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Los judíos franceses en busca de identidad

Desde hace dos años, muchos judíos franceses son víctimas de una creciente angustia, que a menudo genera repliegue y a veces agresividad. Alimentan esa angustia la sangrienta evolución del conflicto palestino-israelí, el aumento de los atentados suicidas en Israel y las agresiones cometidas en Francia contra personas y lugares de culto judíos, sin olvidar el avance del Frente Nacional. Pero más allá de la coyuntura, lo que inquieta a muchos judíos podría ser el futuro mismo de la judeidad, que se debate entre crispación e integración.

¿Qué entendemos por “comunidad judía”? ¿El conjunto de franceses de confesión, de origen o tradición judía, evaluado en unas 700.000 personas? ¿O bien la comunidad organizada, es decir los 100.000 judíos que mantienen relación con el Consistorio o con alguna de las asociaciones reunidas en el seno del Consejo Representativo de las Instituciones judías de Francia (CRIF)? Cuando el presidente de este último, Roger Cukierman, adopta una posición, la misma es representativa, como máximo, de un judío francés sobre siete1.

Colaborador del periódico Actualité Juive y estricto practicante, Jean-Yves Camus lo corrobora: “Asistimos a una verdadera polarización: de un lado tenemos a los judíos que afirman más que nunca su identidad, y del otro a los que se integran y desaparecen”. Situación difícil de evaluar pues, agrega, “entre nosotros las cifras son tabú: tanto la Torah como la República, prohíben el censo de los judíos”.

Por lo tanto, debemos conformarnos con aproximaciones: en el Consistorio de París, Jean-François Strouf insiste en la asistencia a las sinagogas (que cada sábado llega a más de un 25% de la que se registra durante la gran fiesta del Kippur)2; la disminución de los matrimonios “extracomunitarios” (uno de cada dos); la inscripción de cerca de un 25% de los niños en escuelas judías, religiosas o laicas. Y si bien la venta de carne kosher disminuye, sería a causa de la crisis de la vaca loca. Sin embargo, el consumo promedio de cada judío en 2001 habría superado los 20 kilos anuales…3.

“En ciertos barrios –observa Jean-Yves Camus– la concentración de sinagogas, de escuelas judías y de comercios y restaurantes kosher es tal, que podemos hablar de autoguetización: al revés de los “israelitas” de antaño, que procuraban pasar desapercibidos, los ortodoxos actuales se muestran. Y está muy bien que así sea. Pero algunos lo hacen incluso con ese hutzpa (desparpajo) muy israelí: tratan fácilmente de antisemita a cualquiera que se oponga a sus proyectos. Otros, a pesar de haber nacido en Francia, se refieren a los no judíos diciendo ‘los franceses’”…

Ese deseo de estar “entre nosotros” es palpable en la Escuela de la Alianza Israelita de la localidad de Pavillons-sous-Bois, en las afueras de París (que tenía 50 alumnos al inaugurarse hace 38 años, y hoy posee 620). Ambiente elegante, florido y tranquilo: un mundo de casas con jardín, típicas de la pequeña burguesía. La estación del tren rápido de periferia está a pocos metros. Las medidas de seguridad de la escuela son discretas, pero la vigilancia fue reforzada desde que los alumnos que llevan la kipa son insultados casi a diario. Esa tensión, también perceptible en los mercados populares, generó –según la directora, Rachel Cohen– un aumento de la matrícula. “Búsqueda de un buen rendimiento escolar, pero también de identidad y de seguridad. Aquí, uno se siente protegido, no es designado como ‘el malo’. ¡Hasta los directores de establecimientos oficiales me envían alumnos!”

Como respondiendo a esa visión, una radiante jovencita que el año próximo iniciará sus estudios de medicina, se pregunta “cómo abandonar ese capullo que me protege desde la escuela primaria. Me da miedo el mundo exterior, laico”. Otra, con menos antigüedad, agrega: “Yo quise encontrarme entre personas que comparten el mismo estado de ánimo, la misma manera de vivir, centrada en la religión y en la alimentación kosher”. Un joven que llegó recientemente luego de una experiencia difícil en un colegio estatal, insiste en señalar “los valores del judaísmo: respeto y tolerancia”.

Desde hace cuarenta años a cargo de una sinagoga en el barrio más residencial de París, el rabino ortodoxo Daniel Gottlieb se muestra circunspecto: “Aunque sea muy visible, el retorno al judaísmo sigue siendo minoritario. Si bien el 90% de los judíos participa del oficio del Kippur, son muy pocos los que vienen todos los sábados. Cerca del 80% se casan con un cónyuge no judío. Las escuelas judías de ninguna manera reciben el 25% de los niños, y su éxito está ligado al de las otras escuelas privadas en general. En cuanto a la carne kosher, no hay que olvidar que también la compran muchos musulmanes”4.

Aun reducido a proporciones más exactas, el fenómeno de “rejudaización” registrado en las últimas décadas es innegable. Basta pensar en la inmediata posguerra. Entre 1942 y 1944, 79.500 de los 330.000 judíos existentes en Francia fueron deportados, y sólo 2.500 sobrevivieron. Dos tercios de las víctimas eran extranjeros. Semejante traumatismo explica que luego de la Liberación muchos de los que escaparon del genocidio no supieran qué significaba ser judío. Al igual que Elie Wiesel, muchos se preguntan “dónde estaba Dios en Auschwitz”5. Pero la Shoah no solo trastornó la fe…

Según Henri Hajdenberg, que “inventó” el movimiento Renouveau juif (renovación judía) en 1973, y luego presidió el CRIF desde 1995 hasta 2001, se trató “de un período perturbado” en el cual, frente a una “identidad resquebrajada” se imponía una “reconstrucción personal y familiar”. En esa dura tarea, muchos se apoyaron en una “militancia comunista o socialista que superaba su judeidad”. Otros militaron en el sionismo.

Directora de la Fundación del Judaísmo Francés, Nelly Hansson conserva de su provincia el recuerdo de “una ‘desjudaización’ relativa. El anticlericalismo a la francesa –tanto contra los rabinos como contra los curas– no impedía que aun sin respetar los ritos kosher nos encontráramos con los amigos en la sinagoga”. Interrogado al respecto, su padre, librepensador, invocó la necesaria presencia de diez hombres (llamada minyan) para poder rezar: “Aun cuando uno no sea creyente, debe permitir rezar a los otros…”

“He puesto delante de ti la vida y la muerte. Elige la vida”. Théo Klein invoca esa enseñanza de Moisés para explicar el renacimiento, fundamentalmente individual, del judaísmo francés luego de la guerra. “Sobrejudaizado” en su juventud, activo en la Resistencia judía sin haber sido “ni comunista ni sionista” Théo Klein ascenderá hasta lo más alto de la “jerarquía”, desde la presidencia de la Unión de Estudiantes Judíos de Francia (UEJ) hasta la del CRIF, desde 1983 hasta 1989. Sin embargo respeta a todos aquellos que durante mucho tiempo prefirieron olvidar la deportación, abandonar la sinagoga y casarse con un(a) no judío(a)… “La ‘rejudaización’ fue algo visceral”, estima.

Visceral, sobre todo, para los sefardíes, o más precisamente los judeo-árabes6. “La llegada de los judíos de Túnez, Marruecos, y especialmente de Argelia, transformó profundamente la comunidad judía francesa, fragilizando el lugar que ocupaban hasta entonces los ashkenazes7”, recuerda Klein. Y ello, cuantitativa y cualitativamente, pues los “pieds-noirs” trajeron con ellos una “religión popular”, que practican todas las semanas, e incluso todos los días. “Resucitaron el judaísmo francés” exclama el rabino Daniel Fahri, líder del Movimiento Judío Liberal8, aunque relativiza: “Tenían el entusiasmo y los ritos, pero poca cosa en el plano cultural. Su llegada radicalizó el Consistorio”. “Y esa gente –completa Jean-Yves Camus– tenía un arreglo de cuentas pendiente con Francia, que había abrogado el Decreto Crémieux en julio de 1940, que había ‘capitulado’ ante el Frente de Liberación Nacional argelino en 1962, y que no había recibido bien a aquellos a quienes había ‘traicionado’”. A eso se debe el sentimiento de “revancha” que experimentaron durante la Guerra de los Seis Días, agrega Meir Waintrater, jefe de redacción del mensuario L’Arche, en cuya opinión “1967 es la fecha del acta de nacimiento simbólico de la judeidad francesa moderna”. Fue “la primera vez que los judíos, como tales, salieron a manifestar en la calle” precisa Hajdenberg.

La socióloga Martine Cohen relativiza esas correlaciones: en Francia “la renovación en el seno del mundo judío se produce una década después de la llegada de los judíos de África del Norte. El fin de la década de 1960 y la primera mitad de la década de 1970 se caracterizan ante todo por un desarrollo cultural y comunitario en el cual la dimensión religiosa se halla minimizada, y que acompaña una inserción social individual de los judíos de África del Norte”9.

También Nelly Hansson advierte respecto de las visiones ahistóricas: “Los hijos y los nietos de esos sefardíes muy religiosos no serán como ellos. Van a cambiar como en otros tiempos lo hicieron los ashkenazes, salvo que la tendencia general al comunitarismo los encierre en una identidad confesional”.

Por lo tanto, una breve mirada retrospectiva alcanza para percibir el fenómeno: la “rejudaización” iniciada a fines de los años 1960 descansa en tres pilares fundamentales: la religión, la solidaridad con Israel y la memoria de la Shoah. Pero cada judío se apoya más en uno o en otro de esos puntos. “Interrogue a treinta judíos sobre la judeidad y va a obtener treinta respuestas diferentes… como mínimo”, nos había prevenido el rabino Gottlieb.

“Ser judío es ante todo ser religioso, es decir, ajustarse a un ideal de vida”. exclama Yoni, un joven de Estrasburgo de 15 años, de origen argelino. Más practicante que sus padres, el muchacho estudia en una escuela religiosa, asiste regularmente a la sinagoga y sólo consume alimentos kosher. Interrogado sobre por qué se impuso esas obligaciones –a las que curiosamente llama “concesiones”– responde: “Por respeto a lo que sufrieron nuestros antepasados, desde la Inquisición hasta la Shoah: integrarse sería renegar de ellos”. Y Yoni espera transmitir esas reglas de vida a los hijos que piensa tener, con una mujer judía, evidentemente. Pero no desea imponérselas a nadie: “El judaísmo debe ser tolerante, para reunir la mayor cantidad posible de judíos”. Por otra parte, el joven no vibra demasiado por Israel: “Es un país como los demás, y pase lo que pase, yo prefiero quedarme en Francia”.

Asimismo, los alumnos del último año de la escuela secundaria de Pavillons-sous-Bois sólo pueden pensar su judaísmo dentro de la religión, pero, a diferencia de Yoni, algunos piensan emigrar a Israel, pues consideran al país en peligro. No dudan en mostrar un apoyo casi incondicional, y admiten la recíproca, pro Palestina, de los jóvenes musulmanes. Una lógica de identidad bien interiorizada, como en el caso de una jovencita que dice sentir “un vínculo casi maternal con el Estado de Israel”.

Esta cuestión de “doble fidelidad” es muy importante para el rabino Fahri: “Yo siento ese conflicto muy profundamente. Estoy orgulloso de mi integración y de mi cultura francesa, de mi judeidad y de mi adhesión (no incondicional) a Israel. Me aterroriza la idea de que Francia pueda adoptar una posición brutal contra ese país. No sé qué haría…”

Otros teorizan su solidaridad incondicional. En plena discusión sobre los riesgos que encierra para Israel y para los judíos la política del general Ariel Sharon, un responsable de la comunidad –que prefiere mantenerse en el anonimato– confía: “Incluso aquí, muchas personas piensan que la política de Sharon es peligrosa”. Sorpresa: “aquí” es la sede parisina del Fondo Social Judío Unido. ¿Pero por qué no dicen entonces lo que piensan? “A causa de la evolución demográfica, Israel se está convirtiendo en el principal centro judío, y otorga legitimidad a cada uno de los judíos franceses. Por lo tanto, no podemos criticar al gobierno israelí, sea cual fuere”. Nuestro interlocutor se sorprenderá a su vez de ser comparado con los comunistas, que en nombre de la solidaridad con la Unión Soviética cerraron los ojos ante la lenta descomposición del “socialismo real”…

Quienes a mediados de la década de 1970 fundaron el movimiento Renouveau juif tenían una intención más política que de identidad. “Fue en ese momento cuando descubrí la militancia antisionista furiosa, detrás de la cual no venía aún el antisemitismo latente” recuerda una abogada que entonces frecuentaba la extrema izquierda en la facultad parisina de Tolbiac. Y añade: “Se podía discutir sobre todo, menos sobre ese tema. Por lo tanto había que reactivar un judaísmo político y tratar de contrabalancear la política proárabe de Francia.”

Treinta años después Henri Hajdenberg observa: “La opinión pública judía de Francia es a menudo menos realista que la opinión pública israelí, directamente confrontada con la realidad de Medio Oriente. Paradójicamente, la perspectiva de un Estado palestino es más fácil de aceptar allá que aquí, pues aquí se oye más a los activistas que a los moderados”. Y Hajdenberg pasa a criticar a los judíos que se movilizan contra el general Sharon sin militar en su mayoría en la comunidad en cuyo seno suelen expresarse los más radicales. Idéntico reproche hace a “las grandes plumas judías”, que tienen influencia en el exterior y no en el interior de la comunidad.

Basta ver una tras otra las películas Noche y niebla, de Alain Resnais, y Shoah, de Claude Lanzmann, para comprender hasta qué punto la memoria del genocidio y de su dimensión específicamente judía –durante mucho tiempo oculta en la de la Segunda Guerra Mundial– resurgió y se impuso a la conciencia de todos. “Yo descubrí la Shoah cuando tenía ocho años, viendo la serie Holocausto” recuerda Valérie Zenati, de unos treinta años, profesora de hebreo en un liceo parisino. “Fue un verdadero traumatismo que me causó espantosas pesadillas. Así fue como el genocidio se convirtió en ‘mi propia historia’, lo que es poco común para un judío del Norte de África”, reconoce con una sonrisa.

Esther Benbassa y Jean-Claude Attias no esperaban desatar un escándalo al publicar su libro Les Juifs ont-ils un avenir?(¿Tienen un futuro los judíos?)10. Es cierto que hablar de “religión de la Shoah” podía resultar chocante. Esther Benbassa explica: “El genocidio no constituye una identidad para el futuro”. Y Jean-Claude Attias agrega: “Es como una pantalla entre judíos y no judíos, que oculta una historia varias veces milenaria que no se reduce a las persecuciones”. Y eso, sin contar que identificar el judaísmo con la Shoah significa excluir al 60% de los judíos franceses, que no la padecieron por estar en el Norte de África. Nelly Hansson cree que “la historia judía no es sólo tragedia, también es creación, aportes intelectuales, ética, pedagogía de la pluralidad”.

Cultivar la memoria del genocidio, ¿pero cuál memoria? A esa pregunta Eyal Sivan y Rony Brauman, los primos terribles, proscriptos por el establishment judío, responden con sus películas. Al primero le debemos Izkor, donde el filósofo Yechayahu Leibovitz critica radicalmente la militarización de la juventud en Israel. En 1999 ambos cineastas realizaron Un especialista, a partir de imágenes de archivo del proceso Eichmann. “Renunciar a la memoria sería intelectualmente idiota y moralmente indefendible –estima Rony Brauman–. La necesitamos tanto como los pulmones. Es algo que nos humaniza”. Pero es necesario inscribir la memoria de la Shoah, como la de todo acontecimiento de gran importancia, “en la historia de la humanidad, a fin de evitar las manipulaciones ideológicas, y de tratar de extraer conclusiones del pasado para el futuro”.

Religión, memoria, Israel. Martine Cohen insiste en la aparición, desde hace años, de un “cuarto pilar, cultural, que se apoya en la lectura de una revista, en la escucha de una radio, en la frecuentación de un centro comunitario o de cursos de historia o de idioma”.

Pedestal de ese “pilar cultural”, Haim Vidal Sephiha se autodenomina “el despertador del idioma judeo-español”. Hasta hace poco profesor en el instituto francés de lenguas orientales, donde creó la cátedra de judeo-español, Haim Vidal Sephiha aprendió esa lengua a su regreso de Auschwitz, como una forma de reapropiación de su identidad. “Había un prejuicio según el cual los judeo-españoles no habían sido deportados, sino sólo los judíos de cultura yiddish, lo cual no es cierto”11. Sus discípulos y sus alumnos pertenecen en general a familias originarias del Maghreb. Pero, como actualmente todo el mundo se considera sefardí, Haim Vidal Sephiha quiere evitar las confusiones: “En Francia, la mayoría de los judíos son judeo-árabes de rito sefardí. Los únicos ‘verdaderos’ sefardíes son los descendientes de los judíos de España. En lugar de mezclar todo, habría que rehabilitar las lenguas regionales judeo-árabes. El judaísmo es polifónico”.

A esa polifonía se consagra también Méni Wieviorka, uno de los principales participantes del Centro Medem (700 miembros). La carta orgánica de esta institución reivindica su apego al yiddish (casi aniquilado por el genocidio) y la herencia del Bund revolucionario12. “No queremos que el yiddish muera. Pero ya no se lo habla más, ni en Israel, ni en Estados Unidos, ni en Europa. En Israel es considerado incluso como el idioma de los muertos, de los perdedores, de los cobardes. Sólo lo usan aún los loubavitch, los ultraortodoxos. Nosotros nos inscribimos más bien en la tradición de la Ilustración”.

Pero hay que decidirse: la pedagogía tiene sus límites. Aun agregando un nuevo pilar, los cuatro evocados hasta ahora no logran abarcar la concepción de muchos de nuestros interlocutores. Y el rabino Gottlieb protesta: “El judaísmo no es una religión. Por otra parte, esa palabra ni siquiera existe en hebreo: el término dat fue ‘inventado’ para traducir a Maimónides. No, el judaísmo es una relación con Dios, con los hombres, con las cosas, con los valores, con la historia”. Para Théo Klein, si bien la judeidad remite a la Biblia y al Talmud, su centro son las enseñanzas de Abraham: michpat (juicio) y zedaka (justicia). “Dicho de otra manera, el judaísmo es ante todo una organización de la sociedad en procura de la justicia”. ¿Pero qué tiene esa definición de específicamente judío? “Contrariamente al Nuevo Testamento, la Torah no plantea el principio de amor, sino de justicia. En la sociedad cristiana, la confesión limpia la falta. Por el contrario, la sociedad judía nos llama siempre a nuestra responsabilidad”.

Más institucional, Meir Waintrater lamenta sobre todo “la falta de un modelo coherente de identidad judeo-francesa”. Por supuesto, se alegra de la renovación religiosa, intelectual y política de las últimas décadas, insistiendo en el aporte de instituciones como la escuela de dirigentes de Orsay y el papel unificador de personalidades como Leon Ashkenazi, llamado Manitou. “Pero el discurso judío actual, muy dividido, se parece a una masa llena de grumos. Necesitamos un mínimo común, aceptable tanto por los laicos como por los religiosos. Lamentablemente, cada cual pone ese mínimo a la altura de su máximo. ¿Cuándo tendremos nuestro Vaticano II?”

Resueltamente laica, la historiadora Annette Wieviorka concibe su búsqueda de identidad de otra manera. A raíz del prestigio de sus investigaciones, se la requiere de manera creciente cada vez que se trata el tema del genocidio: “Me invitan a coloquios, seminarios y comisiones porque soy judía. Pero si bien soy judía, también soy mujer, francesa, investigadora…” El mundo moderno llama a “identidades plurales, en las cuales cada uno ve mezclados orígenes, profesión, opiniones, creencias. Y esa mezcla evoluciona de una edad a otra. La judeidad es sólo una parte de nosotros”. “Y no necesariamente la más importante”, afirma como un eco Rony Brauman, también convencido de que ha llegado la hora de las “recomposiciones de identidad”.

Conferencista en la unidad de letras de la facultad de París-VII, Annie Dayan Rosenman insiste sobre esa parte judía: “No queremos ser viajeros sin equipaje” a la manera de los “israelitas” de antaño. ¿Pero qué pone ella en sus valijas? “Un fondo cultural común con una dimensión judía”. Convencida de que la mayoría de los judíos franceses son laicos, creó hace diez años, junto al escritor Albert Memmi, la Asociación para un Judaísmo Humanista y Laico. “Sabemos que la transmisión ya no se produce más en bloque, sino ‘a la carta’”.

Más allá de los valores fundados en textos proféticos, la universitaria trabaja, por ejemplo, “sobre una cantidad de escritores que, cada uno a su manera, se vinculan al judaísmo”. Una manera entre otras de “ayudar a los judíos laicos a elegir juntos su herencia”. De paso, Annie Dayan Rosenman sugiere una solución simple al “problema” de los casamientos mixtos: “¡Que los rabinos reconozcan también el linaje paterno, así, lo que viven como una hemorragia se convertirá en un nuevo aporte!”. Ese deseo de apertura fue anticipado por el movimiento judío liberal que, precisa el rabino Fahri, reconoce como judía a “toda persona de madre o de padre judío, y criada en el judaísmo. Tomamos en cuenta la experiencia de vida de las personas y les pedimos a otros que completen su formación”.

“Más que movilizar a los judíos de Francia de manera negativa, ya es tiempo de comprometerlos positivamente en la definición de un judaísmo del siglo XXI, una verdadera cultura judía en la diáspora”, insiste Jean-Claude Attias. Ese ambicioso objetivo implica “la reconquista del pluralismo en el seno de la comunidad organizada”. Imposible avanzar mientras persista el bloqueo de los ortodoxos y de la derecha: unos tiemblan ante los matrimonios exógamos, las mujeres rabinos, las conversiones y los homosexuales; los otros tratan de antisemita a cualquiera que critica al gobierno israelí. “Es el momento de reagrupar a las fuerzas críticas”.

¿Qué quedará de la identidad judía dentro de un siglo? “En el fondo, me da igual”, responde Rony Brauman. Y añade: “El judaísmo no escapará al movimiento general de descomposición/recomposición de las pertenencias. Es imposible encerrar la verdad judía en un gueto. La mezcla es inevitable. Y nadie sabe lo que saldrá de ella…”

Quizás, simplemente, esta “mediocre evidencia” poetizada por George Perec13: “un silencio, una ausencia, una pregunta, un cuestionamiento, una fluctuación, una inquietud, una inquieta certidumbre…” O la serena confianza de Méni Wieviorka: “Para mí, el que llega y se presenta diciendo ‘yo soy judío’, es judío”.

  1. Cukierman se negó a recibirnos en el marco de esta investigación.
  2. Como si, haciendo una comparación, la misa dominical juntara cuatro veces menos fieles que la Misa de Gallo o el Domingo de Ramos.
  3. El consumo de carne en 2000 en Francia era de veinticinco kilos por habitante y por año.
  4. En el cuarto salón Eurokosher, realizado a comienzos de junio en París, se estimó que el consumo de productos kosher se debía en un 60% a no judíos. Témoignage chrétien, París, 13-6-02.
  5. Elie Wiesel, La Nuit, Editions de Minuit, París, 1958.
  6. El vocablo bíblico “sefarad” fue utilizado para designar a España y Portugal.
  7. El vocablo bíblico “achkenase” fue utilizado para designar a Alemania.
  8. Esa corriente, mayoritaria en Estados Unidos, fue “importada” en Francia en 1977, donde sigue siendo minoritaria y un tanto marginalizada por el judaísmo “oficial”.
  9. “Les Juifs de France aujourd’hui. Du modèle confessionnel au modèle communautaire”, Migrations-Formation, N° 82, septiembre de 1990.
  10. Lattès, París, 2001.
  11. Casi la mitad de los 375.000 judeo-españoles distribuidos en Europa y en Asia Menor no regresaron de la deportación después de 1945…
  12. Bund: “organización social-demócrata de los obreros judíos”, creada clandestinamente en Rusia en 1897, y que fue una de las corrientes que llevó a la victoria del Partido Bolchevique en 1917.
  13. Les récits d’Ellis Island, POL, París, 1994.
Autor/es Sylvie Braibant, Dominique Vidal
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 38 - Agosto 2002
Páginas:30,33
Traducción Carlos Alberto Zito
Temas Judaísmo
Países Francia