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Ahora sí: pra frente Brasil

La historia del desarrollo industrial brasileño, que fue estimulado incluso por la dictadura militar a partir de 1964 (a diferencia de lo que ocurrió en Argentina), explica entre otros factores la alianza victoriosa en Brasil entre un poderoso partido de base obrera e importantes sectores de la burguesía, para intentar una alternativa al fracasado modelo neoliberal. Las dificultades que enfrentará el nuevo gobierno son, no obstante, muy serias. La intención brasileña de ampliar y profundizar el Mercosur dependerá en buena medida de la actitud de Argentina.

En Brasil parecen avecinarse tiempos de cambios trascendentes para todo el continente, debido al peso de la economía brasileña en la región y al “efecto demostración” que puede ejercer una política alternativa al neoliberalismo.

Dos preguntas surgen de inmediato: en primer lugar, sobre la capacidad efectiva de las nuevas autoridades brasileñas para torcer un rumbo que hoy parece marcado a fuego en Latinoamérica; en segundo término, sobre la posibilidad de que tal giro se derrame en los países vecinos.

Para responder a la primera cuestión resulta de gran utilidad releer la historia brasileña contemporánea, ya que en ella se descubren las potencialidades y las debilidades socioeconómicas del país. La segunda pregunta es más compleja de analizar, porque implica abordar las particularidades de cada sociedad. Para iniciar un cambio de rumbo, la situación brasileña es más propicia que, por ejemplo, la argentina. Es por eso que en Brasil se discuten hoy cosas que en Argentina se consideran tabú. También debe tenerse en cuenta el lugar que ocuparía el Mercosur en una nueva estrategia brasileña, y cómo podría servir para inocular el “bacilo antineoliberal”.

La industrialización brasileña

La industrialización brasileña no comenzó con la crisis mundial de 1930, como ocurrió en los más grandes países de América Latina. Sin embargo, las condiciones para un despegue del sector industrial se identifican con el proceso de sustitución de importaciones, impulsado por el aislamiento económico de las naciones latinoamericanas como consecuencia de la “gran depresión” que afectó a Estados Unidos y otros países centrales en esa época.

Los inicios respondieron a las características tradicionales de la industrialización periférica: se trataba de un proceso que apuntaba a la fabricación de bienes de consumo, especialmente no durables, mientras el sector de bienes de capital se mantenía fuertemente rezagado. Se fue produciendo así la acumulación de capital, mientras se consolidaban las migraciones internas, se incrementaba la oferta de mano de obra y expandía el consumo interno.

Después de 1950, el eje más dinámico se desplazó a la producción de bienes de consumo durables, cuyas ramas de punta pasaron a ser con el tiempo el sector automotor y los electrodomésticos. Diversas firmas extranjeras se incorporaron entonces a la economía brasileña, que adquiría mayor competitividad. El índice de la producción industrial se cuadruplicó entre 1947 y 1962 y luego de un breve período de estancamiento, creció un 60% entre 1966 y 1970 y se duplicó nuevamente entre 1971 y 1980. La economía del país mostró entonces su mejor desempeño, a pesar de que diversos sectores, como la producción de bienes de capital o de insumos intermedios, aún tenían una performance modesta. Ese período, denominado del “milagro brasileño”, mostró una fuerte expansión de la inversión y del empleo, así como altas tasas de crecimiento, que se acercaron al 10% anual y llegaron a un pico del 14% en 1973, elevándose la renta per cápita en el marco de una cierta estabilidad y un aumento de la productividad1.

Sin embargo, no todo era color de rosa. A partir de 1964 Brasil estuvo bajo gobiernos militares que practicaron políticas represivas y de fuerte disciplinamiento social. Dada la existencia de una importante fracción de la población excluida del sistema, la posición del sector obrero fue ambigua. Por una parte, un “ejército de trabajadores de reserva” debilitaba la fuerza del sindicalismo. Pero la necesidad de generar una demanda efectiva creciente para sostener la expansión industrial morigeraba esas condiciones. Tal dicotomía se plasmó en fuertes contrastes. El salario real, por ejemplo, tendió a crecer para algunos sectores, pero a una tasa menor que la de la economía en su conjunto (lo que significó un deterioro de la incidencia de los asalariados en el ingreso nacional) y con altibajos, a causa de las presiones inflacionarias. Las migraciones internas, por su parte, reflejaban crecientes diferencias regionales. Mientras algunas ciudades, como San Pablo, crecían en tamaño, infraestructura y bienestar, otras regiones continuaban sumidas en la pobreza y la marginalidad.

De cualquier modo, el grado de compromiso del Estado con el proceso de industrialización fue mucho mayor que en Argentina, especialmente por su continuidad temporal. Mientras en Argentina no logró plasmarse un curso de largo plazo, en Brasil se advirtió la articulación de un proyecto mucho más sólido, vinculando intereses comprometidos con la industria, en el que participaban la burguesía nacional, las firmas extranjeras y el propio Estado2. Por eso, mientras el PBI industrial de Brasil creció entre 1949 y 1974 un 983,5%, en Argentina sólo se incrementó un 248,8% entre 1948 y 19743.

Es notable la diferencia de performance en la segunda mitad de la década del ’70. En tanto Argentina abandonó su proyecto industrial, se reorientó en base a la teoría de las ventajas comparativas y estimuló la preponderancia del capital financiero, contrayendo su industria en un 3,4% entre 1974 y 1980, Brasil reformuló su estrategia y la actividad manufacturera se elevó en un 7,4%. Después de 1964, la prevalencia del liberalismo como ideología económica (aunque no política), no causó cambios profundos en la política económica, salvo una mayor diversificación de las exportaciones. En verdad, los poderes de regulación del Estado fueron reforzados y a pesar de la ortodoxia liberal, las conducciones económicas aprovecharon e incluso ampliaron los instrumentales intervencionistas heredados del período anterior4.

En ese momento, ambos países enfrentaban una crisis, no sólo por la negativa coyuntura internacional, sino por sus propios cuellos de botella internos. La expansión industrial brasileña había superado la capacidad de compra de la población, mientras las industrias que lideraban el crecimiento encontraban su techo productivo, sin que otras ramas tomaran su lugar5.

Pero Brasil apostó a completar los eslabones de su cadena productiva y recurrió masivamente al endeudamiento externo, aprovechando la generosa oferta de capitales, consecuencia de las turbulencias financieras internacionales. A largo plazo esto traería serios trastornos internos, pero la deuda externa en aquellos años tuvo, al menos, una contrapartida productiva. En Argentina, con una carga similar de deuda, ésta no existió.

Sin embargo, el camino seguido no puso a Brasil al resguardo de las convulsiones. La crisis de la deuda externa, provocada por la “reaganomics” en los ’80 encontró al país fuertemente endeudado, mientras el crecimiento de la productividad se detenía y las tasas de ganancia del sector productivo comenzaban a descender. Poco a poco, la lógica de lo inmediato, la inflación galopante, la especulación, los desequilibrios de balance de pagos y de las cuentas públicas ganaron terreno. La crisis de los ’80 puso en duda el desarrollo hacia adentro y fue especialmente dura. Hubo una declinación del aparato productivo pero, sobre todo, una mucho mayor desigualdad en la distribución de la renta: mientras la participación de los sectores de ingresos más altos crecía, la del 90% más pobre descendió del 53,4% en 1981 al 46,8% en 19896. La huida hacia colocaciones de dinero de corto plazo condujo a una rasante expansión del capital financiero, mientras se estancaba la producción, e incluso se contraía en sectores como el de bienes de capital, reemplazados parcialmente por importaciones7.

Paulatinamente, el neoliberalismo fue ganando terreno. En los ’90 –y sobre todo luego del Plan Real– el norte de la política económica apuntó a la estabilidad monetaria y la liberalización de la economía, perdiendo peso el Estado como institución reguladora. Con todo, como podía esperarse con políticas que desalentaban el empleo y la producción y agudizaban una redistribución fuertemente negativa de los ingresos, el pretendido círculo virtuoso que buscaba una mayor competitividad, un crecimiento de las exportaciones y del producto y una superación de los desequilibrios fiscales y externos no se produjo. Por el contrario, Brasil se encuentra hoy nuevamente en una meseta de estancamiento productivo, pero mucho más endeudado y debilitado, con contrastes sociales y regionales que se fueron ampliando.

Por eso no resulta extraño que por lo menos tres de los cuatro candidatos de la primera vuelta electoral reflejaran un abanico de fuerzas de centroizquierda, aunque integrasen coaliciones con apoyos de sectores de la derecha tradicional. Son emergentes de una sociedad que reclama un cambio profundo de modelo, demanda que intentaron interpretar cada uno a su modo. El mayor –y ahora victorioso– ejemplo, es el Partido de los Trabajadores de Lula (ver págs. anteriores). La constelación de fuerzas que apoyaron al candidato triunfante se ejemplifican en la figura del vicepresidente electo José Alencar, un conocido industrial, lo que muestra la existencia de grupos sociales vinculados a la producción que logran articularse en alianzas para escapar del modelo neoliberal.

Es por todo lo anterior que este fenómeno se produce en Brasil y no en Argentina, donde un cuarto de siglo de política neoliberal, incluyendo una sangrienta dictadura que impuso el modelo a sangre y plomo, desarticularon la trama social tejida en torno al aparato productivo anterior. Las políticas neoliberales también han causado un daño considerable a la economía brasileña, pero no fueron tan radicales: la política cambiaria fue más flexible, la apertura menos radical, las privatizaciones mucho menores y moderadas, las políticas sectoriales no desaparecieron por completo y algunos sectores mantuvieron su carácter estratégico. Tal diferencia es el resultado indudable de una estructura social que aún defiende una perspectiva nacional y que no fue quebrada como en casi todo el resto del continente. No obstante, el peso electoral y los apoyos que obtuvieron Serra y diversas fuerzas de derecha y la campaña mediática contra Lula, que fue muy fuerte, alertan sobre las dificultades que tendrá ese movimiento nacional a la hora de imponer un contramodelo.

¿Un cambio en ciernes?

La plataforma económica de Lula plantea la búsqueda de un círculo virtuoso con ampliación del consumo popular, refuerzo de la inversión e incremento de la productividad, en el que las tres prioridades son el crecimiento del empleo, la generación y redistribución del ingreso y la ampliación de la infraestructura social. La llave del esquema es relanzar el proceso de crecimiento, para lo cual se pretende actuar simultáneamente sobre la demanda y la oferta de productos, estimulando una redistribución progresiva del ingreso y políticas activas para fortalecer al sector industrial.

Hacia esa lógica de largo plazo debería apuntar también el mercado financiero. Para ello, se propone rescatar instituciones crediticias con funciones específicas, como el Banco Nacional de Desenvolvimento Econômico e Social, el Banco do Nordeste y otros, que apunten a financiar actividades de mayor riesgo o de lenta maduración, tal como ocurre en los países capitalistas avanzados. También se busca reconstruir el crédito bancario destinado al sector productivo, por medio de una reducción de las tasas de interés. La política crediticia debería ser acompañada por un crecimiento del ahorro interno.

El programa resulta muy ambicioso, ya que propone un retorno al crecimiento productivo en el marco de una mayor justicia social, reinsertando la discusión sobre problemas que el neoliberalismo había borrado del debate, como el desarrollo económico, el rol del Estado, la regulación de las actividades productivas, el empleo y el mercado interno. Luego de mucho tiempo, vuelve a plantearse para qué le sirve a la gente el sistema capitalista, en lugar de preguntarse cómo sirven los habitantes de un país al capital.

Sin embargo, Lula debe enfrentar un panorama complejo, derivado de las transformaciones operadas en la década del ’90 y de la crisis del modelo neoliberal. En los últimos 10 años, se produjeron reformas significativas, que incluyeron la apertura comercial, por medio de rebajas de aranceles y eliminación de barreras no tarifarias, liberalización de los movimientos de capitales, privatizaciones por un valor de casi 92.000 millones de dólares, reformas en los sistemas de seguridad social y pensiones y una reestructuración del mercado financiero, con fuerte pérdida de participación de la banca pública nacional y regional8.

Tamizado por un programa monetario y cambiario que mantuvo rezagado el valor de las divisas entre 1994 y 1999, el experimento de Cardoso tuvo dos tipos de efectos complementarios en el largo plazo. El primero de ellos fue una pérdida grande de autonomía, derivada de la desregulación y de las privatizaciones. El Estado brasileño tiene hoy menos instrumentos legales y económicos para ejecutar sus políticas, mientras los grandes grupos económicos locales y transnacionales pudieron acrecentar su presencia y su poder. Particularmente nocivo fue el crecimiento de la deuda externa, que agravó los desequilibrios externos y fiscales, obligando a negociar y concertar las políticas internas con organismos financieros internacionales que tienen poco interés en los procesos internos o en la marcha y la solidez productivas.

El segundo efecto de largo plazo se relaciona con la crisis y los problemas macroeconómicos de la política neoliberal. La expansión exportadora, clave para la sustentabilidad del modelo, no se produjo y los sucesivos déficit comerciales forzaron el crecimiento de la deuda. Las restricciones crediticias a partir de 1998 obligaron a modificar la pauta cambiaria con devaluaciones y tipo de cambio flotante. De ese modo, el comercio exterior comenzó a mejorar, pero a costa de una recesión de la que aún no se ha podido salir plenamente. Aunque medida en reales la contracción fue mucho menor que en dólares –ya que la recesión contuvo la inflación– el impacto de los intereses de la deuda en divisas desequilibró el presupuesto. El crecimiento porcentual de la recaudación fue superado por el del gasto, ingresando en el pantanoso terreno del ajuste permanente. Pero lo más grave es el deterioro de las condiciones de producción.

El desempleo se incrementó, en un país que de por sí tiene una porción importante de la población fuera del mercado de trabajo. Mientras tanto, la formación bruta de capital fijo que, según la CEPAL, fue del 23,5% entre 1970 y 1980 y del 17,8 entre 1981 y 1990, descendió al 14,9% entre 1990 y 1994, para recuperarse sólo parcialmente entre 1995 y 1997, alcanzando el 17,1%. Es que el ajuste operó con reestructuraciones que buscaban aumentar la productividad reduciendo mano de obra antes que invirtiendo. El Estado agravó el panorama contrayendo el gasto en investigación y desarrollo.

El estado crítico de la economía brasileña y los cambios en la estructura de poder ocurridos en los últimos años plantean algunas dudas sobre el margen de maniobra del próximo gobierno. No puede ignorarse que el plan tiene un costo fiscal importante, derivado de las inversiones, los subsidios y los gastos sociales. Probablemente, las fuentes crediticias serán poco generosas con el gobierno de Lula. Por lo tanto, un aspecto crucial consistirá en la capacidad de recaudar y reducir otros egresos. Una reforma tributaria progresiva implicará disminuir impuestos que ya se están cobrando, para tratar de aumentar otros de recaudación más incierta. La expansión de algunos gastos, por su parte, debería ser compensada con una menor carga de los intereses de la deuda, lo que supone un acuerdo inicial con los organismos de crédito multilaterales, que intentarán a su vez imponer condiciones que lleven a nuevos ajustes. Una rápida reactivación ayudaría a resolver el dilema, ya que ampliaría la base tributaria y daría un mayor margen de maniobra.

El otro talón de Aquiles de la economía brasileña, el sector externo, presenta menos dificultades, ya que mantiene un fuerte superávit comercial y el perfil de vencimientos de la deuda para el 2003 es menos exigente en comparación con los años previos9. El subsecretario de Asuntos Internacionales del Tesoro de los EE.UU., John Taylor, afirma que la deuda brasileña es sustentable, perspectiva no compartida plenamente por especialistas como el ex economista jefe del FMI Michael Mussa, quien señala que la sustentabilidad depende de que se reduzcan las tasas de interés actuales, del orden del 22%, a niveles entre el 7% y el 8%10. En cualquier caso parece evidente que el elevado endeudamiento supone dificultades en el mediano plazo, cuya gravedad dependerá de las negociaciones con los acreedores, de la posibilidad de una corrida especulativa –que hoy parece lejana, ya que muchos operadores consideran al Lula actual como un político “domesticado”– y de la coyuntura internacional.

Marcada por una severa recesión en los mismos países centrales, la situación internacional deja poco lugar para una expansión del comercio o la recepción de nuevos flujos de capitales, pero podría generar, como en los años ’30, mayores márgenes de maniobra para el mundo periférico. Aunque esta vez no serían los Estados soberanos los que aprovecharían los nuevos niveles de autonomía, sino más bien los bloques económicos regionales, como el Mercosur. Por eso, Lula ha dado en su campaña una clara preferencia a la integración regional, a partir de una sólida alianza con Argentina y la incorporación de otras naciones vecinas, sobre la base de un proyecto productivo común y un avance hacia la definitiva institucionalización del proceso. Esta idea se contrapone a la mera integración comercial de las Américas planteada por EE.UU. a través del ALCA, al que Lula ha calificado, al menos en las actuales condiciones de desigualdad planteadas por las barreras proteccionistas y las ventajas tecnológicas, como una simple anexión.

Las propuestas de Lula, aunque presentan puntos oscuros que se irán desvelando con el ejercicio del poder, muestran un nuevo camino para los países latinoamericanos. No significan el regreso de viejas consignas sino propuestas de cambio en un contexto de tierra arrasada por el neoliberalismo y donde la principal deuda a pagar por nuestros países es la social. En este sentido, Argentina tiene un rol importante a jugar en un futuro inmediato: o sirve de cuña para sabotear el posible camino que emprenda Brasil, retornando a un pasado de ominosa claudicación frente a los poderes mundiales, o contribuye a sostener el viraje brasileño que, al fin de cuentas, redundará en beneficio de su propia sociedad.

  1. Luiz A. Estrella Faría, “Fordismo periférico, fordismo tropical y posfordismo: el camino brasileño de acumulación y crisis”, Ciclos, Nº 10, Bs. As., 1996; Ronald M. Schneider, Brazil. Culture and Politics in a New Industrial Powerhouse, Westview Press, Boulder, Colorado, 1996.
  2. Para un análisis comparado: Mario Rapoport y colaboradores, Historia económica, social y política de la Argentina, 1880-2000, Editorial Macchi, Buenos Aires, 2001.
  3. Para Brasil, ver Instituto Brasileiro de Geografía e Estatística (www.ibge.gov.br); para Argentina, Guillermo Vitelli, Los dos siglos de la Argentina, Prendergast, Buenos Aires, 1999.
  4. Paul Singer, “Interpretação do Brasil: uma experiência histórica de desenvolvimento”, en Historia Geral da Civilização Brasileira, Difel, San Pablo, 1984.
  5. Luis Bresser Pereira, Economía brasileira: Uma introduçao crítica, Editora 34, San Pablo, 1998.
  6. Andreas Novy, A des-ordem da periferia. 500 anos de espaço e poder no Brasil, Vozes, Petrópolis, 2002.
  7. Idem, caps. 4 y 5.
  8. Renato Baumann, “Brasil en los años noventa: Una economía en transición”, en Revista de la CEPAL, Nº 73, Santiago de Chile, abril de 2001.
  9. C. Safatle, “Futuro governo enfrentará mais obstáculos al crescimento”, Valor económico, San Pablo, 7-10-02.
  10. Marcio Aith, “Para EUA, Brasil administra dívida em 2003”, Folha dinheiro, San Pablo, 16-10-02.
Autor/es Andrés Musacchio, Mario Rapoport
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 41 - Noviembre 2002
Páginas:6,7
Temas Desarrollo, Neoliberalismo
Países Brasil