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Tribulaciones de un campesino chino

El joven Gan llegó a Pekín en el verano de 2000. Gracias a un conocido con quien se había encontrado en la ciudad de S., pudo conseguir un trabajo de transportista en la entrada del barrio de Zhongguancun. Ese día, una vez realizada la entrega de un cargamento de discos duros, Gan descansa un instante sentado en su triciclo bajo un sol abrasador. En la calle, van y vienen sin cesar los autobuses con anuncios publicitarios multicolores. Todo lo que ve se relaciona con eso que la gente llama IT, la informática1. Una publicidad de un sitio de internet atrae sorpresivamente su mirada: ¡y@ está! Gan recuerda entonces esa expresión “¡Lo encontré!” (del nombre de un buscador chino)… exactamente lo que gritó el joven policía hace algunos años.

Fue en 1994, inmediatamente después de la Fiesta de la Primavera. Una multitud de campesinos que iban a trabajar a las ciudades del norte o del sur del país, se agolpaba delante de la estación ferroviaria más grande del norte de la provincia A. El joven Gan, con sus bolsos de piel de serpiente, estaba entre ellos. Nunca antes había abandonado el hogar familiar. Pero las noticias que Kai, un muchacho del país, había traído a su regreso de S., habían encendido una luz de esperanza en los ojos de la familia del joven Gan, quien acababa de reprobar su examen de ingreso a la enseñanza superior. La familia le permitió finalmente viajar al sur. Es así como Kai acompañó a Gan en su primer viaje importante. Kai prometió encontrarle un lugar donde alojarse y ayudarlo a buscar un empleo. Al dejar a su familia, el joven Gan sólo iba a engrosar un poco más las filas de los emigrantes rurales que, quince años después del lanzamiento de las reformas, ya sumaban millones.

Al día siguiente de su partida, por la madrugada, un movimiento de activistas comenzó a recorrer el lugar donde los trabajadores emigrantes esperaban, algunos desde hacía ya tres días, la salida de un tren adicional. La agitación despertó a Kai, que dormía envuelto en su edredón. La gente se amontonaba en la puerta de entrada de la estación. Algunos protestaban contra quienes intentaban infiltrarse en la fila de espera.

Kai despertó inmediatamente al joven Gan. Ambos ordenaron sus cosas de prisa, luego salieron corriendo. El lugar estaba apenas iluminado por unos faroles, que impedían ver con claridad. En el apuro, Gan tropezó con algo… un aparato lo hizo trastabillar. Lo recogió rápidamente y lo colocó en el bolso de Kai. Al desatarse una lluvia de bastonazos sobre lo que parecía una verdadera marea humana, los dos amigos se detuvieron.

Poco a poco, los golpes se multiplicaron y el tumulto disminuyó. La gente se dispersó lentamente y la policía comenzó a recorrer las filas. En ese momento, un sonido surgió del bolso de Kai. Un policía de rostro rubicundo corrió hacia ellos, abofeteó a Kai y extrajo de su bolso el walkie-talkie aún encendido. El policía comenzó a gritar: “¡Capitán, lo encontré!”. Ese “¡lo encontré!” que lanzó el joven policía resonó en los oídos de Gan como la voz de su abuela.

Ahora Gan tiene veinticinco años. Sentado en pleno corazón del barrio que concentra los más recientes avances tecnológicos de China, se gana la vida en buena conciencia de la forma más tradicional, ofreciendo su fuerza física.

Aún recuerda aquel día de 1994 cuando junto con Kai subieron finalmente a bordo de ese tren repleto de gente. Más allá de esta pequeña desventura (Kai fue aporreado por el joven policía), su viaje se desarrolló sin inconvenientes. Tal como estaba previsto, llegaron a la ciudad de S. situada más al sur, a orillas del mar. Allí Kai cumplió sus promesas: le consiguió a Gan un lugar donde dormir y un empleo con un grupo de trabajadores de la construcción.

En cierta forma, el joven Gan aprovechó esta oportunidad de buscar suerte lejos de su casa demasiado tarde: China era un país con enormes desigualdades; los traslados de mano de obra no se correspondían con el movimiento de industrialización; el éxodo rural estaba fuertemente controlado. Todas estas circunstancias contribuyeron a exacerbar las tensiones sociales.

A partir del segundo semestre de ese año, las cosas comenzaron a cambiar. Los ciudadanos se dieron cuenta finalmente de lo que implicaba “dejar el puesto”2. Más de 10 millones de personas perdieron sus empleos (existía en las empresas públicas un exceso de personal de aproximadamente 15 millones de empleados). Sin mencionar a los 160 millones de personas consideradas excedentes en el campo. Todos ejercían una presión sin precedentes en el mercado laboral urbano.

Tras la disolución de su grupo de albañiles, el joven Gan realizó pequeños trabajos en diferentes lugares. Trabajó como limpiavidrios en los rascacielos de S., tanto en las torres de oficinas como en los edificios de vivienda o en los grandes hoteles… Enganchado en su cable de seguridad, el joven Gan podía considerarse afortunado: su nombre no figuraba entre la treintena de hombres araña víctimas de caídas mortales en la ciudad de S.

En realidad, la vida ya no le ofrecía al joven Gan muchas posibilidades de hacer fortuna. Durante los veinte años de aplicación de las políticas de reforma y apertura, y como consecuencia del retraso de las reformas políticas respecto de las económicas, los hijos de altos dignatarios y todo tipo de aventureros sacaron provecho de su poder (sus “influencias”, como suele decirse). Lograron hacerse un lugar en los albores del siglo XXI, mientras que los grandes centros urbanos ofrecían cada vez menos oportunidades a los trabajadores de origen rural, aun en una ciudad como S, abierta a partir de las reformas.

Entre los trabajadores emigrantes provenientes del mismo pueblo que Gan, algunos, los más robustos, consiguieron empleos como personal de vigilancia, pero la mayoría de ellos eligió ser peón en obras de construcción. En cuanto a los que les gustaba nadar en aguas turbias, se convirtieron en cadetes de dudosas sociedades, vendedores de documentos falsos o de imitaciones de productos como DVD, programas de computación o CD-rom pirateados.

El joven Gan tuvo la suerte de encontrar desde el principio un trabajo en la construcción. Su salario era aceptable y, mal que bien, conseguía ahorrar un poco de dinero. Prefería sin duda hacer ese trabajo, aunque desagradable, a tener que ocuparse de las tierras ingratas de su pueblo. Cada vez más gente del campo se lanzaba sobre S. donde, sin embargo, encontrar un trabajo se había tornado difícil. Los campesinos, que habían llegado a la ciudad hacía un tiempo y no encontraban empleo, terminaban aceptando salarios cada vez más bajos, para satisfacción de los insaciables patrones.

Si bien se habían aprobado reglamentos de trabajo, no siempre se aplicaban. Las familias de los peones fallecidos, víctimas de accidentes de trabajo, cobraban indemnizaciones irrisorias. Prueba de ello es este artículo publicado en un periódico: “Un incendio estalló en Luoyang. A la hora de asumir las consecuencias del siniestro, los responsables rápidamente hicieron públicas las siguientes decisiones con respecto a la indemnización de las víctimas: las familias de las personas fallecidas de origen urbano recibirán indemnizaciones dos veces mayores a las que recibirán las familias de las personas fallecidas de origen rural”.

Luego de la recesión económica de 1997, el éxodo rural disminuyó. A pesar de todo, el joven Gan, que creía firmemente en su buena estrella, no quiso volver a su pueblo a cultivar los campos. Gan deseaba fervientemente encontrar el camino al éxito en la ciudad.

En Pekín, Gan fue objeto de discriminaciones. Los reglamentos municipales establecen dos clases de contribuyentes: los ciudadanos oriundos de Pekín, que abonan una tasa mensual de tres yuanes por hogar para el tratamiento de los residuos domésticos, y los residentes oriundos de provincia, que deben pagar la misma suma, pero por persona. La prensa local explica que las contribuciones de los habitantes de origen provincial a la capital son solamente provisorias, contrariamente a los gastos que su presencia genera, por lo que resulta necesario solicitarles el pago por adelantado. La antigua tasa urbana “de incremento de la capacidad de recepción” fue fijada a partir del mismo principio y con el mismo objetivo.

El joven Gan nada puede decir. En la ciudad de S, ya había conocido las discriminaciones que existen con respecto a los trabajadores emigrantes. Aquí, las siente con un poco más de intensidad. Es todo.

En la pequeña vivienda de las afueras al oeste de Pekín, donde Gan vive hacinado con otros, el espacio vital es tan reducido que a menudo estallan peleas. Paradójicamente, Gan tiene menos preocupaciones cuando trabaja: durante los días feriados o de franco, nunca está en paz, ya que si en un descuido olvida sus documentos, corre el riesgo de ser llevado a Changping por policías de civil o uniformados, para realizar trabajos de extracción de arena. Una vida siempre en vilo…

Cuando el joven Gan vuelve a ver a su familia, en el año 2001, trae consigo a pesar de todo entre cinco y seis mil yuanes (de 680 a 820 dólares), ahorrados a duras penas, sacrificando su comida y otros gastos. Cuando la madre escucha a su hijo contar cómo vivió tan lejos los 365 días del año que pasó, se le llenan los ojos de lágrimas. Pero, a pesar de las lágrimas, todos concluyen que, al fin de cuentas, vale la pena ir a trabajar a la ciudad. En el campo, los impuestos que deben pagar los campesinos, lejos de disminuir, aumentan día a día. No dejan de exigirles el pago de nuevos impuestos para financiar la construcción de obras públicas. Resultado: las autoridades del pueblo se hicieron construir casas espléndidas, que se asemejan a los hoteles más lujosos, mientras que los campesinos, al caer la noche, aún encienden lámparas de petróleo para alumbrarse…

Hablaron del hijo de su vecino, un tal Shang, un muchacho de lo más honesto y un hermoso hombre (mucho más que el joven Gan). Hacía dos años se había ido al sur, pero hace poco, no más de un mes, recibieron una trágica noticia: Shang había sido asesinado mientras trabajaba como empleado de vigilancia en un elegante barrio residencial. Cuentan también en el pueblo que su cadáver fue cortado en pedazos, sin que se conozcan claramente los motivos.

De hecho, el caso de Shang no es el único. En el mismo distrito se cuenta también la historia del hijo de la familia He, detenido después de haber asesinado a tiros con un revólver a un célebre artista que realizaba espectáculos culturales típicamente chinos. La noticia, ampliamente comentada por los principales diarios, no había llegado hasta el pueblo de Gan, ubicado a poco más de cinco kilómetros.

Y con el ruido de ese disparo aún retumbando en sus oídos, el joven Gan partió nuevamente rumbo a la gran ciudad…

  1. N del T: IT (Information Technology), informática (escrito en inglés en el texto).
  2. Xiagang, en chino. Término utilizado especialmente para designar el despido de empleados de empresas públicas.
Autor/es Xu Xing
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 38 - Agosto 2002
Páginas:36,37
Traducción Gustavo Recalde
Temas Literatura
Países China