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Intelectuales y política en Argentina

La influencia de los intelectuales en la sociedad y la política -entendida ésta como ejercicio del poder- ha sido constante, aunque cambiante según las etapas históricas. En el último cuarto de siglo, al cabo de una grave derrota del progresismo y una gran tragedia nacional, esta relación parece haberse interrumpido, mientras los intelectuales se refugian en un cierto academicismo y reelaboran sus ideas y propuestas.

Tal como la conocemos, la relación entre intelectuales y política se confunde con la imagen del intelectual moderno. Al retomar y condensar una línea proveniente de la Ilustración, a fines del siglo XIX este nuevo sujeto, en tanto portador de saberes y destrezas específicas, proyecta su mensaje sobre espacios sociales que desbordan los de su propio círculo profesional. En nuestra tradición, a esa estructura se le superpuso el “efecto Zola”, derivado del caso Dreyfus y que reforzó la representación del intelectual como conciencia crítica de la sociedad. Se constituyó entonces una posición caracterizada al menos por tres actitudes: aceptar la división de esferas de la modernidad y profesionalizarse en la acumulación de un capital simbólico; legitimar la palabra a partir de esas destrezas simbólicas; hacer uso público de esa palabra.

Además, en determinadas circunstancias críticas o de giros epocales, suele surgir una demanda desde la sociedad y desde el Estado que apela a lo que se ha denominado “la responsabilidad de los intelectuales”. A veces éstos responden, y a veces enmudecen. Por ejemplo, hablan en la Alemania de la crisis de entreguerras; les resulta muy difícil articular palabras ante el impacto del horror nazi. Esto indica que los motivos de esos discursos o de esos silencios no dependen de un mero gesto de la voluntad. Pero en una cultura hegemonizada por el populismo como la argentina, se ha instalado el juicio de que, por una suerte de esencia natural (“de espaldas al pueblo y la nación”), los intelectuales no se involucran en cuestiones de su sociedad.

Un veloz repaso histórico sin pretensiones de exhaustividad –porque la relación entre política e intelectuales en Argentina es un tema que se reconstruye sin cesar– somete a crítica esa creencia. En principio, y como acto fundacional, se ha dicho tal vez con exageración que Argentina fue un país que antes de plasmarse como tal pasó por la cabeza de algunos intelectuales. Los miembros más relevantes de la Generación del ’37 desempeñaron al respecto funciones estratégicas. Domingo Sarmiento en el Facundo, Juan B. Alberdi en Bases y Bartolomé Mitre en sus Historias construyeron figuraciones de sentido, programáticas y genealogías nacionales que se mostraron enormemente eficaces. El intelectual hermeneuta, el legislador y el constructor de un gran relato historiográfico ofrecieron así sus reflexiones y su escritura en los orígenes de la Argentina moderna.

Estamos en presencia de actores cuya primera vocación es la política, y que escriben desde esa posición. Pero justamente que lo hagan desde la sociedad revela que la baja estatalidad nacional es lo que permite la sobrerrepresentación de las funciones intelectuales. De hecho, cuando el Estado nacional se consuma, a partir de 1880, la visibilidad del letrado pasará a ser menor, incorporado en gran medida al mismo Estado o en su estrecha cercanía, como fue el caso de la élite del ’80.

Pero aun en esas diversas circunstancias, una y otra vez trasladará su palabra del ámbito estrictamente intelectual al de cuestiones “políticas”, en el sentido de que en su tratamiento se jugaron confrontaciones de poder. Así fue, por ejemplo, cuando surgió una demanda de definición de la nacionalidad. Entonces los escritores del ’90 y del Centenario (Ernesto Quesada, Ricardo Rojas, Leopoldo Lugones, pero también los positivistas y los socialistas) se implantaron en el espacio público y ofrecieron una tipología de aquello que debía ser “la argentinidad”. Naturalmente, se trató de posiciones encontradas, y sin embargo se verificó otra vez la renuencia del intelectual argentino a permanecer en el coto cerrado de su práctica, ya que, aun quienes habían predicado el “artepurismo”, más temprano que tarde politizaron su discurso.

La progresiva autonomización de la política y el triunfo del partido nacional-populista encabezado por Yrigoyen convergieron en una menor organicidad del involucramiento del intelectual, tanto partidaria cuanto estatal. Pero en una tradición de izquierda que remonta al anarquismo y al socialismo, estos movimientos lanzaron sus campañas educativas en el seno de la sociedad civil (conferencias, bibliotecas, escuelas, publicaciones), y allí encontraron su tribuna los intelectuales. Pocas figuras como la de José Ingenieros encarnaron entre nosotros de modo tan cabal estas cualidades, como cuando presentó en términos elogiosos su versión de la revolución rusa desde el escenario de un teatro porteño. Es indudable también que, como marca perdurable de esa misma tradición (que encontrará un ámbito de extensión continental con la Reforma Universitaria de 1918), el intelectual se definió casi siempre por una mayor cercanía con la sociedad que con el Estado, visto este último una y otra vez como un literal engranaje en cuyas ruedas podía quedar triturada la capacidad crítica.

La crisis del ’30 activará la participación de los intelectuales. Con una actitud que se parece a todo menos a una parálisis (desmintiendo en este terreno el calificativo que obturó la visibilidad del fenómeno al bautizarla como “década infame”), desde diversos sectores del arco ideológico se enunciaron mensajes que cuajaron en el ensayo de tema nacional. Allí (y todas las analogías con el presente son válidas) se trataba de responder al origen de una crisis que había aniquilado el pacto con el destino que Argentina había creído sostener hasta entonces. Ezequiel Martínez Estrada, pero también Eduardo Mallea, Bernardo Canal Feijóo, los hermanos Irazusta, Raúl Scalabrini Ortiz, Ernesto Palacio, Aníbal Ponce, entre los más visibles y desde perspectivas ideológicas que barrían un amplio arco, formularon diagnósticos y prospectivas que, más allá de sus aciertos o desatinos, mostraban la sensibilidad para intervenir desde el ámbito letrado en los problemas que sacudían a la sociedad. Ni siquiera el grupo Sur de Victoria Ocampo (impulsado por la lectura de Julien Benda hacia el no involucramiento del intelectual en las pasiones políticas) dejará de pronunciarse en determinadas y cruciales circunstancias. En ese sentido, la Guerra Civil Española operó como un parteaguas en el seno del mismo campo intelectual, así como la tajante oposición fascismo-antifascismo.

Esta última antinomia, que resultaba estratégica para los intelectuales, no iba a resultar la prioritaria para la mayoría de los ciudadanos que en 1946 organizaron sus preferencias electorales en torno de los valores de la democracia social y de profundas reivindicaciones igualitaristas y antideferenciales. De ese modo, si el intelectual seguía posicionado lejos del Estado, con el advenimiento del peronismo iba a quedar asimismo distanciado de la mayoría de la sociedad. La situación política tampoco resultó favorable para la intervención ni para la audibilidad de los intelectuales, y no me refiero solamente a los que formaron en las filas opositoras sino incluso a quienes simpatizaron con el nuevo gobierno. ¿Habría entonces que atribuirles a los intelectuales toda la culpa por no lograr hacer oír su voz en una situación social y política que o bien los secundarizaba o bien tomaba la cuestión de la cultura como un problema fundamentalmente político cuando no meramente policial?

Y sin embargo, fueron intelectuales progresistas quienes desde mediados de la década de 1950 se hicieron cargo de esa culpa, nacida de la ceguera que les impidió comprender que el 17 de octubre del ’45 se había asistido al nacimiento de una nueva aurora. Desde el ¿Qué es esto? de Martínez Estrada o de la revisión de Ernesto Sábato, una nueva generación instaló como eje de su posicionamiento una relectura de “la cuestión peronista”. Rompió así generacional e ideológicamente con sus ancestros, y buscó diversos modos de articular la práctica intelectual con la política.

Revolución sin teoría

En el clima contestatario de los años ’60, la “noche de los bastones largos”1 –como condensación simbólica de una ruptura– ofició desde el poder estatal como un nuevo disparador. Al demostrar que ese Estado seguía siendo no sólo extraño sino también enemigo, ahora era posible hallar (o creer hallar) referentes privilegiados capaces de corporizar en la sociedad la protesta que el intelectual entonaba desde su propia práctica. Así, a la pregunta por aquello que legitimaba el quehacer intelectual, se respondió que su fundamento residía en su capacidad para constituirse en vocero del Pueblo y de la Clase Obrera; en vocero de la Revolución.

Simultáneamente, y sobre el trasfondo de la proscripción del peronismo, muchos hallaron en la expansión del marxismo y en versiones populistas de izquierda la fuente de relatos capaces de organizar nuevas representaciones de la sociedad, de la política y de la relación de los intelectuales con ambas. El “Cordobazo”2 permitió luego iluminar con el fulgor de un relámpago la tierra prometida del Hombre Nuevo. Se iniciaba así un sendero en donde el deslumbramiento por la política terminaría por devorar la autonomía intelectual. Mas nada de ello podría comprenderse sin observar la enorme gravitación de la revolución cubana sobre el campo intelectual y político nacional. Una revolución nacida sin teoría, y por ende mostrando no necesitarla para su éxito, prontamente reactivó viejos resortes antiintelectualistas, desplazando el eje de las prácticas intelectuales hacia las específicamente políticas. En la literal vorágine de esos acontecimientos, numerosos pintores dejaron de pintar, numerosos escritores dejaron de escribir, convencidos al fin y al cabo de que se acercaba la epifanía a partir de la cual el arte y la filosofía se iban a extinguir porque se habrían realizado en el mundo.

Es sabido que la clausura de ese ciclo se consumó a partir de 1976, cuando la dictadura militar extendió con inusitada crueldad una represión de redisciplinamiento social y cultural destinada a desterrar los elementos a su entender disolventes que en un clima de radicalización social, violencia política e innovación cultural habían emergido desde la década del sesenta. El balance final arrojó como resultado una de las derrotas más catastróficas de la izquierda en sus cien años de existencia y una de las tragedias colectivas más severas de la Argentina moderna. Para algunos intelectuales, al estupor ante la derrota pudo sumársele el reconocimiento de los errores cometidos, lo cual generó esa actitud de prudencia a veces excesiva de quien reconoce súbitamente haber formado parte no del cambio positivo sino de una confrontación en la que –como dijera Gramsci– se fundieron sin residuo todos los metales del diablo de la sociedad. Otros decidieron permanecer los mismos, valorando como una virtud seguir incambiados en el seno de un mundo que cambiaba. Algunos seguramente se llamaron a silencio. Es preciso empero reconocer que aun en esa gravísima situación, en los diversos exilios y cárceles la actividad intelectual intentó y a veces logró permanecer en movimiento, tratando de dar sentido y explicación a una de las mayores catástrofes de la izquierda de la historia nacional.

¿Antiintelectualismo?

Al producirse la reapertura democrática, en 1983, algunos miembros del progresismo rompieron con la tradición antiestatalista, se incorporaron a la experiencia alfonsinista, y compartieron primero sus expectativas y logros, y después sus fracasos. Todo esto sucedía en un mundo donde la idea de revolución caía junto con el socialismo real, y en el cual la crisis del marxismo acompañaba desde las ideas el fracaso de aquella ilusión. Ciertos teóricos observaron entonces que, a escala internacional, del intelectual comprometido y luego revolucionario se pasaba al “intelectual-especialista”, recluido en el recinto de la academia, o bien a lo que, en los tiempos del posmodernismo, comenzó a llamarse el intelectual “local”, que podía seguir contestando al poder pero en puntos precisos, puesto que había perdido, o nunca había tenido, la capacidad de adoptar el punto de vista de la totalidad.

También en Argentina, en medio de la crisis de la república democrática, del vendaval del neoliberalismo implantado desde sede populista, del eclipse de la política como eje articulador de tradiciones y de sociabilidades, muchos intelectuales se replegaron hacia la institución académica. Quienes impugnaron con los viejos argumentos antiacademicistas este repliegue no percibieron que, entre nosotros, era preciso generar y fortalecer esa institucionalidad académica que por vez primera en tantos años disfrutaba de una amenazada pero inestimable estabilidad. Máxime cuando, y sin ceder a la autocomplacencia, no es menos cierto que desde ese mismo espacio se introdujeron nuevos modos de mirar la realidad y se desplegaron informaciones y saberes que también fueron puestos a la disposición pública en aras de una recomposición societal y política (pienso, entre otros, en trabajos elaborados desde los saberes universitarios sobre el tema de derechos humanos en la década de 1970). En esa línea, se construyeron nuevas narrativas que persisten en arrojar luces de inteligibilidad sobre nuestra sociedad y nuestra historia, muchas veces estimuladas por la necesidad de comprender y dotar de sentido a un doloroso pasado y a un presente fracturado.

No obstante, sería imposible o deshonesto desconocer que, en el seno de la actual crisis global y de “ciénaga”, el intelectual se estrella con duros límites para articular un discurso que pase de la protesta a la propuesta. Pero también es verdad que esos discursos no tienen ninguna posibilidad de implantarse si no encuentran actores políticos que los recuperen y los traduzcan a los términos de la institucionalidad democrática.

Es posible ilustrar esta idea con un caso puntual, habida cuenta de que tampoco es enteramente cierto que no existan intelectuales que formulen diversas propuestas, cada vez más convencidos de que ha pasado el tiempo del lamento. Es sabido que en el campo intelectual de los ’90, y al compás del descentramiento de la política y del predominio del mercado, el intelectual hegemónico resultó el economista. En este aspecto, existe ese “intelectual economista” colectivo: el Grupo Fénix3, del cual no puede decirse que no posea ni legitimidad intelectual ni propuestas. Debatibles éstas, no puede empero ignorarse que su palabra no tiene por qué ceder ante las voces de los gurúes de la City. Entonces, si este grupo con sede universitaria no recluta la audibilidad de los sectores políticos progresistas, estaríamos no ante una carencia de la inteligencia sino ante una sordera de la política.

A veces, es cierto, el tiempo de los intelectuales no coincide con el tiempo de la política, y siempre se debatirá quién debe ajustar su paso a quién. Pero es preciso preguntarse si muchos de nuestros políticos, incluidos los de la franja progresista, no siguen adheridos como lapas a la concepción antiintelectualista –populista al fin–, convencida de que quienes están más cerca de los libros están por definición más lejos de la realidad.

  1. En julio de 1966, la dictadura del general Juan Carlos Onganía ordenó el allanamiento de las universidades, en lo que se conoció como “la noche de los bastones largos”.
  2. Insurrección popular en la ciudad de Córdoba contra la dictadura de Onganía, en mayo de 1969.
  3. El Grupo Fénix está formado por un grupo de economistas de la Universidad de Buenos Aires que elaboraron un plan para “la reconstrucción de la economía”. Pablo Stancanelli, “Hacia una estrategia de desarrollo”, Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, agosto de 2001.
Autor/es Oscar Terán
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 41 - Noviembre 2002
Páginas:34,35
Temas Estado (Política), Movimientos Sociales, Políticas Locales
Países Argentina