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La peligrosa crisis política argentina

Cuando alguien se refiere a nuestro país como “una republiqueta”, los ciudadanos argentinos no deberíamos ofendernos sino preocuparnos, ya que esa es actualmente la realidad y tal como se presentan las cosas, podría ser nuestro destino por muchos años. Mientras expresiones de ese tipo provenían de un energúmeno de derechas como Hans Tietmeyer, la izquierda ponía el grito en el cielo y la derecha se hacía la distraída, aunque le doliese. Ahora que en el fragor de la campaña política lo de “republiqueta” se le ha escapado a “Lula”1, la derecha se escandaliza y la izquierda se muestra perpleja.

Pero los hechos siguen allí. A pesar de los recurrentes atentados al orden institucional, a nadie se le hubiese ocurrido calificar así al país a lo largo de casi todo el siglo pasado, porque era el más igualitario de América2, por su alto nivel educativo y cultural, por sus redes y movilidad sociales, etc., etc. ¿Qué queda de eso ahora? Casi nada. Pero además venimos dando el espectáculo de una republiqueta al menos desde 1975, cuando nos gobernaban una viuda atolondrada, un jefe de policía esotérico y una mafia sindical, sucedidos en 1976 por un grupo de corruptos y criminales militares y civiles sucedido a su vez, a partir de 1983, por cinco gobiernos de corruptos y mafiosos civiles que acabaron con todo lo que, a trancas y barrancas, pero de manera sostenida, militares y civiles –es decir el conjunto de la sociedad argentina– habían construido desde finales del XIX.

No es necesario insistir aquí sobre esto. El Dipló viene subrayándolo desde mucho antes de la catástrofe, cuando una buena parte de la sociedad argentina creía que estaba en el primer mundo y la mayor parte de los medios de comunicación sostenían el espejismo, a pesar de los evidentes signos de podredumbre3. Nunca se insistirá lo suficiente en que las sociedades tienen los gobiernos que en cada momento de su evolución histórica son capaces de darse a sí mismas; que una clase dirigente no es, como las catástrofes naturales, inevitable.

El nudo de la crisis argentina es político. Nadie duda de que el país puede recuperarse rápidamente si resuelve sus gravísimos problemas institucionales y de representatividad. Tanto es así, que aun en medio de este marasmo, autorizadas opiniones atisban signos de recuperación económica4, por no hablar de sus reservas sociales y culturales. No obstante, el abismo y “la insignificancia” –como predice Tietmeyer– acechan. Si el próximo gobierno, cualquiera que sea su signo político, no expresa a una mayoría social decidida a frenar la decadencia y acabar con el país mafioso, el destino de republiqueta atrasada, violenta, desigual, esperpéntica, será inevitable.

Tal como están hoy por hoy las cosas, a la pregunta sobre si la sociedad argentina es capaz de soportar sin sublevarse nuevamente los meses que quedan hasta las elecciones presidenciales –previstas para marzo de 2003– y la instalación de un nuevo gobierno en mayo; o si la propia crisis económica no precipitará antes un nuevo cambio de gobierno, se agregan otras: ¿cómo se desarrollarán esos comicios? ¿quiénes competirán? ¿cuál será la actitud mayoritaria de los ciudadanos? ¿qué respaldo tendrá el nuevo gobierno?

Nunca antes en la conflictiva historia institucional argentina unas elecciones habían estado precedidas de interrogantes de este tipo. En tiempos de la proscripción del mayoritario peronismo (1955-1973), por ejemplo, la pregunta era “qué van a hacer los peronistas”, ya que siendo el voto obligatorio, se trataba de saber si votarían en blanco o si se inclinarían por favorecer a algún candidato, como lo hicieron con Arturo Frondizi en 1958. En cualquier caso, existía una opción, puesto que con un promedio del 25% de los votos, una estructura homogénea y el respaldo seguro de los partidos antiperonistas, el radicalismo podía aspirar a gobernar apoyándose en algo más del 40% de la sociedad. Se trataba por supuesto de una situación no democrática, pero tanto radicales como peronistas “existían”, en el sentido de que disponían de un caudal importante de votos propios, una militancia bien encuadrada y dirigentes con influencia.

La situación es muy distinta ahora. El radicalismo es un cuasi cadáver sobre el que sobrevuelan algunos políticos, la mayoría desprestigiados, tratando de rescatar algún despojo con signos de vida y posibilidades de reconstrucción; otros huyen en distintas direcciones. Podría pensarse que el peronismo tiene entonces libre el camino del centroderecha y que la izquierda, por fin, podrá conformar un gran partido. Pero no es así, al menos por ahora. Tanto desde el gobierno como en el Congreso o en el propio partido, el peronismo viene dando un vergonzoso espectáculo de pujas internas, por momentos de una inquietante violencia, como si ignorase que eso es precisamente lo que repudia la abrumadora mayoría de la sociedad. Su dirigente más potable, el gobernador de la provincia de Santa Fe, Carlos Reutemann, un sobrio funcionario que ha hecho del silencio su proposición más elocuente, se retiró de la puja interna por la candidatura alegando que “había visto cosas muy feas”. El ex presidente Carlos Menem pasa su tiempo atendiendo procesos o acusaciones por diversas formas de corrupción durante sus mandatos (1989-1999) y junto a los otros tres con más posibilidades, José Manuel de la Sota, Néstor Kirchner y Adolfo Rodríguez Saá, forma un pelotón que no cesa de atacarse mutuamente y de gastar fortunas en campañas electorales iniciadas más de seis meses antes de las elecciones, como si eso fuese normal y el país pudiese darse semejantes lujos. Para tener una idea de lo paupérrimo, de lo patético que resulta todo, baste decir que el mejor colocado, Rodríguez Saá, un populista decidido a todo y a cualquier cosa, reunía sólo el 16,3% de las intenciones de voto de los ciudadanos en la mejor de las tres últimas encuestas nacionales conocidas5. Otros candidatos de la derecha, como el economista Ricardo López Murphy, más bien parecen prepararse para ofrecer sus servicios al próximo gobierno que para un triunfo electoral. Si triunfa la derecha, cualquiera de sus candidatos necesitará un programa.

Por razones muy distintas, el panorama no es mejor desde el centro hacia la izquierda del espectro político. Sus líderes más conocidos, Elisa Carrió, Luis Zamora y Alicia Castro (quien podría aliarse con Izquierda Unida), figuran por debajo –aunque cerca– de Rodríguez Saá en las encuestas, con tendencia a estancarse y aun a bajar. Todos gozan de una excelente imagen entre los ciudadanos, pero no han sabido o no han podido hasta ahora trasmitir la certeza de que tienen un proyecto para sacar al país del marasmo en que se encuentra. Las diferencias ideológicas y políticas que los separan no son por otra parte bien recibidas por la ciudadanía, que no termina de entender por qué no son capaces de ponerse de acuerdo, al menos de manera transitoria, alrededor de un programa de salvación nacional que, de paso, facilitaría la renovación de la dirigencia política. Ninguno de ellos se ha mostrado capaz no ya de exhibir un programa coherente alternativo o de capitalizar políticamente al movimiento social (que quizá por eso se viene apagando o canalizando en la mera solidaridad), sino siquiera de participar en los temas de fondo que preocupan a los ciudadanos. Han sido imprescindibles para desenmascarar al país mafioso; ahora se muestran impotentes para reemplazarlo.

Uno de los problemas que deben enfrentar los dirigentes decentes es cómo sortear la trampa que representan unas elecciones en las que sólo se elegirá Poder Ejecutivo, mientras el corrupto y desprestigiado Congreso de la Nación permanecerá intacto. Impertérritos, los legisladores permanecen sordos a los reclamos de la abrumadora mayoría de la sociedad para que permitan la renovación total de las instituciones. A un candidato tradicional esta situación lo tiene perfectamente sin cuidado, porque sabe que con esa mayoría de truhanes siempre se puede negociar lo que sea, pero para uno alternativo el problema es real y de talla.

La izquierda vacila entonces entre pregonar el boicot a las elecciones –con el riesgo cierto de dejar el camino expedito a los dirigentes tradicionales– y presentar de todos modos sus candidaturas, subestimando así las posibilidades (un plebiscito, por ejemplo) que le otorgaría ocupar el Poder Ejecutivo con el apoyo de una sociedad movilizada y ansiosa de cambios.

Incapaz de formular una alternativa, de canalizar el movimiento social o de unirse (con excepción de los socialistas, que lo han logrado), el centroizquierda no sólo corre el riesgo de perder las elecciones, sino incluso de malgastar la posibilidad de construir en el mediano y largo plazo. Si, como es previsible, el establishment acaba encolumnando a la runfla de políticos tradicionales detrás de la candidatura de Reutemann, la derecha tendrá otra oportunidad y la izquierda habrá perdido la suya.

En cualquier caso, la situación expresa un vacío político y de alternativas que ensombrece aun más el panorama argentino, al menos en el corto y mediano plazo. En medio de una crisis sin parangón en la historia nacional, estos tempranos, costosos y esperpénticos remedos de campaña electoral, lejos de ofrecer debates o proposiciones sobre los gravísimos problemas del país lo que hacen es alejar aun más a los ciudadanos de la política. ¿Qué sustento real podrá tener el gobierno surgido de semejante atomización? ¿Cómo podría un gobierno débil (en el actual estado de cosas cualquiera lo sería) enfrentar la crisis?

A largo plazo parece evidente que los distintos y pujantes movimientos sociales acabarán cuajando en una o varias alternativas políticas, pero los tiempos de esta preñez son mucho más lentos que los de la crisis económica y social, que requiere una renovación dirigente y nuevas propuestas políticas inmediatas. Y es en la política donde justamente se encuentra trabada la situación. De aquí a marzo pueden pasar muchas cosas, incluso impensadas, en Argentina. Pero algo es seguro y, aunque trillado, conviene repetirlo: como la naturaleza, la política tiene horror del vacío. Tarde o temprano alguien, o algo, ocupará ese hueco. Los que atentaron contra la vida de la presidenta de Abuelas de Plaza de Mayo Estela Carlotto, las mafias, la policía brava y el populismo fascistoide también avizoran su oportunidad.

  1. Clarín, Buenos Aires, 25-9-02
  2. Salvador Treber, “A un paso del abismo”, 3 puntos, Buenos Aires, 12-9-02.
  3. Dossier “República o país mafioso”, Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, octubre de 1999.
  4. Joseph Stiglitz, “L’Argentine se redresse”, Les Echos, París, 16-9-02.
  5. IPSOS-MORA Y ARAUJO, realizada entre el 3 y el 15 de agosto. Citada por la revista 3 puntos, Nº 272, Buenos Aires, 12-9-02.
Autor/es Carlos Gabetta
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 40 - Octubre 2002
Páginas:3
Temas Desarrollo, Estado (Política), Políticas Locales
Países Argentina