el exterior. Ahora bien, el presidente Bush anunció su intención de lanzarse a la guerra en unos sesenta países contra los presuntos agentes de Al-Qaeda, y ello sin notificar del tema al poder legislativo1.

Además, a pesar de que a mediados de septiembre el Congreso autorizó al presidente a utilizar “todos los medios necesarios y apropiados” contra los responsables del atentado del World Trade Center, Bush reaccionó declarando virtualmente la guerra contra tres países: Irak, Irán y Corea del Norte (el “Eje del Mal”), que no tenían ninguna vinculación con los acontecimientos del 11 de septiembre. Por su parte el Congreso, olvidando décadas de lucha por la defensa de las libertades civiles, cedió a la presión de la Casa Blanca, y aprobó el proyecto de ley conocido como el USA Patriot Act. El mismo está formulado en términos tan generales, que permitiría a los fiscales acusar a cualquier persona de colaborar con el terrorismo o de ser su cómplice por haber tan sólo contribuido con obras caritativas vinculadas al Ejército Republicano Irlandés, o –en época del apartheid– al Congreso Nacional Africano (ANC)2.

Suspensión de la política

Sin embargo, con excepción de algunos parlamentarios sin verdadero peso, los demócratas del Congreso no hicieron objeciones. La decisión de la administración de negarse a aplicar la Convención de Ginebra a los miembros de Al-Qaeda detenidos en el “Camp X-Ray” de Guantánamo, Cuba, provocó agitadas controversias en el exterior, pero ninguna reacción en Estados Unidos. Ningún responsable demócrata tomó la defensa de los casi 70 inmigrantes del Sudeste Asiático y de Medio Oriente detenidos en el marco del atentado contra las Torres Gemelas, acusados apenas de infracciones como la de tener su visa vencida.

Lo mismo puede decirse de la propuesta de la administración para hacer comparecer a los presuntos terroristas ante tribunales militares especiales, o sobre su decisión de reservarse el derecho de mantener detenidos indefinidamente a los miembros de Al-Qaeda, aun cuando fueran absueltos. Todo eso fue recibido por el Congreso con un silencio casi total. Los demócratas no se dignaron siquiera comentar el reportaje publicado por The New York Times sobre una repugnante prisión dirigida por tropas pro-estadounidenses en Shibarghan (Afganistán), especie de campo de la muerte para los 3.000 talibanes allí detenidos3.

Como decían los ingleses durante la Segunda Guerra Mundial, la política fue suspendida “hasta nueva orden”, y el secretario de Defensa, Donald Rumsfeld, previno que la guerra contra el terrorismo podría durar tanto como la Guerra Fría. Estados Unidos está lejos de ser una dictadura, pero el clima reinante es más conformista y más autoritario de lo que nadie hubiera podido imaginar antes del 11 de septiembre.

¿Qué fue lo que ocurrió? Los atentados contra el World Trade Center y el Pentágono reforzaron tendencias que ya existían en la política estadounidense desde 1978-1979. Desde esa fecha, previa a la elección de Ronald Reagan a la Casa Blanca, un espectacular deslizamiento hacia la derecha reconfiguró a la sociedad estadounidense. Aun cuando perdieran las elecciones, los republicanos salían más fuertes y confiados de cada confrontación. Mientras que los demócratas o buscaban acuerdos con los conservadores, o se esforzaban en disputarles el terreno más a la derecha (abolición de la ayuda federal a los pobres)4.

La derrota demócrata se agravó en diciembre de 2000, cuando Albert Gore decidió no discutir el veredicto de la Corte Suprema (controlada por los republicanos) que proclamó la victoria electoral de Bush. Por último, el derrumbe sobrevino cuando, a raíz del 11 de septiembre, los responsables demócratas del Congreso anunciaron el inicio de una nueva era de “bipartidismo” y declararon que, en consecuencia, no existiría ni la sombra de una diferencia entre ellos y el Presidente respecto de la cruzada internacional contra el terrorismo.

El desmoronamiento de las Torres Gemelas en medio de un huracán de polvo y de escombros casi puede servir de metáfora a lo ocurrido con la democracia estadounidense. En medio de la ola de patriotismo que siguió al atentado –en un par de días las banderas nacionales aparecieron en todas las vidrieras de Nueva York, en los autos, taxis y camiones– se hizo prácticamente imposible analizar la posibilidad de que la política estadounidense hubiera podido alentar el terrorismo o, simplemente, estimular la fuerte corriente “anti-estadounidense” en el exterior. El veredicto fue unánime: Estados Unidos no podía tener ninguna culpa ni ser responsable de nada. Cualquier declaración en sentido contrario equivalía a tomar parte por el enemigo.

En Texas, un periodista fue despedido por haber observado que luego de los atentados Bush había “revoloteado de un extremo al otro del país como un niño asustado”; mientras que a un animador de un talk-show televisivo prácticamente se le impidió salir al aire por haber hecho notar que, aunque no le gustara a Bush, “cobarde” era el adjetivo menos apropiado para calificar a hombres que se lanzan contra un rascacielos en un avión con los tanques llenos de combustible. El Presidente era valiente y los terroristas cobardes; punto final. En diciembre, durante una ceremonia de entrega de diplomas universitarios en California, diez mil personas abuchearon a un orador que se atrevió a sugerir que la cruzada antiterrorista podía atentar contra las libertades civiles5.

Es cierto que la mayoría de los países hubieran reaccionado violentamente ante un acto tan sangriento y nihilista como la destrucción del World Trade Center. Pero en Estados Unidos, dirigentes políticos e intelectuales –incluso de izquierda– optaron por halagar las más peligrosas tendencias del país. Una cosa es oír a George W. Bush decir que quien no ama a Estados Unidos es una mala persona puesto que ese país defiende “la libertad y la dignidad de cada vida”6. Otra es ver a los miembros de la intelligentsia de izquierda acusar a quienes se mostraban más críticos que ellos de disfrutar del dolor de los estadounidenses por el solo hecho de haber sugerido que el imperialismo de Washington podía haberle abierto el camino a Ben Laden.

Esos patriotas de izquierda siguieron una doble estrategia. Primero declararon que el terrorismo era la esencia misma del mal y que todo aquel que no lo admitiera inmediatamente era un deficiente moral, un cobarde y un apologista de Al-Qaeda, y luego subrayaron el carácter reaccionario del fundamentalismo islámico, para poner más de relieve la naturaleza progresista de la sociedad estadounidense. La superpotencia era odiada por su abundancia de libertad y de dinamismo. Su verdadero error era ser demasiado buena. Al declararle la guerra, Ben Laden atacaba la libertad, el individualismo y todas las excelentes cosas que Estados Unidos defendía, de ser necesario por medio de bombas de expansión de varias toneladas, que por descuido alcanzaban a gran número de civiles inocentes.

Un mes después del 11 de septiembre, Paul Berman –miembro del comité editorial de la revista socialdemócrata Dissent, dichoso beneficiario de los 260.000 dólares del premio Genius de la Fundación MacArthur– publicó un texto en el que explicaba que Al- Qaeda era un producto del totalitarismo del siglo XX, y que Hitler, Stalin y Ben Laden compartían el mismo odio por el liberalismo occidental, magistralmente encarnado por Estados Unidos. Para Berman, “el crimen de Estados Unidos, su verdadero crimen, es precisamente ser Estados Unidos. El crimen es exhalar el dinamismo de una cultura liberal en perpetua evolución. (…) El crimen de Estados Unidos consiste en demostrar que las sociedades liberales pueden prosperar mientras que las sociedades antiliberales no pueden. Es eso lo que atiza la furia de los movimientos antiliberales. Estados Unidos debe actuar con prudencia en Medio Oriente y en todo el mundo, pero ninguna prudencia podrá prevenir ese tipo de hostilidad”7.

Sin dejar de admitir que lo que hace Washington no siempre es admirable, Berman pretende que sus fechorías no tienen ninguna relación con el caso analizado, pues lo que alimenta el resentimiento en Medio Oriente son los éxitos democráticos de Estados Unidos. Por lo tanto, ninguna reforma de la política exterior podría calmar la hostilidad árabe, razonamiento que encanta a los partidarios del statu quo: ¿Para qué cambiar la política de Estados Unidos si de todas formas esos pueblos se quejan siempre? ¿De qué serviría dejar de apoyar la política israelí o el embargo contra Irak?

Una declaración bastante anodina de Edward Said brindó a otro intelectual de izquierda, Todd Gitlin, autor de un célebre libro que elogiaba el radicalismo estudiantil de los años ’60, la ocasión de lanzarse a una diatriba contra el escritor de origen palestino. Sin dejar de fustigar el “horror espectacular” y la “absurda destrucción” que habían golpeado a Nueva York, Edward Said notaba también que el atentado no se había producido ex nihilo, pues Estados Unidos estaba “casi constantemente en guerra o participando en todo tipo de conflictos en todos los países islámicos”8. Todd Gitlin se ofuscó por esa observación y escribió en el mensuario liberal Mother Jones: “Como si Estados Unidos estuviera siempre buscando la pelea; como si el apoyo estadounidense al proceso de paz de Oslo, a pesar de sus límites, pudiera ser menospreciado; como si defender a los musulmanes en Bosnia y en Kosovo recordara la política de la cañonera desarrollada en Vietnam y en Camboya”9.

Christopher Hitchens, editorialista del semanario de izquierda The Nation, intervino en el mismo tono, esta vez para criticar duramente a Noam Chomsky. Este último había cometido la imperdonable ofensa de condenar la naturaleza profundamente reaccionaria del fundamentalismo islámico, pero agregando que la CIA y sus aliados habían previamente reclutado a Ben Laden para combatir a los soviéticos en Afganistán, y luego para contribuir en numerosas operaciones de terror en Rusia y en los Balcanes. Por otra parte, el trato que Israel, aliado de Estados Unidos, daba a los palestinos, y el embargo estadounidense contra Irak habían alimentado la corriente favorable a Al- Qaeda. En otras palabras, no era sólo la democracia estadounidense lo que se cuestionaba, sino los actos censurables de Washington y su estupidez.

Ese enfoque indignó a Hitchens: “Los que hicieron volar Manhattan representan el fascismo islámico y ningún eufemismo debe ocultar esa realidad. Las divagaciones respecto de que ‘lo tenemos merecido’ se parecen un poco a las inmundicias llenas de odio proferidas por Falwell y Robertson (predicadores protestantes que afirmaban que los atentados del 11 de septiembre eran el castigo divino por la ‘inmoralidad’ –aborto, homosexualidad– de Estados Unidos) y revelan idéntica profundidad intelectual. Cualquier lector de este semanario podría haber estado a bordo de uno de esos aviones, en alguno de los edificios, incluso en el del Pentágono”10. Es decir: tratar de comprender lo que había ocurrido equivalía a solidarizarse con los autores de los atentados. Más valía solidarizarse con Bush y ver únicamente el “fascismo islámico” en términos metafísicos.

Con nosotros o con los terroristas

La célebre declaración del presidente Bush del 20 de septiembre de 2001 (“Cada país de cada región del mundo debe ahora tomar una decisión. O está con nosotros o está con los terroristas”) no habría tenido tanto impacto si miembros influyentes de la intelligentsia no se hubieran precipitado a defender la idea de que liberalismo estadounidense y terrorismo eran diametralmente opuestos. Paul Berman había considerado el discurso presidencial “admirable”; “serio en su presentación, realista en su exposición de la complejidad del enemigo”. Para él, la solución al problema del terrorismo dependía “de la posibilidad de operar enormes cambios en la cultura política del mundo árabe e islámico (…) Es una transformación que (exigirá) una panoplia de acciones de parte del mundo liberal, operaciones militares y de comando, mantenimiento del orden permanente, presiones económicas y muchas otras cosas más”11.

Una vez catalogado el terrorismo como un producto exclusivo de Medio Oriente, correspondía a Occidente aniquilarlo por medio de presiones, tanto económicas como militares. Así, luego del 11 de septiembre, Michael Walzer, uno de los jefes de redacción de Dissent, sostenía que si el terrorismo era específicamente maligno, y por lo tanto contrario a los valores liberales occidentales, era por su propensión a atentar contra civiles inocentes. Civiles que, para Walzer, tenían “todo el derecho de esperar vivir tantos años como todos aquellos que no están activamente implicados en una guerra, en el comercio de esclavos, en la limpieza étnica, ni en la represión política brutal. Eso se llama inmunidad de no-combatiente, principio fundamental, no sólo de la guerra, sino de toda política digna. Quienes lo olvidan, no sólo brindan excusas al terrorismo, sino que ya se han unido a las filas de los partidarios del terror”12. Para Walzer, amplios sectores de la izquierda estadounidense imaginan que, por haber destruido un símbolo mundialmente reconocido de la preeminencia económica estadounidense, Ben Laden sería su aliado en la lucha anticapitalista.

¿Pero quiénes son esos izquierdistas tan locos como para confundir a un millonario fundamentalista saudita con un aliado de la causa progresista? Cuando le pedimos que nos diera un ejemplo de esos militantes perversos, Walzer designó a Robert Fisk, corresponsal del diario londinense The Independent. Poco después del 11 de septiembre, en un artículo publicado en The Nation, Robert Fisk observaba que no era realista de parte de Estados Unidos esperar mantenerse eternamente a cubierto de la violencia en su propio territorio luego de haber apoyado numerosas acciones violentas en Medio Oriente.

“Pregunte usted a un hombre o a una mujer árabe –escribía Fisk– cuál es su reacción ante la muerte de miles de inocentes, y le responderá, como todo individuo respetable, que es un crimen abominable. Pero igualmente preguntará por qué no utilizamos los mismos términos para calificar las sanciones que causaron la muerte de unos 500.000 niños iraquíes, y por qué no nos indignamos ante la invasión israelí en el Líbano en 1982 durante la cual murieron 17.500 civiles”13. Más que de mala voluntad, se trata de recordar que los adversarios de Estados Unidos no están simplemente celosos de su liberalismo político o de su poderío económico, y que muchas personas se ofuscan por los aspectos menos respetables de la política exterior de Washington.

La relación existente entre ese debate intelectual y la falta de oposición parlamentaria es difícil de desentrañar. Una escuela de pensamiento considera que a los miembros del Congreso no les importa nada lo que piensan los intelectuales, y que sólo se preocupan de sus electores y de algunos contribuyentes políticos cuyo dinero esperan obtener en la perspectiva de su campaña de reelección. Pero la política estadounidense no es prosaica hasta ese punto. A falta de un verdadero sistema de partidos, los think tanks, los lobbies y las publicaciones intelectuales son más importantes de lo que uno puede imaginar: allí se plantean las cuestiones políticas antes de que las mismas lleguen al Congreso. Fue por eso que los partidarios de Bush pusieron tanta energía en contener el debate dentro de límites que garantizaran que solo saldría de allí lo que les convenía, y que ciertas preguntas serían planteadas, pero otras no. La verdadera esencia del terrorismo, la instrumentación por parte de Estados Unidos de personajes como Ben Laden, la historia del apoyo estadounidense al fundamentalismo islámico, fueron algunos de los temas excluidos del debate.

A pesar de que el 11 de septiembre resquebrajó el sistema político estadounidense, el orden ideológico fue rápidamente restaurado. Sin embargo, el comportamiento del Presidente en los días siguientes al atentado no había sido tranquilizador. Cuanto más se entregaba a su retórica machista contra criminales cuya captura reclamaba “vivos o muertos”, y cuanto más anunciaba que los “sacaría de su madriguera”, más se parecía a un “niño asustado”. Pero a Bush le bastó una aparición convincente en la televisión, el 20 de septiembre, para que las principales figuras de la política y los periodistas dominantes suspiraran aliviados. El jefe había tomado nuevamente el timón. En un sistema basado en una creencia casi religiosa en la Presidencia y en la Constitución, se había logrado restaurar la fe. Se enterró el debate sobre la necesidad de responder militarmente al ataque y se desalentó el análisis del papel de Estados Unidos en la creación de Al-Qaeda. Más aun, el único tema de controversia admitido fue si Estados Unidos debía limitarse a atacar solamente a Afganistán, o si debía extender la guerra a otros países. E incluso en ese punto, el debate fue controlado.

Lo mismo ocurriría con la reciente “Revisión de la posición nuclear” del Pentágono sobre el uso de armas nucleares tácticas contra potencias no-nucleares, como Irak, Irán y Corea del Norte. Esa nueva posición constituye un giro de la política estadounidense en la materia, y hace más probable el uso de armas nucleares tácticas en los próximos años. ¿Luego de haber invertido miles de millones de dólares en la fabricación de cabezas nucleares capaces de destruir edificios fortificados situados a decenas de metros bajo tierra, podrá el Pentágono resistir a la tentación de utilizar tales armas?

También en este caso el Congreso mantuvo su mutismo. La senadora demócrata de California, Dianne Feinstein, lamentó ese apuro por hallar nuevos usos para el arsenal nuclear estadounidense, pero Thomas Daschle se negó a comentar la posición del Pentágono. Otro senador demócrata, Robert Graham, presidente del comité senatorial para cuestiones de inteligencia, tomó partido por el Pentágono, y agregó que ciertos “grupos y países que combaten los intereses estadounidenses creyeron que Estados Unidos era un tigre de papel”. Por lo tanto, la nueva política “parece avanzar en la buena dirección”14. Probar que Estados Unidos no era un tigre de papel podía justificar la utilización de algunas armas nucleares.

Una nación que se autoinventó

Cuanto más se moviliza Estados Unidos a favor de la guerra más necesita convencer al pueblo estadounidense de que limite su visión del mundo a un conflicto entre el bien y el mal, entre el liberalismo occidental y el terrorismo islámico, o –de manera más sumaria aun– “ellos” contra “nosotros”. Los matices, el equilibrio y el sentido de reciprocidad ya no tienen razón de ser. La voluntad de entender el mundo a partir de diferentes puntos de vista también debe ser sacrificada, para que pueda imponerse un solo punto de vista. Y cualquiera que cuestione ese punto de vista debe ser denunciado por haberse puesto del lado de los terroristas, y debe ser excluido de la comunidad de los fieles.

Si bien todos los Estados-Nación institucionalizan el egotismo nacional, eso es particularmente cierto en Estados Unidos. Ese país, se ha dicho, tiene como vecinos al Norte y al Sur potencias militares insignificantes, y sólo agua y peces al Este y al Oeste. Estados Unidos no presta mucha atención a la opinión pública internacional, y ello obedece también a una razón ideológica. Es una nación que se auto-inventó en todo sentido: su Constitución, vigente prácticamente sin modificaciones desde 1787, es un documento utópico que trata de reducir la política a unos pocos principios eternos que, una vez adoptados, transformarán a Estados Unidos en esa “unión cada vez más perfecta” que evoca el preámbulo15.

De eso se desprenden varias cosas relativas a la manera en que Estados Unidos percibe su propia imagen y su lugar en el mundo. Como sus principios fundadores son justos, el deber de las generaciones futuras consiste en hacer que sean eternamente confirmados. Como son morales, Estados Unidos es incapaz de hacer el mal mientras sus principios sean estrictamente aplicados. Por lo tanto, los extranjeros que adhieren a principios diferentes son dignos de compasión o de reprimenda. Como lo señaló un viajero europeo, el duque de Liancourt, ya en 1790 los estadounidenses estaban convencidos de que “nada bueno puede hacerse y de que nadie está dotado de un cerebro fuera de Estados Unidos; que el espíritu, la imaginación y el genio de Europa ya están totalmente decrépitos”16. Dos siglos más tarde, el presidente William Clinton decía lo mismo: “No hay nada malo en Estados Unidos que no pueda hallar un remedio en lo que Estados Unidos tiene de bueno”. ¿Entonces, para qué buscar en otros lados?

El 11 de septiembre Al-Qaeda no sólo mató a 3.000 personas: también desató una reacción política en cadena, cuyas grandes líneas eran ampliamente previsibles. Para la mayoría de los estadounidenses, Ben Laden y sus seguidores no sólo declararon la guerra a Estados Unidos, también atacaron los principios eternos de justicia y de libertad encarnados por su país, y que son el origen de su grandeza. Por haber atentado contra la comunidad espiritual estadounidense, deben ser perseguidos y destruidos. El presidente Bush lo explicó en su discurso del 31 de enero pasado en Atlanta: “Si ustedes no aman desde lo más profundo del corazón nuestros valores más queridos, entonces ustedes también están en nuestra lista (…) Algunos se preguntan qué es lo que eso significa. Significa que les convendría hacer una buena limpieza. Eso quiere decir. Quiere decir que les convendría respetar la ley. Quiere decir que no deberían aterrorizar a Estados Unidos, a nuestros amigos y aliados. De lo contrario, la justicia de este país se aplicará también a ellos”.

A poco de cumplirse un año del 11 de septiembre, el debate político e intelectual en Estados Unidos gira en torno de una sola y única idea: ¿cómo estar seguros de que se hará justicia? Justicia tal como la concibe Estados Unidos, por supuesto.

  1. Philip Golub, “Concentración del poder en Estados Unidos”, Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, enero de 2002.
  2. Cf. Ronald Dworkin, “The real threat to US values”, The Guardian, Londres, 9-3-02. Ver también Michael Ratner, “Ola liberticida en Estados Unidos”, Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, noviembre de 2001.
  3. Dexter Filkins, “Marooned Taliban Count Out Grim Hours in Afghan Jails”, The New York Yimes, 14-3-02.
  4. Serge Halimi, “Les simulacres de la politique américaine”, Le Monde diplomatique, febrero de 1996, y Loïc Wacquant, “Quand le président Clinton ‘réforme’ la pauvreté”, Le Monde diplomatique, París, septiembre de 1996.
  5. Timothy Egan, “In Sacramento, a Publisher´s Question Draws the Wrath of the Crowd”, The New York Times, 21-12-01.
  6. Discurso sobre el estado de la Unión, del 29-1-02.
  7. Paul Berman, “Terror and Liberalism”, The American Prospect, Nueva York, 22-10-02.
  8. Edward Said, “Islam and the West are inadequat banners”, The Observer, Londres, 16-9-01.
  9. Todd Gitlin, “Blaming America First”, Mother Jones, Nueva York, enero-febrero de 2002.
  10. Christopher Hitchens, “Against Rationalization”, The Nation, Nueva York, 8-10-01. El punto de vista de Noam Chomsky fue expuesto en “Crímenes para evitar atrocidades”, Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, diciembre de 2001.
  11. Paul Berman, “Terror and Liberalism”, op. cit.
  12. Michael Walzer, “Excusing Terror: The Politics of Ideological Apology”, The American Prospect, Nueva York, 22-10-01. También Louis Pinto, “La croisade antiterroriste du professeur Walzer”, Le Monde diplomatique, París, mayo de 2002.
  13. Robert Fisk, “Terror in America”, The Nation, Nueva York, 1-10-01.
  14. Greg Miller, “Democrats Divide Over Nuclear Plan”, Los Angeles Times, 13-3-02.
  15. Daniel Lazare, “Dictadura constitucional en Estados Unidos”, Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, febrero de 2000.
  16. Henry Adams, History of the United States of America During the Administrations of Thomas Jefferson, Nueva York, Library of America, 1986.
Autor/es Daniel Lazare
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 38 - Agosto 2002
Páginas:22,24
Traducción Carlos Alberto Zito
Temas Terrorismo, Neoliberalismo
Países Estados Unidos