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Preservar los recursos forestales

La protección de los recursos naturales merece algo más que espectaculares reuniones, a menudo improvisadas. Tras el fracaso de la Conferencia sobre Biodiversidad -celebrada en La Haya en abril pasado-, la Cumbre Mundial sobre Desarrollo Sostenible -que comienza en Sudáfrica a finales de este mes- y la Convención sobre Especies Amenazadas -que se realizará en Chile en noviembre próximo- corren el riesgo de no lograr grandes resultados. La Comisión Ballenera Internacional no tuvo éxito, la caza de elefantes se reanudó con mayor intensidad, y en todas partes, incluso en África, los bosques tropicales pierden cada vez más terreno. Pero el movimiento ecologista occidental debe revisar algunas de sus posiciones, adaptándolas a las necesidades de los países del Sur, acuciados por sus necesidades de desarrollo.

De los tres pulmones verdes del planeta –la Amazonia, el Sudeste Asiático y los bosques africanos de la Cuenca del Congo– este último es el que relativamente sufre menos agresiones. En algunos países, se produce el fenómeno inverso: las sabanas, una vez abandonadas por el hombre, son recuperadas por las masas forestales, especialmente en Gabón, en África Central y en el Congo.

Sin embargo, persisten las críticas desde determinados sectores consagrados a la “protección de la naturaleza”: tocar el bosque sería condenarlo a la desaparición. En esta nueva religión que el mundo occidental exporta, talar un árbol para su comercialización se convierte en un crimen de lesa ecología. Este breviario verde omite algunas realidades: los países forestales de África dependen principalmente de sus recursos naturales.

En el corazón de estos bosques habitan poblaciones que obtienen allí su sustento: el 95% del consumo de proteínas proviene de la fauna salvaje, ya que la cría de bovinos es casi imposible. La agricultura itinerante, devoradora de espacios, es la causante de la reducción del 90% de las superficies. La apertura de las obras forestales constituye una puerta de entrada para los agricultores, quienes utilizan los caminos de acceso y transporte una vez que finaliza la explotación.

La industria forestal representa para algunos países una parte fundamental de los ingresos generados por sus exportaciones. Esa actividad no está exenta de críticas y a menudo funciona como simple recolección. Pero el concepto de gestión racional de los recursos, el crecimiento de los movimientos ecologistas, o los llamados a boicotear los bosques tropicales llevaron progresivamente a los grandes explotadores –muchos de ellos franceses– a rever sus posiciones, a aceptar el debate, a solicitar asesoramiento… Finalmente, se abrió un canal de diálogo entre las ONGs, los gobiernos, los representantes forestales y la Organización Africana de la Madera (OAB). Los socios capitalistas –Francia, el Banco Mundial, la Unión Europea y otros– financiaron planes de gestión y explotación racional.

Así, se crearon espacios protegidos para la fauna; los explotadores aceptaron destinar una parte de sus concesiones para la conservación e investigación; los sindicatos profesionales celebraron acuerdos con organizaciones protectoras de la naturaleza; se elaboraron programas para la cría de animales de caza, destinados a la alimentación de los trabajadores de las obras forestales…

Los socios de los países productores tienen luz verde. El verdadero debate se centra en el respeto de las reglas para una buena gestión de la riqueza forestal por parte de los administradores locales. Muchos gobiernos de la región convierten el bosque en una cuenta bancaria que utilizan para amasar fortunas personales o sobrellevar meses difíciles en la función pública, como ocurrió recientemente en Camerún1.

Insidiosamente, se otorgaron facilidades a grandes compañías forestales asiáticas (malayas, chinas, indonesias), sin respetar los códigos vigentes tanto en lo que respecta a la calidad y a la cantidad de bosques talados como a la superficie concedida. Sólo la crisis económica asiática pudo detener este movimiento, que sacaba provecho de la fragilidad de los regímenes locales sacudidos por crisis y conflictos permanentes. Pero la demanda asiática de madera es tan grande que este respiro es provisorio. Los informes de los investigadores del Centro de Cooperación Internacional en Investigación Agrícola para el Desarrollo (CIRAD), los únicos que dieron la voz de alarma, podrían servir de base para llevar a cabo negociaciones pragmáticas con estos explotadores forestales, en un marco que contemple tanto el componente ecológico como las dimensiones sociales y económicas.

Sentimentalismo occidental

El bosque como santuario de la biodiversidad, por el mero placer de la conservación, es sin duda un discurso seductor, pero que no se sostiene frente a la situación que atraviesa la mayoría de los países del Sur, especialmente africanos. Los ex presidentes Félix Houphouët-Boigny de Costa de Marfil o Didier Ratsiraka, de Madagascar, se regodean recordándoles a sus interlocutores que, en su momento, Francia destruyó su masa forestal y gran parte de su fauna, con el fin de alimentar a la población. ¿Cómo pretenden entonces los europeos convencer de la necesidad de tomar medidas para la conservación de una especie, inclusive de un hábitat sensible, cuando la eliminación de su propia fauna los obliga a reintroducir especies (osos, quebrantahuesos, buitres, linces…), o cuando los retornos naturales (como el del lobo) generan la resistencia de otros usuarios del espacio?

El debate en Europa sobre la reglamentación de la caza, las pasiones e incluso las actitudes violentas que despierta no dejan de sorprender a los africanos. Y qué decir de los reiterados intentos de Japón y Noruega (la patria de Gro Harlem Brundtland, gran defensora del desarrollo sustentable) de capturar ciertas especies de ballenas, que llegan, en el caso de Tokio, incluso a comprar votos de pequeños países para satisfacer sus ambiciones mercantiles y criminales.

El conjunto de estos interrogantes remite a la naturaleza misma de las discusiones: muchos compromisos ecologistas son a menudo producto de un sentimentalismo propio de nuestras culturas occidentales, que los poderes y pueblos africanos no comprenden. Practicamos, sin decirlo, una injerencia ecológica a menudo desfasada con respecto a las realidades locales y además sin ofrecer, en la mayoría de los casos, los medios financieros.

Frente a estas cuestiones, que deberían ser la clave de una verdadera negociación, el purismo y la rigidez de algunos impidieron todo diálogo constructivo. Este discurso debe centrarse nuevamente en la relación entre el usuario y el recurso, para que no se desconecte más de su entorno humano, social y natural. ¿Cómo justificar la captura necesaria de especies destructoras en Europa, y negar ese derecho a las poblaciones africanas, sujetas localmente a las mismas exigencias? Se trata, en cambio, de llevar a cabo una gestión inteligente, racional, sustentable del recurso, que sirva principalmente a quienes dependen de él, y a los territorios donde se desarrolla.

No es de extrañar que los políticos no reparen en estas implicancias. Pero la posición asumida por algunos sectores ecologistas resulta más inquietante. Durante las recientes campañas electorales en Francia, la cuestión del desarrollo de los países del Sur –pocas veces tratada– jamás se abordó desde el punto de vista de los recursos naturales y de su gestión al servicio del desarrollo, ni tomando conciencia de que en los países pobres son fuentes de vida, e incluso de supervivencia.

El compromiso político de los ecologistas europeos, su incidencia en la opinión pública, su forma de plantear los temas sociales, sus interrogantes sobre las problemáticas de consumo son seguidos con interés en África, donde cumplen una verdadera función de formación pedagógica a distancia. Pero estos militantes deben evitar ceder con facilidad al síndrome de la “aflicción del hombre blanco”, y apreciar en su justa medida las realidades y objetivos africanos.

  1. El gobierno de Camerún aceleraba las autorizaciones de tala de bosques para recuperar dinero fresco. Bajo la presión internacional fue destituido el Ministro a cargo de los bosques.
Autor/es Gérard Sournia
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 38 - Agosto 2002
Páginas:34
Traducción Gustavo Recalde
Temas Medioambiente