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Echar gasolina al fuego

Dado que ni la izquierda institucional ni el movimiento antimundialización representan actualmente alternativas de poder, la crisis financiera que recorre el mundo no halla otros remedios que los ya aplicados, los mismos que la desencadenaron. En un mundo donde se borran las fronteras entre mercado, gobiernos y medios, la dinámica bursátil premia o castiga la voluntad ciudadana expresada en las urnas.

La analogía con los “barones ladrones” de comienzos del siglo pasado está de moda en Estados Unidos. Los dueños de fortunas amasadas gracias a sórdidos manejos, explotaciones furibundas y motines ahogados en sangre también presumían de su gusto por el arte, por la filantropía y de su interés por el bien común. Y cuando quebraban, iban inmediatamente en busca de la ayuda estatal.

Supongamos que tenemos dos listas. En la primera figurarían los recientes descubrimientos de los editorialistas y de los gobernantes, ofuscados por las consecuencias de la aplicación de los dogmas neoliberales que ellos mismos ovacionaban pocos meses antes: fraudes monumentales en Estados Unidos; miseria masiva en Argentina; bancarrota de los grupos mundiales de telecomunicaciones; estrepitosa decadencia de los grandes patrones que, llenos de orgullo, se jactaban de tener opinión sobre todos los temas (Michel Bon, presidente de France Telecom, sigue en su cargo, pues sus amistades políticas y mediáticas aparentemente pesan más que su calamitosa gestión)1.

La otra lista incluiría la nómina de las recetas económicas elaboradas por quienes deciden, y difundidas por sus tambores: nueva vuelta de tuerca a una América Latina desangrada; “préstamos” del Fondo Monetario Internacional (FMI) para salvar a los grandes bancos occidentales que tengan inversiones en países “de riesgo”, y no por gusto de la aventura, sino por amor a las primas “de riesgo”; enésima baja del impuesto a los ricos, para hacerlos más emprendedores (y menos estafadores); amputación de la protección social para los desocupados.

Más que esquizofrenia, esas dos listas sugieren amnesia o irracionalidad. En efecto, dado que la oposición a la mundialización capitalista sigue sin perspectivas y sin relevo, y que la izquierda institucional juega a hacerle remiendos al actual sistema, cada sacudida del mismo sólo sirve para prolongar su existencia, a veces endureciendo sus características. Cuando el poder de elegir la solución queda en manos de quienes contribuyeron a generar el problema, la solución suele consistir en volver a intentar lo que ya fracasó. El FMI se especializa en eso.

Hace algunos meses, Francis Mer, por entonces dueño de la firma francesa Usinor, confiaba a sus accionistas: “Nadie controla nada de la evolución mundial. Probablemente la cosa va a terminar mal. La organización de un mundo sin reglas no puede durar mucho tiempo”. Ahora Francis Mer es ministro de Economía, Finanzas e Industria. ¿Y cómo piensa remediar la falta de reglas propias al capitalismo desregulado? Con una nueva inyección de privatizaciones, que permitirá, por ejemplo, que Air France se cure de su preocupante buena salud, adoptando finalmente la misma forma jurídica que las empresas que quiebran (Swissair, Air Liberté, United Airlines). Los médicos de Molière sólo conocían la sangría: ellos seguían siendo médicos, pero sus pacientes morían.

Lo que está ocurriendo actualmente en Wall Street, Buenos Aires o Montevideo nos recuerda muchos aspectos de la situación vigente hace cuatro años2. Entonces, los “barones ladrones” eran más bien rusos; la zona de tormenta financiera era más bien Asia. América Latina observaba desde la primera fila, donde todavía se encuentra. Se hablaba de “desgarradora revisión”, de contagio de la deflación, de explosión de la burbuja, de “una de las mayores destrucciones de riqueza nunca vistas”. “Rusia: el fracaso de los mercados” titulaba en su tapa Business Week. Los editoriales del Financial Times alertaban: “Amenaza contra la globalización”, “Cuenta regresiva antes del derrumbe”. The Washington Post sugería “repensar el capitalismo”.

Imperturbable, el director general del FMI, Michel Camdessus, se jactaba: “El equipo de economistas del FMI es sin dudas el mejor del mundo, pues resulta normal que el mundo se lo permita. (…) Nuestras recomendaciones eran correctas, pero fueron mal aplicadas”. Evocando la suerte de las economías latinoamericanas, un responsable del Banco Mundial y ex consejero del presidente estadounidense Bill Clinton, se mostraba también tranquilizador al afirmar que las mismas “disponen de buenas bases. No hay dudas de que tendrán un futuro espléndido”. Joseph Stiglitz, pues de él se trata, al menos aprendió algo desde entonces…

Alarma en la cima

Pero como habían pasado miedo, todo el mundo afirmaba que había llegado la hora de actuar. Y sin pérdida de tiempo… no se hizo nada. Japón estaba en deflación (de la cual aún no salió); Indonesia, “auxiliada” por el FMI, perdía 15% de su Producto Nacional Bruto (que no recuperó). ¿El milagro asiático se había evaporado? Muy bien, entonces ¡viva el “milagro internet”!

Algún día se escribirá la historia de esta última pasión, la historia de quienes, dueños y medios, la alimentaron para sacar provecho3. También esa burbuja se pinchó. Pero aparecerá otra, y otra más. Mientras tanto, un concierto de gemidos se disfraza de rapto de lucidez. Ex lugarteniente de Jean-Marie Messier, el director de L’Express (grupo Vivendi Universal) se alarma: “El capitalismo corre peligro de derrumbarse”, y descubre un “círculo vicioso del dinero rápido” que “desafía el sentido común”, “compromete el desarrollo” y “fabrica burbujas especulativas”. Este sí que las sabe todas… A su vez, el ex maoísta convertido en consejero de la patronal francesa, François Ewald, se abalanza contra “un capitalismo estupefacto, desconcertado, un capitalismo que ya no sabe hacia dónde va, un capitalismo que nadie parece poder controlar, un capitalismo a la deriva, incapaz de hallar su puerto”. Le Monde se une al llamado con un admirable sentido de la litotes: “La ola de reformas neoliberales iniciada en los años ’90, bajo la batuta del Fondo Monetario Internacional –privatizaciones y apertura de la economía– no aportó el bienestar esperado”4.

Los nuevos críticos son demasiado severos. O bien, no lo suficiente. Pues decenas de millones de personas originarias de las clases medias prósperas de Occidente sí disfrutaron del “bienestar esperado”, del cual continúan gozando. La rueda de beneficiados superó ampliamente el pequeño núcleo de los barones de la comunicación, de los medios, de la industria, de los “expertos” del FMI, de los responsables gubernamentales corruptos; esas pocas ovejas negras que bastaría con esquilar para poder volver a comenzar como antes: en Francia un tal Fourtou sucede a un tal Messier; un socialista de mercado le pasa la antorcha a un liberal de aire familiar.

En efecto, millones de inversionistas vendieron sus acciones sin esperar la caída de las cotizaciones, embolsando así –incluso bajo la forma de jubilaciones privadas– beneficios tan prodigiosos como indebidos. Sus fondos de pensión imponían entonces “retornos de inversión” de dos dígitos a los administradores de empresas. Los que a su vez no andaban con vueltas para sacárselos a sus empleados y proveedores. Decenas de millones de pequeños accionistas preferían ignorar de qué materia y de qué sufrimientos dependerían sus beneficios. Prefirieron convencerse de que el festín duraría eternamente, de que su existencia estaría tapizada de dinero ganado mientras dormían. ¿Ahora sufren? Otros dolores más urgentes llaman a nuestra compasión.

Por ejemplo, los de América Latina. Allí, aparentemente, no ocurre nada nuevo. Hace tres años la revista Business Week ya escribía (1-2-1999): “El dique de 42.000 millones de dólares erigido por el FMI para proteger a Brasil del caos financiero acaba de ceder (…). Las políticas de austeridad impuestas por el FMI transforman los problemas de endeudamiento en desastre económico”5. El mismo análisis podría aplicarse hoy en día a Argentina, hasta hace poco alumno modelo de la lección neoliberal, cuyo ingreso por habitante se redujo a un tercio en tres años. Semejante desastre, cuya magnitud supera el sufrido en los años 1930 por EE UU, seguramente habría merecido muchos más comentarios si Argentina hubiera aplicado políticas de izquierda…

“Tirar el dinero de los contribuyentes estadounidenses al viento de la incertidumbre, no me parece algo brillante”, explicaba en junio pasado Paul O’Neill, secretario del Tesoro estadounidense, como una forma de rechazar un (nuevo) pedido brasileño ante el FMI. Pero luego cambió de idea. Después de todo, ese “préstamo” (de 30.000 millones de dólares) apuntaba en primer lugar a socorrer a los inversionistas occidentales (entre ellos Alcoa, la multinacional que O’Neill preside). Por otra parte, más que la alegría de las favelas de Río de Janeiro, la decisión del FMI provocó la euforia bursátil de los bancos ABN Amro (Holanda), HSBC (Reino Unido), Banco de Santander (España), sin olvidar los estadounidenses Goldman Sachs, FleetBoston y Citigroup. Este último, el más comprometido en Brasil, vio subir su cotización en un 6% el 7 de agosto pasado. El actual director de Citigroup, Robert Rubin, secretario del Tesoro durante la administración Clinton, fue quien, en 1998, organizó los precedentes “planes de auxilio” del FMI. Previamente, Rubin presidía Goldman Sachs.

La voluntad del capital

De todos modos, O’Neill ya no tendrá que temer la “incertidumbre política”: el 80% de los créditos acordados a Brasil sólo serán entregados efectivamente luego de las elecciones presidenciales en ese país. Con la sinceridad que constituye su encanto, The Wall Street Journal explica: “El préstamo del FMI está estructurado de tal manera que los candidatos de izquierda favoritos en las encuestas, Luiz Inacio Lula da Silva y Ciro Gomez, deberán proseguir la política económica conservadora del presidente saliente, Fernando Henrique Cardoso”6. Como si eso no fuera suficiente, cada encuesta decepcionante para el campo conservador se traduce inmediatamente en una suba de las tasas de base brasileñas, actualmente cercanas al 25% (contra 1,75 % en Estados Unidos y 0,15 % en Japón…), lo que aumenta el peso de la deuda externa, y el monto de la deuda con Citigroup, Goldman Sachs, etc.7. El sistema está bien atornillado, y los electores brasileños prevenidos: no sólo su voto de octubre está enmarcado, sino que sus humores contestatarios les son facturados inmediatamente. Delfim Netto, ex ministro brasileño de Finanzas, resume así la cosa: “Las dos grandes instituciones de este comienzo de siglo son el mercado y la urna. Cuando una de ellas exagera demasiado, la otra se encarga de corregirla”8. Desde hace un tiempo, el mercado “corrige” más que la urna.

Ciro Gomez se obstina: no se inclinará “ante la voluntad del capital, de los bancos, de los medios”. Su promesa tiene la virtud de subrayar que el partido de la prensa y el del dinero ya no son más que uno. Pues entre las fábricas de mentiras de Venezuela9 y las máquinas de vender de Europa o de Estados Unidos, hay sólo una diferencia de intensidad. Acabamos de verlo con la burbuja internet inflada con el gas de los reportajes deslumbrados ante la “nueva economía”. Deslumbrados, pero también interesados: la desregulación de las telecomunicaciones por parte del Estado favorecía el frenesí bursátil en el sector de los medios de comunicación, y esa fiebre aumentaba enormemente las inversiones publicitarias, el valor de los sitios de prensa y las stock options de ciertos periodistas.

Otra diferencia, que ya era frágil, la existente entre gobiernos y mercado, saltó en pedazos con el permanente ir y venir de los señores Mer, O’Neill y Rubin entre ministerios de Finanzas y presidencias de multinacionales. Arminio Fraga, por su parte, antes de ser gobernador del Banco Central de Brasil había administrado los fondos de la firma de George Soros. Silvio Berlusconi, primer ministro y canciller italiano, es el hombre más rico de su país y propietario de tres de los siete canales de televisión nacionales. Hace dos años, el socialista francés Laurent Fabius consideraba la posibilidad de renunciar a la presidencia de la Asamblea Nacional para convertirse en director del FMI. Y podríamos seguir aportando ejemplos… A riesgo de entender que los remedios a la crisis actual ya fueron hallados. “Si el mercado acaba por admirar la honestidad, la transparencia y la buena corporate gouvernance –explica The Economist– los directores de empresas se precipitarán para adquirir esas características”10. Así que podemos dormir tranquilos.

  1. Mientras que Jean-Marie Messier (Vivendi Universal); Ron Sommer (Deutsche Telekom); Robert Pittman (AOL), y Thomas Middelhoff (Bertelsmann), fueron despedidos entre el 3 y el 29-7-02, Bon, confiado, espera “el día en que el mercado abra los ojos”.
  2. Ver “Le naufrage des dogmes libéraux”, Le Monde diplomatique, octubre de 1998. Salvo indicación contraria, las citas que siguen provienen de ese artículo.
  3. Ver el recordatorio hecho por Tom Frank de los más alocados discursos estadounidenses, “Talking Bull”, The Guardian Weekend, 17-8-02, y disfrutar retrospectivamente de uno de los máximos ejemplos de esa pasión en Francia: el dossier de Le Nouvel Observateur “La gener@tion.net prend le pouvoir”, 8-6-00.
  4. Respectivamente, L’Express, 1-8-02, Les Échos, 6-8-02 y Le Monde, 6-8-02, todos publicados en París.
  5. Semejantes antecedentes dan que pensar a quienes ven títulos como “El FMI corre en ayuda de Brasil” (Le Figaro, París, 9-8-02), “Brasil parece reflotado por la ayuda excepcional del FMI” (Le Monde, París, 10-8-02), o incluso… “El FMI acude una vez más en ayuda” (Time, 19-8-02.)
  6. The Wall Street Journal Europe, 14-8-02.
  7. Para garantizar el reembolso, el FMI, que condiciona la continuación de sus préstamos a Brasil a un “excedente presupuestario primario” de 3,75% del PBI, excluye por medio de ese cálculo (es decir, en realidad, protege) la parte de los gastos brasileños destinados al pago de la deuda.
  8. La Tribune, París, 9-8-02.
  9. Al respecto, ver la investigación de Maurice Lemoine en Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, agosto de 2002.
  10. The Economist, Londres, 17-8-02.
Autor/es Serge Halimi
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 39 - Septiembre 2002
Páginas:16,17
Traducción Carlos Alberto Zito
Temas Mundialización (Cultura), Desarrollo, Mundialización (Economía), Neoliberalismo