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Levedad de la República Argentina

El país flota, se mece en el aire, viaja en lo imprevisible como una baba del diablo. En esta suerte de suspensión indefinida, nadie podría decir con certeza dónde irá a parar, en qué lugar acabará por depositarse, si en un campo de minas o de algodón.

Nadie controla nada; nadie puede imponer su voluntad. Mucho menos el orden y ofrecer una salida. El poder económico presiona hasta donde puede, pero encuentra límites. El FMI no ayuda, pero tampoco puede excomulgar al país: pronto podría encontrarse en la necesidad de excomulgar a toda América Latina. Las compañías privatizadas de servicios quieren aumentar sus tarifas, pero hay que andar con cuidado: podría incrementarse dramáticamente el índice de morosos, o generarse una insurrección. Los bancos querrían cobrar sus préstamos hipotecarios vencidos, pero en la actual situación es imposible y si los ejecutaran se hundiría aun más el mercado inmobiliario y entonces sí, después de lo del corralito y la pesificación, la insurrección podría ser de órdago. Menos en el sector exportador (sólo el 10% del PBI), las ventas y las ganancias han bajado en todo el comercio y la industria, pero no habrá remedio hasta que no aumente el consumo y no aumentará el consumo hasta que los que tienen dinero no recuperen la confianza, los que han perdido dramáticamente poder adquisitivo vean aumentar sus salarios y los que no tienen trabajo consigan un trabajo.

El poder político… el poder político se encuentra en una situación inédita. Ha vivido durante décadas del endeudamiento público, la retribución empresaria a sus gestiones desde el Estado y el manejo discrecional de los aportes ciudadanos a cajas de pensión, los sindicatos, el fisco y hasta las obras de caridad. Así ha conseguido controlar en nombre del poder económico al conjunto de la población, mantener la fachada republicana y otorgarse cierto aire respetable. Y cuando las circunstancias lo han desbordado, no ha vacilado en apoyar golpes de Estado y las numerosas y diversas violaciones a la Constitución. Ahora mismo, al manipular la modalidad y los plazos de las próximas elecciones a su conveniencia, ha vuelto a ignorar la Carta Magna: el “paquete” electoral aprobado por los diputados a finales de noviembre no es más que un grosero enjuague del Partido Justicialista que generará más conflictos y fragilidad institucional, en la medida en que puede ser impugnado legalmente o provocar la abstención de los partidos de oposición y acentuar el repudio de la ciudadanía.1.

De modo que atenazado entre una crisis que es incapaz de resolver y una sociedad que lo repudia; agotados sus recursos institucionales de distribución clientelística por la crisis, el poder político se muestra como lo que es o ha acabado por ser: una esperpéntica, azorada runfla de ineptos y desalmados a la que no le va quedando más que el entramado mafioso provincial y barrial, esa extensa micro-red de comisarías asociadas, en su sección mayorista, con narcotraficantes y contrabandistas, capos del juego y la prostitución y bandas de asaltantes de bancos, secuestradores y reducidores; en la minorista, dedicada al chantaje a comerciantes, punguistas, travestis, prostitutas, rufianes, cartoneros y mendigos. En cada provincia, en cada barrio, en cada una de esas subrepúblicas, el comisario y el “puntero” político son a la vez socios y representantes del escalón inmediato superior en la escala que lleva al jefe del partido y más allá, en las alturas, a los pactos permanentes entre jefes de partidos y, más allá aun, en la cúspide, al Congreso, la Corte Suprema y la Presidencia de la República.

Pero en las actuales condiciones, la relación de poder se altera. Los punteros y la policía, de servidores que eran, devienen poco a poco dueños de la situación. Con los piqueteros, las asambleas, las ONG, las redes de solidaridad, la clase media, los partidos de izquierda y, mañana quizá, los obreros y estudiantes alborotados y en la calle, el poder central es cada vez menos poder; cada barrio, cada provincia tiende a cerrarse sobre sí mismo, cada caudillo o comisario a hacerse fuerte con los suyos, a imponer condiciones, a retacear suministros y apoyo al escalón superior. Saben que ante una insurrección general, o en una situación de anarquía permanente, serán cada uno el único, el último bastión de poder.

El Poder Federal, las instituciones, la República, se elevan, difuminan en la atmósfera, pierden contacto. Todos contra todos. La desorganización nacional. Colombia –dicho con pena y todo el respeto– como presente casi palpable ya, como futuro consolidado. La baba del diablo en el campo de minas.

Fuenteovejuna

Hace un año, el 19 de diciembre de 2001, la ciudadanía argentina salió a la calle. Dijimos entonces: “La sublevación empezó por donde tenía que empezar: miles de desesperados, en su abrumadora mayoría trabajadores en paro desde hace años y desprovistos de toda cobertura económica y social, se abalanzaron sobre los supermercados para procurarse comida. Y siguió por donde era lógico que siguiera: después de un absurdo discurso del estólido ex presidente Fernando de la Rúa, la empobrecida clase media inició un ‘cacerolazo’ en todos los barrios de casi todas las ciudades del país y luego, tan espontáneamente como todo lo demás, salió a la calle y se dirigió a la Plaza de Mayo en Buenos Aires, o a las sedes de la máxima autoridad en otras ciudades. El día siguiente, jueves 20, fue otra cosa. Junto a algunos grupos remanentes del día anterior, apareció y tomó la iniciativa en las calles una sospechosa mezcla de delincuentes comunes, provocadores profesionales de la policía y los servicios de seguridad e inteligencia, ‘punteros’ políticos y gremiales y los tradicionales ‘revolucionarios’ de izquierda infiltrados hasta el hueso por la policía. Ese día se vio con claridad, para quien conoce este país, la mano de la oposición peronista, que allí donde el radicalismo pone pusilanimidad, estupidez, ineficacia y violencia, ella pone ambición, ausencia de escrúpulos, organización, viejos y afinados contactos con el poder real y más violencia. Bastaba verles las caras en el Congreso. Aquello no parecía una reunión de emergencia de las dos Cámaras para enfrentar una crisis social grave que había costado tres decenas de muertos y centenares de heridos y detenidos y enormes pérdidas materiales, sino un festejo. Abrazos, besos, euforia, frenéticas negociaciones…”. Luego de eso vino el complot peronista que acabó con Rodríguez Saá y entronizó a Duhalde2.

O sea, que aquello fue un desborde popular aprovechado por el poder político, que en el año transcurrido se dedicó con su habitual mezcla de ineptitud y comedimiento a licuar las deudas de bancos y grandes empresas y reducir los ingresos de los trabajadores3 mediante una devaluación y pesificación orientadas exclusivamente a esos fines –cuando podría haberse hecho de otra manera4– y a pagar puntualmente los compromisos internacionales5.

Hasta que el poder político cayó en la cuenta de que tampoco había margen para seguir por ese camino. Entonces anunció elecciones, llamó a Roberto Lavagna y comenzó a forcejear más en serio con el FMI. El relativo orden, la calma chicha que instauró Lavagna debería haber resistido el tiempo que lleve dirimir las pujas internas y lograr los pactos que el poder político necesita para sobrevivir. Pero el cuerpo de la República tiene pústulas por todas partes. Comenzaron a aparecer en televisión y en las portadas de los periódicos los niños que, a razón de varios por día y desde hace años, mueren de hambre en Argentina6. La señora de Duhalde y el gobierno se enteraron entonces7 de que ni siquiera el aumento de ayudas dispuesto llegaba a destino, “perdido” en la red de sus propios punteros. Es el caso del gobernador de Tucumán, el peronista Julio Miranda, responsable de no haber “prestado atención” al correcto destino de las ayudas federales. Como en la guerra de Malvinas, cuando las donaciones de la gente para los soldados se esfumaban en el dédalo de la picardía criolla.

Y también comenzó a propagarse la justicia popular por mano propia. Vecinos enardecidos que asaltan y queman comisarías y sedes políticas; asesinatos de matones protegidos por la policía; incendio de un shopping ante el escandaloso negociado de un intendente, en la ciudad de Córdoba… Fuenteovejuna, a escala nacional8. Pero si el de Lope era “un orden lírico que no coincide con el orden establecido”9, la desesperación de los ciudadanos ante la mafia policial-político-económica no expresa lírica alguna sino desorden; es otra manifestación de la delicuescencia del Estado.

Bien miradas, la pueblada de hace un año, los centenares de redes de solidaridad, los miles de seminarios, coloquios, mesas redondas, asambleas realizados y estas nuevas formas de resistencia activa, han aportado enseñanzas a la ciudadanía y siguen siendo la oportunidad y el camino de orientar el aterrizaje de la República hacia el campo de algodón. En estos meses, los poderes político y económico hicieron fracasar la Mesa del Diálogo bajo patrocinio de la ONU10. Pero la experiencia de los sectores sociales fue invalorable, porque llegaron a la conclusión de que nada se puede con esos poderes, tal como están ahora constituidos y representados11.

¿No sería oportuno que las iglesias, las ONG, los sindicatos y cooperativas, medios de comunicación, todos los sectores sociales, civiles y militares, inicien un diálogo propositivo para salvar la República? ¿De crear una instancia institucional democrática paralela, que con la Constitución en una mano y el sentido común, la decencia y la solidaridad en la otra vaya acorralando al poder mafioso, obligándolo a apartarse? Algo así como comprometerse físicamente, en un boca a boca, para expulsar de un cuerpo exámine el agua podrida y devolverle el aliento.

  1. En una entrevista personal, el 29-12-02, el constitucionalista Daniel Sabsay calificó de “burda y grosera violación de la letra de la Constitución” tanto el cronograma electoral como la Ley de Acefalía votados el día anterior por el Congreso. Ver también Ricardo Gil Lavedra, “La democracia, reducida a su mínima expresión”, Clarín, Buenos Aires, 23-11-02.
  2. Carlos Gabetta, “Y la sociedad dio un grito” y “Cacerolazos al sistema”, Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, enero de 2002.
  3. “Los sueldos argentinos son los más bajos de Latinoamérica”, Clarín, Buenos Aires, 19-11-02.
  4. Alfredo Eric y Eric Calcagno, “Cinco preguntas sobre la devaluación”, Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, enero de 2002.
  5. Jorge Schvarzer, “Reservas internacionales, una experiencia dramática”, La Gaceta de Económicas, Buenos Aires, 24-11-02.
  6. Mariana Iglesias, “Uno de cada cinco chicos está desnutrido”, Clarín, Buenos Aires, 17-11-02.
  7. El arzobispo de Tucumán, Luis Villalba, llevaba meses denunciando la situación. Sergio Rubin, “Algunos no entienden la grave situación social”, Clarín, Buenos Aires, 17-11-02.
  8. Cristián Alarcón, “La pequeña Colombia” y Rolando Barbano, “Cuando la gente quiere hacer justicia por mano propia”, Página/12 y Clarín, Buenos Aires, 18 y 16-11-02 respectivamente.
  9. Bernard Gille, “Lope de Vega Carpio”, Enciclopedia Universalis, 2000.
  10. María Laura Lenci, “El diálogo argentino”, en El Opus Dei y la restauración católica (varios autores), ediciones El Dipló, Buenos Aires, 2002.
  11. Washington Uranga, “Declaración del Episcopado: el FMI y la independencia”, Página/12, Buenos Aires, 17-11-02.
Autor/es Carlos Gabetta
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 42 - Diciembre 2002
Páginas:3
Temas Desarrollo, Deuda Externa, Neoliberalismo, Estado (Política), Políticas Locales
Países Argentina