Le Monde diplomatique ÍndicesBúsquedaEste cdAyuda  
Home

Recuadros:

Vivir con sida en Soweto

¿Se liberó Sudáfrica hace diez años, sólo para caer en un apartheid aun más criminal? Cinco de sus cuarenta y cinco millones de habitantes ya contrayeron el virus del sida. Cada año se lamentan alrededor de 250.000 nuevas infecciones, y otros tantos decesos… Así y todo, la hecatombe recién empieza, y el sector público, único recurso de los pobres, no brinda acceso a los medicamentos antirretrovirales… Pero los seropositivos decidieron luchar para vivir, y su lucha transmite un nuevo aliento al combate del pueblo sudafricano por la dignidad y la igualdad.

Cuando la invitada de honor de la mañana los hace hablar del sida, los niños de la escuela primaria de Dobsonville, en Soweto, se apresuran a responder: “¡Es un virus!”, dice uno; “La gente se pone muy flaca, después se muere”, responde otro; “Hay que usar preservativos”, prosigue un tercero, ruborizándose. En un mural pintado hace unos meses en la pared de la escuela, entre la cinta roja y el dibujo de un preservativo, se reproducen los omnipresentes mensajes publicitarios de las campañas de prevención: “El sida está aquí. Es una realidad”, “Abstinencia-Fidelidad-Condones”, “Un amigo con sida sigue siendo un amigo” o el más enigmático “Quiéralos lo bastante para hablar de ellos”. Aunque saturados desde la más tierna infancia por estos mensajes, los niños, de todos modos, no salen de su asombro cuando Marcy Makhalemele les cuenta que es seropositiva desde hace diez años: ¡Es tan linda! ¡Bailaba tan bien hace un rato, en el momento de los cantos! ¿Cómo puede ser que esté enferma?

Su historia es tristemente común. “Durante mi segundo embarazo, cuando le dije a mi marido que el análisis me había dado positivo, me insultó y me golpeó (catorce puntos de sutura). Después me echó a la calle junto con Thaban, nuestro hijo. Al día siguiente, vino a verme al negocio donde yo trabajaba como gerente, para decirme que fuera a buscar mis cosas, porque él no podía vivir con una seropositiva. Un colega debió llamar al dueño, y esa misma tarde perdí mi empleo”. Sin techo y sin trabajo, emprende entonces una aventura menos común: “Mi padre me enseñó que las cosas que nos pasan también les pasan a otros miles de personas”. Así, Makhalemele se consagra a hacer visible ese silencioso virus en las escuelas, en las reuniones internacionales, en los medios de comunicación.

En el hospital Chris Hani Baragwanath recibe orientación de la joven pediatra Glenda Gray y del obstetra James McIntyre, que acaban de abrir un pequeño servicio de investigación perinatal HIV/sida. Después de nueve años, el servicio cuenta con unos cuarenta investigadores (“Paso mi tiempo reclutando personal”, suspira Gray) y realizó, en 2001, un seguimiento a 13.313 mujeres embarazadas y sus bebés.

Instalado en el último piso del edificio más alto de Soweto, el servicio Gray/McIntyre domina la White City y sus techos de cemento, que protegían de los cócteles Molotov a las familias de los policías blancos en tiempos del apartheid. Al otro lado de las colinas se diseminan las casas “caja de fósforos” de los 1,5 millones de habitantes del township. El 30% de sus adultos jóvenes están infectados por el HIV, según el resultado de los análisis de detección efectuados en las embarazadas.

El servicio ocupa un lugar central en el caso de la nevirapina, un debate que sacude a Sudáfrica. Administrada seis horas antes del parto, la nevirapina –antirretroviral de segunda generación– ofrece a las mujeres embarazadas una oportunidad de evitar transmitir el virus al bebé. El riesgo de contaminación congénita baja a la mitad, pasando del 30 al 15%. Agnès Fiamma, investigadora de salud pública del servicio, nos explica: “Cuando les exponemos los riesgos de transmisión del virus en el momento del parto, casi todas las mujeres aceptan someterse a un análisis para poder recibir la nevirapina si es necesario”. Pero el gobierno sudafricano ejerce una oposición sistemática a este tratamiento desde el inicio de las tentativas de prevención de la transmisión madre-hijo (ver “Una Constitución…”). En efecto, el sector público tiene prohibidos, además de la nevirapina –a excepción de los tratamientos de urgencia en caso de herida accidental para el personal médico– todos los antirretrovirales.

Negación de la enfermedad

Un documento sin firma de 120 páginas, difundido en marzo de 2002 en las esferas directivas del Congreso Nacional Africano (ANC), el partido en el poder, demuestra la dimensión de la paranoia de los dirigentes que se oponen más firmemente a los tratamientos. El documento acusa de homicidio a algunos investigadores y presenta a los militantes antisida como pagados por los laboratorios farmacéuticos. Una lógica tortuosa atribuye a la toxicidad del AZT el deceso, a los 36 años de edad, del portavoz de la Presidencia, Parks Mankahlana, duro opositor… de los antirretrovirales. “Con sólo ver las cifras de la epidemia, no cabe duda de que muchos políticos son seropositivos”, subraya Gail Johnson, madre adoptiva de Nkosi, ese niño de nueve años que conmovió al mundo en la Conferencia de Durban de julio de 2000. “Cada vez que uno de ellos muere, corre el rumor del sida. Tal vez sea cierto”, dice. “¿Y entonces? Como nadie habla abiertamente, el problema es que esto empieza a transformarse en la obsesión nacional”.

Cinco millones de sudafricanos están infectados, pero sólo el 10% de ellos lo sabe. En esta situación, el idilio entre el presidente Thabo Mbeki y otros miembros de la plana mayor del ANC con los “científicos disidentes” que niegan la relación entre el virus (HIV) y el síndrome (sida) no está exento de consecuencias. A fines de abril pasado, las presiones de la comunidad internacional y el aumento de las críticas internas –especialmente de Nelson Mandela– obligaron a la Presidencia a tomar distancia de los “disidentes”.

Pero “esta actitud de negación, que duró dos años y medio, nos hizo retroceder de un modo trágico”, analiza Edwin Cameron, profesor de derecho y ex juez de la Corte Constitucional. “Porque incrementó la vergüenza en torno al sida. Acabábamos de alcanzar el punto en que la gente –ministros, diputados, miembros de gobiernos provinciales, animadores, popstars, jugadores de fútbol, etc.– estaban dispuestos a hablar abiertamente de su seropositividad. Las dudas expresadas públicamente por el Presidente recrearon todas las inhibiciones. Reavivaron la mística, el horror, la vergüenza y la estigmatización que rodean esta enfermedad. Sin embargo, la lucha contra el silencio en torno al sida es esencialmente una lucha por los derechos humanos más elementales”.

Transacción y violencia sexuales

Las figuras públicas, que reciben atención médica en el sector privado, temen ser acusadas de racismo o deslealtad, y callan, dejando a la población en la confusión y la ignorancia. El 27 de abril, Día de la Libertad, es el octavo aniversario del primer escrutinio democrático. En la televisión, Mbeki conversa por teléfono con el millonario Mark Shuttleworth, quien se encuentra a bordo de la estación espacial internacional: “La nueva Sudáfrica –celebra el Presidente– ha creado posibilidades para todos nuestros conciudadanos, entre ellas la de ir al espacio.”

Más abajo, los chicos de las escuelas de Soweto se preparan para celebrar el acontecimiento con danzas. Gandhi Mahlamvu se instala a la sombra de uno de los pocos árboles del township. La joven sobrevive en Kliptown, barrio donde nació hace 28 años, gracias a la magra jubilación de su abuela: “La gente no va a las reuniones de información. Piensan que es una pérdida de tiempo: la gripe, el sida, es lo mismo… En la iglesia de Zion, se sostiene que uno puede curarse rezando. También se dice que los sangomas –curadores tradicionales– poseen hierbas eficaces”. ¿Los médicos? “Tengo la esperanza de que algún día descubran algo… Yo escuché hablar del… AZT, creo…” ¿El proceso a la nevirapina? ¿Los antirretrovirales? “No sé. ¡Somos tan ignorantes!”

La confusión reina en estos barrios desheredados. Y sin embargo… Gandhi hace trabajo social, recorre los shacks en busca de enfermos de sida que se ocultan para morir a salvo de las miradas. “Apenas dices que eres seropositivo, la gente te trata peor que a un animal. Ya no puedes salir de tu casa, a la calle. Muchos se suicidan. Otros sostienen que lo que los hace adelgazar es la diabetes”. Gandhi cita la Biblia y explica: “Lo que nos mata es el pensamiento materialista. Nosotras, las mujeres, queremos a los varones que tienen auto. Así es como la pobreza nos empuja hacia el HIV. En casa no tenemos nada, y aparece ese chico que llega con las manos llenas…”

Muchos sociólogos y médicos sudafricanos describen un panorama de relaciones sexuales “transaccionales”: así, cuando a falta de ingresos el precio del taxi es inaccesible (y en ausencia de transporte público), una jovencita se ve tentada a recurrir a un “ministro de transporte”. También tendrá, según los casos, su “ministro de finanzas”, o su “ministro de la diversión”. Los sugar daddies (papás golosinas) esperan a la salida de las escuelas con sus regalos: ropa de marca, teléfono celular. El apartheid llevó el machismo y la violencia sexual a niveles agobiantes. Sobre una población de 43,8 millones de habitantes, la periodista Charlene Smith cita la cifra anual de un millón de violaciones… Violencia que explica, en parte, la velocidad con que la epidemia se ha difundido en el país1.

Más tardía que en otros lugares, la proliferación del sida fue también más explosiva. Los huérfanos se cuentan por cientos de miles; las proyecciones indican que serán 1 millón en 2005, y 2,5 millones en 20102. ¡Sólo en Sudáfrica! Los periódicos ya se alarman al ver bandas de niños callejeros que se inclinan a la violencia, y se preguntan cómo podrá el país soportar semejante golpe. Esas “amenazas”, no obstante, enmascaran la realidad que viven los principales interesados: para la mayoría de los niños la simple obtención del certificado de defunción de sus padres, “o su propio certificado de nacimiento” es un problema, señala Linda Aadnesgaard, que dirige en Pietermarizburg, pequeña capital de KwaZulu-Natal, un programa de ayuda a los huérfanos. “Para la administración, ¡ellos no existen! Y sin esos papeles, no tienen ayuda social, ni inscripción gratuita en la escuela”.

La vivienda, las horas de espera en el hospital, los cortes en el aprovisionamiento de las farmacias, los policías que se niegan a registrar las denuncias por violación, los procesos que hay que iniciar al Estado para obtener los papeles, los archivos de ayuda social extraviados: esos problemas concretos, urgentes y absurdos movilizan las energías y los recursos. Y así es como los seropositivos empiezan a englobar reivindicaciones que superan ampliamente la cuestión de los tratamientos: en la lucha por la reconstrucción de los servicios públicos, el acceso a un ingreso básico incondicional de 100 rands (10 dólares) por mes o el derecho al trabajo, ocupan la primera fila.

“En 1990, sólo el 1% de las mujeres embarazadas de KwaZulu-Natal eran seropositivas”, recuerda el doctor Paul Kocheleff, director de las clínicas de HIV de los dos hospitales de Pietermaritzburg, el de la ciudad y el del township. “¡Hoy, el porcentaje de infección prenatal es del 36%! En el hospital, cerca de la mitad de las camas están ocupadas por enfermos de sida”. Después de recorrer los campos fértiles de las grandes fincas blancas de Natal, la ruta “de las mil colinas” que conduce a la costa serpentea en un paisaje ocre, salpicado de viviendas precarias. Ni uno solo de esos hogares escapa a la enfermedad. Aquí el virus afecta probablemente al 80% de los adultos jóvenes. Aquí, dicen los sudafricanos, “la gente muere como moscas”. Y eso que la curva de decesos, que sigue con cinco o diez años de diferencia a la de las infecciones, todavía no ha alcanzado su punto de inflexión.

Kocheleff considera urgente repensar el sistema sanitario, actualmente incapaz de asegurar la asistencia de los cientos de miles de enfermos futuros: “Los distintos hospitales, centros de salud y dispensarios no saben utilizar sus recursos y los enfermos más graves no van a parar a los servicios especializados, que se encuentran tapados de pacientes en busca de simples recetas. La escala de la epidemia nos obliga a adoptar soluciones inéditas: nuestro proyecto es confiar a las comunidades la profilaxis de las enfermedades oportunistas más comunes, así como el seguimiento de indicadores clínicos básicos. Ellas nos enviarían los casos difíciles”, señala. En el fondo, la apuesta consiste en “construir una organización que llegue a una parte importante de la población cuando por fin contemos con los antirretrovirales”.

A la espera de los genéricos

Estos medicamentos, demasiado caros para los más pobres, ocupan el centro de los debates sobre la mundialización: ¿pueden importar más las patentes que el derecho a la vida?, ¿cuáles son los criterios de “urgencia sanitaria” que permiten producir o importar medicamentos genéricos, o hacer intervenir la competencia entre laboratorios para bajar los costos?

En el proceso de Pretoria, en abril de 2001, la Asociación Sudafricana de los Laboratorios Farmacéuticos (PMA, en inglés) sufrió una humillante derrota frente al gobierno, que defendía, con el apoyo de la campaña de acción para los tratamientos (Treatment Action Campaign, TAC), un proyecto de ley sobre la utilización de los genéricos. Sin embargo, un año después de esa debacle de las multinacionales, la ley en cuestión todavía no fue promulgada. Medscheme, uno de los seguros de salud privados que intenta anticiparse a la ley alentando la sustitución de los medicamentos “de marca” por genéricos, llegó incluso a recibir presiones de la PMA, que amenaza con un recurso ante la comisión de la competencia.

Zackie Achmat declara: “El Ministerio de Salud acaba de anunciar en un comunicado de dos líneas que esta ley tendrá que volver al Parlamento. ¡Vamos a perder dos años más!” Achmat, que dirige el TAC desde su creación hace apenas cuatro años3, construyó un movimiento social original, que cubre todo el país. “A veces se nos presenta como a un grupúsculo de ex trotskistas, cosa que en parte somos”, dice divertido4. “Pero esta campaña es ante todo un movimiento popular apoyado por las iglesias, los sindicatos, el personal de la salud… y no pocos miembros del ANC. En la provincia de El Cabo, tenemos miles de adherentes, al igual que en Gauteng (provincia de Johannesburgo y Pretoria) o en KwaZulu-Natal. En Gugulethu, township de la periferia de El Cabo, ¡nuestras reuniones son presididas por la hija del pastor, y comienzan con plegarias!”

Durante el período Mandela (1994-1999) dentro del ANC triunfó el ala más liberal (privatizaciones, disciplina presupuestaria, mercado), encarnada por Mbeki, sobre una tendencia más intervencionista, que reclamaba nacionalizaciones e inversiones sociales más ambiciosas. Si bien la riqueza del país dio un salto, el desempleo también se disparó. “La epidemia seguirá ensanchando el abismo de las disparidades de ingresos” observa, en la sede sudafricana del banco de negocios J.P.Morgan, Paul Hartdegen, autor de un detallado informe sobre el impacto económico del HIV-sida. “Las familias modestas van a destinar una parte cada vez más importante de su ingreso a los gastos de salud. En contrapartida, en el caso de los asalariados, los empleadores tienen perfectamente dominado el costo del seguro médico, tratamientos incluidos. En las minas de oro, por ejemplo, el sobrecosto de producción será tan sólo el 0,5% del precio mundial”. Es sabido que el sida prospera en el humus de las desigualdades y las relaciones de poder y es también, según este estudio, uno de los principales factores de desigualdad.

Formar a los pacientes

¿Los pobres tienen derecho a la misma medicina que los ricos? Esta sencilla pregunta, planteada por TAC, adquiere particular resonancia en el país del apartheid. Si los tratamientos existen y se tiene acceso a ellos en las clínicas privadas, ¿por qué están prohibidos en los hospitales públicos? ¿Cómo construir un sistema de salud pública capaz de hacer frente a la catástrofe sanitaria? “Otro aspecto poco conocido de nuestro trabajo es la formación científico-médica de los pacientes”, señala Nathan Geffen, coordinador nacional de la campaña. “Cuando la gente que nos conoce va al hospital, es más exigente, sabe qué medicamentos necesita. También está mejor preparada para enfrentar la enfermedad”. Desde agosto de 1999, con el programa de prevención de la transmisión madre-hijo implementado por Médicos Sin Fronteras (MSF) en Khayelitsha, los adherentes, en su mayoría seropositivos, llegaron en masa, explica Geffen.

El gigantesco barrio de emergencia donde el régimen “reubicó” en los años ’80 a los residentes de varios townships de El Cabo, se extiende en medio de las dunas. Alejados de todo, sus 500.000 habitantes carecen de toda infraestructura, a excepción de un pequeño supermercado, una estación de servicio y una clínica, situados en el “centro”. Allí comparten sus oficinas TAC y MSF, en el único edificio de dos plantas.

Cuando hace tres años el doctor Eric Goemare, de MSF, se instaló en la casa prefabricada “TB” (tuberculosis) escondida detrás de la clínica, aseguró que “la población está en plena negación y confunde HIV y sida, alegando que mientras no se esté enfermo, no afecta”. Luego de retomar un programa de prevención de la transmisión madre-hijo abandonado por un personal médico que desconfía de los antirretrovirales, este médico belga pudo, mediante pruebas terapéuticas, proponer tratamientos a los enfermos más graves. “Actualmente hay 220 personas en tratamiento. Una comisión de médicos y representantes de la población incorpora unos quince ‘clientes’ por mes a partir de una evaluación de su estado de salud, asiduidad a la clínica, y rol social”.

El doctor Goemare nos extiende dos cajas de pastillas: nevirapina 200 mg. y una mezcla de lamivudina 150 mg. y zidovudina 300 mg. La etiqueta lleva la marca Far-Manguinhos, los genéricos importados de Brasil por los militantes de TAC. “Algunas personas que se curaron regresaron del infierno: su índice de CD4 había caído a 15 (el umbral crítico está fijado en 200). Ahora su carga viral es indetectable. Esta semana festejamos ‘el club de los un año en tratamiento’, sin lo cual estarían todos muertos. ¡Si funciona aquí, puede funcionar en todas partes!”, celebra el médico. Y subraya: “Pero lo más importante es el impacto que esto puede tener sobre la comunidad: actualmente, en Khayelitsha, la camiseta ‘HIV positivo’ se convirtió en un accesorio de moda. La gente habla más abiertamente; se registran 22 grupos de autoayuda”. Conscientes de su rol de precursores, la mayoría de los “clientes” de Khayelitsha hacen prevención en las escuelas y fábricas o en programas de televisión.

Frente al apartheid económico y sanitario, ¿se producirá en Sudáfrica un nuevo levantamiento popular? Muchos piensan que ya ha empezado, y que la aventura de TAC servirá de catalizador en la reconstrucción social del país. La epidemióloga Quarraisha Abdool Karim coordinaba la lucha contra el sida durante la presidencia de Mandela. En la escuela de medicina de Durban, se declara “optimista por primera vez desde hace mucho tiempo. Uno no se acostumbra a ver morir al pueblo por el cual luchó. Pero hoy los tratamientos son más fáciles de tolerar e infinitamente menos caros. Nuestros estudiantes se forman en gran número, y la vacuna está al alcance de la mano”. Tarde o temprano, tal vez dentro de diez años, habrá un después del sida…

  1. Acerca de la relación entre violación y HIV, véase Charlene Smith, Proud of Me, Penguin Books, Johannesburgo, 2001. Sitio internet: www.speakout.org.za
  2. Proyecciones en cifras de las consecuencias de la epidemia: Impending Catastrophe Revisited, documento de 36 páginas editado por loveLife-Henry J.Kaiser Family Foundation, Johannesburgo, 2001. www.lovelife.org.za
  3. Véase, sobre este tema, la entrevista publicada en Vacarme, París, abril de 2002.
  4. Belinda Beresford, “The Heart of the Aids Protest”, The Mail and Guardian, Johannesburgo, 12/18-4-02.

Prevención McLuhan

Rivière, Philippe

Imposible no verlos: los grandes carteles publicitarios, de colores fuertes, bordean las autopistas con sus insólitos mensajes. “¿Cuál de sus amantes determinó su futuro?”, pregunta uno. El otro tranquiliza, junto a un corazón partido: “Este no es el fin de su mundo”. La firma es una sola, marca registrada: loveLife (TM).

“Tenemos cinco años para detener la epidemia: para marcar la diferencia, tenemos que estar en todas partes, llamar la atención”. En el primer piso del “cuartel general” de loveLife, en Johannesburgo, el doctor David Harrison expone la estrategia de su organización: “La curva de las nuevas infecciones no podrá decrecer a menos que obtengamos un cambio de comportamiento de los jóvenes de entre 12 y 17 años respecto de la sexualidad. A los jóvenes sudafricanos les interesan los medios, los nombres de las marcas. Por eso nos posicionamos como competidores de Diesel, Nike, o Guess… ¡Nuestro producto, es un modo de vida positivo, asociado a la marca loveLife!” En la planta baja, el centro de llamados telefónicos murmura en todas las lenguas de Sudáfrica; cientos de adolescentes vienen en busca de respuestas a sus preguntas sobre el amor, la fidelidad, la sexualidad, las enfermedades de trasmisión sexual, etc.

“Estos mensajes son perfectos… para jóvenes de París o de Boston”, critica la antropóloga Suzanne Leclerc-Madlala. Otros universitarios, disgustados por ese “completo derroche de dinero”, ven en loveLife incluso una amenaza, puesto que al proponer salarios elevados y monopolizar ciertos aspectos de la lucha contra el sida, se impone a las demás organizaciones, en detrimento de una respuesta pluralista y duradera, adaptada a las condiciones locales.

En Orange Farm –township muy alejado del centro, a unos 40 km. de Johannesburgo–, loveLife administra un centro juvenil, único lugar en kilómetros a la redonda, adonde los chicos pueden ir a practicar deportes, conversar, aprender computación… y conseguir preservativos y anticonceptivos. Dado que ninguno de estos proyectos dispone de ingresos propios –a excepción del 50% de la publicidad incluida en el periódico bimensual S’camto Print–, en lo esencial son financiados por dos fundaciones estadounidenses: Henry J. Kaiser y Bill & Melinda Gates.

¿Qué sería de Orange Farm, y de los otros once centros para la juventud de loveLife, si los proveedores de fondos retiraran su apoyo? “¡Oh! Prefiero no pensarlo”, exclama, en el camino de regreso, René Hicks, jefa de redacción de S’camto Print.


Una Constitución en actos

Rivière, Philippe

Cuando hacen su aparición los once jueces, la pequeña sala de audiencias de la Corte Constitucional, en Johannesburgo, se pone de pie. Al abrirse las audiencias del “proceso de la nevirapina”, ese jueves 2 de mayo, todos perciben que es un momento histórico. La ministra de Salud, Manto Thabalala-Msimang, está sentada entre el público, no muy lejos de los militantes de la Campaña de Acción para los Tratamientos (TAC). Las cámaras abandonan el recinto. Afuera, varios miles de manifestantes procedentes de todos los townships de los alrededores, manifiestan para “salvar a los bebés”. Cantos de lucha contra el apartheid, con las palabras adaptadas, reciben a los oradores: monseñor Njongonkulu Ndungane, nuevo arzobispo anglicano de El Cabo; Vusi Nhlapo, en representación de Cosatu, la principal central sindical del país; Zackie Achmat, presidente de TAC; y también la diputada Patricia de Lille, famosa por haber increpado a sus colegas en la Asamblea, conminándolos a explicar por qué los antirretrovirales serían más “tóxicos” para los pobres que para los parlamentarios…

En la Corte, durante tres días, los abogados del gobierno y los de los enfermos de sida van a estar sometidos a un fuego graneado de preguntas. El año pasado, los militantes de TAC, exasperados por la demora del gobierno en la prevención de la transmisión madre-hijo, habían llevado el caso ante la Alta Corte de Pretoria. Con su prohibición al sector público de brindar esta profilaxis –salvo en 18 establecimientos experimentales–, el gobierno condenaba de hecho a decenas de miles de niños a nacer con HIV. Los militantes obtuvieron en esa oportunidad una resolución que exige del gobierno un plan nacional de acción para la reducción de la transmisión madre-hijo, y entretanto, autoriza a los médicos a prescribir nevirapina a las mujeres que pudieran beneficiarse con ella. Esta es la orden que el gobierno impugna ante la Corte Constitucional, apoyándose en el principio de separación de los poderes y en la precocidad del procedimiento cuando su programa, según dice, estaba en pleno “despegue”.

Frente a los jueces constitucionales, el argumento del gobierno no es nada convincente. El abogado, Marumo Moerane, busca las palabras con dificultad. Una semana antes, para sorpresa general, el Ministerio de Salud había anunciado que su estrategia antisida había sido mal comprendida: “Está en preparación un plan de alcance general para prevenir la transmisión madre-hijo mediante la nevirapina, para el período posterior a diciembre de 2002”, anuncia una publicidad de página entera en los diarios. Curiosamente, el abogado parece seguir la “línea” que su cliente acaba de abandonar.

A pocas cuadras de este lugar, en la exigua oficina que ocupa en la Facultad de Derecho de la Universidad de Witwatersrand, Edwin Cameron –juez constitucional en 1999 y 2000, y uno de los arquitectos de la nueva Constitución sudafricana– se alegra de ver al gobierno del ANC apremiado hoy por la “decisión deliberada” del ANC “de incorporar a la Constitución los derechos socio-económicos”. Más aun, el texto fundamental, adoptado definitivamente en 1997, no se contenta con evocar “el derecho de todos al agua, la salud o la educación. Prevé para el gobierno una obligación positiva de tomar medidas, dentro del límite de los compromisos presupuestarios, con vistas a una progresiva materialización de esos derechos. Los tribunales están situados en una posición constitucional que les permite evaluar la acción del gobierno. Este es el núcleo de los debates sobre el tema de la nevirapina”.

Dada la obligada reserva del caso, Cameron no dirá nada más sobre este asunto1. Iniciador en 1993 del Aids Law Project, grupo de trabajo universitario y militante sobre los aspectos legales del HIV/sida, Cameron había dejado al país estupefacto cuando, durante su audición de ingreso a la Corte, develó públicamente su condición de seropositivo, denunciando que el sector público no brindaba los tratamientos antirretrovirales gracias a los cuales él seguía con vida.

Frente a las “terribles disparidades entre ricos y pobres, blancos y negros, hombres y mujeres” que afligen a Sudáfrica, la preocupación de este universitario –fundamento, además, de la apuesta de los negociadores de la transición de 1994– es saber si una construcción jurídica puede servir de motor para reducir las desigualdades, promover el acceso a la vivienda, la tierra, la salud, etc.: “¿Cumplirá la Constitución su promesa de crear igualdad, o no será más que un maravilloso documento entre otros, perfectamente inútil?”, pregunta Cameron. Con sus 20 o 30 fallos por año desde 1994, y el establecimiento de una jurisprudencia exhaustiva, hay que reconocer que la Corte Constitucional se dedicó activamente a dar vida a su potencial revolucionario.

Para hacerlo, dispone de una autoridad y una competencia muy superiores a las de su homóloga francesa. Sus jueces pueden revisar todas las leyes, incluso veinte años después de su adopción, y pueden ser embargados por cualquier caso preciso, cosa que les permite interesarse tanto en la ley como en las condiciones concretas de su aplicación.

“En su discurso de investidura, en 1994, Nelson Mandela declaró que el país ‘No quería pan sin libertad, ni libertad sin pan’”, nos recuerda uno de estos jueces. “Así fue como luchó el ANC para que los derechos socio-económicos sean incorporados y aplicables. De este modo traduce la Constitución el sentido de la humanidad que los africanos llaman ubuntu: ‘Yo soy un ser humano porque tú eres un ser humano’”.

  1. El 5-7-02 el Tribunal Constitucional de Sudáfrica ordenó al gobierno de Thabo Mbeki suministrar gratis y “de inmediato” en los hospitales públicos el antiviral nevirapina a las embarazadas, para evitar la transmisión del sida de madre a hijo. Véase El País, Madrid, 6-7-02.


Autor/es Philippe Rivière
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 38 - Agosto 2002
Páginas:26,28
Traducción Patricia Minarrieta
Temas Trabajo, Derechos Humanos, Salud
Países Sudáfrica