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El ejemplo Brasil

Que un Partido de los Trabajadores (PT) y un obrero metalúrgico vayan a gobernar Brasil no es la única singularidad de esto extraordinario que acaba de ocurrir. Lo que suscita a la vez tantas esperanzas de un lado y tantos recelos de otro es la envergadura geográfica, demográfica, económica e industrial de Brasil (40% del PBI latinoamericano) y su influencia geopolítica, a la que habrá de agregar desde ahora un efecto de emulación que reforzará el vuelco de la ciudadanía –ya evidente en América Latina– hacia opciones nacional-regionales productivistas con base en el desarrollo de los mercados internos y la recuperación del papel del Estado en áreas clave como fiscalidad, salud, educación, moneda, regulaciones, estrategias de desarrollo, defensa y seguridad.

En el actual contexto regional e internacional esto es no sólo necesario, visto el fracaso estruendoso de las políticas neoliberales y las calamidades económicas y sociales que han provocado, sino perfectamente posible y, de lograrse, revolucionario: un giro de 180 grados desde el desguace de los Estados, bienes y sociedades nacionales por la economía neoliberal hacia políticas nacional-progresistas y de desarrollo e integración regional representa una transformación de gigantescas proporciones y, dadas las fuerzas que se le oponen y su significación internacional, una mutación extraordinaria.

En el nuevo gobierno de Brasil están dadas todas las condiciones para liderar este cambio; al menos para intentarlo con buenas perspectivas. En primer lugar un partido, el PT, con una amplia base obrera industrial, núcleo de una alianza tácita o explícita con sectores de trabajadores y campesinos (estatales, el Movimiento de los “Sin Tierra”, etc.), y confesionales, como las Comunidades de Base de la progresista Iglesia Católica brasileña y, desde que en la primera vuelta electoral se definieron las chances de cada candidato, incluso con las evangélicas1. EL PT, ahora el más grande y votado de los partidos democráticos de izquierda del planeta (ver págs. 4-5), no es además un recienvenido a los asuntos de gobierno: ha adquirido experiencia en la administración de ciudades y gobernaciones importantes, como Brasilia, San Pablo y Río Grande del Sur. Por último, es un partido que ha sabido captar e integrar a los intelectuales progresistas, lo que le ha conferido una base programática sólida y realista, equipos de trabajo, un estilo moderno y eficaz, fluidos contactos con todos los sectores de la sociedad y, en el último tramo, ante la perspectiva del triunfo, una alianza decisiva con el sector industrial de la burguesía brasileña.

A pesar de las furibundas críticas o lógicos recelos que la designación del empresario José Alencar como compañero de fórmula de Lula suscitó en distintos sectores de la izquierda, nada aparece como más lógico y necesario que esta alianza. La historia e importancia del desarrollo industrial brasileño y las dificultades que enfrenta la economía

(ver págs. 6-7) lo convierten en un aliado objetivo, al menos en esta etapa, de un partido de base obrera que se propone consolidar el mercado interno mediante una mejor distribución del ingreso y también desarrollar mercados regionales en los que la industria brasileña tendrá una posición predominante. Como ocurre en todos los demás países de América Latina, ese sector de Brasil necesita precaverse por un lado de la competencia de productos asiáticos elaborados en base a salarios bajísimos (en particular chinos) distribuidos por las multinacionales y, por otro, de los de alta complejidad de los países desarrollados. El neoliberalismo, que básicamente ha consistido en que los países en desarrollo abriesen sus mercados mientras los desarrollados los cerraban con artimañas diversas, amenaza con acabar con las industrias nacionales. Esto puede ser un destino ineluctable para algunos países –como podría ocurrir en Argentina, cuya burguesía no se caracteriza precisamente por su sentido nacional– pero la industria brasileña es demasiado poderosa como para resignarse y sus propietarios lo bastante apegados al terruño como para dar la pelea. Si alguna duda cabe sobre la conciencia acerca de este fenómeno en Brasil, basta observar la oferta electoral y la respuesta ciudadana: el PT y los partidos de Ciro Gomes y Anthony Garotinho, la mayoría de cuyos votantes confluyeron naturalmente hacia Lula en la segunda vuelta, obtuvieron entre todos alrededor del 70% de los sufragios en la primera. En cualquier caso, Lula se impuso finalmente con más del 60%, la victoria más abrumadora de la historia democrática de Brasil.

Las comparaciones de este proceso que se inicia van en dos direcciones opuestas: el socialismo a la chilena de Salvador Allende o los de François Mitterrand y Felipe González en Francia y España. Hay asimismo quienes se preguntan si en Brasil no acabará produciéndose un cisma de clases similar al de la Venezuela de Hugo Chávez (ver pág. 11).

Sobre el primero las diferencias saltan a la vista: ya no hay Guerra Fría ni revoluciones armadas en América Latina (la situación colombiana se parece mucho más a una interminable guerra civil); la adhesión actual a la democracia es mayoritaria y, sobre todo, hay una confluencia de intereses entre sectores nacionales frente al neoliberalismo, inexistente o escasamente perceptible en los años ’70. Las similitudes se refieren al nivel de expectativas de los sectores más postergados, y en este sentido Lula puede verse sometido a más presiones que Allende.

Respecto a las experiencias socialdemócratas de la Europa latina, las diferencias son obvias, pero ahora que acaban de cumplirse 20 años del triunfo del Partido Socialista Obrero Español (PSOE), que gobernó una España relativamente más comparable a Brasil (desarrollo industrial fuerte e inacabado, desigualdades sociales y territoriales, necesidad de modernización, posibilidad de integración regional, consolidación de la democracia), puede decirse que los claros de su gestión son más importantes que los oscuros. Si es cierto que el gobierno del PSOE llevó su afán conciliador a implicarse en asuntos graves de corrupción e incluso en el terrorismo de Estado, la historia retendrá de ese período que España dio un salto importante a la modernidad, la civilidad, el laicismo y niveles de igualdad desconocidos por su sociedad. Quien esto escribe fue muy crítico del PSOE en esos años (y volvería a serlo en las mismas circunstancias), pero una cosa es la crítica de los hechos en el momento en que éstos se producen y otra el balance histórico. Más allá del PSOE y gracias a la madurez y el talante de su sociedad, en un cuarto de siglo desde el final del franquismo España realizó un proceso de transformación industrial, social, político y cultural que a otros países de Europa les llevó una centuria.

El gobierno del PT tendrá que cuidarse mucho de los graves desvíos de los socialistas españoles –inevitables cuando en lugar de intentar transformar la realidad se la asume por completo– pero podrá aprovechar aspectos importantes de la experiencia de la transición, como la significación profunda de los acuerdos de la Moncloa2, un acto de madurez política cuya base material fue el interés de todos los sectores, en particular de la burguesía española, por garantizar el ingreso del país al Mercado Común Europeo. Allí se terminan prácticamente las similitudes, ya que por ejemplo, Brasil no aspira a ingresar con ventaja a mercado común alguno, sino que deberá liderar, en su propio interés, la conformación primero de un Mercosur digno de ese nombre; luego su ampliación a otros países y, desde allí, negociar la integración a un eventual gran mercado americano y sus relaciones con la Unión Europea y otros conglomerados del planeta. No le toca integrarse, sino integrar.

En cuanto a los temores por un desarrollo a la venezolana, es más previsible el proceso inverso: si Chávez resiste las presiones hasta que Lula asuma, la dinámica brasileña tenderá a favorecerlo, y si bien Estados Unidos no verá con buenos ojos ningún tipo de acercamiento, la situación regional e internacional no da para abrir nuevos frentes de conflicto, aunque con la actual administración cualquier irracionalidad es posible.

Respecto a la significación de este vuelco en Brasil para el futuro de América Latina, el efecto emulación podría tender a diluirse en cuanto el gobierno del PT afronte sus primeras dificultades y haga sus primeras concesiones. América Latina no sólo sufre de la cultura política del caudillismo, el populismo y el clientelismo de derechas, sino también del idealismo, el voluntarismo, el infantilismo, el oportunismo, el sectarismo y todos los ismos negativos imaginables en la izquierda. Es cierto que en Ecuador, Bolivia, Paraguay y en casi todos los países se están dando fuertes movimientos sociales y de conciencia política que van en la misma dirección que los de la sociedad brasileña. Pero sólo la persistente evolución del Frente Amplio uruguayo tiene similitudes con la del PT. Ninguna crisis, ninguna sublevación social reemplaza, en el contexto democrático, a la construcción lenta y paciente, al aprendizaje a lo largo del tiempo mediante el ensayo confrontado con la teoría. El vacío político argentino, el desconcierto y la impotencia actual de su izquierda para ofrecer opciones concretas a una situación política y social favorables, constituyen el mejor ejemplo de esto. Quien aspira al poder no sólo debe estar preparado para desplazar a sus rivales; también para ocuparlo.

A partir de enero 2003 Brasil intentará su experiencia y mostrará el camino. Está por verse quién o quiénes estarán en condiciones de sumarse y de ayudar a que esta nueva y sólida esperanza no acabe en el desencanto.

  1. Babette Stern, “Les Eglises évangéliques, nouvelle force politique au Brésil”, Le Monde, París, 23-10-02. Un 15,45% de la población es evangelista. Anthony Garotinho, un líder religioso, obtuvo más de 15 millones de votos en el primer turno para su Partido Socialista Brasileño. Su mujer, Rosinha, fue electa gobernadora de Río de Janeiro. Indicaron votar a Lula para la segunda vuelta, aunque un sector integrista –en particular los que se oponen a la legalización del aborto– habría optado por Serra o la abstención.
  2. Pacto de la Moncloa, firmado el 21-10-1977 entre los sindicatos, la patronal y las fuerzas políticas españolas para garantizar la transición democrática. Los sindicatos aceptaron “moderar” sus reivindicaciones salariales y el gobierno demostró a la burguesía que podía manejar la crisis de transición.
Autor/es Carlos Gabetta
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 41 - Noviembre 2002
Páginas:3
Temas Desarrollo, Mundialización (Economía), Neoliberalismo, Estado (Política), Políticas Locales
Países Brasil