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Foto de familia del Banco Mundial

Del mismo modo que la Organización Mundial de Comercio o el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial responde al Consenso de Washington. A diferencia de ellos, incorpora como delegados a personalidades atractivas por sus sólidos conocimientos y en muchos casos por sus trayectorias progresistas. Además responde oportunamente a las críticas con la elaboración de nuevas categorías y la organización de equipos de estudiosos. Lo cual no impide que la lógica bancaria siga siendo lo determinante.

El Banco Mundial (BM) tuvo su época de oro entre fines de los años ’60 y principios de los años ’801. Robert McNamara, ministro de Defensa de los presidentes estadounidenses John F. Kennedy y Lyndon B. Johnson, lo dirigió de 1968 a 1981. Bajo su presidencia el volumen anual de préstamos pasó de 1.000 a 13.000 millones de dólares, el personal se cuadruplicó y el presupuesto administrativo se multiplicó por 3,5. Con la ayuda de su tesorero, Eugene Rotberg, McNamara logró préstamos por 100.000 millones de dólares en los diferentes mercados nacionales de capitales. Ironía de la historia: una gran parte de esa suma provenía de los banqueros suizos, los mismos que cobijan la mayor parte de los capitales que sacan de sus países los millonarios, los dictadores y las clases parasitarias de África, Asia y América Latina.

Según Jerry Mander2, McNamara mató más seres humanos al frente del Banco Mundial que cuando –como ministro de Defensa de Estados Unidos– estaba encargado de las masacres de Vietnam. Mander lo describe así: “Avergonzado del papel que había cumplido durante la guerra de Vietnam, quiso redimirse socorriendo a los pobres del Tercer Mundo. Puso manos a la obra como buen tecnócrata, con la arrogancia de un auténtico creyente: ‘Creo que la cuantificación es un lenguaje que agrega precisión al razonamiento. Siempre pensé que cuanto más importante es un asunto, menos deben ser las personas que deciden’, escribió en Avec le recul: la tragédie du Vietnam et ses leçons3. Confiado en las cifras, McNamara llevó a los países del Tercer Mundo a aceptar las condiciones propias de los préstamos del BM y a transformar su economía tradicional a fin de maximizar la especialización económica y el comercio mundial. Los que se negaban eran abandonados a su suerte”. Y agrega Mander: “A instancias suyas, muchos países no tuvieron otra salida que ceder humillados a las imposiciones del BM. McNamara ya no destruía aldeas para salvarlas, sino economías enteras. El Tercer Mundo tiene actualmente grandes represas que se hunden en el lodo, rutas en ruinas que no llevan a ninguna parte, edificios de oficinas vacíos, bosques y campos devastados, deudas monstruosas que jamás podrá reembolsar. (…) Por más grande que haya sido la destrucción que este hombre causó en Vietnam, la que hizo al frente del BM la supera”.

El actual presidente del BM es un australiano de 68 años, de cabellera blanca, bella mirada triste, llamado James Wolfensohn. Se trata de un hombre excepcional, tanto por su destino como por sus cualidades. Ex banquero de Wall Street, multimillonario, ideólogo e imperialista convencido, es también un artista consumado. Pianista y actualmente también violoncelista, desarrolla una intensa actividad como compositor, todo lo cual le valió el sobrenombre de “El Pianista”.

Mientras que los mercenarios de la Organización Mundial de Comercio (OMC) velan por la circulación de los flujos comerciales, los del BM y los del Fondo Monetario Internacional (FMI) se ocupan de los flujos financieros. El FMI y el BM son las más importantes de las instituciones de Bretton Woods4. Por otra parte, el término “Banco Mundial” es impreciso: oficialmente la institución se llama “The World Bank Group”. El grupo está compuesto por el Banco Internacional para la Reconstrucción y el Desarrollo (BIRD), la Asociación Internacional para el Desarrollo (AID), la Compañía Financiera Internacional (CFI), la Agencia Multilateral de Garantía de Inversiones (AMGI) y el Centro Internacional para la Gestión de los Conflictos relativos a las Inversiones. En sus propias publicaciones el grupo utiliza el término “Banco Mundial” para designar al BIRD y a la AID. Adoptamos ese criterio, ya que las otras tres instituciones que integran el grupo poseen funciones limitadas, marginales en relación al tema tratado.

El World Bank Group, que emplea algo más de 10.000 funcionarios, es posiblemente la organización interestatal que informa de manera más completa a la opinión pública sobre sus propias estrategias, intenciones y actividades. Una corriente prácticamente incesante de estadísticas, folletos explicativos y análisis teóricos brota de su fortaleza de vidrio y cemento en el número 1818 H Street Northwest, en Washington.

El BM ejerce un poder inmenso sobre todo el planeta, desplegando una actividad prometeica y multiforme. Es el único, actualmente, que concede créditos a los países más pobres: en la pasada década otorgó a los países del Tercer Mundo créditos a largo plazo por más de 225.000 millones de dólares. El BM garantiza la creación de infraestructuras por medio de créditos de inversiones. En ciertos casos –como por ejemplo en Níger– también cubre (en segunda línea, detrás de los donantes bilaterales) el déficit presupuestario de Estados particularmente necesitados. Además, cada año financia cientos de proyectos de desarrollo.

En términos de técnica bancaria, este organismo es, hoy en día y en todas las latitudes, el “prestamista de última instancia” (the lender of last resort), el que está en condiciones de imponer al deudor las condiciones que desee. ¿Quién otro que el BM estaría dispuesto a otorgar el más mínimo préstamo a Chad, a Honduras, a Malawi, a Corea del Norte o a Afganistán?

Entre el BM y Wall Street existe, por supuesto, una alianza estratégica. Por otra parte, el BM salvó en varias ocasiones a instituciones financieras imprudentemente comprometidas en operaciones especulativas en otros continentes. En su práctica cotidiana funciona según criterios estrictamente bancarios. Su carta excluye expresamente cualquier condicionamiento político o de otra índole. Sin embargo su práctica está condicionada por un concepto totalizador de origen no bancario, sino ideológico: el “Consenso de Washington”5.

El BM mundial publica cada año una especie de catecismo: The World Development Report, publicación muy respetada en los medios universitarios y en el ambiente de la ONU, que trata de establecer los grandes temas que ocuparán durante un cierto tiempo a las agencias especializadas de la ONU, a las universidades y, más ampliamente, a la opinión pública. Ese informe lleva el sello personal del presidente James Wolfensohn. La edición 2001 comienza con una profesión de fe: “La existencia de pobreza en un mundo rico constituye el mayor desafío para la humanidad”6. Los ideólogos del BM muestran tradicionalmente una admirable flexibilidad teórica. A pesar de los evidentes fracasos de su institución, en las últimas cinco décadas siguieron generando teorías justificatorias. Tienen respuesta para todo. Son infatigables. Realizan una tarea digna de Sísifo. Veamos la cosa más de cerca.

En los tiempos de McNamara, la teoría preferida del BM era la del “crecimiento”. Crecimiento = progreso = desarrollo = felicidad para todos. Surgió una primera ola de críticas, impulsada sobre todo en 1972 por los sabios del Club de Roma, sobre el tema: “El crecimiento ilimitado destruye el planeta”. Los teóricos del BM reaccionaron inmediatamente: “¡Cuánta razón tienen ustedes, estimados eruditos! El BM está de acuerdo. En adelante organizará el ‘desarrollo integrado’”. Es decir, que ya no tomará en cuenta sólo el crecimiento del producto bruto interno de un país, sino que analizará también las consecuencias generadas por ese crecimiento sobre otros sectores de la sociedad. Y el BM comenzó a hacerse las siguientes preguntas: ¿El crecimiento es equilibrado? ¿Qué consecuencias produce el crecimiento sobre la distribución interna de los ingresos? ¿Un crecimiento demasiado rápido del consumo de energía en un país no puede afectar a las reservas energéticas del planeta? Etc.

Se publicaron entonces otros informes críticos contra el capitalismo desenfrenado, en particular los realizados por grupos de investigadores presididos respectivamente por Gro Hare Brundtland y por Willy Brandt. Esas críticas estaban dirigidas al “economicismo” del BM, y reivindicaban otros parámetros –no económicos– del desarrollo, fundamentalmente la educación, la salud y el respeto de los derechos humanos, y reprochaban al BM el hecho de no tenerlos en cuenta. El BM reaccionó rápidamente, y produjo una magnífica teoría sobre la necesidad de un “desarrollo humano”.

Nueva etapa de críticas: el movimiento ecológico se extendió y alcanzó influencia en Europa y en Estados Unidos. Para desarrollar las fuerzas productivas de una sociedad, decían los ecologistas, no alcanza con concentrar la mirada en los indicadores clásicos, ni siquiera en los famosos parámetros de desarrollo humano. Es necesario, además, prever a largo plazo los efectos de las llamadas acciones de desarrollo, en particular sobre el medio ambiente. Los ideólogos del BM percibieron inmediatamente que el viento cambiaba. En adelante serían férreos partidarios del “desarrollo sustentable”, el “sustainable development”.

En 1993 tuvo lugar en Viena la Conferencia Mundial sobre Derechos Humanos. A pesar de la oposición de Estados Unidos y de algunos países europeos, las naciones del Tercer Mundo impusieron el reconocimiento de los “derechos económicos, sociales y culturales”. Esa revolución derivaba de una convicción: a un analfabeto le importa poco la libertad de prensa. Antes de preocuparse por los derechos civiles y políticos, es decir, de los derechos democráticos clásicos, es indispensable satisfacer los derechos sociales y culturales. En Praga, en septiembre de 2000, “El Pianista” llegó incluso a pronunciar un emocionante discurso sobre el tema.

Una de las últimas piruetas de los intelectuales orgánicos del BM concierne al “empowered development”, la exigencia de un desarrollo económico y social controlado por las propias víctimas del subdesarrollo. Sin embargo, ninguna de las sucesivas declaraciones de intención del BM logró ocultar de manera durable la siguiente evidencia: el estrepitoso fracaso de las diferentes estrategias de “desarrollo” por él organizadas. ¿Qué hacer? El BM siempre tiene alguna idea. En adelante, alegará circunstancias atenuantes, invocará la fatalidad.

El 8 de abril de 2002, el vicepresidente del BM, a cargo de las relaciones exteriores, pronunció una conferencia en la Sala XI del Palacio de las Naciones Unidas de Ginebra, ante los responsables de la ONU y de la OMC. La conferencia se titulaba “¿La ayuda para el desarrollo, llegará alguna vez a los pobres?” Respuesta del eminente vicepresidente: “Nadie lo sabe”.

Para difundir por el mundo la buena nueva, James Wolfensohn cuenta con los servicios de numerosos mensajeros cuidadosamente seleccionados. Los missi dominici del “Pianista” son para el BM lo que los jesuitas para la Iglesia católica: los “enviados del amo” ejecutan las más diversas misiones. Veamos algunos ejemplos.

En Lagos, capital de Nigeria, gran potencia petrolera y una de las sociedades más corruptas del mundo, Wolfensohn instaló una oficina de “good governance” (control de la corrupción). Su encargado reúne las informaciones provenientes de particulares, movimientos sociales, organizaciones no gubernamentales, iglesias, sindicatos o funcionarios indignados, respecto de casos de corrupción. Además observa las subastas trucadas de las grandes obras de la región, las coimas pagadas a ministros por parte de los directores locales de empresas multinacionales, el abuso de poder de tal o cual jefe de Estado a cambio de una remuneración contante y sonante. En síntesis, registra, se documenta, trata de conocer los diversos caminos que utilizan los corruptos y los corruptores. ¿Pero qué se hace luego con esa información? Misterio.

Wolfensohn también designó un vicepresidente ejecutivo, especialmente encargado de la lucha contra la extrema pobreza, que también se documenta y se informa… Hasta hace poco ese puesto estaba ocupado por Kemal Dervis, un economista de unos cincuenta años, de nacionalidad turca, amable y distinguido, que se crió en Suiza. A pesar de ser musulmán cursó su bachillerato en un establecimiento privado católico, el colegio Florimont, en Petit-Lancy, cerca de Ginebra. A comienzos de 2001 abandonó el BM, y fue ministro de Economía y Finanzas de Turquía.

Otra persona totalmente atípica que trabaja al servicio de Wolfensohn es Alfredo Sfeir-Younis, que desde noviembre de 1999 dirige en Ginebra el World Bank Office, delegación del BM ante el cuartel general europeo de la ONU y ante la OMC. No se trata de un individuo banal. El periodista André Allemand lo describe así: “Con el carisma contenido de un Richard Gere barbudo, el flamante representante del BM habla de una organización en plena mutación filosófica, atenta a los más desfavorecidos y que trata activamente de eliminar la pobreza en el mundo”7. Allemand lo llama “El Embellecedor”.

Sfeir-Younis es un chileno de origen libanés, cosmopolita y diplomático nato. Hijo de una gran familia maronita, una de cuyas ramas se radicó en Chile, es sobrino de Nasrallah Sfeir, patriarca de la iglesia maronita. Desde 1967, cuando su padre fue designado embajador chileno en Damasco y en Beirut, el joven Alfredo pudo asistir a todas las convulsiones, guerras y turbulencias en la zona de la Media Luna Fértil.

“El Embellecedor” es un pionero: fue el primer economista del medio ambiente (environmental economist) que ingresó al BM, mientras que hoy en día son 174. Por otra parte, Sfeir-Younis trabajó durante siete años, en condiciones muchas veces difíciles, en el Sahel africano. De convicciones antifascistas sólidas, en el pasado se opuso a la dictadura de Pinochet. Es budista y practica la meditación.

Pero don Alfredo es sobre todo un maestro del lenguaje ambiguo: “Las dificultades económicas actuales tienen que ver en primer término con la distribución de las riquezas y no tanto con problemas de producción o de consumo… El mundo padece una falta de gobernabilidad global”8. Cualquier pastor calvinista ginebrino se hubiera entusiasmado al leer esas líneas. ¡Aquí tenemos un hermano! ¡Por fin un responsable bancario que no habla de crecimiento, productividad y maximización de beneficios! Pero lo que el ingenuo lector de esas declaraciones no sabe es que el mensajero de “El Pianista” en Ginebra es un férreo partidario de la “stateless global governance”, el gobierno mundial sin Estado, y del Consenso de Washington.

Don Alfredo es un duro; un agente de influencia de alto vuelo: en ciertos momentos, y por orden de “El Pianista” trabaja de agente secreto, como en la Conferencia Mundial Comercial de Seattle, en 1999. “En diciembre pasado estaba en las calles de Seattle, encargado de informar a mi organización sobre las cuestiones que planteaban los manifestantes”9.

Otro missus totalmente atípico de “El Pianista” se llama Mats Karlsson. Cercano colaborador y discípulo de Pierre Schori –el principal heredero intelectual y espiritual de Olof Palme– Karlsson fue jefe de economistas del ministerio sueco de Relaciones Exteriores y Secretario de Estado para la Cooperación. Es un socialista convencido. Además de Pierre Schori, tiene como amigo a Gunnar Sternave, el ideólogo de los sindicalistas suecos. Pero Karlsson es actualmente vicepresidente del BM encargado de las Relaciones Exteriores y de las relaciones con la ONU

Lo digo sin ironía: algunos de esos ideólogos me seducen. Su brío intelectual, al igual que su cultura, resultan atractivos. Algunos incluso obran de buena fe. Alfredo Sfeir-Younis y Mats Karlsson, por limitarme a ellos, son dos hombres profundamente simpáticos. El problema es que, si bien sus teorías cambian y se adaptan, la práctica es siempre la misma: deriva de la pura racionalidad bancaria, e implica la explotación sistemática de las poblaciones afectadas y la apertura forzada de los países a los depredadores que responden al capital mundializado.

Pues al igual que la OMC y el FMI, el Banco Mundial también es un bastión del dogma neoliberal. A todos los países deudores y en toda circunstancia, el BM impone el Consenso de Washington, promueve la privatización de los bienes públicos y de los Estados e impone el imperio de los nuevos dueños del mundo.

En enero de 2000, un terremoto. El mensajero más importante y más cercano de Wolfensohn, Joseph Stiglitz, jefe de economistas y primer vicepresidente del BM, renuncia denunciando públicamente la estrategia de privatizaciones a ultranza y la ineficacia de las instituciones de Bretton Woods10. De repente, Wolfensohn se pone a dudar. Llega incluso a interrogarse: ingresan los capitales, salen los créditos, se construyen las represas, que generan electricidad… y por todos lados la gente muere de hambre. En todo el Tercer Mundo la malaria vuelve al galope matando un millón de personas por año, se cierran las escuelas, avanza el analfabetismo, los hospitales están en ruinas, los enfermos mueren por falta de remedios, el sida causa estragos.

Hay algo que no funciona. Entonces Wolfensohn interroga, viaja, invita a su mesa a militantes de movimientos sociales, los escucha, reflexiona y trata de comprender el gigantesco fracaso de su banco11. De las dudas de “El Pianista” nació un nuevo organismo12: el Departamento Social (“Social Board”) cuyo personal incrementó, y en adelante debe ser imperativamente consultado por todo jefe de proyecto. La función de este departamento es estudiar y evaluar las consecuencias humanas y sociales provocadas por las acciones del BM en cada sociedad: construcción de una autopista, de una represa, rectificación del curso de un río, creación de un puerto, de un complejo industrial, etc.

¿De qué manera afectará a la vida en las poblaciones vecinas la nueva autopista? ¿Qué influencia ejercerá un nuevo complejo industrial sobre el mercado laboral de una región? ¿Qué será de los campesinos expulsados por las expropiaciones de tierras previas a la construcción de una represa? Cultivos extensivos destinados a la exportación requieren la destrucción de miles de hectáreas de bosques: ¿en qué medida el clima de la región se verá afectado? Las cuestiones que analiza el Departamento Social son innumerables. Pero el organismo no tiene ningún poder. Aun en el caso de que sus conclusiones sean totalmente negativas, aun previendo un desastre tras otro, no podrá impedir la construcción del complejo industrial, el talado de los árboles o el cambio de curso del río.

La decisión de los banqueros sigue siendo soberana.

  1. El Banco Mundial comenzó a funcionar en 1946.
  2. Jerry Mander, “Face à la marée montante”, en Edward Goldsmith y Jerry Mander, Le Procès de la mondialisation, Fayard, París, 2001.
  3. Seuil, París, 1996.
  4. Bretton Woods, poblado de New Hampshire, EE. UU., donde en 1944 se reunieron las delegaciones de los aliados occidentales, que instauraron los principios y las instituciones (FMI, BM, etc.) destinados a garantizar la reconstrucción de Europa y un orden económico mundial.
  5. Conjunto de acuerdos informales concluidos a lo largo de los años 1980-1990 entre las principales sociedades transcontinentales, los bancos de Wall Street, el Federal Bank estadounidense y los organismos financieros internacionales, todos bajo la dirección de EE. UU.
  6. Preámbulo de James Wolfensohn, The World Development Report, Oxford University Press, 2001.
  7. La Tribune de Genève, Ginebra, 8-6-00.
  8. Alfredo Sfeir-Younis, La Tribune de Genève, 8-6-00.
  9. Ibid.
  10. Joseph Stiglitz, El malestar en la globalización, Taurus, Buenos Aires, 2002.
  11. Ver particularmente la entrevista de James Wolfensohn, Libération, París, 10-7-00.
  12. Laurence Boisson de Chazournes, “Banque mondiale et développement social”, en Pierre de Senarclens, Maîtriser la mondialisation, Presses de la Fondation nationale des sciences politiques, París, 2001.
Autor/es Jean Ziegler
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 40 - Octubre 2002
Páginas:26,27
Traducción Carlos Alberto Zito
Temas Desarrollo, Deuda Externa, Mundialización (Economía), Neoliberalismo