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Guerra social

Contra la imagen que transmiten los grandes medios, y a pesar de la aparición del islamismo radical, las formas de violencia política en el mundo han disminuido respecto de hace treinta años. En cambio, en un mundo de desigualdades agravadas, se incrementa la guerra social, que suele enfrentar a pobres contra pobres, y que cuesta a los gobiernos que pretenden controlarla más gastos que la defensa nacional.

Después del 11 de septiembre y la guerra de Afganistán, los ciudadanos tienen la sensación de estar sumidos en un mundo dominado por la violencia política y el terrorismo. Desde hace más de un año, a fuerza de imágenes terribles y testimonios alucinantes, los grandes medios inducen al espanto presentando atentados terroríficos, explosiones mortíferas, tomas de rehenes espectaculares…

No pasa una semana sin que se derrame un doloroso tributo de sangre, de Israel a Bali, de Karachi a Moscú, de Yemen a Palestina… Se transmite así la impresión de que el planeta está barrido por el huracán de una suerte de nuevo conflicto mundial –”la guerra contra el terrorismo internacional”– todavía más atroz que los precedentes. En este contexto, la eventual guerra de Estados Unidos contra Irak sería sólo un simple episodio.

Esta impresión es falsa. Contrariamente a las apariencias, la violencia política nunca fue tan débil. Las revueltas e insurrecciones de orden político, las guerras y conflictos rara vez han sido tan escasas. Mal que les pese a los medios, el mundo está tranquilo, ampliamente pacificado.

Para convencerse de esto, basta con comparar el paisaje geopolítico actual con el de hace veinticinco o treinta años. La casi totalidad de los grupos contestatarios radicales adeptos a la lucha armada han desaparecido. Y la mayor parte de los conflictos de alta y baja intensidad que en todos los continentes provocaban decenas de miles de muertos anuales se han terminado.

Casi todas las hogueras que había encendido la perspectiva marxista de construir un mundo mejor, se han apagado o se están extinguiendo. A escala planetaria, apenas quedan una decena de focos de violencia: Colombia, el País Vasco, Chechenia, Medio Oriente, Costa de Marfil, Sudán, Congo, Cachemira, Nepal, Sri Lanka, Filipinas…

Es cierto que hizo su aparición un nuevo adepto de la lucha armada: el islamismo radical, que ahora ocupa el proscenio de la escena mediática. Pero por espectaculares que sean, sus acciones no deben enmascarar lo esencial: la lucha política armada ha disminuido.

¿Eso significa que no hay otras formas de violencia en curso? Evidentemente no. Empezando por la violencia económica que ejercen los dominadores sobre los dominados, estimulados por la mundialización liberal.

Las desigualdades alcanzan dimensiones inéditas. Literalmente sublevantes. La mitad de la humanidad vive en la pobreza, más de un tercio en la miseria, 800 millones de personas padecen desnutrición, alrededor de 1.000 millones siguen siendo analfabetas, 1.500 millones carecen de agua potable, 2.000 millones siguen sin electricidad…

Y por increíble que pueda resultar, esos miles de millones de condenados de la tierra se mantienen tranquilos desde el punto de vista político. Es una de las grandes paradojas de nuestro tiempo: hay más pobres que nunca y menos rebeldes de los que hubo jamás.

¿Puede durar esta situación? Es poco probable. Sin duda debido al agotamiento del marxismo como motor internacional de la revuelta social, el mundo atraviesa una suerte de transición entre dos ciclos de revoluciones políticas. Y mientras las injusticias son más escandalosas que nunca, se observa que otras formas de violencia alcanzan dimensiones paroxísticas. Especialmente la violencia de los pobres contra los pobres, y alguna formas primitivas de rebelión1 que se manifiestan a través de la delincuencia, la criminalidad, la inseguridad, y que en todas partes adquieren las características de una verdadera guerra social.

Hace treinta años, en América Latina y otras regiones del planeta, un joven que se procuraba un revólver se enrolaba en el seno de una organización que practicaba la lucha armada para cambiar la suerte de la humanidad. Hoy el mismo joven pensará ante todo en sí mismo, y sintiéndose víctima de la ruptura del contrato social por los dominadores, romperá a su vez ese contrato asaltando un banco o robando un almacén. Desde los comienzos de la gran crisis económica en diciembre de 2001 y la pauperización masiva de las clases medias, la tasa de “delincuencia” en Argentina se multiplicó por cuatro…

En Brasil, uno de los países menos igualitarios del mundo, cuyos votantes se volcaron masivamente a favor del “candidato de los pobres” Inacio “Lula” da Silva, la guerra social alcanza proporciones insólitas. Entre 1987 y 2000, en la ciudad de Rio fueron asesinados a balazos más menores de 18 años que en el conjunto de los conflictos de Colombia, Yugoslavia, Sierra Leona, Afganistán, Israel y Palestina. En el curso de esos trece años, por ejemplo, un millar de jóvenes encontraron la muerte en el enfrentamiento palestino-israelí; en el mismo período, 3.937 menores de edad fueron abatidos en la ciudad de Rio2

Ante esta ola ascendente de lo que los medios denominan “la inseguridad”, muchos países, entre ellos México, Colombia, Nigeria, Sudáfrica, se han puesto a gastar más en el control de esta guerra social que en su propia defensa nacional. Brasil, por ejemplo, asigna el 2% de su riqueza anual (PBI) a sus fuerzas armadas, y más del 10,6% para proteger a los ricos de la desesperación de los pobres.

La gran lección de la historia de la humanidad es ésta: los seres humanos siempre terminan por rebelarse ante el agravamiento de las desigualdades. El incremento actual de delincuencias y criminalidades tanto en el norte como en el sur, que suelen ser manifestaciones primitivas y arcaicas de agitación social, constituye un signo indiscutible de la exasperación de los más pobres ante la injusticia del mundo. Todavía no se trata de violencia política. Pero todos percibimos que se trata de una tregua. ¿Cuánto durará?

  1. Eric J. Hobsbawm, Les Primitifs de la révolte dans l’Europe moderne, Fayard, París, 1966.
  2. El País, Madrid, 11-11-01.
Autor/es Ignacio Ramonet
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 41 - Noviembre 2002
Páginas:40
Traducción Marta Vassallo
Temas Desarrollo, Neoliberalismo, Islamismo, Sectas y Comunidades, Clase obrera