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El eterno retorno de los militares franceses a ÁfricaLa intervención de militares franceses en la crisis que estalló en Costa de Marfil en septiembre pasado, ilustra la nueva doctrina militar francesa en África y sus deficiencias: en nombre de una operación humanitaria, la misión se convirtió en apoyo al ejército marfileño contra los rebeldes, esto es, una operación semejante a las tradicionales intervenciones de la ex metrópoli en sus ex colonias.Desde el fiasco político-humanitario sobre un telón de fondo de genocidio en Ruanda, en 1994, Francia se negó a emprender acciones militares en el continente africano. Su intervención se redujo a acciones de cooperación o apoyo a fuerzas de paz de la región, o a la puntual evacuación de ciudadanos franceses, como lo hizo en 1997, en una y otra orilla del río Zaire, cuando los rebeldes tomaron Kinshasa, y luego durante la guerra civil en Brazzaville. En 1997, el primer ministro Lionel Jospin resumió en la fórmula: “Ni injerencia, ni indiferencia”1 esta nueva postura de una ex potencia colonial que se distinguió por ser la única en conservar bases militares en el continente. Provocando un verdadero “sismo en el patio trasero”2, el gobierno socialista –a pesar del deseo manifestado por el presidente Jacques Chirac– se había negado en especial a enviar tropas a Costa de Marfil durante el “golpe de Navidad” de 1999, que había derrocado al presidente Henri Konan Bédié. Los “dinosaurios” –inamovibles jefes de Estado del “pantano” francófono– no habían comprendido estas vacilaciones, como tampoco ciertos responsables militares franceses, uno de los cuales afirmó : “En nombre de la seguridad de los ciudadanos franceses, deberíamos haber restablecido el orden y restituido a Bédié”3. En Costa de Marfil, el 23 de septiembre de 2002, el coronel Charles de Kersabiec, comandante del 43º Batallón de Infantería de Marina, que acababa de realizar maniobras en el aeropuerto de Yamoussoukro, confirmaba que los militares franceses no querían involucrarse en una crisis “100% marfil-marfileña”. No obstante, una semana después, luego de la evacuación de 2.100 ciudadanos extranjeros (principalmente franceses y estadounidenses) de Bouaké, segunda ciudad del país tomada por los motines, el contingente militar francés no se replegó, sino que mantuvo la ocupación de Yamoussoukro, la capital política, y sus accesos. Atrapados de hecho entre dos fuegos, los militares franceses recibieron invectivas simultáneas de los “patriotas” de Abiyán y de los rebeldes de Bouaké. A principios de octubre, un coronel francés presente en el lugar admitía : “Si los rebeldes invaden, los bloqueo”. Mientras al mismo tiempo, del lado opuesto, uno de los jefes de los motines manifestaba su irritación : “Francia nos crea demasiados problemas. Sirve de escudo. Nos impide avanzar. Si no fuera por los franceses, ya estaríamos en Abiyán”4. A un “levantamiento sin rostro”5, acompañado por una clásica operación de evacuación, había sucedido en efecto, como quien no quiere la cosa, una intervención militar de interposición que involucró a un millar de paracaidistas, soldados de Infantería de Marina y legionarios franceses. El objetivo oficial de la misión era evitar un enfrentamiento hasta que, bajo la égida de la Comunidad Económica de los Estados de África Occidental (Cedeao), se estableciera una problemática fuerza de paz de esa región. Pero, dado que ese nuevo avatar que es el Ecomog6 no ve la luz del día, parece más creíble que el objetivo sea proteger Abiyán, así como las regiones del sur y los centros “útiles” del país, disuadir a los rebeldes de avanzar, “congelar” el frente para dar tiempo al desintegrado ejército marfileño a recomponerse. Con el asumido riesgo de consagrar, al menos provisoriamente, una partición de hecho del país (véase el artículo de Tiemoko Coulibaly, pág. 28). La alteración de las misiones asignadas a la operación “Licorne” demostró una vez más lo tenue que es la frontera entre una operación “humanitaria” y una acción cuya naturaleza es dar apoyo in situ a una u otra de las partes. Hasta mediados de los años ’90 y la calamitosa expedición a Ruanda, las intervenciones militares de emergencia en lo que fue el patio trasero francófono, habían desembocado las más de las veces en acciones favorables a regímenes aliados, en condiciones a veces discutibles: la brutal “limpieza” de la comarca bamileké en Camerún, a principios de los años ’60; las reiteradas intervenciones en Chad para contener las ofensivas de los rebeldes del norte; los sucesivos lanzamientos de paracaidistas en las provincias mineras del ex Zaire, en los años ’70; la intervención en Gabón en 19907; el apoyo a los mercenarios pro-franceses en Angola, Guinea, Benin, Comores. El ejército francés intervenía en el marco de determinados acuerdos de defensa firmados con siete Estados, y de cooperación militar firmados con veinticinco países, y gracias a una red de fuerzas militares previamente estacionadas en cuatro bases (ver mapa) así como a permanentes intercambios con los ejércitos locales (unas quince maniobras de entrenamiento y 250 escalas de navíos de la marina nacional por año). “Cooperación logística”Una vez más, y en respuesta a una insistente solicitud del gobierno de Abiyán, finalmente París –negándose a aplicar el tradicional acuerdo de defensa franco-marfileño, que sólo puede aplicarse en caso de “agresión externa”8– se decidió a dar al ejército regular, a título de cooperación militar “normal”, un apoyo en materia de transmisiones, transporte y abastecimiento, a riesgo de involucrarse aún más en el conflicto. Ese apoyo “logístico”, en apariencia limitado, y acordado además al cabo de diez días y luego de múltiples vacilaciones, contribuyó a devolver al Estado Mayor marfileño una apariencia de moral y eficacia. “Francia no nos abandona”, llegó a comentar el ministro de Defensa marfileño, días antes de ser destituido. “París elige a Gbagbo”, concluyeron la mayoría de los órganos de prensa. Más aun, después de acordar un cese de fuego el 17 de octubre de 2002, y a partir de una solicitud formulada por el Presidente marfileño, se adjudicó a la fuerza francesa que había trasladado y velado por la seguridad de varios diplomáticos y oficiales africanos del “grupo de contacto” de la Cedeao, la misión oficial de controlar temporariamente la aplicación del acuerdo. Y de garantizar, de hecho, la “interposición” que siempre se había prohibido entre un ejército marfileño decidido a permanecer en pie de guerra (“Nuestras fuerzas del orden deben consolidarse de todos modos”) y un movimiento de rebeldes que se negaba a entregar las armas (“Nunca tuvimos confianza en Gbagbo”)9. Desde el punto de vista de los franceses, la intervención se impuso por varios factores: la perspectiva de una implosión de la antigua “vitrina” francófona de África Occidental (que tendría repercusiones inmediatas en la estabilidad regional); la presión que constituye la presencia de las fuerzas especiales estadounidenses (enviadas a la región por primera vez, signo de que ya no existe una confianza total en Francia); la entrada al ruedo de los ejércitos de Nigeria e incluso de Angola; la profusión de comerciantes de armas, mercenarios, agentes secretos, ex milicianos sobrevivientes de las guerras civiles liberiana y sierra-leonesa; y la preocupación por enviar una señal tranquilizadora al conjunto de los regímenes “amigos” del continente. Sin embargo, una diplomacia más intervencionista en el continente deberá tener en cuenta que las opiniones públicas locales toleran cada vez menos ese tipo de intrusiones militares extranjeras. Y que los mismos militares franceses ya no tienen la “cultura africana” que hacía su fuerza: la mayor parte de los soldados previamente estacionados en el continente negro forman parte de “compañías itinerantes” de regimientos con base en Francia, que se relevan cada cuatro meses y permanecen recluidos en los cuarteles; la oficialidad, ocupada estos últimos años en gestionar la profesionalización y la “apertura al este” de las fuerzas francesas, se vio condicionada también por la tendencia no intervencionista de los gobiernos de izquierda, de 1981 a 2002. Había quedado lejos el ambiente de fraternidad militar que la Vª República había fomentado en sus inicios. Por otra parte, los créditos asignados a las operaciones en el exterior y las bases de ultramar, así como sus efectivos, se redujeron a la tercera parte a partir de 1998. Asimismo, París resolvió evacuar sus bases de Bangui y Bouar, en la República Centroafricana. En Chad, el número de cooperantes militares se redujo a la sexta parte en menos de diez años. Djibuti, largamente monopolizada por el ejército francés, acoge desde entonces a soldados alemanes y estadounidenses, y solicita que se revisen los acuerdos de defensa con París10. Los acuerdos de defensa firmados con otros seis países del continente se remontan en su mayor parte a los años ’60, a la época de la “Comunidad”, salvo en los casos de Camerún (1974) y las Comores (1975). Ciertas cláusulas relativas al mantenimiento del orden son secretas. Si bien esos tratados fueron denunciados en ciertos casos (por ejemplo en Madagascar, en 1973), rara vez fueron revisados y se consideran “caducos”. En el 2000, la Comisión de Defensa de la Asamblea Nacional solicitó el control de las operaciones en el exterior que involucran a militares franceses, y acuerdos de defensa “a través de una instancia parlamentaria habilitada para la defensa”11. Pero este mecanismo nunca se implementó, y el Parlamento francés, al que fue “otorgado” en octubre de 2002 un debate sobre la crisis con Irak, no pudo pronunciarse respecto a la operación “Licorne” en Costa de Marfil, del mismo modo que no había podido, por ejemplo, dar su opinión sobre la política del gobierno durante la crisis política y militar en Madagascar, entre enero y junio de 2002. Para desmentir todo “descompromiso” con el continente africano, los militares franceses se aferran al nuevo sistema Recamp (Fortalecimiento de las capacidades africanas para el mantenimiento de la paz), al que se consagra la quinta parte del presupuesto de cooperación militar. Desde 1996 se organizaron tres ciclos de formación en dos años para algunos ejércitos de África Occidental, luego de África Central, y recientemente de África Oriental, que incluyen entrenamiento en Senegal, Gabón y Tanzania. Se trata de formar, en cada gran región, un batallón de interposición, y de dotarlo de un material previamente dispuesto en Dakar, Libreville y Djibuti. El dispositivo se completa con centros regionales de formación especializada, como la “escuela de los soldados de la paz” en Zambraco (Costa de Marfil). Colocado bajo el signo del multilateralismo, este proyecto tiene un efecto “redentor” para el ejército francés. Bajo la égida de las Naciones Unidas y la Unión Africana, se inscribe en los esfuerzos conducentes a lograr que los africanos mismos controlen los asuntos de seguridad regional12. Pero el dispositivo sigue siendo inoperante, como lo demostró la crisis de Costa de Marfil: a un mes y medio del inicio de las hostilidades, aún no se había destacado a ningún “soldado de la paz” africano en el lugar de los hechos, motivo que lleva a los militares franceses a reanudar riesgosamente los combates de antaño.
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