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Recuadros:

Luces y sombras del nuevo Chile

Los objetivos que se impuso el primer gobierno socialista desde Salvador Allende -acabar con la miseria, impulsar un plan de acceso directo a la salud y contar con una economía "desarrollada" para el 2010- tropiezan con la oposición de la derecha política, que ha sabido ganarse el apoyo ideológico de una parte considerable de la sociedad chilena, y con el peligro de contagio de la crisis que afecta a América Latina.

El 21 de mayo de 2002 se abría el año legislativo chileno. De regreso del Viejo Continente, donde acababa de firmar el acuerdo de asociación política y comercial entre Chile y la Unión Europea, Ricardo Lagos, primer presidente socialista desde Salvador Allende, declaró ante el Congreso: “Comparezco hoy ante este honorable Congreso Pleno con el profundo orgullo de ver y sentir cómo los países de Europa nos aceptan como socios respetables, serios y responsables. Chile entra con dignidad por la puerta ancha al mundo del desarrollo. Me pregunto por qué en el mundo hay creciente interés en asociarse a este pequeño país”.

Frente a la profunda crisis que afecta a Latinoamérica, y mientras Santiago se pregunta con inquietud cómo preservarse de ella en caso de que se prolongue, el Presidente estableció ante los parlamentarios las prioridades de la “Agenda País”, que su gobierno de centroizquierda, la Concertación para la Democracia (CPD)1, piensa poner en marcha: acabar con la miseria que afecta al 20% de los 15 millones de habitantes, a través del programa Chile Solidario; impulsar el Plan Auge (plan de acceso directo a la salud); alcanzar el objetivo de una economía “desarrollada” para el 2010, año del bicentenario de la independencia.

Entre las prioridades, Lagos recordó una vez más su voluntad de completar la transición democrática con la reforma de la Constitución de 1980 (heredada de la dictadura), anunciada desde hace más de diez años, pero postergada una y otra vez.

Una política neoliberal “económicamente correcta”, que privilegia los grandes equilibrios macroeconómicos, sumada a su apego histórico a la estabilidad de sus instituciones, hicieron de Chile la excepción económica y política de Latinoamérica. No sólo se convirtió en un mito para los observadores externos, sino también para sus habitantes, que repartidos entre el orgullo nacional y la indiferencia, asisten perplejos a este “milagro económico”.

El mito chileno –jaguar de América Latina– se apoya en un asombroso crecimiento que llegó al 7% anual entre 1990 y 1997. La inflación no supera el 3,6%, el déficit presupuestario el 1%, la deuda externa está bajo control y el crecimiento se mantiene en un 2,2%, el mayor del subcontinente, junto al de Brasil (1,5%)2 . “Ricardo Lagos y su gobierno tienen la intención de llevar adelante una revolución socialdemócrata desde el Tercer Mundo”, subraya Fernando Reyes Matta, uno de los asesores del Presidente. Pero, ¿a qué precio logra el país conservar una economía estable dentro de un contexto regional completamente degradado? Mientras un “riesgo país” bajo lo acredita para las inversiones extranjeras3, el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) lo describe como una nación necesitada de recomponer su identidad, ahora fragmentada y vaciada de toda experiencia colectiva4.

“Chile es un país creíble”, machaca cada vez que puede Heraldo Muñoz, secretario general del gobierno. Sólo que “gobernabilidad y democracia no son la misma cosa”, retruca el sociólogo Tomás Moulian5. “Lo que tenemos hoy en Chile es una democracia gobernable. Ella consolida nuestro modelo económico. Pero si escarbamos en los chilenos constatamos que el miedo no ha desaparecido y que manifiestan un gran cansancio”, subraya. La identidad chilena –la “chilenidad”– se ha vuelto inconsistente6 para los ciudadanos afectados de depresión, estrés, desencanto o… euforia.

“Amnesia colectiva”

Contrariamente a una idea heredada, profundamente anclada y ampliamente difundida por los medios, el éxito económico no es producto de la política de los “años Pinochet”. La presunta buena gestión del dictador, asesorado a partir de 1975 por los “Chicago Boys” made in Estados Unidos provocó una profunda crisis en 1982. Durante los últimos doce años, bajo los gobiernos democráticos de la Concertación, el crecimiento se mantuvo en un 5,8% anual, mientras que durante los 17 años del régimen militar, éste no superó el 2,4%. Las consecuencias de la crisis de 1982 todavía se hacen sentir, cosa que el presidente Lagos debió recordar el 16 de abril pasado, en respuesta a las críticas que caían sobre su gobierno a causa de la baja tasa de crecimiento (comparada con los años inmediatamente precedentes). Confrontado a las presiones del sector patronal y la derecha, siempre listos para evocar el espectro del caos cuando la coyuntura económica se vuelve desfavorable, el Presidente subrayó que quienes lo critican son los que sumergieron al país en una de las mayores depresiones económicas de su historia. “En este país, no se dicen las cosas, o se dicen a medias. Y yo quiero que recuerden que esta crisis le ha costado a Chile 500 millones de dólares por año desde 1982. Y la cuenta no está aún saldada”, subrayó Lagos.

Las amenazas de la derecha y los ámbitos económicos son constantes desde el retorno de la democracia, en 1990. Representaron un verdadero peligro para el primer gobierno de la Concertación, el de Patricio Aylwin. Ante el menor signo de inestabilidad, se sacaba a relucir la posibilidad de un regreso al poder de los militares. Para conjurar esa amenaza, el gobierno de esa época decidió –apelando a una razón de Estado– llevar adelante una política basada en “una justicia en la medida de lo posible” e imponer un consenso socialmente paralizante. Esto permitió garantizar la gobernabilidad del país y proseguir la transición democrática sin los militares. De todos modos, Chile sigue siendo un país dividido, política e ideológicamente, como lo demostraron las elecciones del año 2000. Como candidato de la Concertación, Lagos debió ir a una segunda ronda para ganar tan sólo con el 51% de los votos frente al 48% de Joaquín Lavín –miembro del Opus Dei y actual intendente de Santiago– de la Unión Demócrata Independiente (UDI), partido de la “derecha dura”, que siempre apoyó al general Pinochet.

Según los responsables del gobierno, una sola idea da cohesión a todo el cuerpo social: “El país, para ser país, tiene que abrirse al mundo y jugársela”. Esta es sobre todo la posición de las élites económicas y políticas, que apostaron a la inserción de Chile dentro de la economía globalizada. Su estrategia consigue innegables victorias, pero también presenta puntos débiles no desdeñables. A pesar de una política comercial muy diversificada –con Latinoamérica, la Unión Europea, Asia y Estados Unidos– el país, que depende de sus exportaciones, sigue muy expuesto a las fluctuaciones de la coyuntura mundial. De este modo, inmediatamente después de la crisis asiática, su tasa de desempleo pasó repentinamente de 5,3% en 1997 a 9,8% en 1999. Desde entonces se redujo levemente (9,1% en 2001).

Luego de tres décadas de vertiginosos cambios socioculturales, la sociedad se complejizó y fragilizó más de lo que dejan suponer sus aparentes triunfos económicos. Su modelo obliga a “la gente”, como se llaman los chilenos entre sí, a entrar en la lógica del éxito individual y el crecimiento, a transformarse, bajo esta presión, en adictos al trabajo –aquí se dice “ trabajólicos”– y a vivir muchas veces en contradicción con los propios valores para no quedar fuera del sistema. Más que una idea, lo que comparten es una obsesión. En revancha, la ausencia de un proyecto cultural para el conjunto de la sociedad sí constituye un problema en común.

El histórico vínculo que une al “Chile del éxito” del período post autoritario con el “Chile del pasado”, el de la dictadura, parece haber desaparecido bajo el efecto de una curiosa “amnesia colectiva”7. No obstante, ese vínculo es vital para la reconstrucción de una sociedad que todavía no logró elaborar su duelo. El 4 de julio pasado, cuando el general Pinochet renunció al puesto de senador vitalicio que se había autoconcedido en la Constitución de 1980, los chilenos, entre el alivio debido a su salida de la vida pública y la amargura de constatar que escapaba a la justicia, vieron desaparecer una oportunidad única de realizar un auténtico balance histórico y moral de sus períodos más oscuros. Pero el gobierno prefirió “que el pasado quede en el pasado y los chilenos den definitivamente vuelta la página”, según declaró Heraldo Muñoz ese mismo día. Una vez más, el gobierno prefirió la estabilidad antes que la justicia, por miedo a que el proceso judicial –que sin embargo se había comprometido a llevar a cabo ante la comunidad internacional– exacerbara las tensiones sociales.

En los hechos, se trataba tan sólo de un riesgo hipotético, ya que la opinión pública esperaba ese proceso. Los partidarios del general estaban persuadidos de que demostraría lo bien fundado de su acción y probaría su inocencia; los opositores al régimen militar veían llegar la hora de la justicia y la posibilidad de consolidar las bases reales de la democracia. El proceso nunca tendrá lugar. El procedimiento judicial contra el ex dictador fue definitivamente suspendido a causa de “demencia cerebral moderada”. Esto no le ha impedido redactar su carta de renuncia al Senado y declarar por teléfono al presidente de esta institución, Andrés Zaldivar: “¡Yo no estoy loco!” Una vez más, la democracia y la justicia fueron puestas en ridículo, y el malestar perdura.

Crecimiento por reformas

La brutal transformación de los chilenos de “actores sociales” en “clientes consumidores” tampoco ha sido digerida. Los que quedaron a merced de la competencia económica interiorizaron su impotencia8: “Dado que no podemos cambiar el orden establecido, cada cual se las arregla como puede”, comenta Miguel, pequeño comerciante ambulante que vende teléfonos celulares, alarmas y tarjetas telefónicas en los ómnibus y calles del centro de Santiago.

Entre el éxito de la “Primavera del plebiscito” de 1988, cuando ganó el “No” a Pinochet, y el éxito económico de los años ’90, todo pasó demasiado rápido. “Ibamos a consagrar la Primavera, el ‘Cambio’ (consigna de la campaña a favor del No), y lo que hemos visto y hecho fue la consagración del neoliberalismo”, analiza con ironía un alto funcionario del gobierno, ex dirigente de la Federación de Estudiantes de la Universidad de Chile (FECH) en esa época. “El ‘Cambio’ se nos permutó por años de éxito económico y nada o poco de reestructuraciones constitucionales o sociales. Estábamos cansados, con poco campo de acción, y nos dejamos mecer por el crecimiento”, agrega. Una felicidad tal vez más accesible…

En ese período la derecha, agrupada en la Alianza para Chile (UDI y Renovación Nacional) se adaptó a los nuevos tiempos y consolidó sus posiciones. Supo combinar ideología y clientelismo, militancia y cohesión. Con demagógica habilidad, rescató el tema de sus adversarios, que Lavín transformó en su lema durante la campaña presidencial : “¡Viva el cambio!”. Esta derecha, a la que pertenecen los propietarios de empresas y gran número de militares que retornaron a la vida civil reciclados en el mundo empresarial, se muestra mucho más sólida que los partidos de la Concertación, desunidos y algo desgastados por el ejercicio del poder.

Es así como el 16 de julio pasado, al cabo de dos años de trabajo, el proyecto de ley para crear el Consejo de la Cultura y el Fondo Nacional de Desarrollo Cultural, corazón del programa de la Concertación, fue sometido al voto de la Cámara de Diputados. Por falta de organización, muchos diputados de la Concertación estaban ausentes del hemiciclo en el momento de la votación y, como no hubo quórum, el texto no pudo ser adoptado. Lagos debió lanzar un vigoroso llamado al orden respecto a las responsabilidades que confiere la tarea de gobernar y utilizó la facultad que le otorga el artículo 65 de la Constitución para volver a presentar el proyecto de ley, finalmente votado y aprobado el mes siguiente.

Aunque respondió a las necesidades del primer gobierno democrático, la vía del “consenso”, presentada como indispensable, se convirtió en un obstáculo para la participación ciudadana. De hecho, la transición desmovilizó a las fuerzas sociales que habían encabezado la lucha contra la dictadura. También en este punto, el desencanto y la resignación se adueñaron de no pocos espíritus. Muchos piensan que “Ricardo Lagos, a pesar de su carisma, llegó no sólo en un mal momento económico, sino también demasiado tarde para lograr cambiar la Constitución”, como sostiene Tomás Moulian.

Vaciadas de contenido político, las movilizaciones sociales son presentadas como desórdenes de carácter criminal. En julio de 2002, los estudiantes secundarios pagaron el pato durante una manifestación contra el aumento de las tarifas de los transportes escolares. Si bien ganaron la causa, la prensa escrita, la televisión y ciertas declaraciones gubernamentales pusieron esencialmente el acento en los disturbios y perjuicios al orden público que habían provocado. Los medios prácticamente no dijeron nada sobre la extensa lista de reivindicaciones presentada por los estudiantes cuando fueron invitados por el gobierno a discutirlas en el marco de una Mesa de Diálogo. Del mismo modo, las manifestaciones en las afueras de Santiago que marcaron el 29º aniversario del golpe de Estado contra Salvador Allende, el 11 de septiembre pasado, que dejaron el saldo de 14 carabineros heridos y 505 arrestos, fueron atribuidas por las fuerzas del orden y el gobierno a grupos de jóvenes marginales.

El individualismo competitivo, que reemplazó al concepto del bien común, explica la negativa de los chilenos a pagar impuestos para financiar las escuelas públicas. ¡Prefieren sacrificarse trabajando más y mandar a sus hijos a ruinosas escuelas privadas! Fascinados como están con el éxito individual, hacer esfuerzos para participar en el bienestar de los demás les parece totalmente injustificado. Ya no ven las relaciones de causa a efecto. Y a veces el gobierno tampoco.

Las raíces de la idea de igualdad fueron destruidas por la dictadura, que resquebrajó el imaginario colectivo y su potencial de movilización. En la actualidad, un sector del gobierno, dividido entre liberales y socialdemócratas, también renunció a ella. La sociedad, por su parte, está convencida o resignada a la idea de que la corrección de las desigualdades sociales pasa por el éxito individual y el crecimiento. El periplo de Mauricio, nacido en Valparaíso, es emblemático desde este punto de vista. Su padre, artesano relojero, lo envió a Santiago a estudiar ingeniería. Mauricio declara con orgullo su capacidad de adaptación a todas las dificultades del mercado laboral. “Mi situación es mejor que la de mis padres. Por supuesto, siento cierta inseguridad y angustia ante la posibilidad de perder mi trabajo y no encontrar otro. Pero si me perfecciono, me irá mejor. Además, como todo mi dinero sirve para pagar el seguro médico, la jubilación y los créditos, sin contar que mis hijos todavía no van a la universidad, no tengo más remedio que perfeccionarme y trabajar más que los otros para que la empresa no me eche”.

Según los parámetros del Banco Mundial, la pobreza ha disminuido. Entre 1987 y 1998, la extrema pobreza (menos de 1,5 dólares por día) pasó del 13% al 4% y la pobreza (menos de 3 dólares por día) del 40% al 17%. La ausencia de una política de redistribución de las ganancias y la inexistencia de medidas para combatir la miseria en todas sus dimensiones provocaron sin embargo la consolidación de un determinado tipo de pobreza, la llamada “pobreza dura”.

“Con tanta riqueza a mi alrededor, el mar infinito, el mineral inmenso y lo que cuentan sobre el éxito del país, y no alcanza”, suspira Pedro, habitante del norte del país venido a Santiago, donde no encontró trabajo. “Yo digo: ¿por qué el chileno, yo como chileno, tenemos que pasar hambre?”. El 10% de los hogares más ricos se reparten el 41% de las ganancias mientras el 20% de los más pobres reciben tan sólo el 3,7%9 (ver “El mapa…”, pág. 9). Existen, por cierto, ayudas y muchos programas de asistencia, pero hasta el momento sus efectos son sólo paliativos que no permiten una reinserción duradera.

Todo parece indicar, no obstante, que el programa Chile Solidario goza por su parte de la confianza de todos los organismos y trabajadores sociales comprometidos con la lucha contra la pobreza. Tanto los sociólogos del Centro de Estudios Sociales Sur, del Ministerio de Planificación, como los del Programa Pobreza Urbana (PPU) le dan su apoyo. Un seguimiento directo de cada beneficiario debe permitir un tratamiento integral: problemas de readaptación, alcoholismo, depresión, aislamiento o carencia de formación. El objetivo es crear un sistema de protección completo destinado a las 226.000 familias más pobres del país.

“La pobreza o la indigencia si no ha aumentado se ha endurecido. Es la pobreza que permanece, pero que no es visible”, comenta Fernando Munita, antropólogo y co-director del PPU. “Desde el exterior, se ve la estructura, una casita, pero adentro uno encuentra todos los problemas ligados a la miseria. El aspecto positivo de Chile Solidario es que intenta tratar no sólo el problema del trabajo sino también la situación en su totalidad. Siendo así, yo creo que los recursos asignados al programa no van a alcanzar”.

En una América Latina cuya crisis lo amenaza ya en forma directa, Chile difícilmente siga siendo un islote de estabilidad sin las reformas sociales que puedan poner freno a la fragmentación social. Para reinventarse un futuro, los chilenos anhelan salir de ese falso “consenso”, que ya no responde a sus grandes expectativas de cambio.

  1. Partido Demócrata Cristiano (PDC), Partido Socialista (PS), Partido para la Democracia (PPD) y Partido Radical Social-Demócrata (PRSD).
  2. “Country Report, Chile”, The Economist Intelligence Unit, Londres, julio de 2002.
  3. The Economist Intelligence Unit (www.eiu.com), Nueva York, octubre de 2002.
  4. “Desarrollo humano en Chile. 2002. Nosotros los chilenos: un desafío cultural”, Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), Santiago, 2002.
  5. Tomás Moulian, Chile Actual: anatomía de un mito, Arics-Lom, Chile, 1997.
  6. “Lo chileno, una herencia cuestionada”, PNUD, 2002, op.cit. El informe distingue tres tipos de enfoques dentro de la población. El chileno orgulloso (32%) cree que existe gracias a su historia y sus costumbres: personas de 55 años. El chileno inseguro (38%), no sabe cómo definirse ni a qué historia referirse, está desconcertado y decepcionado: fundamentalmente, la clase media. El chileno incómodo (30%) cree que no se puede hablar de “chilenidad”; no se siente beneficiario del Chile actual y su imagen de la chilenidad se relaciona más con ciertos personajes que con una historia o determinadas instituciones: los estratos económicos inferiores.
  7. Patrick Zachmann, Chili: les routes de la mémoire, MARVAL , París, 2002.
  8. Denominada por los trabajadores sociales “desesperanza aprehendida”, que significa una cierta decepción, renuncia y aceptación: en una palabra, desaliento.
  9. FMI, Washington, agosto de 2002.

El mapa latinoamericano de la desigualdad

Burgo, Ezequiel

Las variaciones en el producto por habitante entre las distintas regiones del mundo están explicadas por una masiva concentración de la industria manufacturera en los principales ejes del capitalismo mundial y por el constante crecimiento demográfico. Mientras la participación de Asia en la producción mundial (con la excepción de Japón) pasó del 15 al 30% desde 1973 hasta la actualidad, la contribución de América Latina a la economía global quedó estancada desde entonces en un 8%1.

La desigualdad no es un fenómeno que se divisa sólo a nivel interregional. Lo mismo ocurre dentro de los países de América Latina. En la actualidad el 40% de los hogares recibe un ingreso igual al 15% de los recursos totales, lo que apunta América Latina como la región más desigual del mundo2.

En Argentina el 20% más rico, es decir 5 millones de sus habitantes, se apropian del 53% del total del ingreso nacional mientras las restantes 31 millones de personas se distribuyen el 47% que queda3.

En países como Bolivia, Brasil y Nicaragua, los ingresos del quintil más rico de la población (el 20% de los hogares) son 30 veces superiores a los del quintil más pobre, cuando el promedio regional es 20 veces4. Brasil presenta el nivel de concentración de riqueza más extraordinario de la región. En ese país el coeficiente de Gini (índice que se utiliza para medir el grado de desigualdad; cerca de 0 significa poca inequidad y cerca de 1 alta concentración) llega al 0,65. Bolivia, Nicaragua, Guatemala, Colombia, Paraguay, Chile, Panamá y Honduras también registran números significativos, entre 0,55 y 0,60. La distribución del ingreso es más atenuada en países como Argentina, México, Ecuador, El Salvador, República Dominicana y Venezuela cuyos coeficientes rondan 0,50. Uruguay y Costa Rica presentan el panorama de mayor equidad en la región con un coeficiente de 0,48.

Los únicos países que pudieron cerrar la brecha en la región en el término de la década pasada fueron Colombia, Paraguay y Uruguay.

En Argentina todos los estratos de la población, salvo el alto, perdieron participación relativa en la distribución del ingreso desde 1975 hasta mediados de 2002. Cada uno de los 31 millones de argentinos integrantes de los segmentos bajos y medios transfirieron en promedio 250 dólares por año –a valores de mayo de 2002– a los cinco millones del estrato más alto y, en especial, a los 2,3 millones de la cima de la pirámide5. Una transferencia por habitante anual que representa a valores del año 2000 el 9,5% del PIB.

A mediados de la década del ’70 siete de cada diez habitantes en Argentina residían en hogares de ingresos medios, mientras que a fines de 2002 se calcula que serán cuatro entre diez las personas que integren la franja de ingresos medios6.

De acuerdo al Banco Mundial (BM), el incremento en la desigualdad no representa problema alguno si los ingresos de los sectores más bajos no caen y el número de personas pobres no aumenta7. El cálculo que tiene en mente el organismo es que por cada punto de suba en el PIB de América Latina en los ’90 se logró reducir la pobreza en un 1,20% al disminuir del 49% al 44% de la población8.

El BM especula con la posibilidad de que América Latina crezca a un ritmo constante del 4% durante los próximos 10 años y disminuya así los valores de pobreza a guarismos muy por debajo de los actuales. Si la región llegara a presentar tal comportamiento, el 35% de los países reduciría los niveles de necesidades básicas insatisfechas a la mitad para el año 2015. Pero es el mismo BM quien tilda de “poco probable” semejante panorama9.

Según el Banco Interamericano de Desarrollo (BID), los niveles de pobreza en América Latina están íntimamente ligados a los ciclos económicos, aunque admite también que la pauperización de la población se eleva más en los años difíciles que lo que baja en los años de bonanza10.

En América Latina 150 millones de personas viven con menos de dos dólares por día11. Pero por otro lado existen alrededor de 300 mil personas que poseen más de un millón de dólares en activos financieros, lo que representa un 12% más que en el 200012. Mientras la riqueza de estos millonarios aumentó a escala global a un promedio del 3% durante 2001, en América Latina la tasa de crecimiento de ese sector fue la más alta del mundo: un 8%13.

Actualmente existen 24 multimillonarios en toda la región, con un patrimonio total que alcanza los 25.000 millones de dólares. México es el país con más multimillonarios de América Latina: 12 individuos. En Argentina había 4 personas con semejante riqueza hasta el pasado enero, cuando como resultado de la devaluación Gregorio Perez Companc se convirtió en el único multimillonario del país, aunque pasó del puesto 69 en 1996 al 445 entre los hombres más ricos del mundo14.

La estructura del mercado laboral ayuda a explicar el persistente deterioro en la distribución del ingreso en América Latina. El desempleo en los ‘80 y la creciente disparidad en los ingresos entre obreros y personal calificado durante los ’90 son las principales causas. En Argentina, por ejemplo, mientras la demanda de trabajo no calificado cayó un 25% durante la última década la necesidad de mano de obra calificada con estudios universitarios completos creció un 50%15.

El BID cree que la desigualdad en América Latina es consecuencia también de la exclusión social que viven hoy las clases indígenas y afrodescendientes, 40% de la población total de la región. En Brasil, Perú, Bolivia y Guatemala estos grupos étnicos representan la mayor parte de los habitantes y el 60% de los pobres. La economía de Bolivia se expandiría un 37%, Brasil un 13%, Guatemala un 14% y Perú un 4% si se eliminaran actitudes de discriminación para con estas comunidades en el ámbito laboral16.

El Fondo Monetario Internacional (FMI) encendió una alerta en su último informe al decir que la región afronta riesgos latentes en el corto plazo17. Argentina es un ejemplo de tales riesgos. A partir del año 1993 los indicadores de distribución y pobreza empeoraron sin pausa hasta alcanzar valores máximos históricos de 26 veces en el año 2000 cuando en el mismo lapso la tasa de delito pasó del 20 por mil al 70 por mil, creciendo un 250% en siete años18. Asimismo se observa que el delito contra la propiedad no sólo es el que más creció en los últimos 15 años sino que además es el de mayor participación relativa (71%) en la estructura actual del delito en Argentina.

  1. CEPAL, “Panorama Social América Latina 2000-2002”, Santiago de Chile, 2002.
  2. Ibid.
  3. Consultora Equis, “El ajuste infinito”, abril de 2002
  4. CEPAL, “Panorama Social América Latina 2000-2002”, Buenos Aires, 2002.
  5. Consultora Equis, “La transferencia de ingresos durante la etapa de valorización financiera”, Buenos Aires, septiembre de 2002.
  6. Ibid.
  7. Banco Mundial, World Development Report, 2000. The Economist, Londres, abril de 2001.
  8. CEPAL, “Panorama Social América Latina 2000-2002”, Santiago de Chile, 2002.
  9. Banco Mundial, “En Breve”, septiembre de 2002, N° 8.
  10. Banco Interamericano de Desarrollo, “El Banco Interamericano de Desarrollo y la versión de la pobreza” (versión revisada) por Ruthanne Deutsch, abril de 2002.
  11. Ibid
  12. Merrill Lynch/Cap Gemini Ernst & Young, “World Wealth Report 2002”.
  13. Ibid.
  14. Forbes, “World’s Richest People 2002”, Nueva York.
  15. Oscar Altimir y Luis Beccaria, “El persistente deterioro de la distribución del ingreso en Argentina”, Desarrollo Económico 2001, N° 160, Buenos Aires.
  16. Banco Interamericano de Desarrollo, “Sobre la exclusión social: declaración de misión”, 2002.
  17. Fondo Monetario Internacional, World Economic Outlook 2002.
  18. Consultora Equis, “Delito, pobreza e inequidad distributiva en la zona metropolitana”, Buenos Aires, julio de 2002.


Autor/es Nira Reyes Morales
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 41 - Noviembre 2002
Páginas:8,10
Temas Desarrollo, Neoliberalismo, Movimientos Sociales, Políticas Locales
Países Chile