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Recuadros:

En busca de la burguesía nacional perdida

¿Existe una burguesía nacional interesada en un programa de desarrollo económico y social? Mil veces formulada, esta pregunta encontró generalmente una respuesta negativa. La crisis actual vuelve a plantear este interrogante, y la respuesta no es alentadora: el empresariado muestra una fuerte extranjerización y una dinámica concentrada en las lógicas rentísticas y cortoplacistas. Como en el pasado, la posibilidad de un desarrollo del capitalismo basado en la empresa privada depende ahora, en lo fundamental, de la acción del Estado.

La política neoliberal iniciada por la dictadura de 1976 produjo profundas transformaciones en el mercado y en la estructura del poder económico. Uno de los primeros objetivos de esa política fue destruir las bases materiales sobre las que se basaba la rebelión obrera y popular, es decir el sistema fabril y las precarias pero existentes instituciones del Estado de Bienestar.

En ese período, una serie de grupos económicos nacionales crecieron en base a las rentas proporcionadas por la especulación financiera y los subsidios estatales canalizados por compras del Estado y programas de promoción industrial. Cuando el modelo entró en crisis y sobrevino una devaluación, el Estado se hizo cargo de buena parte del endeudamiento externo de esos grupos sin tener en cuenta que éstos tenían en el exterior tantas divisas como debían. Paralelamente, amplios sectores del capital nacional formado por empresas de menor tamaño, muchas de ellas de sectores innovadores y con vocación industrial, desaparecían en esos años bajo el peso de las importaciones y los costos financieros.

Luego, durante el menemismo, el proceso de concentración y desindustrialización y el imperio de las lógicas especulativas y rentísticas se profundizaron, al tiempo que la producción, los servicios y las finanzas se extranjerizaron. Estos fenómenos complejizaron el mapa de intereses del poder económico, cuya suerte depende cada vez menos de las dinámicas productivas y del consumo masivo. Esto explica, a su vez, la insustentabilidad del orden neoliberal y su recurrencia al estancamiento y la crisis1

La modificación del régimen de inversiones externas y la reducción arancelaria iniciadas en los ’90 facilitaron la extranjerización de las empresas del sistema de producción y de servicios y la del componente de producción (industrial, agropecuaria y construcción) de las actividades de servicios públicos y privados.

Cúpula extranjerizada

Según el economista Eduardo Basualdo, el grado de extranjerización de la industria, comercio, finanzas y servicios es muy alto, a causa de las ventas generalizadas de paquetes accionarios de los grupos económicos locales y otros sectores a partir de la segunda mitad de los ’90, donde tuvieron especial importancia la venta de los paquetes accionarios de las empresas privatizadas2.

Un estudio sobre el tema muestra que las ventas de las transnacionales pasaron del 35% de las ventas de la cúpula empresaria en 1990, al 60% en 1998. La participación del capital extranjero en el valor agregado de las primeras 500 empresas pasó del 62% en 1993 al 76% en 1997. En ese sector, el capital extranjero llegó a abarcar, en 1997, el 86% de la inversión y el 56% del empleo. La presencia extranjera supera la de países industriales e incluso la de países asiáticos de rápido desarrollo: en 1997 la participación de las empresas transnacionales en el valor agregado del sector manufacturero argentino llegó al 79%; en Malasia fue del 57%, en Hong-Kong del 51% y en Singapur del 70%3.

En ese curso, muchas empresas dejaron de producir para transformarse en importadores y distribuidores de importados a través de sus cadenas de distribución. Es decir que incluso las industrias que abastecen el mercado local tienen interés en la apertura comercial, a pesar de que ésta, en última instancia, erosiona la capacidad de compra de su propia clientela. Esto sucedió incluso en los sectores más beneficiados por el modelo, como la industria de alimentación. Como recuerda un dirigente industrial, en los ’90 Argentina, gran productor de papas, importaba el 95% del puré de papas instantáneo4.

Este tipo de contradicción se da incluso en el seno de los grupos. Por ejemplo, Techint tiene empresas que venden en el mercado interno (como su rama de construcción), que se verían perjudicadas por la apertura que propone el Area de Libre Comercio de la Américas (ALCA). Sin embargo, Siderca, una empresa del grupo, exportadora de tubos de acero, recientemente se manifestó de acuerdo con ese proyecto porque reduciría el proteccionismo siderúrgico de Estados Unidos.

La apertura y la extranjerización modificaron la estructura de la cúpula empresaria, pero también tuvieron un efecto cascada sobre el resto de la estructura industrial y de servicios. Las empresas de servicios privatizadas y las empresas nacionales y extranjeras, reemplazaron sus proveedores locales por extranjeros, por lo cual se destruyeron empresas y producciones regionales más vinculadas a redes productivas, sociales y culturales nacionales.

La política de los ’90 promovió también la concentración del poder económico en los grandes grupos locales y externos. Durante ese período, las ventas de las grandes firmas aumentaron por sobre el promedio. Entre 1995 y 2000 el valor de la producción de las 500 empresas más grandes aumentó un 20% y el PBI un 14%5.

Paralelamente, las firmas locales realizaron numerosas asociaciones con empresas extranjeras, en particular para la explotación de servicios públicos privatizados. Muchas empresas recibieron capitales extranjeros o pasaron a depender de fondos de inversión. Los grupos también diversificaron sus negocios y, en algunos casos, redujeron o abandonaron sus actividades industriales6.

A esto se agrega que algunos grandes grupos hicieron inversiones en el exterior, especialmente en Brasil, y en algunos casos integraron cadenas productivas con firmas vinculadas asentadas en el exterior. Ese es el caso de las automotrices, que hace décadas eran un componente decisivo de la industria local, pero desde la integración de plantas en Argentina y Brasil, presionan por un régimen liberal que les exija el menor grado de integración posible. Algunas empresas del sector alimenticio, como Arcor, también hicieron inversiones complementarias en Brasil, por lo cual no encontrarían beneficioso un aumento de la protección en relación a ese mercado. Como consecuencia de estas transformaciones, resulta cada vez más difícil trazar una distinción neta entre intereses sectoriales en el sentido tradicional (agro-industria, producción-servicios) y entre intereses del capital local y del externo.

En este cuadro ¿hay todavía empresas interesadas en el desarrollo del mercado interno y, en consecuencia, en una política distributiva que aumente el poder de compra de los consumidores? De acuerdo a la importancia del mercado interno, esa respuesta debería ser positiva. En la década del ’90, el consumo representó el 90% del PBI y las exportaciones el 10%. Sin embargo la actitud más frecuente de los grandes empresarios es oponerse fervorosamente a cualquier medida distributiva y apoyar políticas de ajuste que reducen la capacidad de compra del mercado para el cual trabajan. ¿Es esto compatible con los intereses de las empresas o se trata de una respuesta irracional desde el punto de vista económico pero motivada por cuestiones ideológicas?

Una de las razones económicas es que los grupos tienen otras fuentes de acumulación que los consumidores internos o externos. En la pasada década los grupos acumularon de acuerdo a las siguientes modalidades: transferencia de activos públicos al sector privado; especialización en actividades con ventajas comparativas naturales, como la producción agropecuaria y agroindustrial destinadas principalmente a la exportación; obtención de ganancias extraordinarias en base, no a la competencia, sino a la capacidad de fijar sobreprecios otorgadas por el poder monopólico u oligopólico sobre los mercados; orientación de las ventas hacia la franja de consumidores de altos ingresos; búsqueda de beneficios a través del endeudamiento externo, colocando en el mercado local dinero obtenido en el exterior a tasas más bajas7. Otro fenómeno a tener en cuenta es que las grandes empresas, que tienen una participación dominante en las exportaciones, pudieron aumentar sus ventas al exterior en momentos de reducción del consumo interno.

Cultura e ideología

Todas estas condiciones permitieron a los grupos reducir su dependencia de los ciclos de la economía y de la evolución del consumo asalariado8.

Un fenómeno significativo en Argentina es que los grandes empresarios no tienen vocación industrial. El economista Jorge Schvarzer subraya que algunos de los dirigentes industriales más dinámicos fueron descabezados por las políticas de la última década y muchos de sus líderes expulsados del sistema. Ahora, los que tienen una vocación industrial son muy pocos en el conjunto y no tienen la masa crítica necesaria para imponer sus criterios en su grupo de pertenencia. El resto se caracteriza por sus intereses diversificados y por estar en pequeños “nichos” de negocios de los que obtienen ganancias excelentes; además tienen miedo de cambiar. Schvarzer recuerda que hace pocos años Franco Macri sostuvo que su grupo nunca ingresaría al sector industrial, porque siendo ésta una actividad competitiva en términos internacionales, prefiere quedarse en la construcción y los servicios. Schvarzer indica que puesto que se trata de actividades muy dependientes de las relaciones y el lobby sobre el Estado, la estrategia de Macri consiste en refugiarse en negocios seguros, no en crecer.

Según un alto dirigente empresario –que prefiere guardar el anonimato– los industriales argentinos perdieron instinto de conservación y están concentrados en sus negocios particulares. Sólo esto puede explicar, a su juicio, que empresarios que dependen del mercado interno y la exportación, defiendan la convertibilidad, que reducía su capacidad exportadora, y las políticas de ajuste, que empobrecen a los consumidores de sus productos. O que la Unión Industrial Argentina (UIA) haya decidido reactivar su alianza con las entidades que agrupan a los bancos y al comercio y con la Bolsa, todos los cuales defienden las políticas neoliberales que provocaron el colapso de numerosas industrias.

En los ’90 “las fábricas subsisten, pero ya no ocupan el centro de atención de sus propietarios; estos están más interesados en otras actividades alejadas de la producción. En ese sentido, el esquema de las actividades de los grandes grupos económicos modernos parece reproducir los rasgos de aquellos que imperaban en la economía argentina a comienzos de siglo. De igual modo, la política global puede asemejarse a la de entonces. En ambos casos, falta la decisión de impulsar un desarrollo técnico-productivo a partir de la acumulación de capital y conocimientos en las firmas industriales”9.

De hecho, en estos años el Grupo Macri se desprendió de sus negocios en la industria automotriz; Perez Companc abandonó la producción de alimentos; Mastellone la de yogourt y Gilberto Montagna (ex presidente de la UIA) vendió la fábrica de galletitas Terrabusi a la estadounidense Nabisco, para dedicarse a la cría de caballos.

El rechazo de los empresarios a la industrialización y a las políticas distributivas puede explicase también por cuestiones ideológicas apoyadas en la historia más reciente. Los empresarios pueden temer que la industrialización y la mejora en las condiciones laborales recreen un ambiente propicio para los reclamos laborales y la rebelión en los lugares de trabajo.

El lugar de las Pymes

Los grandes grupos tienen un papel decisivo en cualquier estrategia económica y social. Pero en el país hay también 900.000 empresas pequeñas y medianas que emplean 2,5 millones de personas y que tienen una importancia crucial en la producción y los servicios y, fundamentalmente, en la creación de articulaciones sociales. Pero este conglomerado sólo puede incidir políticamente en la medida que genere asociaciones productivas e institucionales. Según Gabriel Yoguel, investigador docente de la Universidad Nacional de General Sarmiento, en los ’90 se desarrollaron asociaciones de Pymes con empresas brasileñas y en algunas regiones (la más exitosa es la de la ciudad de Rafaela), y también se formaron cadenas de proveedores de grandes empresas. En estas experiencias hubo algunos éxitos, pero en general tuvieron poco alcance. Para avanzar en ese sentido se requieren políticas públicas adecuadas, que las empresas grandes se interesen en formar sus redes de proveedores y que las Pymes rompan el “autocentrismo” que, según el investigador, suele caracterizarlas10

“Hace muchos años que venimos discutiendo si hay una clase empresaria interesada en el desarrollo industrial y si es posible hacer una alianza con ese propósito” afirma Schvarzer. “Esto es como el dilema del huevo y la gallina. En primer lugar para que surja un grupo industrial, tendría que haber políticas industriales. Pero ¿quién va a originar esas políticas sociales si no está el grupo industrial? Por eso habría que hacer políticas de industrialización que vayan generando la base social interesada en la industrialización. Por supuesto esto implica conflictos con otros sectores. Pero las alianzas no se arman sólo en términos de industrialización sino de equidad social, democracia, de autonomía nacional. Este proceso creativo sólo puede surgir del Estado. Esto nos lleva a otro problema porque, en cualquier aspecto, no hay política posible si no hay un Estado que la lleve adelante”. Schvarzer ilustra su proposición con el caso de Corea del Sur, donde el Estado, en el marco de una política de desarrollo industrial, promocionó el crecimiento de empresas que llegaron a convertirse en grupos transnacionales. La extranjerización también es un problema, pero no necesariamente terminal. En este punto Schvarzer recuerda que Canadá, en los ’70, era un país con un elevadísimo porcentaje de empresas extranjeras, pero el crecimiento de la economía y las políticas públicas estimularon el crecimiento y nacimiento de empresas locales11.

La situación actual plantea, en suma, una serie de paradojas. A lo largo de la historia, el Estado argentino contribuyó al desarrollo empresario de diversas formas: con las regulaciones de los ’30; el proteccionismo y el desarrollo del mercado interno a partir de los ’50; los subsidios implícitos a través de pagos de sobreprecios en las compras del sector público durante décadas; los créditos subsidiados otorgados al campo y la industria y la construcción por bancos oficiales; los subsidios explícitos con los sucesivos regímenes de promoción industrial y, finalmente, con las privatizaciones. Ahora se debería plantear una nueva etapa de creación de burguesía nacional productivista cuando, precisamente, el orden neoliberal sostenido por los grandes grupos y una parte no despreciable del pequeño empresariado redujo la capacidad operativa y financiera de ese Estado, y cuando, además, el establishment económico sigue apoyando las políticas de ajuste que profundizan esa orientación.

¿Qué podría hacer el Estado? Los instrumentos de política industrial disponibles son muchos. Pero según Pablo Sirlin, profesor de la Facultad de Ciencias Económicas de la UBA, la elección de los instrumentos no es, en sí misma, lo determinante. Las políticas que se pueden implementar, sostiene, son ampliamente conocidas y no hay mucho de nuevo en cuanto a su enunciación. Lo realmente relevante es la capacidad institucional para llevarlas adelante con un nivel aceptable de eficiencia y transparencia, aspecto en el que se ha fallado sistemáticamente en Argentina. Sin ese marco mínimo de eficiencia en la gestión toda iniciativa de política no sólo no ayuda sino que hasta puede ser contraproducente12.

Un reciente aporte local en materia de políticas públicas lo constituye el trabajo “Shock distributivo, autonomía nacional y democratización” elaborado por el Instituto de Estudios y Formación de la Central de Trabajadores Argentinos (CTA), en el cual se propone una serie de políticas de distribución del ingreso, regulación financiera y cambiaria y promoción de la industria y la construcción , en busca de un desarrollo económico y social equitativo13.

El mercado ampliado del Mercosur constituye, según numerosas opiniones, una ventaja a tener en cuenta en cualquier perspectiva de desarrollo. Para Schvarzer, el Mercosur es el ámbito natural de crecimiento de la industria argentina, tanto por la amplitud del mercado brasileño como por la prioridad que otorga el nuevo presidente, Luiz Inacio “Lula” Da Silva, al acuerdo regional. El mercado brasileño es más accesible por el volumen de la demanda y la cercanía y puede constituir una plataforma de lanzamiento hacia mercados más amplios y exigentes.

De hecho, en los ’90 Argentina tuvo superávit comercial con el Mercosur y déficit con Estados Unidos y la Unión Europea, y muchas empresas grandes y chicas hicieron sus primeras experiencias exportadoras gracias a las reducciones arancelarias de la región.

  1. Un análisis del orden neoliberal y su crisis en: Julio Sevares, Por qué cayó la Argentina, Grupo Editorial Norma, Buenos Aires, 2002.
  2. Entrevista del autor.
  3. Daniel Chudnovsky y Andrés López, La transnacionalización de la economía argentina, Eudeba-Cenit, Buenos Aires, 2001.
  4. Un alto dirigente industrial, que habla off the record, recuerda cómo una empresa alimentaria logró, en los ‘90, una reducción temporal de aranceles para insumos de su industria, afectando gravemente a productores agrícolas.
  5. FIDE, Coyuntura y Desarrollo, N° 273, año 2001.
  6. Eduardo Basualdo, Concentración y centralización del capital en la Argentina durante la década del noventa, UNQ Ediciones, Buenos Aires, 2000.
  7. El dinamismo de esta franja, que refleja la regresividad en la distribución del ingreso, sigue vigente en la actualidad. Según una información aparecida en el diario La Nación del 15-11-02, en la Ciudad de Buenos Aires siguen abriéndose locales de venta de productos de lujo.
  8. Eduardo Basualdo, op. cit.
  9. Jorge Schvarzer, La industria que supimos conseguir, Planeta, Buenos Aires, 1996, página 333.
  10. Entrevista del autor.
  11. Entrevista del autor.
  12. Entrevista del autor.
  13. Disponible en www.cta.org.ar

Historia de un país por edificar

Sevares, Julio

Muchos de los rasgos antiproductivos, especulativos y parasitarios de la burguesia nacional se encuentran en su historia. En un estudio sobre la formación de la clase dominante, Jorge Sábato subraya la importancia de las actividades comerciales y financieras, junto a la oligarquía agropecuaria y los lazos existentes entre esas fracciones del bloque de poder de fines del siglo XIX. Según el autor, los lazos entre comercio y finanzas crearon circuitos de especulación y obtención de rentas financieras. La oligarquía argentina actuaba con una mentalidad más cercana a la de un comerciante o financista que a la de un productor agropecuario1.

Analizando el comportamiento de los industriales, Milcíades Peña considera, a su vez, que “En países como la Argentina el capitalismo va del campo a la ciudad y la burguesía industrial nace como una diferenciación en el seno de la clase terrateniente”2. La industria como capitalización de la renta agraria comparte la cúpula del poder, por lo cual sus contradicciones y roces con el agro nunca son terminantes.

En la década de 1860 surgió un grupo, liderado por Vicente Fidel López, que promovía la protección arancelaria y la industrialización, pero el auge del mercado mundial de bienes primarios y el enorme beneficio que proporcionó a los exportadores empujó a Argentina a mantenerse en su especialización agroexportadora subordinada al mercado británico. La industrialización, escasa y distorsionada, surgió como derivación del auge del sector exportador sin que el gobierno hiciera política industrial. Más aún, “Ni el gobierno, ni los industriales, ni los partidos políticos, ni los sectores populares imaginaban un camino diferente a esa convivencia de fábricas y ganado, de poder financiero y dependencia, que parecía inmutable y eterna; nadie se conmovió hasta la crisis mundial, aunque los signos de agotamiento de la oferta fácil comenzaban a resultar visibles para los observadores más avezados”3.

Más tarde, algunos intelectuales comprendieron la necesidad de seguir un camino alternativo. Uno de ellos fue Alejandro Bunge quien, ante la crisis del ’30 y la declinación de la producción local, propuso adaptarse a las nuevas condiciones del mercado mundial, no mediante la devaluación o la reducción de salarios, sino aumentando la productividad a través de la industrialización y el proteccionismo aduanero. En ese momento hizo una caracterización que nunca perdió vigencia pero que la crisis presente reactualiza dramáticamente: “Argentina es un país por edificar”4.

  1. Jorge Sábato, La clase dominante en la Argentina moderna, CISEA Imago Mundi, Buenos Aires, 1991.
  2. Milcíades Peña, La clase dirigente argentina frente al imperialismo, Ediciones Fichas, Buenos Aires, 1973.
  3. Jorge Schvarzer, La industria que supimos conseguir, Planeta, Bs. As., 1996.
  4. Alejandro Bunge, Una nueva Argentina, Hyspamérica, Madrid, 1984.


Autor/es Julio Sevares
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 42 - Diciembre 2002
Páginas:4,5
Temas Desarrollo, Neoliberalismo
Países Argentina