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¿Van a desaparecer los elefantes?

Las manadas de elefantes representan una de las más increíbles maravillas de la naturaleza animal, y un bien preciado de África: los niños del mundo entero suelen conocer mejor esta fauna silvestre que la de sus propios países… A fines de la década del ’80, en el momento más crítico de las masacres de poblaciones de elefantes provocadas por la fuerte demanda asiática de marfil y facilitadas por los disturbios y guerras civiles que asolaban el continente africano, Francia fue el país occidental que denunció con mayor firmeza el dramático tráfico internacional de marfil y sus efectos locales.

Esta iniciativa tuvo dos consecuencias afortunadas: la prohibición del comercio de marfil y la inclusión del elefante africano en el anexo I de la Convención de Washington sobre las especies amenazadas (CITES). El resultado obtenido, con el apoyo de varios países de habla francesa –Burkina Faso, Níger y Chad– fue recibido como un gran logro internacional. Estas decisiones irritaron a los países del sur de África y a Japón, pero fueron recibidas con un entusiasmo comprensible para la época, en momentos en que se perfilaba y precisaba el concepto de “desarrollo sustentable”.

Satisfecha por estas conquistas, Francia no reparó en las maniobras de los defensores del antiguo orden y no tuvo en cuenta, entre otras cosas, que desde hacía algunos años África estaba cambiando y que Asia y Estados Unidos tenían interés en ese continente, mientras que los soviéticos desaparecían de la escena política africana. Francia había perdido su influencia.

Frente al mercantilismo que genera la mundialización, y a pesar de todos los obstáculos, Francia puede volver a ser el país escuchado, si presenta propuestas que permitan enriquecer el debate, mantener el diálogo, encontrar soluciones que contemplen tanto la protección de los elefantes como los intereses de las poblaciones locales. Francia no debe actuar aisladamente, sino intentar armonizar su posición con la de sus socios europeos y africanos, para mantener la llama que fuera encendida tan felizmente en 1989 y que a partir de ahora es necesario reavivar.

Para los dirigentes africanos, el marfil representa un recurso natural que puede ser valuado. Japón, gran vencedor en la reanudación del comercio en 1997, restablece sus stocks amenazados por la erosión, respondiendo a la demanda de su poderoso lobby pro-marfil, para poner en funcionamiento su industria y la fabricación de artesanías. ¿Cuáles son las consecuencias concretas para África? ¿No existe un terreno de negociaciones sin explotar? ¿No puede hacerse un análisis más profundo de la situación? ¿No puede privilegiarse la solución que apunta al trabajo local del marfil obtenido de los elefantes que mueren naturalmente o son cazados en forma legal? Esta alternativa contempla una actividad generadora de empleo, con transferencia de tecnología que permite obtener ganancias y cuyos beneficios serían transferidos a un fondo para la naturaleza administrado conjuntamente con instituciones responsables, que formaría parte de esta red comercial. Muchos países africanos se mostraron favorables a esa alternativa. La posibilidad de rastreo se convirtió en una exigencia para la exportación.

La idea de crear este fondo fue nuevamente discutida en la Conferencia de La Haya, en abril pasado. ¿Por qué no hacer que las organizaciones internacionales y los países consumidores, especialmente los asiáticos, asuman sus responsabilidades? A quienes consideran ilusoria una medida semejante habría que recordarles que durante la prohibición del comercio de marfil, los japoneses (una vez más), aterrorizados por el fantasma de la escasez, negociaron con los rusos la compra de marfil de mamut: luego de arduas negociaciones, se llegó a un acuerdo sobre la base de una rebaja de los precios de venta, compensada por el aporte de capitales japoneses con el fin de transferir el trabajo de este marfil a artesanos locales.

La supervivencia de una especie tan emblemática y tan amenazada como el elefante es un desafío que debe tenerse en cuenta, un formidable incentivo para garantizar la permanencia de la vida silvestre, incluidas las especies más “devoradoras de espacios”. Conservar esta vida silvestre es una excelente forma de proveer a África los recursos vitales que necesita.

Existen en África asociaciones protectoras de la naturaleza que se comprometieron “con los elefantes” y están satisfechas de haber encontrado una Alianza1 dispuesta a brindarles su apoyo en Gabón, Níger y otros países de habla francesa. Estas asociaciones ayudan a apreciar en su justa medida las realidades africanas y a buscar soluciones acordes a la realidad local: los valores ecologistas tienen allí su espacio, con la condición de que contemplen de manera realista el estado de las economías locales (ver artículo de G. Sournia).

  1. La Alianza “Por los elefantes” está integrada por la Fundación Liga Francesa de los Derechos del Animal (LFDA), la Fundación Treinta Millones de Amigos (FTMA) y ROC, Liga para la preservación de la fauna silvestre.
Autor/es Hubert Reeves
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 38 - Agosto 2002
Páginas:35
Temas Medioambiente