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Salvar el planeta

El desafío de la Cumbre Mundial sobre Desarrollo Duradero a celebrarse en Johannesburgo, que reunirá a Jefes de Gobierno y participantes de 180 países, consiste en revertir las tendencias ya señaladas en la Cumbre de la Tierra celebrada en Río de Janeiro en 1992, que se han acelerado y agravado con las políticas globales de la última década. El recalentamiento climático, la escasez de agua potable, la desaparición de bosques, la amenaza de extinción de múltiples especies, la pobreza que se extiende, resultan de un esquema de consumo y producción inviable. Indisociables de las crecientes desigualdades, estas prácticas, de no revertirse, podrían amenazar a la especie humana misma.

Del 26 de agosto al 4 de septiembre Johannesburgo, en Sudáfrica, será sede de la Cumbre Mundial sobre Desarrollo Duradero. Se trata de un acontecimiento fundamental que reunirá a la mayor cantidad de Jefes de Estado y Gobierno que nunca se hayan reunido en los últimos diez años, y a unos 60.000 participantes procedentes de 180 países. Intentarán responder entre todos a las preguntas más graves que conciernen al conjunto de la humanidad: ¿Cómo preservar el medio ambiente? ¿Cómo erradicar la pobreza? ¿Cómo salvar nuestro planeta?

Porque la Tierra está mal. Muy mal. Sin embargo, el diagnóstico sobre los principales males que la agobian se hizo hace diez años, en Río de Janeiro, en ocasión de la Primera Cumbre de la Tierra. Ya se había hecho sonar la campana de alarma: el clima se recalienta, el agua dulce escasea, los bosques desaparecen, decenas de especies vivas están en vías de extinción, la pobreza total hace estragos en más de mil millones de seres humanos…

Los dirigentes del mundo habían admitido entonces que “la causa principal de la degradación constante del medio ambiente mundial es un esquema de consumo y producción no viable, sobre todo en los países industrializados, sumamente preocupante en la medida en que agrava la pobreza y los desequilibrios”. Habían adoptado dos convenciones decisivas sobre los cambios climáticos y la biodiversidad, como asimismo un plan –denominado Agenda 21– para generalizar el desarrollo duradero.

Este plan se funda en una idea simple: el desarrollo es duradero si las generaciones futuras heredan un medio ambiente cuya calidad es al menos igual al que recibieron las generaciones anteriores1. Este desarrollo supone la aplicación de tres principios: el principio de precaución, que favorece una aproximación preventiva antes que reparadora; el principio de solidaridad entre las generaciones actuales y futuras y entre todas las poblaciones del mundo; y el principio de participación del conjunto de los actores sociales en los mecanismos de decisión2.

Diez años después, en muchos terrenos las cosas no han mejorado. Por el contrario, con la aceleración de la mundialización neoliberal el “esquema de consumo y producción no viable” incluso se reforzó. Las desigualdades alcanzaron niveles nunca vistos desde la época de los faraones. La fortuna de los tres individuos más ricos del mundo supera la riqueza acumulada de los habitantes de los 48 países más pobres… La polución ecológica del mundo rico sobre la biosfera también se acentuó. Mientras que los treinta países más desarrollados representan el 20% de la población mundial, producen y consumen el 85% de los productos químicos sintéticos, el 80% de la energía no renovable, el 40% del agua dulce. Y sus emisiones de gas con efecto invernadero por habitante son diez veces más elevadas que las de los países del Sur…3.

En el curso de la última década, las emisiones de gas carbónico (CO2), principal causa del calentamiento climático, aumentaron en un 9%… Las de Estados Unidos, principal contaminador del planeta, crecieron en el mismo período un 18%. Más de mil millones de personas siguen careciendo de agua potable, y casi tres mil millones (la mitad de la humanidad) consumen un agua de calidad deplorable. Debido a la ingestión de esta agua contaminada, mueren a diario 30.000 personas. Es decir, diez veces por día la cantidad de víctimas de los abominables atentados del 11 de septiembre de 2001.

Continúa la devastación de las selvas; cada año desaparecen 17 millones de hectáreas, que representan el cuádruple de la extensión de Suiza. Y como ya no hay árboles que absorban los excedentes de CO2, el efecto invernadero y el recalentamiento se agravan. Por otra parte, cada año resultan exterminadas unas 6.000 especies animales. La extinción masiva que amenaza al 13% de los pájaros, al 25% de los mamíferos y al 34% de los peces sólo puede compararse en la historia de la Tierra con la desaparición de los dinosaurios…

Esto da una dimensión de la esperanza que suscita la Cumbre de Johannesburgo. Una esperanza que podría verse defraudada si prevalecen los egoísmos nacionales, la lógica productivista, el espíritu mercantil y la ley del lucro. Como sucedió en el pasado mes de junio, en Bali, en ocasión de la Conferencia Preparatoria que no logró adoptar un plan de acción sobre el desarrollo duradero y concluyó en un fracaso.

Para salvar el planeta, es imperativo que los poderosos de este mundo adopten en Johannesburgo al menos estas siete decisiones capitales: 1) un programa internacional a favor de las energías renovables, centrado en el acceso a la energía en los países del Sur; 2) compromisos a favor del acceso al agua y su saneamiento con vistas a reducir a la mitad, de aquí a 2015, la cantidad de personas privadas de este recurso vital, que es por cierto un bien común de la humanidad; 3) medidas para proteger los bosques, tal como están previstas en la Convención sobre la Biodiversidad adoptada en Río en 1992; 4) resoluciones para implantar un marco jurídico que instituya la responsabilidad ecológica de las empresas y reafirme el principio de precaución como previo a toda actividad comercial; 5) iniciativas para subordinar las normas de la Organización Mundial de Comercio (OMC) a los principios de las Naciones Unidas sobre protección de ecosistemas y a las normas de la Organización Internacional del Trabajo (OIT); 6) reglamentos para exigir a los países desarrollados que se comprometan a consagrar un mínimo de 0,7% de su riqueza a la ayuda pública al desarrollo; 7) por último, recomendaciones para anular la deuda de los países pobres.

Al destruir el mundo natural, la humanidad hizo a la Tierra cada vez menos viable. Esta Cumbre de Johannesburgo debe tratar de invertir las tendencias que ineluctablemente pueden conducir a una catástrofe ecológica integral. Desafío central de este comienzo del siglo XXI. O el género humano mismo se verá amenazado con la extinción.

  1. Edouard Goldsmith, Le Tao de l’ecologie. Une vision ecologique du monde, Éditions du Rocher, Mónaco, 2002.
  2. Ver el dossier “Environnement et developpement. Le défi du XXIe siècle”, Alternatives economiques, julio-agosto 2002.
  3. State of the World 2002, Worldwatch Institute, Washington, 2002. Consultar también el sitio oficial de la ONU sobre la cumbre de Johannesburgo: www.un.org
Autor/es Ignacio Ramonet
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 38 - Agosto 2002
Páginas:40
Traducción Carlos Alberto Zito
Temas Medioambiente