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Polonia, enferma de liberalismo

Aquí tenemos una extraordinaria receta de cocina mundialista. Tomen un país que, en 1989, pasa del comunismo a la democracia al término de una revolución no violenta, que se fija como objetivo una política basada en el respeto a los valores de dignidad y solidaridad. Luego, sin preguntarle al pueblo su opinión, apliquen el habitual tratamiento de shock neoliberal, hecho de "rigor económico" y de "pensamiento único". Y once años después, contemplen la escena: una nación desmoralizada, desigualdades omnipresentes y una economía agotada.

Al cabo, este sistema conjuga la ineficacia con la sordidez: no solamente es inmoral, sino además económicamente desastroso. ¿Cómo puede afirmarse algo semejante?, protestarán algunos. ¡Observen Varsovia, sus edificios de oficinas ultramodernos, sus lujosos hoteles, sus locales Dior o Mercedes Benz! Desde luego, la capital y más aun las ciudades provinciales han cambiado mucho. El tono gris de antaño, los comercios vacíos, las filas de espera, han desaparecido. Hasta hace un tiempo, podrían tal vez haber agregado: ¡entren a las librerías, podrán comprar cualquier libro! Ya no lo dirán, porque, amarga paradoja, se lee menos ahora que todo está disponible, que antes, cuando las mejores obras circulaban clandestinamente. Los que tienen dinero apenas se interesan por la cultura; los que la aman son en su mayoría pobres.

¿Se atreverán a decirlo? La vida cultural ya no es la que era bajo el comunismo, a pesar de la censura (o, tal vez, gracias a la rebelión que suscitaba). Los teatros desaparecen, la producción cinematográfica decae, dejando atrás las obras maestras de Andrzej Wajda y Krzysztof Zanussi. Cabe preguntarse cuándo se publicó el último buen libro. Sin duda quedan algunos oasis de cultura que luchan contra viento y marea, especialmente en la música, por ejemplo la Opera de Cámara de Varsovia. Pero qué importa: la consigna es ganar dinero lo más rápido posible y por todos los medios. Un materialismo reemplazó al otro, y el del dinero-rey no es mejor que el materialismo dialéctico de ayer.

¡Cuán bella era la oposición bajo el comunismo! ¡Cuán estimulante era Solidarnosc! Quienes amaron a la Polonia en lucha ya no la reconocen. Un amigo estadounidense, que estuvo destinado en Varsovia hace quince años y regresó como consejero de embajada, se lamenta: “Quería encontrar ese país donde se podía discutir durante noches enteras con intelectuales fascinantes. Pero en esta Polonia ya nadie tiene tiempo para nada, todo gira en torno del beneficio, se ven McDonald’s en cada esquina: ¡un Estados Unidos del pobre!”

Por supuesto, no a todos les va mal. Entre el 10% y el 15% de la gente vive bien, en algunos casos muy bien. Si un profesor universitario gana 600 euros, un empresario recibe tanto o más que su equivalente occidental. Todo favorece a esta “elite” del dinero. Se profesa el neoliberalismo, pero el Estado no ha desaparecido: en lugar de preocuparse por los más desposeídos, se puso al servicio de las empresas y de los ricos (exención impositiva para las empresas, reducción de impuestos para los ricos, dilapidación de bienes públicos para el enriquecimiento del sector privado). Robin Hood a la inversa…

La brillante socióloga Jadwiga Staniszkis habla de “capitalismo de Estado”. Numerosos directores de empresas comunistas dirigen actualmente sociedades de responsabilidad limitada. Los barones del antiguo régimen se las arreglan bien: controlan el 75% del nuevo negocio y el 50% de la administración. Además, se llevan muy bien con los antiguos líderes de la oposición, quienes también se enriquecieron rápidamente. Entre ellos se dividen los jugosos contratos públicos. La nueva nomenklatura se ayuda mutuamente.

Pocos dirigentes escapan a la amoralidad y a la corrupción imperantes. Prácticamente, ningún contrato se obtiene sin que aquellos que toman las decisiones reciban su parte. Las leyes que supuestamente se oponen a ello son ignoradas sin que nadie diga nada al respecto. Un empresario del sudoeste del país a quien le preguntamos qué iba a hacer luego de la sanción de nuevas leyes sobre la transparencia de la adjudicación de los contratos públicos nos miró consternado, y luego exclamó riéndose: “Pero, ¿usted de dónde salió? Somos tres empresas serias en la región, nos dividimos los contratos y pagamos juntas a quien corresponda. Las licitaciones son puro ‘camelo’”. La corrupción gangrena todos los niveles, a tal punto que ya no se obtiene un documento de un municipio en los plazos razonables, sin pagar al funcionario responsable. Incluso un diario publicó recientemente, sin consecuencia alguna, las tarifas para la compra de árbitros de los partidos de fútbol, que son más elevadas según la división.

La descentralización resultó una calamidad: trajo aparejada la diseminación de una multitud de mafias locales que imponen sobornos en sus territorios. Prueba de ello son las fortunas amasadas en pocos años por la mayoría de los funcionarios locales… El director de una empresa de relaciones públicas a quien la Unión Europea le encargó introducir, sin gastos, proyectos que permitan a las municipalidades mejorar la transparencia y los vínculos con el ciudadano, se lamentaba de no encontrar ciudades interesadas…

El Estado de derecho continúa siendo ilusorio. La justicia parece a menudo preferir el gangster a la víctima. Por otra parte, su lentitud hace que resulte mejor tratar de entenderse “de común acuerdo”, incluso con intervención de la mafia, que intentar hacer respetar sus derechos. Jungla liberal obliga: cualquiera que posea los medios puede obtener la autorización para hacer lo que quiera, incluso para construir un palacio de hormigón ¡en el medio de un parque nacional!

Occidente contribuyó en gran medida a esta depravación. En 1990, una personalidad occidental nos decía: “Solidarnosc estaba muy bien como máquina de guerra contra el comunismo, pero, ahora, seamos serios, ¡ya no es momento de hablar de justicia social y de participación sindical!” El capital internacional se “compró” pues su pequeña Polonia. Todas las empresas que valían algo fueron adquiridas; los responsables polacos estaban muy felices de tapar los agujeros del presupuesto con los ingresos provenientes de la privatización.

Gracias a las privatizaciones, Polonia se ilusionó durante un tiempo y la prensa occidental hablaba incluso de “milagro”. Pero la fuente se agotó. Mientras tanto, las compañías occidentales controlan casi la totalidad del sector bancario, el 75% de las empresas y una parte fundamental de los medios de comunicación. ¿Qué queda de esta Polonia liquidada, y ni siquiera al mejor postor?

Ahorrar a costa de los pobres

La otra cara de la situación: un crecimiento que cayó al 1%, un déficit comercial y presupuestario cada vez más dramático, una tasa de desempleo cercana al 20%. La mitad de las familias viven en el nivel mínimo vital o por debajo de éste. Los campesinos vegetan en la indigencia; los jubilados se reparten las calles para revolver la basura de los hogares. Una vez más, el fracaso neoliberal estalla: no sirve de nada darles a los ricos y a las empresas todas las ventajas, si no se mejoran las condiciones de vida de la mayoría y si no se crea un mercado que reactive la economía. Al fin y al cabo, los mismos productores son los que pagan las consecuencias.

El Estado no tiene dinero. ¿Cómo podría tenerlo si fue dilapidado? Entonces, se reducen continuamente los beneficios sociales, la cobertura médica, las indemnizaciones por despido. Las primeras decisiones tomadas por el nuevo gobierno “de izquierda” iban precisamente en ese sentido. Ya que se les da a los ricos, ¡hay que ahorrar a costa de los pobres! Cada gobierno –vinculado tanto a Solidarnosc como a la izquierda poscomunista– persigue la misma política desde hace once años. Llegar al poder no significa cambiar de política, sino participar del reparto de la torta.

Gobiernos y responsables políticos de todos los sectores (salvo raras excepciones) reciben órdenes. A la cabeza, los ex comunistas: acostumbrados en otros tiempos a ejecutar las directivas del Kremlin, no les resulta difícil obedecer ahora a los ukases del Banco Mundial… El principio apenas varía, pero esta vez hay dinero en juego. En cuanto a los medios de comunicación, no hay nada que temer: ellos dan su aprobación, como el jefe de redacción adjunto de un importante semanario, que calificaba recientemente de “analfabetos” a los adversarios del neoliberalismo, o el periódico que calificaba de “houligans” y de “homosexuales” a los participantes del Foro Social Mundial de Porto Alegre…

Lo más grave, a largo plazo, es que todos estos gobiernos han reducido al mínimo las partidas presupuestarias asignadas a la educación, la investigación, la cultura y la salud. Habrá que pagar sus consecuencias dentro de diez años, y el despertar será duro. Actualmente, todos los investigadores que pueden hacerlo huyen al exterior, más aun que bajo el comunismo. Un joven “manager” que trabaja para una empresa occidental nos confiaba: “¿Por qué deberíamos gastar dinero en la investigación y en la educación? No necesitamos investigadores: las empresas occidentales que invierten en nuestro país nos proveen tecnologías de punta; lo que necesitamos es el 10% de empresarios brillantes y una masa obrera con bajos salarios para hacer venir a las empresas de Occidente”.

Según una encuesta reciente, el 56% de los polacos consideran que los años ’70 fueron los mejores de la posguerra. Sólo el 20% menciona la época actual. En realidad, el materialismo neoliberal ha fracasado en Polonia tan trágicamente como el materialismo comunista. La profesora Jozefina Hrynkiewicz, rectora de la Alta Escuela Económica y Humanista, escribe: “La concepción liberal, al igual que la concepción socialista, son concepciones utópicas… Dar marcha atrás después de la realización de utopías sociales es muy costoso para el país. Polonia experimenta hoy las consecuencias del abandono de la utopía socialista. Desgraciadamente, esto no nos ha preservado de caer en la utopía liberal, también nociva”. El rey está desnudo. Se traicionó la revolución de Solidarnosc, que sin embargo había ubicado a Polonia en la vanguardia de la búsqueda de una nueva política y de una nueva economía basadas en los valores morales y espirituales.

La Iglesia misma, tradicional garante de la polonidad, no escapa al malestar neoliberal. Parece estar lejos del compromiso de Juan Pablo II quien, en su reciente visita, confirmó que luego de haber contribuido a derrotar al monstruo del comunismo, quería dedicar sus últimos años a luchar contra la hidra del capitalismo neoliberal, la otra cara de la misma moneda materialista. Es necesario –recordó a sus compatriotas– construir un programa basado en la misericordia, la justicia social y la solidaridad. “Yo sé –les dijo– que son muchos los que observan y juzgan de manera crítica un sistema que trata de conquistar al mundo y que está inspirado en una visión materialista del hombre… en momentos en que se fortalece, inclusive en nuestro país, una ruidosa propaganda del liberalismo, de una libertad sin verdad y responsabilidad”. Y el Papa recuerda que la Iglesia debe preocuparse ante todo “por aquellos que están desocupados, aquellos que viven en una pobreza cada vez mayor, sin perspectivas de mejorar su suerte o la de sus hijos”. Desgraciadamente, nos confiaba el arzobispo Jozef Kowalczyk, nuncio apostólico, “no todos en el seno del episcopado polaco comprenden el mensaje del Papa”.

¿A qué aferrarse entonces? El ingreso en la Unión Europea, el último mito de moda, parece resolver todos los problemas. Pero, ¿qué podrá hacer en la UE un país víctima de tal desconcierto? Los dirigentes polacos luchan por obtener más fondos europeos, pero no llegan a utilizar todos aquellos que ya le han sido asignados: de 1.000 millones de euros, fue invertida menos de la mitad.

En suma, el ingreso de esta Polonia exangüe podría representar para la UE un regalo envenenado1. No solamente por los nuevos problemas que va a crear, especialmente para los campesinos franceses, sino también porque este país, en su proamericanismo primario, pretende ser el Caballo de Troya de Estados Unidos en el seno de la UE. Algunos no ocultan sus sentimientos, como Leszek Balcerowicz, presidente del Banco Nacional, quien señalaba recientemente que Polonia debía ingresar en la UE, aun cuando él mismo consideraba al modelo europeo un poco demasiado social todavía, ¡y por lo tanto muy inferior al modelo estadounidense puro y duro!

Este país liquidado, vendido al exterior, corrupto, no es Polonia. El gran eslogan de Solidarnosc que en 1980 afirmaba “¡Que Polonia sea Polonia!”, sigue teniendo actualidad. El movimiento está en marcha. Basta ir a las acerías y a las minas o al encuentro de los desocupados en las pequeñas ciudades, para darse cuenta que aún quedan rescoldos. La llama de Solidarnosc se propagará. Este país no está muerto. Así lo acaban de expresar los 3 millones de personas que participaron de la misa papal en Cracovia… Polonia rechazará mañana el neoliberalismo como rechazó el comunismo y reconstruirá una política y una economía basadas en el respeto a la persona humana, la dignidad y la justicia social. Polonia nos sorprenderá aún y volverá a ser un ejemplo y una fuente de inspiración. Se puede apostar por ello.

  1. Leáse Bruno Drewski, “Polonia ante la Unión Europea”, Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, febrero de 2001.
Autor/es Bernard Margueritte
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 40 - Octubre 2002
Páginas:18,19
Traducción Gustavo Recalde
Temas Desarrollo, Neoliberalismo
Países Polonia