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Fábricas sin obreros

Los espectaculares anuncios de la década del ´90 sobre desarrollo industrial a partir de las privatizaciones tuvieron más de espejismo que de realidad. Los empleos en la industria representan poco más de un tercio del total de hace un cuarto de siglo. La devaluación favoreció a algunos sectores cuya dependencia de insumos importados es baja, pero perjudicó a varios otros que no reemplazaron esos insumos, debido a su bajo precio durante la convertibilidad. Industrias fuertes generadoras de empleo pueden ser la base de una reactivación.

En el barrio de Ferreira, en Córdoba, Fiat tiene una fábrica que no tiene nada que envidiarles a las más modernas del mundo. Construida en el tiempo récord de 18 meses, se inauguró en diciembre de 1996 a un costo de 600 millones de dólares. Bajo 100 mil metros cuadrados, el complejo industrial fue diseñado para fabricar hasta 200 mil autos por año y en 1997 llegó a emplear 5 mil trabajadores. En aquellos años, se pensaba que la producción automotriz del Mercosur iba a llegar a los tres millones de unidades y la fábrica cordobesa fue pensada para complementar otra, más grande aun, que Fiat tiene en Brasil. Pero en agosto de 2002, después de la devaluación y el default que sumergieron a la economía argentina en la peor crisis de su historia, en el complejo industrial trabajaban apenas 300 personas, principalmente en tareas de mantenimiento.

En Olavarría, provincia de Buenos Aires, está la planta cementera más grande de Sudamérica. Inaugurada en 2001, a un costo de 235 millones de dólares, L’Amalí, de Loma Negra, puede producir hasta 2,5 millones de toneladas de cemento por año con tecnología alemana de última generación. La torre de precalcinación tiene una altura de 129 metros, lo que transforma a L’Amalí en el edificio más alto de la provincia de Buenos Aires y en la construcción industrial más alta del país. Cuando se comenzó a construir, la demanda de cemento en Argentina todavía estaba en auge. En agosto de 2002, la planta estaba funcionando a un mínimo de su capacidad potencial, reflejando la brutal caída en la industria de la construcción.

Si la economía argentina llegara a reactivarse en los próximos meses, en Córdoba y Olavarría los motores seguramente se pondrán de nuevo en marcha. Algo de esto ya está ocurriendo en unos pocos sectores industriales que han comenzado a aumentar sus exportaciones, alentados por la masiva devaluación del peso. Durante la primera mitad del año, el INDEC registró que 9 ramas industriales, de un total de 29, han tenido aumentos de producción respecto al mismo período del año pasado. La lista incluye al aluminio primario, agroquímicos, aceites y subproductos, productos químicos básicos y materias primas plásticas1.

La mala noticia es que estos ejemplos de dinamismo productivo parecen ser más la excepción que la regla en el escenario industrial del país. Una hipótesis generalmente aceptada afirma que en la última década se produjo una gran incorporación de capital productivo en la economía, principalmente a partir de la importación de bienes de capital, facilitada por el tipo de cambio fijo y sobrevaluado bajo la convertibilidad. Si esto fuera así, Argentina estaría a sólo un paso de iniciar una agresiva recuperación, aprovechando los menores costos internos que trajo la devaluación y el aprovechamiento de equipos productivos de última generación.

Desafortunadamente, éste no parece ser el caso. Un informe reciente2 demuestra que no hubo un crecimiento generalizado y apreciable del stock de capital productivo en Argentina durante la década de 1990, con excepción de algunos sectores de servicios (en especial las telecomunicaciones) y tampoco se produjo un rejuvenecimiento significativo del parque industrial. Sobre la base de una muestra de 28 grandes empresas que representan hasta el 30% de las principales variables productivas de las mayores 500 empresas de Argentina, el estudio concluye que “el nuevo stock de bienes de capital no exhibe mayor eficiencia que el anterior ni capacidad potencial para provocar un salto futuro en la producción local sin que se produzcan nuevas inversiones de magnitud”.

Durante la década –prosigue el estudio– tampoco se produjo el ingreso de empresas nuevas en cantidad importante en las actividades productivas locales: los casos más notorios y de mayores dimensiones fueron la planta de fertilizantes Profértil (Bahía Blanca) y de Minera Alumbrera (yacimientos de oro y cobre en Catamarca), dos megaemprendimientos que insumieron unos 1.000 millones de dólares cada uno. Pero en todo caso, estas incorporaciones fueron compensadas por centenares de cierres de empresas, con el consiguiente retiro de equipos productivos.

Otro rasgo que suele destacarse acerca de la evolución industrial en la década de 1990 es el apreciable aumento en el valor agregado por persona ocupada. Pero esto no fue el resultado de aumentos en la dotación de capital o progresos tecnológicos, sino más bien producto de la misma desindustrialización masiva que se inició a mediados de los años ’70 (ver pág. 4).

En 1974, la industria ocupaba a 1,5 millones de trabajadores. La cifra se redujo a 1,38 millones en 1985 y a 1,1 millones en 1994. En la actualidad, el número de obreros industriales apenas supera los 600.000. Es cierto que los que quedaron son más “productivos”, pero los que pasaron a engrosar las filas de los desocupados –casi un millón de puestos industriales se perdieron en los últimos 25 años– tienen productividad cero.

Tampoco la fuerte corriente de inversiones extranjeras que recibió Argentina en los últimos 10 años (que ha colocado al país en los primeros puestos mundiales de economías desnacionalizadas), se tradujo en un aumento de magnitud en su capacidad productiva. Según los investigadores Daniel Chudnovsky y Andrés López3, solamente un tercio de las inversiones extranjeras directas (IED) recibidas durante el período se dirigieron a la construcción de nuevas plantas (greenfield investments). Los dos tercios restantes financiaron la compra de empresas ya existentes, tanto a través de las privatizaciones de empresas estatales como de la compra de empresas privadas de capital nacional.

La devaluación de enero de 2002 acentuó el agudo proceso de desnacionalización de la economía. Después de la reciente adquisición de Perez Companc, el segundo grupo económico argentino, por parte de la petrolera brasileña Petrobras, se estima que la economía argentina tiene más del 70% de sus ventas totales bajo el dominio de empresas extranjeras. Sólo 5 de las 30 empresas que más facturan en el país están controladas localmente: se trata de un nivel inédito para América Latina, sólo comparable en el mundo a países como Irlanda o Singapur4.

Presiones inflacionarias

Una de las características de la inserción de las compañías multinacionales en la economía es que sus actividades se dedican principalmente al mercado interno. Por este motivo, suelen tener una balanza comercial deficitaria, importan más de lo que exportan. Sus estrategias de abastecimiento de insumos, productos intermedios y hasta bienes finales no siguió, al menos durante la convertibilidad, una lógica de desarrollo de proveedores locales. Las filiales de las compañías multinacionales en Argentina siguieron un patrón de especialización, en muchos casos diseñado para el Mercosur, que las condujo a levantar líneas enteras de producción para llevarlas a Brasil, o conformar “portafolios” de productos finales que mezclaban una parte de producción local con importaciones desde Estados Unidos, la Unión Europea u otras filiales en América Latina.

De este modo, la nueva estructura industrial en la Argentina post-convertibilidad quedó críticamente dependiente de insumos importados para su funcionamiento. Esto determina en la actualidad que, en presencia de fuertes devaluaciones, existan considerables presiones inflacionarias sobre la industria a través del encarecimiento de la estructura de costos. La elevada dolarización de los insumos industriales en Argentina es otro elemento que conspira contra la competitividad de las exportaciones, sobre todo en comparación con Brasil. Allí, el efecto inflacionario de la devaluación fue mucho menor a lo que se espera en Argentina en la actualidad, debido a la menor proporción de insumos importados en el proceso productivo5. En Brasil, por cada 100% de aumento del dólar en relación al real, la presión sobre los costos de producción industrial alcanza al 16,4%. En Argentina, el mismo fenómeno produce un aumento del doble –el 32,7%– en los insumos industriales. Este nivel es sensiblemente superior al efecto que recae sobre la economía general, estimado en 15,7%, según se desprende del análisis de la Matriz de Insumo Producto (MIP) de la economía argentina elaborada por el INDEC para 1997. Según un estudio del Centro de Estudios Bonaerenses (CEB), entre las actividades en las que la devaluación genera una mayor incidencia en el incremento de costos de producción se encuentran las producciones de vehículos automotores (47,2%), de receptores de radio y TV (44%), de máquinas de oficina e informática (40,4%) y la de fertilizantes y plaguicidas (38,4%). Las actividades industriales que ven menos perjudicados sus costos de producción internos ante una desvalorización del peso incluyen a la elaboración de pastas alimenticias (aumentan sus costos un 4,6%), la elaboración y conservación de pescado (5,4%), la producción vitivinícola (7,7%) y la elaboración de productos de panadería (8,1%). En otras palabras, esta particular estructura de costos hace que los consumidores adviertan que, por ejemplo, una botella de vino todavía tiene un precio razonable en Argentina mientras que un pequeño electrodoméstico resulta inalcanzable después del fuerte deterioro que sufrieron los ingresos de la población.

Claro que los aumentos en los costos de producción no se traducen de manera lineal en aumentos de precios: la demanda deprimida que ha causado la prolongada recesión de la economía hace que todavía los márgenes de ganancias y comercialización se mantengan sumamente reducidos. Pero en caso de una reactivación en el nivel de actividad, es de esperar que productores y distribuidores busquen recuperar los márgenes, con la consiguiente aceleración en el proceso inflacionario.

Hasta ahora, los precios industriales vienen rezagados con respecto al aumento de los costos. Un estudio de la UADE6 estableció que los precios industriales crecieron en los primeros siete meses de 2002 a una tasa del 90% mientras que los costos lo hicieron a una tasa de casi 96%. Una mirada al interior de los números permite comprobar hasta qué punto los sectores con mayor poder de mercado han logrado imponer precios más altos al resto del aparato productivo. Es el caso de la industria siderúrgica y metalúrgica, cuyos precios aumentaron un 132%, pero sus costos solamente un 96%. Al revés, la industria textil y de manufacturas de cueros tuvo un aumento de costos del 92%, pero pudo aumentar sus precios sólo un 67%. La diferencia de comportamiento entre los distintos sectores tiene que ver con el tamaño de las firmas y su capacidad para exportar. Mientras la industria siderúrgica puede vender sus productos en el exterior si no logra hacerlo en el mercado interno, el atomizado sector textil no está en condiciones financieras para exportar: apenas está pensando en la posibilidad de sustituir importaciones.

Reconstrucción de un perfil

La búsqueda de oportunidades de generar producción local sustitutiva de las encarecidas importaciones es uno de los caminos que en los últimos meses se han abierto para producir la esperada reactivación industrial. Los datos del INDEC muestran que este ya es el caso de la producción de papeles para impresión, que en el primer semestre de 2002 mostró un aumento del 10% y que está resultando en incrementos en el uso de la capacidad instalada. La elaboración de vidrio también está repuntando, principalmente como consecuencia del abandono por parte de los fabricantes de gaseosas de los envases plásticos (PET) que contienen insumos importados a favor del vidrio, producido localmente y más barato. En los sectores de maquinaria agrícola (que antes se importaba de Brasil) y electrodomésticos como cocinas, estufas y termotanques, los productores nacionales ya han comenzado a recibir más pedidos, que sustituyen a las importaciones.

La futura expansión de la actividad industrial deberá estar sujeta necesariamente a las nuevas restricciones de disponibilidad de divisas y financiamiento que presenta la economía argentina. En este terreno, sobresale un sector que agrupa a 25 ramas industriales que presentan un bajo coeficiente de importaciones y son fuertes generadoras de empleo. Incluye a industrias como frigoríficos, productos de panadería, prendas de vestir, muebles y colchones, producción vitivinícola, calzado, madera y marroquinería. La ventaja de este agrupamiento de actividades, según la Matriz de Insumo Producto, es que explica más de un tercio de la producción industrial del país y genera más de la mitad (55%) de la ocupación agregada. Su demanda de importaciones es de apenas el 12% del total para la industria. Podría ser el punto de partida para la reconstrucción de un nuevo perfil industrial.

  1. Estimador Mensual Industrial (EMI), Buenos Aires, junio 2002.
  2. Jorge Schvarzer y Mariana Rojas Breu, Crecimiento y renovación del capital productivo en Argentina. Un análisis exploratorio sobre la década del noventa, Centro de Estudios de la Situación y Perspectivas de Argentina (CESPA), Facultad de Ciencias Económicas, Buenos Aires, febrero de 2002.
  3. Daniel Chudnovsky y Andrés López, La transnacionalización de la economía argentina, Eudeba/Cenit, Buenos Aires, junio de 2001.
  4. “Los nuevos dueños”, Clarín, Suplemento Económico, Buenos Aires, 28-7-02.
  5. “La presión del dólar sobre la industria”, Centro de Estudios Bonaerenses, Informe Económico Mensual, Buenos Aires, marzo de 2002.
  6. UADE–Instituto de Economía, “Industria: contracción cada vez menos acentuada”, Buenos Aires, 21-8-02.
Autor/es Pablo Maas
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 39 - Septiembre 2002
Páginas:6,7
Temas Desarrollo, Neoliberalismo, Estado (Política), Movimientos Sociales, Clase obrera
Países Argentina