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Similitudes en Argentina

Consultado acerca de las similitudes y diferencias de la comunidad judía argentina en relación con lo que expresa el artículo precedente sobre la francesa, el autor avanza algunas consideraciones generales sobre un tema que nos proponemos ahondar a partir del próximo número de esta publicación.

Tres problemáticas se destacan en el informe francés, coincidentes con el judaísmo argentino: la asimilación y la integración; el antisemitismo y la Shoah y, por último, Israel.

Sobre el primero, el pensador judío Ajad Haam1 afirma que asimilarse no es malo, ya que la vida atesora influencias de unos hacia otros, imitando y aprendiendo, y eso no es otra cosa que asimilación. Pero existen dos tipos de asimilación: la positiva y la negativa, llamadas también asimilación por competencia y asimilación por vacío. La primera significa confrontar los valores y las costumbres propias con los de la sociedad que interactiva con el judío, para que surja una síntesis creativa. Desde músicas rituales como la de los servicios religiosos de Shabat, hasta la búsqueda de un encuentro filosófico entre pensadores clásicos y su confrontación con los textos talmúdicos –como el que realiza Emmanuel Levinas– son ejemplo de esta síntesis que para lo judío resulta creativo y vital.

La asimilación negativa es la que usualmente se utiliza como “ asimilación propiamente dicha”, y tiene que ver con la aceptación de valores externos que se contraponen a los propios y conducen a su abandono. Este es uno de los grandes problemas en el que el judaísmo argentino encuentra su pérdida, a través del dialéctico juego del derecho a ser igual y diferente, o revolucionario y conservador, como decía el viejo Guedalia, personaje de un libro de Isaac Babel: “Digamos sí a la revolución, pero ¿acaso diremos no a la observancia del Shabat?”2. Son esos valores los que hay que lamentar en la pérdida de la identidad de un judaísmo clásico, lo que de algún modo retrata la situación del hombre posmoderno en este mundo globalizado, a la que por supuesto no es ajeno el judío argentino. El frenético “yo mismo” va rompiendo cáscaras, superando muros, derrumbando fronteras, desechando accidentes y se encuentra, como Peer Gynt, descascarando una cebolla, capa tras capa, en busca del grano que al final es nada, es vacío. El judío clásico, perseguido, hambreado, denigrado, se quejaba y decía “qué difícil es ser judío”. El posmoderno no sabe cómo serlo y tampoco quiere o puede dejar de serlo. Este es el debate, poco complaciente, sobre el cual se acentúa la discusión de la asimilación e integración en Argentina.

En cuanto al antisemitismo y la Shoah, como dice Albert Memmi, “Ser judío es, ante todo, este hecho global, sentirse cuestionado, sentirse bajo permanente acusación implícita o explícita, clara o confusa”3. En el gueto o fuera de él, el judío jugó un papel de chivo expiatorio, un tema ampliamente desarrollado en ensayos y novelística, cuya máxima expresión fue la Shoah, que causó la desaparición de un tercio del pueblo judío. Michael Lerner cita a un amigo suyo: “todo lo que recuerdo haber oído acerca del judaísmo es cuánto sufrimos”4.

Evidentemente el rol del martirio pasea en el espíritu judío, estableciéndose como una situación tal que se transforma en trauma. En Argentina también existe una vasta experiencia en antisemitismo. Como anécdota, la célebre expresión “yo, argentino” surge en la Semana Trágica de 1919, cuando los jóvenes, los skins de entonces (en general de clase alta), presuponían que todo individuo de barba “chiva” era judío y, al acercarse a quienes no lo eran para tirar de sus barbas, éstos levantaban las manos y vociferaban su condición nacional “diferente”. El “yo, argentino” original partía de una premisa de supuesta imparcialidad para evadir el imperativo animal de destrucción de todo aquello que no se tolere, o que compita con uno: la línea entre neutralidad y complicidad es tan delgada como la de tolerancia e intolerancia.

En dimensiones diferentes a la Shoah, el atentado a la Asociación de Mutuales Israelitas Argentinas en 19945 y la falta de decisión política en la búsqueda de justicia; la desproporción en la represión de personas judías durante la última dictadura militar (aproximadamente un 13% de los desaparecidos eran judíos, mientras la población judía en Argentina es menor al 1%) y, por momentos, una sospechosa política antisemita de Estado, indican un antisemitismo raigal que justifica la sensación de inseguridad e indefensión que experimentan determinados sectores de la comunidad.

Ninguna identidad sólida puede construirse en torno a la persecución. David Hartman decía: “Honro las vidas asesinadas en Auschwitz, pero necesito apostar creativamente y construir mi vida en torno a los valores constructivos y no a los destructivos”6. Por eso la creatividad en la red escolar judía argentina es una de las más amplias del mundo; la educación juvenil en el plano no formal, la vida espiritual en las sinagogas, los clubes y la vasta vida cultural judía son una respuesta al terror. A esto se añade la fundamental exigencia de justicia, manifestada por Memoria Activa, una agrupación que cada lunes, a las 9.53 horas, se reúne frente a los Tribunales de justicia haciendo sonar el shofar, cuerno de carnero, arcaico instrumento musical que se utiliza en las Grandes Fiestas.

Por último, Israel. Gran parte de la comunidad judía argentina, desde el espectro religioso hasta los judíos seculares, adscribe a la idea del sionismo como hogar espiritual del pueblo judío. El dilema dentro de los círculos judíos es el cuestionamiento o no de las políticas del Estado de Israel, de modo tal que cuando se deslizan críticas, hay voces que tratan de desleales a otras. Pero el cuestionamiento y la polémica dentro de la comunidad judía son amplios, apasionantes e intensos.

Con sus variantes, la problemática de la comunidad argentina no difiere en mucho de la francesa. Si dos de cada cinco franceses tienen actitudes xenófobas, en Argentina los sondeos muestran cifras similares. El antisemitismo de Le Pen no se diferencia de algunas actitudes de determinados gobernantes argentinos durante los últimos 30 años. La bomba contra la AMIA, el tema de los desaparecidos judíos y otros muchos antecedentes juegan en la comunidad judía argentina un papel similar a la memoria de la Shoah en Francia. El problema de la identidad desde la búsqueda religiosa o secular es similar en ambas comunidades. La relación con Israel y la cuestionabilidad o no de las políticas de Estado no difieren entre los establishments y los sectores progresistas de ambos países.

  1. Ajad Haam (Asher Ginsberg), Selected Essays, L. Simon, Nueva York, 1962.
  2. Isaac Babel, Caballería Roja, Ediciones Barral, Barcelona, 1970.
  3. Albert Memmi, Retrato de un judío, Editorial Candelabro, Buenos Aires, 1964,
  4. Michael Lerner, Jewish Renewal, Grosset/Puttnam, Nueva York, 1994.
  5. El 18-7-94, una bomba destruyó la sede de la AMIA, provocando 82 víctimas mortales. Dos años antes, otro atentado había destruido la embajada del Estado de Israel en Buenos Aires.
  6. David Hartman, “Auschwitz o Sinaí”, www.hartmaninstitute.com/davidhartman/teachings /archive/sinai.html
Autor/es Daniel Goldman
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 38 - Agosto 2002
Páginas:33
Temas Judaísmo
Países Argentina