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Gaia: la abundancia alternativa

A cien kilómetros de Buenos Aires se encuentra Gaia, primera ecovilla argentina y nodo de expansión de una propuesta que incluye relaciones sociales cooperativas, uso de energías ecológicas de bajo costo y una sólida autonomía respecto de los valores de la sociedad de consumo. Gaia es parte de una red mundial integrada por medio centenar de villas ecológicas en el mundo y un ejemplo del rico potencial de sociedades civiles como la argentina, que -en medio de la mayor crisis de su historia- acumula una gran variedad de experiencias en organizaciones de desempleados, cooperativas y comunitarias, clubes de trueque, asambleas populares, movimientos campesinos, ecologistas, etc. 1.

Quien visita Gaia descubre otro mundo. En las apenas veinte hectáreas de lo que fue durante décadas una planta láctea abandonada y en ruinas, un pequeño grupo de pioneros ha cambiado el paisaje y se ha integrado en él. Hoy, los habitantes de Gaia comparten un espacio de gran belleza y armonía que, además de su propio hábitat, se va transformando rápidamente en una reserva de biodiversidad. Con trabajo cooperativo y mucha paciencia han logrado una variada producción alimentaria libre de agroquímicos o contaminación, producen su propia electricidad con molinos de viento, cocinan y obtienen agua caliente con energía solar, calientan los ambientes con sistemas de leña de alto rendimiento, construyen las viviendas con materiales ecológicos obtenidos en la zona y comparten bienes y espacios inhabituales para los parámetros de la sociedad de consumo. Lejos de las presiones del consumismo, la noción de abundancia florece de un modo enteramente distinto y el tiempo de ocio rinde muy por encima del promedio, abriendo paso tanto a espacios de creatividad individual como a instancias comunitarias donde no faltan el canto, las danzas o los juegos. Tiempo que incluso permite a Gaia interactuar con su entorno por medio de proyectos educativos y de transferencia técnica con objetivos de promoción social. Es por esta interacción que numerosos y heterogéneos grupos se acercan a los programas vivenciales y de capacitación que allí se organizan, formando en algunas épocas del año una pequeña Babel de estudiantes, grupos comunitarios y profesionales interesados en aspectos específicos del proyecto y sus tecnologías o criterios organizativos. Pasantes holandeses y canadienses se encuentran de pronto compartiendo jornadas con militantes sociales del conurbano bonaerense, y éstos con profesionales interesados en energías alternativas de uso social o en construcción natural de bajo costo.

Un choque vivencial

Una experiencia movilizante e interpeladora. En estas dos palabras coinciden casi todos los que visitan Gaia cuando sintetizan sus vivencias, luego de uno o varios días en la ecovilla. En los últimos meses, al ritmo de la crisis, la cantidad y variedad de los visitantes se ha multiplicado. Sorprende incluso la desproporción entre el pequeño tamaño del grupo pionero original que dio forma al proyecto, y la suma de interesados –varios centenares– que desde enero último asistió a alguno de los cursos, encuentros vivenciales o visitas guiadas para conocer de cerca la experiencia, sumarse al proyecto o poner en práctica algunas de sus propuestas.

Gaia moviliza porque produce un choque vivencial: en contraste con la creciente deshumanización de las relaciones sociales y grupales, pone en práctica un espacio posible de humanidad cotidiana. Frente al descalabro económico, la precarización y la exclusión social masiva, demuestra que es posible explorar formas de autosustento comunitario basadas en la colaboración y en estrategias tecnológicas alternativas. Frente a la destrucción del medio ambiente y el deterioro de la calidad de vida, muestra un espacio de salud y belleza construido con las propias manos. A su vez, sacude preconceptos: el de la especialización, mediante una teoría y práctica del trabajo y del saber más holísticos; el de la dependencia de la sociedad de consumo, mediante una autonomía rica y matizada donde no existen la escasez ni el aburrimiento; el de la dependencia de capitales e infraestructuras del orden internacional “globalizado”, mediante la evidencia de pequeños asentamientos urbanos que producen su propio suministro de energía eléctrica, agua y calor, la mayor parte de sus alimentos y buena parte de los materiales para sus viviendas, con capacidad de generación de excedentes para interactuar con otras poblaciones.

Gaia también interpela: quien llega por primera vez no puede evitar el contraste entre la incomodidad vital que produce la aceptación cotidiana de las “reglas de juego” destructivas en el trabajo, el consumo o la disponibilidad del tiempo o del espacio, y el hecho de que estas pequeñas comunidades no sólo las afronten críticamente en conjunto, sino que consiguen demostrar hasta qué punto las vías alternativas están al alcance de un cambio de conducta inmediato. Aunque quien visite una ecovilla pueda no sentir que se trata de una alternativa para su propia vida, no podrá dejar de percibir que es posible sintetizar la visión crítica del orden imperante con el cambio en la vida cotidiana de buena parte de las relaciones y prácticas destructivas en que nos hallamos inmersos. Gaia interpela también por la dificultad de encasillamiento que genera: su propuesta de un retorno a la simplicidad y el aprovechamiento de saberes de culturas ancestrales se combina con la utilización ingeniosa de los últimos avances tecnológicos. Su fuerte carga de espiritualidad y valores comunitarios no impide un completo pluralismo de ideas y un constante estímulo a la creatividad y expansión individual. Su sistema de cultivo “permacultural” (ver más adelante) parece a primera vista caótico y poco productivo en relación con lo que “debe ser” un cultivo “normal”. Sin embargo, el resultado es un hábitat estético donde unidades de menos de 25 hectáreas, presuntamente “no viables económicamente”, producen gran variedad de alimentos durante todo el año, en condiciones de resguardo de la biodiversidad local y sin necesidad de costosas y destructivas inversiones en agroquímicos, pesticidas o regímenes de riego especiales.

¿Cómo es una ecovilla? Básicamente, un núcleo de personas que deciden habitar juntos un espacio ecológico y comunitario. Existen ecovillas de apenas 20 habitantes, y otras de varios cientos. Su criterio para la actividad económica, la producción del hábitat y la organización social es la “permacultura”. Este sistema, desarrollado desde los años ’60 por las primeras ecovillas, combina criterios de sustentabilidad económica con un estricto respeto por la naturaleza, cuyo resultado es la integración de múltiples funciones entre distintos elementos naturales y el hábitat humano. La permacultura sintetiza sus valores en el cuidado de la Tierra en un sentido holístico (todo el equilibrio ecológico), el cuidado del ser humano –relaciones de mutua cooperación y armonía en la pluralidad– y la decisión de compartir el excedente, lo que implica el abandono de conductas sociales consumistas y destructivas del conjunto.

La construcción del hábitat es otra de las características que definen el paisaje y el sabor propio de las ecovillas. Todas las construcciones tienen capacidad de aprovechar y retener el fresco o el calor según la época del año, y sus criterios estéticos y técnicos son adecuados al entorno. El sistema más utilizado es el “cob”, una mezcla de materiales de la tierra sumamente económico y muy aislante y resistente. Del mismo modo, en ecovillas creadas en ecosistemas diferentes se construye con piedra, madera o se reciclan espacios preexistentes. Tanto la producción de energía como la de alimentos se integra con este hábitat. En el caso de Gaia, el régimen de vientos de la Pampa Húmeda favorece el uso de energía eólica, que asegura todos los servicios eléctricos propios de la vida urbana, incluido el acceso a internet y la obtención de agua potable de napa. A ello se suman la energía solar, la leña y proyectos de biogas, producto del rescate y reciclado de técnicas de diversos orígenes –algunas muy antiguas– a lo que se agrega el constante intercambio de información entre las ecovillas del mundo.

Un fuerte apego por la tierra, el trabajo y su cuidado caracteriza a las ecovillas: espacios libres de contaminación, cultivos orgánicos y armónicos con la naturaleza se complementan con experiencias productivas en las que lo artesanal y lo industrial de pequeña escala se complementan. No son menores, al respecto, los desafíos para la construcción de las propias relaciones de asignación de recursos y distribución de excedentes. La experiencia se acumula a medida que se prueban e integran diversas estrategias de colaboración: articulación de espacios comunes desde economías individuales, estrategias cooperativas, proyectos comunales y redes de trueque van generando, por ensayo y error, una interesante experiencia en escala micro que no debería ser desdeñada por el conjunto de los programas de transformación social en escala más general. Complementariamente, los rudimentos de sistemas propios de educación formal para las nuevas generaciones van tomando forma junto al curriculum –propuesto por la red mundial– que incluye los aspectos y estrategias en los que se hace imprescindible la acumulación creativa y la transmisión de los conocimientos en salud comunitaria, ecología, organización económica, espiritualidad plural, tecnologías adecuadas, etc.

A partir de experiencias pioneras creadas en los años ’60, las búsquedas de alternativas desarrolladas en los últimos veinte años dieron impulso a proyectos afines que confluyeron recientemente en la Red Mundial de Ecovillas (Global Ecovillage Network - GEN). Con mayor presencia en Europa y América del Norte, donde se hallaba más desarrollado el llamado “movimiento verde” y donde las condiciones económicas permitían dar más rápida sustentabilidad a los proyectos, en los ’90 la expansión general alcanzó a todos los confines del globo. Hoy existen ecovillas tanto en India como en Sudáfrica, México, Cuba o Argentina.

Los fundadores

Gustavo Ramírez y Silvia Balado, fundadores y alma mater del proyecto, rememoran, junto a un álbum de fotos que registra cada paso de la evolución lograda con Gaia, su comienzo en 1992 como asociación civil, cuando la orgía consumista y “globalizadora” se adueñaba de Argentina. Bajo condiciones “a contramano” de los tiempos que corrían, el esfuerzo permitió comprar el terreno recién en 1996. Seis años más tarde, la transformación del paisaje es evidente y la viabilidad de Gaia parece demostrada. Ramírez y Balado enfatizan sin embargo sobre los pasos por venir: parte de la planta láctea comprada como “material de demolición” se transformará –trabajo y financiamiento futuro de por medio– en un centro de capacitación, nuevas áreas para delegaciones y una biblioteca.

Ramírez y Balado construyeron y habitaron la primera casa de “cob” de la ecovilla. Junto a su vivienda, orientada con sus ventanales en la dirección óptima de la iluminación solar, una pequeña laguna artificial optimiza el ingreso de luz hacia el interior, haciendo innecesaria durante casi todo el año la chimenea que atraviesa una pared interna de la casa. Cada aspecto de esta vivienda puede despertar una conversación sobre anécdotas o sobre técnicas que no requieren grandes inversiones sino trabajo e ingenio, y cuyo saldo se ve en las caras de los protagonistas. Mientras languidecía la década de una Argentina dedicada a ser alumno modelo de la economía neoliberal, cada instante de Gaia quedó registrado en fotografías y recuerdos de múltiples y hermosos logros: aquí cierto grupo de estudiantes y una laguna de procesamiento de aguas grises; allá un grupo de visitantes de fin de semana y el entretecho de una vivienda. Cada marca del paisaje es inescindible en su condición natural y humana.

Según Ramírez, las posibilidades expansivas de las ecovillas para los próximos años son altas, y más aun en el caso argentino, en momentos en que ha colapsado la confianza ciega en el espejismo de la “globalización capitalista” y millones de personas deben considerar la obtención de calor y alimento como cuestión de supervivencia urgente. Comenta que existen indicios, junto al crecimiento de la población permanente de Gaia, de interés por la formación de nuevas ecovillas en el país, y por adoptar, para estrategias de organización y promoción social masivas, algunos aspectos de su experiencia. Ramírez recuerda que Gaia se considera “centro de vida y aprendizaje”, y en virtud de ello realiza constantes esfuerzos de transferencia de conocimientos hacia comunidades que lo necesiten.

Asiduos participantes de encuentros internacionales de ecovillas y movimientos ecologistas, seguidores de las experiencias de defensa y rescate de culturas ancestrales ricas en valores humanos y fervientes simpatizantes del movimiento antiglobalización manifestado desde Seattle en 1999, muestran gran cantidad de datos que avalan la eficacia de las estrategias seguidas por las ecovillas no sólo en la escala social micro, sino también en niveles de gran masividad. Balado destaca, al respecto, la aplicación de estrategias permaculturales en países asolados por la pobreza extrema. Ramírez agrega que la estrategia permacultural contrasta en su autonomía económica con la que habitualmente se ve obligado a realizar el pequeño productor rural, quien depende de modo extremo del crédito para comprar semillas, fertilizantes, combustible y pesticidas, lo que ha resultado en su endeudamiento creciente o en su exclusión del mercado. La permacultura, dice Ramírez, asegura –una vez equilibrado el ecosistema– su propia sustentabilidad. Es por eso que junto a experiencias paradigmáticas como la de Sri Lanka, donde una red de diez mil aldeas que representan más de nueve millones de habitantes ha logrado sustentabilidad alimentaria basándose en estas técnicas, se observan también resultados óptimos en países sometidos a bloqueo financiero y de insumos como Cuba, donde la permacultura, integrada en estrategias mayores de desarrollo hortícola, participa en el logro de una verdadera revolución alimentaria que llevó al país de la completa dependencia externa en hortalizas a un setenta por ciento de producción propia en menos de una década.

Hace apenas doce años, en 1990, cuando la descomposición del bloque soviético entraba en su etapa final y el capitalismo prometía una era dorada de expansión económica y bienestar, fueron pocas las voces críticas dispuestas a sostener que no habría un largo ciclo de paz y prosperidad, sino que por el contrario, debíamos prever el desafío de tiempos duros de crisis, violencia y exclusión. Menos, incluso, fueron las voces que imaginaron una pronta respuesta social a semejantes desafíos, basada en la recuperación de la autonomía y repolitización de la sociedad civil, la multiplicación de nuevas experiencias alternativas de organización social o de protesta. Una década después las evidencias resultan contundentes: por un lado, guerras de crueldad inaudita, miseria y exclusión crecientes, crisis ecológica lindante con lo irreversible, estallido de burbujas financieras transnacional y amenazas de depresión económica a escala global con riesgo de rebrotes autoritarios. Por otro, una enorme y variadísima demostración de vitalidad y recuperación de la sociedad civil, que abarca y articula fenómenos tan disímiles como la rebelión zapatista surgida en 1994; el movimiento contra la globalización surgido en las protestas de Seattle en 1999; los intentos de resistencia nacional a la descomposición representados por gobiernos no subordinados a Washington como es el caso actual en Venezuela; movimientos de trabajadores en que convergen ocupados, desocupados y jubilados (como sucede en Argentina), o los nuevos movimientos campesinos sudamericanos en los cuales se articulan el rescate de formas ancestrales de organización social con esfuerzos de representación política cuyos resultados llamaron la atención del mundo en Brasil desde mediados de los ’90, en Ecuador en 1999 y en Bolivia en estos días en que, ante la mirada azorada de Washington, dos movimientos campesinos se alzaron con la mayor parte de los votos en la elección presidencial.

Pero es por debajo de estos fenómenos masivos donde se nota el impactante crecimiento de redes y experiencias alternativas, en una esfera micro muchas veces integrada en los movimientos mayores, muchas otras surgidas en forma independiente y anárquica, no necesariamente ligadas a inquietudes políticas, aunque sus resultados inevitablemente adquieran esa dimensión. Movimientos de trabajadores desocupados que articulan sus demandas hacia el Estado con la construcción de cooperativas de trabajo, producción propia de alimentos y materiales para viviendas, redes de intercambio que activan la circulación de pequeñas producciones y trabajos cooperativos sin necesidad de contar con dinero ni financiamiento, movimientos ecológicos que capacitan en energías alternativas o en agriculturas no agresivas, grupos comunitarios que construyen espacios de vida sustentables… La lista crece a mayor velocidad a medida que las crisis y exclusiones sociales convierten estas propuestas de ideas deseables en estrategias de supervivencia inevitables para millones de personas. Tal masificación ha acarreado nuevas oportunidades, amenazas y desafíos, de los que no estarán exentas experiencias como las ecovillas. Por la amplitud de aspectos de la vida social e individual sobre los que ofrecen propuestas, la viabilidad de las ecovillas en el largo plazo constituye no sólo un desafío para sí mismas, sino un interesante campo de experimentación y aprendizaje en escala micro, cuyos resultados podrán intercambiarse con otras modalidades alternativas, multiplicarse con ellas y, eventualmente, ser parte de nuevas utopías.

Es por eso que no sería sorprendente que en un futuro próximo el número de ecovillas crezca en Argentina y en el conjunto del Cono Sur y que se observen interesantes interacciones con otras experiencias comunitarias –incluidas las comunidades aborígenes– en el contexto de una lenta pero sostenida recuperación de la iniciativa de las sociedades civiles sudamericanas.

  1. Ver dossier "Movimientos sociales en Argentina" y Pablo Stancanelli, "Explosivo crecimiento de los clubes de trueque", en Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, agosto y junio de 2002, respectivamente.
Autor/es Julio Moyano, Alejandra Ojeda
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 39 - Septiembre 2002
Páginas:36,37
Temas Desarrollo, Estado (Política), Movimientos Sociales, Políticas Locales
Países Argentina