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Engañosa imagen de Marruecos

De todos los países árabes, Marruecos es el que goza de mejor "prensa" en Occidente. No obstante, las desigualdades, la corrupción política y el absolutismo monárquico generan un gran cinismo en la sociedad. Solo cierto islamismo, que propone "islamizar la modernidad" -y no al revés- representa una salida distinta para amplios sectores de la sociedad. Pero el grave peligro que comporta es su radicalización.

El informe sobre desarrollo humano en los países árabes, financiado por la ONU, fue publicado el 2 de julio pasado. Redactado por alrededor de treinta intelectuales, representantes de países y disciplinas diferentes, ofrece la más cruda evaluación jamás publicada sobre las condiciones imperantes en las sociedades árabes. Este documento pretende sobre todo explicar las carencias específicas de la región y concluye que las grandes falencias de las sociedades árabes son la falta de libertades políticas, la opresión que sufren las mujeres y un aislamiento intelectual que reprime la creatividad.

A pesar de las riquezas petrolíferas de ciertas zonas de la región, el conjunto de los países árabes continúa siendo económicamente subdesarrollado en comparación con otras regiones del mundo que poseen menos recursos. La productividad, por ejemplo, cayó a niveles apenas superiores a los del África subsahariana, devastada por el hambre y las epidemias. Solamente se destinan a la ciencia y a la tecnología porciones mínimas de los ingresos públicos, mientras que los intelectuales de prácticamente todos los países árabes se ven obligados a escapar de un ambiente político y social asfixiante, cuando no represivo.

La conclusión más dramática que surge del informe se refiere a las mujeres, oprimidas en todos los órdenes de la vida activa, con un 50% de analfabetas, una tasa de mortalidad durante el parto equivalente al doble de la existente en América Latina y cuatro veces mayor que la del Este Asiático.

A pesar de sus duras críticas y del tono generalmente pesimista, este informe presenta algunas conclusiones positivas, que incluyen las recientes reformas democráticas en Marruecos y los logros obtenidos por las organizaciones de mujeres marroquíes en su lucha contra los tabúes tradicionales1. Algo que no sorprenderá a aquellos que siguen de cerca la actualidad marroquí. Este país, bajo el reinado de Hassan II (fallecido en 1999) y el de su hijo Mohammed VI proyectó la imagen de una nación moderna y pro occidental, mezclando hábilmente la cultura tradicional musulmana con las necesidades de una sociedad profana en un movimiento a menudo denominado “modernización adaptadora”. Los contactos secretos establecidos tempranamente con Israel, motivados en parte por el papel muy particular que juegan los judíos marroquíes, contribuyeron a crear una imagen de tolerancia y moderación. La proximidad de Europa, así como sus atractivos turísticos, se suman también a esta imagen de país “civilizado”.

En síntesis, a diferencia de los países árabes vecinos del Magreb y del Machrek, Marruecos logró construir una imagen de progreso y de armonía social que lo habría inmunizado contra los radicalismos y extremismos islamistas que su vecino Argelia y otros lugares del mundo árabe-musulmán conocen. El hecho de que el Rey sea a la vez jefe secular y religioso (“Comendador de los Creyentes”) contribuye aun más a afianzar la legitimidad en el compromiso, la cooperación, el consenso y el rechazo a la confrontación violenta.

En este contexto de confianza, las elecciones legislativas, previstas para el 27 de septiembre son consideradas por muchos una simple continuación de la “democratización” en curso, en la que participan todos los partidos… excepto el más representativo de las aspiraciones políticas y socioeconómicas populares, Al-Adl wa Al-Ihsan (Justicia y Caridad), que ha sido prohibido y cuyo jefe espiritual y político, Abdelessan Yassine, se encuentra bajo arresto domiciliario.

La opción islamista

¿En qué medida esta imagen que Marruecos ha creado de sí mismo se corresponde con la realidad? ¿Qué debe pensarse de la fuga masiva de marroquíes a Europa y otros lugares en busca de un espacio de trabajo y libertad?2 ¿Cómo debe interpretarse la gran cantidad de marroquíes supuestos miembros de la red Al-Qaeda, incluido Zacarias Moussaoui, ciudadano francés de origen marroquí, acusado de haber participado en los atentados del 11 de septiembre y cuyo proceso se lleva a cabo en Estados Unidos? ¿O el papel de Abdelghani Mzoudi –detenido recientemente en Hamburgo– que hace poco tiempo compartía su cuarto con Mohamed Atta, uno de los terroristas que desviaron los aviones contra el World Trade Center? ¿Y qué decir del complot de Al-Qaeda en Marruecos descubierto en junio de 2001? ¿Y qué sucede con el profundo odio a Estados Unidos y Occidente revelado por la enorme manifestación popular del pasado 7 de abril, donde la solidaridad con los palestinos permitió que se exprese la cólera de las masas frente a un mundo cuyas fuerzas conspiran para oprimirlas? ¿Cómo reconciliar la imagen positiva del desarrollo social marroquí con la realidad de las mujeres maltratadas, de los niños obreros, de la esclavitud doméstica que se extiende con frecuencia a niñas de seis o siete años, o con el analfabetismo de la mayoría de los marroquíes?

¿Se puede calificar de democrático un régimen que continúa siendo gobernado por un monarca absoluto, quien decide siempre en última instancia quién hará qué, cuándo y cómo, a pesar de la existencia de contrapoderes? Por último, ¿podemos calificar de realmente democrático un sistema bajo el cual a un movimiento de auténtica oposición política y no violento, que refleja las aspiraciones políticas del pueblo, se le impide participar en las elecciones, supuestamente libres, como ocurre en la actualidad con el movimiento del jeque Yassine?

Para entender el abismo existente entre imagen y realidad en Marruecos, es necesario analizar primero las diferencias generacionales que aparecieron en el país durante las dos últimas décadas. La actual generación de jóvenes adultos heredó una catarata de promesas que fueron traicionadas, de esperanzas vanas e irreales, de incertidumbres culturales y manipulaciones políticas. La corrupción y el abuso de favores están omnipresentes en los más altos niveles de la autoridad política, estableciendo así un modelo que todos los estratos menos poderosos intentan imitar.

A pesar de algunos signos de democratización gradual y de “alternancia” política (el actual gobierno se considera un “gobierno de alternancia consensuada”), la clase dirigente continúa promoviendo una cultura del cinismo, del desprecio y de la corrupción. Lo que no puede dejar de influir en las actitudes y el comportamiento político de los estratos medios, para quienes la instrucción no es más que una forma de hacer progresar sus intereses individualistas, mejorar su status y sus privilegios materiales. Los que no tienen acceso a la instrucción secundaria o superior, necesaria para triunfar en un mercado global del trabajo en el que la competencia es cada vez más dura, tienen sólo dos opciones: irse o volcarse a la economía informal y convertirse en marginales.

Los islamistas, quienes poseen representantes tanto en los sectores más instruidos como en los menos educados, conforman la única excepción en este clima de apatía política y de cinismo. La orientación islamista –definida aquí como un activismo político que se propone modificar el Estado y la sociedad a través del prisma del Islam– constituye, en Marruecos, la primera ruptura seria con el pasado. A diferencia de todas las demás orientaciones ideológicas o políticas –nacionalismo, socialismo o comunismo– el islamismo rechaza numerosos valores promovidos por las elites establecidas, incluidos el biculturalismo, el bilingüismo, la laicidad, la occidentalización y el “sultanismo”.

A diferencia de las generaciones precedentes, los islamistas poseen una visión de la política que es al mismo tiempo instrumental y afectiva. El mensaje pronunciado por el jeque Yassine es claro: la política sirve para articular las aspiraciones populares de una manera socialmente coherente y culturalmente sensible. Los islamistas son un grupo de individuos que trascienden las fronteras entre generaciones, sexos y regiones, cuyo discurso y programa implica un desafío al statu quo político. Aunque no constituyan la mayoría de los jóvenes adultos de la sociedad, los islamistas demuestran un nivel de convicción política, voluntad y activismo, que genera respeto, incluso temor. Definieron la noción de compromiso en términos con respecto a los cuales los demás deberán ubicarse. Mientras que los detalles de su programa son aún imprecisos, su potencial de movilización es real e impresionante.

Esta orientación política se habría expandido aun más si el régimen no hubiera implementado estrategias para contenerla. Pero en sus esfuerzos para destruir la expresión política islamista, las elites aniquilaron también la política en general, lo que explica el cinismo generalizado, resumido de manera asombrosa por una encuesta publicada en Le Journal (Rabat), en julio de 1998, según la cual ¡sólo el 3,1% de los marroquíes confían en los responsables políticos y el 3,9% en la policía!3. Casi cuatro años más tarde, el mismo sentimiento será expresado en otra encuesta, según la cual nueve de cada diez personas interrogadas eran incapaces de identificar por su sigla o su orientación ideológica a los partidos políticos actuales4.

Al-Tawhid wa Al-Islah (Unidad y Reforma), el único partido islamista autorizado a participar de las elecciones, y su actual dirigente, Abdallah Benkirane, no imponen el mismo respeto y no tienen el mismo apoyo popular que Al-Adl wa Al-Ihsan del jeque Yassine. Al igual que sus homólogos magrebinos, el jeque Yassine, a pesar de sus 74 años, desprende un “aura espiritual”. Como ocurre con Abassi Madani en Argelia, el dirigente apresado del Frente Islámico de Salvación (FIS) y con Rachid Ghannuchi en Túnez, el dirigente exiliado del Movimiento de la Tendencia Islámica, la “barba loca” y los “ojos vivos” evocan más la benevolencia paternal que el fanatismo religioso5.

El jeque Yassine se hizo conocido a partir de 1974, mediante una carta abierta a Hassan II titulada “¿Islam o el Diluvio?”, en la que le advierte al Rey que se expondrá a la ira de Dios si no se arrepiente, si no retoma el camino de la virtud. En 1981, Yassine publica (en francés) La Révolution à l’heure de l’Islam que él mismo describe como un “libro de llamada” y también “de combate”. Se trata –señala en el prefacio– de “islamizar la modernidad y no de modernizar el Islam”. El gran “desafío” es “superar la jahiliyya6, un mundo gobernado por la ignorancia, la violencia y el egoísmo; un mundo sin ningún principio espiritual”. Según esta visión, las sociedades jahil no son musulmanas, por el contrario, padecen la dominación de Occidente, cuya influencia excesiva sobre los pueblos islámicos explica sus sufrimientos, su retraso y la opresión que soportan7.

Para Yassine, estas sociedades jahil deben ceder su lugar a regímenes islámicos que establecerían la “democracia islámica”. Una democracia de este tipo introduciría un sistema gobernado “por los sabios y no por los pícaros”. Las nuevas reglas se basarían en tres pilares: restauración de la justicia a través de la ley, restablecimiento de la moral a través de la educación y resurgimiento del hisba (el poder de ejercer el control). Democracia islámica significa representación (elecciones en cada etapa), responsabilidad, control y, por ende, sanción. Participación política y gobierno de la mayoría son la regla. Sólo se puede combatir la jahiliyya a través de la jihad; pero la jihad es la acción, no la violencia. Más que de entrar en guerra contra el enemigo, se trata de sostener activamente “la instrucción y la acción política hasta que las ideas y las costumbres jahiliyya sean vencidas completamente”.

Privados de una red de mezquitas para difundir su mensaje, los discípulos del jeque Yassine se apoyan en el boca a boca, los cassettes de audio, internet, revistas y diarios de difusión limitada y las comunidades musulmanas del exterior. Su presencia ha llegado incluso a Estados Unidos, donde estudiantes marroquíes de una universidad como la de Iowa se ocupan de promover las ideas y los escritos del jeque.

Mientras se amplía la distancia entre imagen y realidad en Marruecos, existen riesgos de una erupción de violencia política. Las condiciones que incitan a la gente a la acción violenta están dadas: los graves problemas económicos, un profundo malestar entre los jóvenes desocupados indigentes de las grandes ciudades, la falta de esperanza entre los egresados de la enseñanza secundaria o superior de encontrar un empleo adecuadamente remunerado y acorde a sus capacidades. Asimismo, los desafíos culturales y éticos generados por la omnipresencia de Occidente, el turismo, los entretenimientos, las películas, la música y la literatura, plantean además confusos interrogantes para los conservadores, los tradicionalistas y los creyentes del país.

En todos estos campos, el islamismo popular –cuyo mensaje es tanto político y étnico-cultural como religioso– ofrece a muchos una esperanza de cambio. Seguirá influyendo en la manera de pensar de los jóvenes y de los pobres de los centros urbanos, tanto a través del discurso religioso como de los servicios ofrecidos en materia de empleo, vivienda, atención médica de urgencia, alimentación a bajo costo y apoyo escolar. En la medida en que estos esfuerzos populares sean frenados o saboteados por un Estado manipulador, se corre el riesgo de que aparezcan opciones más radicales, fortalecidas ideológicamente y dirigidas políticamente por movimientos del tipo Al-Qaeda u otros retoños del islamismo con tendencias similares.

  1. The New York Times, 4-7-02.
  2. Pierre Vermeren, “Les Marocains rêvent d’Europe”, Le Monde diplomatique, París, junio de 2002.
  3. “Morocco”, Economic Intelligence Unit, Londres, 1998.
  4. Le Monde, París, 3-12-01.
  5. Henry Munson, Jr.,Religion and Power in Morocco , Yale University Press, New Haven, CT, 1993.
  6. Así se denomina, para los musulmanes, el período que precede al advenimiento del Islam.
  7. Cf. Jean-Claude Vatin, “Seduction and Sedition: Islamic Polemical Discourses in the Maghreb”, en William R. Roff (bajo la dirección de), Islam and the Political Economy of Meaning: Comparative Studies of Muslim Discourse, University of California Press, Berkeley, 1987.
Autor/es John P. Entelis
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 39 - Septiembre 2002
Páginas:28,29
Traducción Gustavo Recalde
Temas Mundialización (Cultura), Neoliberalismo, Islamismo
Países Marruecos