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La “nueva economía” al desnudo

La imagen idílica de los mercados financieros estadounidenses era parte del discurso sobre la nueva economía: los directivos de las empresas "generan valor" y por eso son remunerados; las stock-options y los regímenes de jubilación vinculan los intereses de los empleados con los de los accionistas; la democratización de las finanzas extiende esa "generación de valor" a un mayor número de personas; innumerables contra-poderes garantizan la integridad de los mercados 1.

La década de expansión económica –marzo 1991 a marzo 2001– estuvo marcada por escándalos (en particular, por casos de estafas o de especulación sobre productos derivados), pero se los achacaba a unas pocas ovejas descarriadas. La palabra utilizada, rogue (literalmente: pillo) sugería la insubordinación y la excepcionalidad. Esos imprevistos no ponían en tela de juicio el discurso reinante, pues eran la excepción que confirmaba la regla, y ponían de manifiesto la capacidad del sistema para autorregularse. En todos los casos, luego de un breve período de incertidumbre, los mercados se recuperaban perfectamente.

Confortados por la buena salud de su economía y por mercados bursátiles que desafiaban la ley de la gravedad, los dirigentes estadounidenses seguían repitiendo que era urgente adoptar los métodos anglosajones: desmantelar el sector estatal para liberar las fuerzas del mercado, y terminar con el “capitalismo de amigos” generador de corrupción. Las elites mundializadas y sus trovadores repetían el mismo estribillo. Así, Alain Minc explicaba: “El éxito de Estados Unidos ejerce una presión difusa que nos obliga a combatir nuestra propia rigidez. Inclinémonos ante el milagro; aceptemos el misterio; y, sobre todo, sigamos el ejemplo”2.

El milagro fue abundantemente reverenciado, y el ejemplo ampliamente imitado. En la línea del mimetismo ciego, nadie fue tan lejos como Jean-Marie Messier, que se consideraba “el más estadounidense de los empresarios franceses”. Al cabo de una breve ascensión, conoció el destino de los empresarios “visionarios” cuyos métodos copiaba aplicadamente al frente del grupo Vivendi: la caída de ese conglomerado coincide con el desmoronamiento de varios símbolos de la economía milagrosa.

La serie negra comenzó el 2 de diciembre de 2001 con la estrepitosa quiebra del gigante energético Enron. En unos pocos años la firma de Texas había trepado al séptimo lugar de las empresas estadounidenses, con una facturación superior a los 100.000 millones de dólares. Poseedor de escasos activos reales, ese nuevo tipo de intermediario podía, gracias a complicadísimas operaciones financieras y a concepciones muy audaces, generar “valor” en todos los terrenos de manera permanente. No había una sola business school que no cantara loas al ejemplo de Enron, ya sea en los cursos de estrategia, de finanzas o de ética. Desde 1996 hasta 2001, la firma de Houston recibió de la revista Fortune la palma a la empresa más innovadora. En 2000, el Financial Times la designó como el “grupo energético del año”, mientras que The Economist calificaba a su director, Kenneth Lay, de “mesías de la energía”.

“Empresa cívica”, Enron era miembro pleno del establishment, y distribuía generosamente fondos, favores y laureles. El patrón, Kenneth Lay, padrino financiero y amigo íntimo desde hace veinte años de George W. Bush, suministró al actual Presidente (a título personal y a través de su empresa) más de dos millones de dólares3. Consejero muy apreciado en tiempos en que Bush era gobernador de Texas, Lay jugó un papel de primer plano en la elaboración de la política energética de la nueva administración. Pero Enron, campeón mundial de la “gestión del riesgo”, había asumido riesgos considerables, que se intentó disimular a través de incomprensibles operaciones financieras. La caída fue tan imprevista como brutal4.

El caso logró resquebrajar uno de los fundamentos del credo de la “nueva economía”: el principio win-win (todo el mundo sale ganando). Entre 1998 y 2001 el valor de la acción se triplicó, favoreciendo el enriquecimiento de los dirigentes, de los accionistas y de los empleados, la totalidad de cuyos fondos de capitalización jubilatoria estaba invertida en acciones de la empresa. Pero al final, no todo el mundo salió ganando… Mientras que en pocos meses el 98% del “valor” de Enron se hacía humo, los principales dirigentes se asignaban espléndidas indemnizaciones de retiro. Los iniciados, por su parte, ya se habían deshecho de sus acciones, en tanto que los empleados descubrían que un reglamento interno les prohibía vender las suyas.

Inmediatamente después se hundió el gigante de la revisión contable, Arthur Andersen, que había jugado un importante papel en la elaboración de dudosas operaciones financieras, y sobre todo en la destrucción de documentos comprometedores. A continuación se produjeron los casos de Tyco, World.Com, Xerox, Global Crossing, Qwest, Adelphia Communications, Merck, Halliburton (cuyo patrón, cuando se produjo la adulteración de las cuentas, no era otro que el actual vicepresidente estadounidense, Richard Cheney). En todos los casos los ejecutivos-dirigentes saquearon sus empresas con la complicidad activa de los supuestos “contra-poderes”. Con cada nueva revelación el fraude parece alcanzar sumas mayores: Enron había disimulado “apenas” 2.000 millones de dólares de deudas; WorldCom había omitido contabilizar 3.850 millones de dólares de gastos; Xerox había inflado sus ventas en 6.000 millones de dólares; Merck había contabilizado 12.400 millones de dólares de facturación ficticia…

Esas empresas comparten varias características. En primer lugar, directivos muy mediatizados y un discurso bien estudiado sobre la innovación, la gobernabilidad empresaria, la ética y la responsabilidad. Se imponía pues, una política de comunicación “agresiva”: como sólo la cotización en la Bolsa reflejaba el valor generado por los directivos (y como su remuneración dependía de ella) era necesario poder “manejar” esa cotización, cultivando asiduamente la prensa y los analistas. Decir que los periodistas se prestaron a ese juego, es poco.

La otra característica común a esas empresas delincuentes fue haber recurrido a menudo a grandes firmas de consejeros (en particular a McKinsey, la más prestigiosa) y haber remunerado generosamente, con pretextos varios, a importantes gurúes de la gestión y a los economistas más prestigiosos para disfrazar de “estrategia innovadora” sus políticas desesperadas y para presentar a verdaderos megalómanos como si fueran “visionarios”.

¿Es posible sostener aún que los escándalos obedecen únicamente a unas pocas ovejas descarriadas? Incluso aquellos que hasta ayer cantaban loas a las empresas hoy venidas a menos, evocan ahora la “corrupción generalizada” y la “crisis sistémica”5. Sectores enteros (internet, telecomunicaciones) y profesiones como las de analistas, auditores, consultantes, periodistas financieros, gurúes de la gestión, ven sus figuras emblemáticas implicadas en esta empresa de mistificación.

¿Cómo se pudo llegar a ese punto? A lo largo de toda la década pasada se aceleró la liberalización económica; cayeron las barreras de contención y las autoridades de control vieron cómo se reducía su poder y su financiamiento, en beneficio de una reglamentación dejada en manos del mercado y basada en los controles internos y en los “códigos de buena conducta”. Cuando las “murallas de China” (que en las firmas de auditoría separaban las actividades de asesoramiento de las de contabilidad; y en las entidades financieras aislaban las actividades de banco de depósito de las de banco de negocios) se derrumbaron en nombre de la libre competencia y de supuestas sinergias, el sistema sufrió una metamorfosis.

“Profesionales” que hasta entonces tomaban en serio sus códigos de deontología se convirtieron en “centros de ganancias”. Entre los contadores, que antaño velaban sobre la sinceridad de las cifras, la imaginación tomó el poder: los “métodos agresivos” al borde de la legalidad torcieron los principios establecidos. Con la ayuda de analistas puestos a jugar el papel de propagandistas, los bancos financiaron operaciones de fusión y compras destinadas al fracaso, pero generadoras de cuantiosos beneficios. Por su parte, las célebres stock-options contribuyeron a aumentar las ganancias a corto plazo y las manipulaciones contables6.

El actual gerente general de France Telecom, Michel Bon, explicaba en diciembre de 1999 a la revista Capital: “El 20-9-1997 France Telecom pasó a ser una empresa que cotiza en Bolsa. Cuatro millones de franceses –y el 75% de sus empleados– compraron esas acciones. Más que un acontecimiento, se trata de un símbolo: el reconocimiento de que el mercado se ha convertido en el mejor medio de servir a sus clientes (hace apenas diez años hubiéramos hablado de usuarios). Espero que esta realidad alcance dentro de poco a los servicios no mercantilizados, como la educación y la salud”. La ebriedad de Michel Bon ya pasó de moda. ¿Acaso también sus expectativas?

  1. Ver por ejemplo Thomas Friedman, The Lexus and the Olive Tree, Farrar, Straus and Giroux, Nueva York, 1999.
  2. En Richard Farnetti e Ibrahim Warde, “Le modèle anglo-saxon en question”, Economica, 1997.
  3. Charles Lewis, The Buying of the President 2000, Avon Books, Nueva York, 2000.
  4. Tom Frank, “Las mil y una estafas de Enron”, Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, febrero de 2002.
  5. Business Week, “How Corrupt is Wall Street?”, 12-5-02; Fortune, “System Failure”, 24-6-02.
  6. Ibrahim Warde, “¿”Nueva economía” o viejos apetitos especulativos?”, y Marc Laimé y Akram B. Ellyas, “Nueva economía, antiguas convulsiones”, en Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, octubre de 1999 y mayo de 2000, respectivamente.
Autor/es Ibrahim Warde
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 38 - Agosto 2002
Páginas:25
Traducción Carlos Alberto Zito
Temas Corrupción, Neoliberalismo, Nueva Economía
Países Estados Unidos