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Una crisis bursátil que viene de lejos

El estallido de la burbuja financiera, que se traduce en la desaceleración del crecimiento de las principales economías en el curso de 2002, remonta sus raíces al Consenso de Washington. Son sus contradicciones internas las que vuelven al capitalismo financiero incapaz de regular las economías actuales; pero si no se le opone una alternativa, el capitalismo puede volver a dar pruebas de su esencial capacidad de regeneración.

¡Todo había comenzado tan bien! Estábamos en los umbrales de los años ’80 y otro mundo cobraba vida. Ronald Reagan y Margaret Thatcher, aplicando los diez mandamientos del “Consenso de Washington”1, habían conducido a sus pueblos a las puertas de la tierra prometida. Los profetas se alegraban: para el viejo Friedrich Hayek, el fracaso del Estado cortaría para siempre “el camino de la servidumbre”2. Según Milton Friedman, la libre circulación de los capitales asociada a la fluctuación del cambio, aseguraría la estabilidad de las economías. Y para Francis Fukuyama, el fin de la historia humana daba lugar al “reinado del cálculo económico (y) de la búsqueda infinita de soluciones técnicas”. La felicidad3.

Comenzaba un nuevo “círculo virtuoso”: las familias poseían un patrimonio de acciones cuya cotización bursátil aumentaba al ritmo de las esperanzas depositadas en el futuro de las nuevas tecnologías, provocando un “efecto de riqueza” que fomentaría el consumo familiar, el cual estimularía la actividad económica, que haría a su vez subir la cotización de las acciones, lo que estimularía la demanda, etc. E incluso, antes que éstas obtuvieran su primer dólar de ganancia, empresas como Amazon o AOL veían sus cotizaciones bursátiles ubicadas por encima de las de Texaco o General Motors…

Sin embargo, a fuerza de estar inflados, los globos terminan siempre por explotar, revelando su contenido de puro aire. Los primeros cracks bursátiles se produjeron en el sector de las nuevas tecnologías: desde marzo de 2000 a marzo de 2001, el NASDAQ perdía el 62% de su valor. Luego, la ruptura se extendía a los valores tradicionales: en dos años (entre marzo de 2000 y marzo de 2002), el SP500, índice de los 500 valores estadounidenses más fuertes en Wall Street, había caído el 50%, mientras que el CAC 40 en París y el Eurostoxx de los 50 principales valores europeos disminuían el 30% uno y otro.

Pero la economía real parecía resistir. A pesar de la disminución de los patrimonios bursátiles, el consumo y la inversión se mantenían. Muy pronto, luego de los atentados del 11 de septiembre, el aparato productivo estadounidense daba muestras de una capacidad de reacción asombrosa: para sorpresa general, el último trimestre de 2001 registraba una suba de 1,4% del Producto Bruto Interno (PBI), a un ritmo anual. A partir de enero de 2002, el desempleo comenzaba a disminuir y los salarios empezaban a aumentar. El 7 de marzo pasado, menos de tres meses después de la estrepitosa quiebra del corredor de energía Enron, el presidente de la Reserva Federal, Alan Greenspan, quien aún podía hacer alarde de su optimismo, señalaba: “Empezó la expansión”. Se sabe, desde entonces, que la realidad era menos auspiciosa. Según el Departamento de Comercio, el PBI de Estados Unidos sólo creció el 0,3% en 2001, en lugar del 1,2% anunciado. La disminución es igualmente notoria para 2002.

Un momento crucial

Sucede que la onda expansiva se propagó hacia otras empresas, especialmente la auditora Andersen –cómplice de Enron–, el grupo Xerox, la corporación Tyco, el gigante de las telecomunicaciones Worldcom, Merryl Lynch –el primer banco de corretaje del mundo comprometido con Enron–, Vivendi Universal en Francia… Estos asuntos revelaron oscuras prácticas: contabilidades fraudulentas, complicidades, fusiones delirantes, remuneraciones desproporcionadas de los directivos, stock options4, realizadas justo antes de que la caída de las cotizaciones devorara el ahorro salarial de los empleados; relaciones turbias con el poder, en las que empresas como Enron contribuyeron a financiar la campaña electoral de George W. Bush. Una desviación total de las reglas de transparencia y de integridad que supuestamente aseguran la credibilidad de los mercados financieros. Cuando el presidente Bush y su vicepresidente Richard Cheney se esforzaban por tranquilizar a la opinión pública, algunos malintencionados les respondían que estaban condenando ahora lo que ellos mismos habían practicado ayer en el marco de la Harken Energy Corporation o de Halliburton5.

La confianza se había visto afectada. Un momento crucial: “La falsificación y el fraude –declaraba Greenspan– destruyen el capitalismo y la libertad de mercado, y más allá de eso los cimientos de nuestra sociedad”6. Efectivamente, en julio de 2002 el índice de confianza de los consumidores publicado por el Instituto de Coyuntura Conference Board marcaba una caída de 9,2%; en cuanto a la inversión –tal como lo señalaba un reconocido especialista– “la confianza de la gente en los mercados bursátiles ha sido quebrantada. Llevará algunos años recuperarla”7. Se trata de un vaivén. De la economía real, la crisis se extiende a los valores bursátiles para trasladarse nuevamente, mediante la erosión de los patrimonios y de los mercados de acciones, a la economía real, cuya depresión salpica a los valores bursátiles, etc… El crecimiento, tanto en Estados Unidos como en Europa, se revisa a la baja, los despidos se multiplican y la desviación de los mercados bursátiles continúa entre sobresaltos.

Como es preciso que todo se tranquilice tranquilizándose uno mismo, las autoridades denuncian, en primer lugar, aquello que no pone en tela de juicio la lógica del sistema:

las tasas de interés: demasiado bajas en Estados Unidos donde, luego de once bajas consecutivas, la Reserva Federal renunció a todo margen de maniobra adicional; demasiado altas en Europa, donde el Banco Central, obsesionado por su misión de luchar contra la inflación, descuida el crecimiento;

los malos hábitos de los empresarios responsables de malversaciones: “Si solucionamos el problema de los empresarios –sostiene Greenspan– los demás problemas desaparecerán”8. Y el presidente de Estados Unidos anuncia “una nueva ética que aumentará la confianza de los inversores, hará que los asalariados estén orgullosos de sus empresas y devolverá la confianza al pueblo estadounidense”9. Algunos escépticos incorregibles se ríen sarcásticamente. Vaya uno a saber por qué…

las disfunciones del sistema: falta de transparencia de los mercados financieros, dependencia de los miembros de los directorios con respecto a las actividades que supervisan, multiplicidad de sistemas contables, estrechos vínculos entre los estudios de analistas o auditorías y las empresas que supuestamente controlan, debilidad de las autoridades bursátiles de control (la SEC en Estados Unidos o la COB en Francia)…

Eliminando algunas ovejas negras, ajustando algunas clavijas… la cuestión estará resuelta.

Sin embargo, esta evolución registrada despierta mayor curiosidad. En primer lugar, lleva a preguntarse si la corrupción y el fraude, muy rápidamente denunciados como disfunciones, no son más bien la consecuencia normal de un sistema donde el dinero se convierte en el valor supremo. ¿No es la avidez de resultados de las instituciones financieras (el 15 % de rendimiento de los capitales propios) lo que incita a las empresas a favorecer el “crecimiento externo” a través de estas fusiones gigantescas, a menudo malogradas? ¿No es porque el refinanciamiento de las empresas está atado a la evolución de sus cotizaciones bursátiles, subordinada a su vez a sus resultados en el corto plazo, que se falsifican las contabilidades? ¿La importancia desmedida adquirida por los stock options en las remuneraciones de los directivos no constituye, para algunos, una razón más para sucumbir a la tentación de las falsificaciones que inflan sus patrimonios personales?

En segundo lugar, muestra contradicciones en el seno mismo de los mecanismos de la expansión. Sin duda alguna, esa expansión descansa en la base sólida de un avance considerable de Estados Unidos en el campo de las tecnologías de lo inmaterial. Pero la amplificación delirante de la que son objeto los valores tecnológicos es ante todo el fruto de una liberalización extrema, que da rienda suelta a los movimientos especulativos. Cuando la burbuja se infla, las empresas toman préstamos para invertir, y cuando explota, quedan las deudas, que nada tienen de virtual.

No es sano que las empresas sean inducidas a comprar sus propias acciones para mantener sus cotizaciones. Y el endeudamiento de las familias, que sostienen el consumo, no puede continuar indefinidamente. André Gorz demuestra que aun cuando la tasa de endeudamiento de las familias estadounidenses disminuyera de 4% a 2,5% anual, el servicio de la deuda de los particulares absorbería, en 2004, el 25% de sus ingresos disponibles10. A esto se suma la amenaza de una crisis de los fondos estadounidenses de jubilación de prestaciones definidas, cuyos activos han desaparecido con la crisis bursátil.

Si Estados Unidos se encuentra en condiciones de aumentar sus inversiones sin restringir el consumo, es a costa de un fuerte endeudamiento externo, del orden de 400.000 millones de dólares anuales. Este endeudamiento genera una “extracción” de capitales nefasta para el crecimiento de otras naciones, y finalmente hace al propio país deudor vulnerable respecto de sus acreedores.

Por último, contrariamente a todo prejuicio, ¿no es el capitalismo accionarial fundamentalmente inadecuado para los imperativos de la mutación tecnológica contemporánea? Los medios de comunicación convierten al mundo en una unidad organizada en redes, vivida en tiempo real y dominada por la interdependencia. Las cuestiones que se le plantean a la economía implican una apertura a muy largo plazo respecto de la biosfera (ritmos de reconstitución de los bienes renovables, biodiversidad, efecto invernadero…); una apertura respecto de los valores humanos, en reemplazo del exclusivo rendimiento del aparato productivo.

A estos desafíos, el sistema responde replegándose estrechamente en la única lógica del instrumento financiero. Entonces, el muy largo plazo se transforma en “los próximos diez minutos”, tal como lo señalaba James Tobin, un financista que creía dar muestras de su realismo11. Y el aparato económico se preocupa prioritariamente por generar renta, aunque sea a costa de la desertificación de los territorios, la degradación de la naturaleza, la destrucción de las riquezas y la miseria de los hombres.

Joseph Stiglitz12 demuestra cómo el propio FMI, verdadero “bombero pirómano”, al imponer una lógica exclusivamente financiera a los países más pobres, origina los problemas que según su misión debe combatir. En todas partes, cuando la crisis amenaza y la economía real necesita liquidez, el FMI impone las restricciones que sumen a los pueblos en el desamparo… pero que aseguran el reembolso de sus créditos. Así, sacrificando las inversiones básicas de rendimiento diferido (infraestructuras económicas, educación, salud…), indispensables para todo impulso económico, y con el fin de liberar los excedentes presupuestarios indispensables para el reembolso de las deudas, los planes de ajuste estructurales (PAS) estrangulan a quienes pretenden socorrer… De esto, Argentina sabe bastante.

La incapacidad del sistema para regular las economías modernas proviene de estas contradicciones fundamentales. Si bien no se trata de “la gran noche”, tampoco se trata de un simple obstáculo en el camino. Los atentados del 11 de septiembre de 2001 no fueron una causa central de la crisis, sino que marginalmente actuaron como aceleradores y reveladores de las contradicciones que ya operaban en el sistema. Es este último el que está en crisis.

Las invocaciones, los falsos pretextos y los remiendos nada podrán hacer al respecto. Pero no nos engañemos: la característica primordial del capitalismo –en razón del lugar que deja a la multiplicidad de iniciativas individuales– es su capacidad de utilizar las crisis para regenerarse renovándose. La verdadera salida del capitalismo “accionarial” no caerá del cielo. Supone una acción deliberada con vistas a quitarles el poder a las potencias financieras y así transformar la lógica del sistema.

  1. Las diez “recomendaciones” impuestas por el FMI y el Banco Mundial a los países pobres. Moisès Naim, “Avatars du Consensus de Washington”, Le Monde diplomatique, París, marzo de 2000.
  2. Friedrich Hayek, La route de la servitude, Médicis, París, 1946.
  3. Francis Fukuyama, El fin de la historia y el último hombre, Planeta, Barcelona, 1992.
  4. Acciones especiales dadas a los más altos directivos de una empresa, que les permitían obtener importantes ganancias exentas de impuestos.
  5. Dos sociedades acusadas de falsificación de cuentas y de sospechosas ventas de acciones.
  6. Declaración ante la Comisión Bancaria del Senado estadounidense, 16-7-02.
  7. Jeff Knight, responsable de inversiones de Putnam Investment, Le Monde, París, 24-07-02.
  8. Discurso ante la Comisión Bancaria del Senado, op. cit.
  9. Discurso del 9-7-02 en Wall Street.
  10. André Gorz, “Etats-Unis: chronique d’une crise annoncée”, Transversales, Nº 65, septiembre de 2000, París.
  11. Ibrahim Warde, “Le projet de taxe Tobin, bête noire des spéculateurs”, Le Monde diplomatique, París, febrero de 1997.
  12. Joseph Stiglitz, El malestar en la globalización, Taurus, Buenos Aires, julio de 2002.
Autor/es René Passet
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 41 - Noviembre 2002
Páginas:14,15
Traducción Gustavo Recalde
Temas Desarrollo, Neoliberalismo, Nueva Economía