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Las raíces del nacionalismo estadounidense

El belicismo unilateral de George W. Bush niega los principios morales de la Declaración de la Independencia, constitutiva de EE. UU. como nación. Sus raíces pueden rastrearse en la imagen que ese país cultiva de sí mismo como ente moral llamado a implantar el bien en un mundo corrupto. Ese espíritu milenarista confluye con los intereses del expansionismo capitalista. Hoy, la retórica patriótica se sustenta en la parálisis de la oposición y en la necesidad de un consenso que oculte la evidencia del carácter criminal de buena parte de las actividades financieras.

Cuando Abraham Lincoln fue reelecto en 1864, Karl Marx lo felicitó en nombre de la International Workingmen’s Association1. Charles Francis Adams, por entonces ministro del gobierno estadounidense, le respondió con estas palabras: “El gobierno de Estados Unidos es plenamente consciente de que su política no es, y nunca deberá ser, reaccionaria. No obstante, debemos mantener la dirección que siempre hemos tomado, es decir, abstenernos de toda propaganda e intervenciones ilegales en el exterior. Nuestros principios nos exigen aplicar la misma justicia a todos los seres humanos y a todos los Estados, y contamos con las consecuencias beneficiosas de nuestros esfuerzos para obtener el apoyo de nuestros conciudadanos, así como el respeto y la amistad del mundo entero”. La frase de George W. Bush, “Están con nosotros o en contra de nosotros”, hace suponer que el partido de Lincoln ha cambiado. ¿Cómo y por qué?

El nacionalismo estadounidense siempre osciló entre un pragmatismo brutal y un idealismo retórico que los defensores del pragmatismo explotaron con cinismo, puesto que representa un peligro para ellos. En efecto, ¿qué pasaría si los ciudadanos le tomaran la palabra al progresismo de la Declaración de la Independencia? La descripción que hace Alexis de Tocqueville de Estados Unidos, esa nación que se debate entre regionalismo y movilidad, materialismo y religiosidad, privatización y nacionalismo arrogante, conserva actualidad. Es la república comercial condenada por Thomas Jefferson al morir en 1826, cinco años antes del viaje de Tocqueville. Jefferson y sus descendientes querían retomar el universalismo redentor de la Declaración de la Independencia. Pero si ésta continúa forjando la imagen que la nación se hace de sí misma, es menos bajo la forma de una memoria colectiva que de una religión. O más bien de una secta en la que, para ser miembro, basta con aceptar sus principios: esto hizo posible la integración, aunque imperfecta, de católicos y protestantes, gentiles y judíos, blancos y negros, europeos, latinos y asiáticos.

El nuevo gobierno practica una mezcla de géneros surrealista. La administración de George W. Bush exige la aplicación de los derechos personales en Irán, pero solicita a los tribunales detener sus acciones contra la transnacional Exxon, acusada de complicidad con la represión en Indonesia. Quienes recuerden el estalinismo, reconocerán estos síntomas. Sin embargo, Stalin no tenía esa capacidad de formar a la opinión pública, que el capitalismo estadounidense perfecciona desde hace un siglo. El gobierno de Bush surge de una élite cuyo cinismo se condice con esta época post-moral, acostumbrada desde hace tiempo a comprar a la opinión pública y a los responsables políticos, tanto en Estados Unidos como en el exterior. El régimen actual cuenta asimismo con el apoyo de los protestantes fundamentalistas, esos fanáticos convencidos de que Estados Unidos cumple un papel principal en la lucha bíblica del bien contra el mal y que se basan en la certeza de que este país debe dirigir el mundo2.

El Estado providencia militarizado

¿Cómo se llega a esta situación, luego de la relativa modernidad del gobierno de Clinton, que había logrado la cooperación del capital transnacional, predicado una supremacía de Estados Unidos más moderada, invitado a las élites extranjeras a participar de las decisiones y defendido una versión –sin duda minimalista– de la socialdemocracia internacional?

¿Es Bush un falso tradicionalista o un falso moderno? En sus orígenes, los republicanos eran los fervientes adversarios de la esclavitud. Eran asimismo el partido de la expansión continental (el propio Lincoln combatió en la guerra contra México)3, de la industrialización a marchas forzadas y de la total apertura a la inmigración europea. Su objetivo final era la defensa del modelo estadounidense y de sus intereses nacionales frente a un mundo corrupto. Sus grandes principios económicos eran la apertura de los mercados a los productos de Estados Unidos, el proteccionismo de la economía y la importación masiva de capitales.

A fines del siglo XIX, este triunfalismo se orienta hacia el mundo exterior. El oeste del país adquiere influencia y los excedentes de recursos hacen posible la conquista de nuevos territorios. Nacionalista e intervencionista, la población reclama la guerra contra España. En 1898, las Filipinas son anexadas por el republicano McKinley (1897-1901).

Cuando la ocupación se transforma en lucha armada contra los independentistas, aparece un movimiento de protesta que atraviesa todos los estratos sociales y que es antecedente del que generará décadas más tarde la guerra de Vietnam y que incitará a los “sabios” (la clase dirigente) a empujar a Lyndon Johnson a poner fin a un conflicto muy caro y peligroso para la paz civil. Pero entre 1897 y 1901, McKinley aún podía apoyarse en el expansionismo del capitalismo naciente: había nacido la versión del imperialismo, cuya ideología tiene sus raíces en el milenarismo estadounidense.

El sucesor de McKinley, Theodore Roosevelt (1901-1908), un reformista, se propone integrar a los inmigrantes y civilizar el nuevo capitalismo. Coloca a Estados Unidos en un plano de igualdad con las grandes potencias, provoca una revolución en Colombia, en noviembre de 1903, para crear Panamá, una condición necesaria para la construcción del canal. Y afirma que Estados Unidos debe desempeñar en el hemisferio occidental “un papel de policía internacional”. Este imperialismo preocupado por la gente sencilla hará nacer el Estado providencia militarizado que construirían los sucesores de Roosevelt.

Las iglesias, una parte de la intelligentzia laica y los socialistas expresan su preocupación. Los granjeros del movimiento populista, enemigos de la modernidad encarnada por las grandes ciudades, aparecen como los olvidados del imperialismo. Sus reclamos originan el aislacionismo amargo del período de entreguerras, que se opondrá, en el seno del Partido Republicano, al internacionalismo de los banqueros e industriales.

Los republicanos abandonarán finalmente a Roosevelt, debido a sus reformas económicas, pero cederán la presidencia a un reformista demócrata, Woodrow Wilson (1913-1921). Imperialista moral con tendencia calvinista, Wilson intensifica la intervención en América Latina. La administración demócrata continúa con la integración de los inmigrantes, especialmente de los católicos, en la vida política. La franja internacionalista del gran capital festeja la guerra contra Alemania. Se oponen a ella los socialistas y los elementos populistas del Partido Demócrata, cuyo líder, William Jennings Bryan, renuncia a su cargo de secretario de Estado.

Pero la guerra concentra la adhesión de los ideólogos del imperialismo, de la nueva tecnocracia, del gran capital y de un amplio sector del movimiento obrero, todos favorables a la extensión de las prerrogativas del gobierno federal. El gran proyecto de Wilson de integrar Estados Unidos a la Sociedad de las Naciones fracasa debido a oposiciones contradictorias: los aislacionistas de los dos partidos, que se vengan de haber entrado en guerra, y los unilateralistas, quienes consideran que Estados Unidos debe ser libre de utilizar su nueva potencia. El adversario republicano de Wilson, el senador Lodge, un aristócrata de Nueva Inglaterra, afirma que Estados Unidos debe aprovechar la ocasión, dado que se ha convertido en la mayor potencia mundial.

Durante el período de entreguerras, la élite que dirige la política exterior administra una paz convulsionada y prepara la próxima guerra. Los universitarios, los banqueros, los periodistas y los juristas que trabajan para el gran capital son en su mayoría oriundos del Este y protestantes. Reunidos en el Consejo de Relaciones Exteriores, ejercen influencia sobre el gobierno y la opinión, deciden las prioridades internacionales y distinguen entre políticas “responsables” e “irresponsables”. El futuro secretario de Estado del presidente Dwight Eisenhower (1953-1961), John Foster Dulles, fue uno de sus mascarones de proa, al mismo tiempo que representaba, como abogado, los intereses del Tercer Reich. Nelson Rockefeller convencerá al Consejo de apoyar la carrera de su joven protegido, Henry Kissinger, profesor de Harvard.

Esta élite integrará tanto los gobiernos demócratas como los republicanos. Y, aunque esté dividida con respecto a algunas cuestiones, es unánime en cuanto a la importancia que debe atribuirse a la dominación estadounidense. Los elementos republicanos provenientes de la Costa Este y aquellos vinculados a Wall Street dominan este pequeño grupo. Pero en su propio partido se enfrentan con los últimos partidarios del populismo progresista provenientes del Midwest. Estos republicanos, que desconfían de Wall Street, predican un aislacionismo basado a menudo en una visión de clase, cercano al de los alemanes e irlandeses, que se oponen a cualquier alianza con Inglaterra.

Crimen y negocios

El partido demócrata de Franklin Roosevelt (presidente de 1933 a 1945) es una coalición inestable de socialistas, sindicalistas, tecnócratas y banqueros. Incorpora a antiguos republicanos progresistas y alberga asimismo católicos y judíos. Su internacionalismo es wilsoniano, con consonancias socialdemócratas. Pero las divisiones del partido, así como la presión ejercida por el internacionalismo en su versión republicana, llevarán a Rooselvet y a su sucesor, Harry Truman (1945-1953), a unirse al gran capital en el seno del Estado providencia militarizado.

Los republicanos abandonan el aislacionismo en 1941. Pero a través del macartismo y la desconfianza hacia los europeos insuflan un nacionalismo agresivo. Las iglesias protestantes, que apoyan desde hace un siglo el envío de misioneros a China, se enfurecen por la llegada al poder allí de los comunistas, en 1949. El unilateralismo de estos republicanos se manifiesta en su rechazo a la reducción del armamento, su fascinación por la teología termonuclear y su retórica belicosa. Pero lo más sorprendente es que los presidentes republicanos (Dwight Eisenhower, Richard Nixon, Gerald Ford e incluso Ronald Reagan y George Bush padre) obedecerán siempre a estas élites, que delinean la política exterior, y seguirán siendo de hecho tan multilateralistas como los demócratas.

Las operaciones secretas de la CIA, las intervenciones económicas, políticas y militares en el mundo entero, la manipulación de los países aliados, fueron realizadas tanto por los demócratas como por los republicanos. Y, si miramos hacia atrás, numerosas diferencias que parecían separarlos resultan hoy relativamente insignificantes. Excepto Reagan, ningún presidente republicano atacó directamente el contrato social. Todos aceptaron simplemente su caída, provocada por la evolución del capitalismo.

¿En qué se diferencia el actual Presidente? Su abuelo, Prescott Bush, nacido en Nueva Inglaterra, era socio del demócrata más rico de la época del New Deal, Averell Harriman. Prescott, gobernador y senador de Connecticut, apoyaba el internacionalismo de Roosevelt, así como su reformismo social. Su hijo George (el ex presidente) se traslada después de la guerra a Texas, cuya economía se abre al armamento, a las finanzas y a la tecnología de punta. Debe su carrera política a sus estrechos vínculos con los sectores de negocios, y antes de convertirse en vicepresidente de Reagan, fue embajador en China y en las Naciones Unidas y dirigió la CIA. Representante de la vieja élite republicana, no se siente cómodo en un partido al que Reagan dio un tinte mucho más plebeyo. Durante su campaña presidencial, debe incluso abandonar el Consejo de Relaciones Exteriores, porque algunos republicanos arcaicos piensan que esta institución conspira contra la soberanía del país.

George W. Bush no padece este tipo de presiones. Su dominio político en Texas es arrollador. Nunca atacó frontalmente al Estado providencia, colabora con las comunidades negras e hispánicas y llenó un vacío ideológico defendiendo una versión individual y ritualizada de la religión. Los demócratas se burlan de su nepotismo, acusándolo de considerar la política como un negocio. Pero en realidad Bush comprendió un aspecto fundamental del capitalismo: la sumisión de la esfera pública al mercado. Sus socios en los negocios, al igual que su padre, están presentes en el comercio de armas, los servicios financieros, la petroquímica y la tecnología de punta. Ahora, Bush ubicó a sus representantes a la cabeza de las instituciones y de los departamentos federales.

Para adular al país, Bush opone constantemente un mundo exterior indiferente u hostil a una sociedad estadounidense recta y sana. En cuanto a sus veleidades de restablecer un mínimo de protección social, aparecen como una evocación espectral del período que se extiende de 1941 a 1964. Gran parte de la población comprendió, a su pesar, que sectores enteros del capitalismo estadounidense se sustentan en actividades criminales. Resulta pues difícil mantener cualquier tipo de consenso4. Frente a esto, el gobierno intenta cambiar de tema desarrollando una retórica belicosa. El partido demócrata, presionado por un lobby israelí que desea exclusivamente la guerra contra Irak, y si es posible contra Irán, no está en condiciones de salir de su coma político. Su pasividad frente al golpe de Estado judicial de las elecciones de 2000 le resultó fatal.

Sumidos como están los demócratas en la mayor tormenta ideológica, Bush sabe que ocupa su lugar debido a la cuasi ausencia de oposición. En consecuencia, no gobierna sino como jefe de una minoría, pasando de una mayoría efímera a otra. Pero los ataques del 11 de septiembre de 2001 le permitieron declarar un estado de emergencia indefinido en el tiempo. Y si bien la vacuidad de su ideología resulta evidente, sería ingenuo ignorar su dominio absoluto del aplastante aparato represivo. Bush habla de la nación como de una iglesia, pero de hecho su versión del republicanismo la reduce a un conglomerado de tribus en plena descomposición.

  1. La Asociación Internacional de Obreros fue creada en Londres, en septiembre de 1864, por owenistas y cartistas ingleses, proudhonistas y blanquistas franceses, nacionalistas irlandeses, patriotas y socialistas polacos, italianos y alemanes. Marx abandonó la Asociación en 1872, cuando su sede fue trasladada a Nueva York.
  2. Ibrahim Warde, “Del antisemitismo al antiislamismo”, Le Monde diplomatique, edición Cono sur, septiembre de 2002.
  3. La guerra finalizó el 2-2-1848 con el tratado Guadalupe Hidalgo.
  4. La crisis iraquí permite que pasen a un segundo plano “asuntos” tan importantes como los que comprometen a Thomas White, actual Secretario General del Ejército de Estados Unidos, implicado en el escándalo Enron, y a Richard Cheney, cuestionado por haber recibido 8,5 millones de dólares de la empresa Haliburton, cuando la abandonó para convertirse en vicepresidente.
Autor/es Norman Birnbaum
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 40 - Octubre 2002
Páginas:20,21
Traducción Gustavo Recalde
Temas Armamentismo, Conflictos Armados, Militares, Desarrollo, Mundialización (Economía), Neoliberalismo, Nueva Economía
Países Estados Unidos