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Argentina está en pecado

Al cumplir 80 años, el autor, un alto prelado de la Iglesia Católica que se destacó por sus denuncias a la dictadura militar (1976/83) y su defensa de los Derechos Humanos, eligió a el Dipló para dar a conocer estas reflexiones sobre la grave crisis argentina, sus responsables y el papel que corresponde a los cristianos y a la Iglesia. A su juicio, siendo Argentina un país de amplia mayoría católica, los cristianos padecen de "esquizofrenia", determinada por el abismo existente entre los valores expresados en sus creencias y sus actos en la realidad concreta.

Jamás pensé que, a mis 80 años, iba a encabezar un artículo con este título. Con dolor de argentino y pesar cristiano, no puedo menos que denunciar una vez más que las tinieblas del “pecado” –que son muy densas en no pocos corazones de la dirigencia– oscurecen y deterioran la convivencia ciudadana hasta un nivel impensado: estamos viviendo un país “empecatado”.

Los formados en la tradición judeo-cristiana sabemos que el “pecado” es algo existencial. No es un mero sentimiento moralizante y menos una abstracción conceptual. Objetivamente es un hecho condicionante en el hombre histórico, que le acarrea una incapacidad de “lograrse” en armonía consigo mismo, con los demás y con el cosmos.

El pecado acontece cada vez que un hombre es víctima de otro hombre. “Pecado” en la concepción judeo-cristiana es el “mal”que un hombre comete contra otro hombre y por eso es “ofensa” al Dios de la Vida, la Libertad y el Amor. Y la “muerte” del ser humano es consecuencia del pecado del hombre. Donde hay muerte humana hay signo de “pecado”.

El pecado se origina en lo íntimo de la persona humana (pensamientos y motivaciones) y se proyecta hacia las relaciones y organizaciones de la convivencia. Leemos en lapidaria sentencia de Jesús: lo que mancha al hombre es lo que sale de su interior.Y será paradigmática la muerte de Abel por Caín: asesino de su hermano motivado por su afán de acumular bienes1.

En lo que va de este año 2002 los “medios” publicitan –con cierto sensacionalismo enfermizo– la muerte de niños y niñas desnutridos. Es preocupante; pero lo es mucho más que no se “publicite”, que no se informe con toda la claridad sobre las causas reales de esas muertes. Llama la atención que no se vaya a la raíz del crimen de genocidio generacional que se viene cometiendo, impunemente, desde hace décadas. Más aún, llama la atención que hoy pretendan ser denunciantes de la punta del iceberg quienes tiempo atrás han silenciado o tachado de ideólogos a los que vienen denunciando el volumen y las consecuencias de la hambruna, que como mancha de aceite se ha ido extendiendo por todas las regiones del país.

Vergonzosa realidad social

La muerte de un solo niño por desnutrición es noticia trágica en todo tiempo y en cualquier parte. Pero si ocurre en un país rico como Argentina y las muertes se multiplican por miles, nos encontramos ante un crimen de lesa humanidad. Sobre todo si agregamos que la ancianidad argentina está amenazada de muerte prematura por falta de alimentación adecuada y medicamentos elementales y que, pensando el futuro, varias generaciones de hombres y mujeres se verán disminuídos en capacidad intelectual y vigor físico.

Este genocidio, en uno de los países más fértiles del mundo, no es efecto del azar, ni una desventura del destino. El “desastre nacional”, la “ruina” de la Nación, el “pecado social” argentino tiene responsables con nombre y apellido.

Llegar a la ancianidad y no haber perdido la memoria –al menos de ciertos hechos claves– es una gracia inmerecida, que debo poner al servicio de mis hermanos en la Fe y de mis conciudadanos en general. No me complazco en recordar el dolor de mis hermanos y hermanas. Sino que ante la “bronca”, la depresión y las ganas de terminar con todo y caer en el vacío, siendo obispo de una Iglesia que ora al “Abba”, Papito Dios, “Danos entrañas de misericordia ante toda miseria humana, inspíranos el gesto y la palabra oportuna, frente al hermano solo y desamparado, ayúdanos a mostrarnos disponibles ante quien se siente explotado y deprimido… para que tu Iglesia sea un recinto de verdad y de amor, de libertad, de justicia y de paz , para que todos encuentren en ella un motivo para seguir esperando”2, quiero aportar mi granito de arena de esperanza activa al pueblo argentino deprimido y explotado por un puñado de sus propios dirigentes.

Es preciso recordar las causas de este pecado social, de esta crisis inédita y global, de este caos social-político que mucho me temo sea criminalmente cultivado para favorecer intereses de sectores (¿mafias?) o justificar una cruel represión, como ha habido ya intentos. Es preciso recordar las causas hondas que han destrozado el tejido social de nuestra culta y rica Nación, pionera en muchos aspectos en Latinoamérica, convertida hoy en risueña republiqueta caudillesca. El sistema de engaños para ganar posiciones ventajosas y seguir medrando con la miseria del prójimo llega a tal punto que algunos hábiles corruptos se presentan como restauradores del mismo orden que fue causa del desorden que vivimos, intentando despertar lástima con anécdotas truculentas de mortalidad infantil, sembrando la cultura de la dádiva y promoviendo la solidaridad-beneficencia para no llegar a la justicia equitativa y al compartir solidario, fraterno, ciudadano, de un real sistema democrático.

No bastan leyes paliativas del hambre maternal e infantil. Esto es profundizar la miseria de los argentinos. Es fomentar la cultura de la dádiva, caldo de cultivo de servilismos y desprecio por la dignidad humana. Se necesitan leyes nacionales y provinciales que promuevan eficazmente las fuentes legítimas del trabajo digno para que millones de argentinos lleven alimentos a sus familias. La simple beneficencia no es cristiana. Es el invento del sistema capitalista salvaje (neoliberalismo) para contener reclamos justos pero peligrosos para la “ganancia del mercado”. No es extraño que en este país en que todo se derrumba, exista la red más perfecta de solidaridad-ayuda y que fuentes capitalistas sostengan con lo que les sobra (y hasta como propaganda para ganar más), comedores infantiles, de adultos y ancianos con comidas-limosna.

El Dios de Jesucristo, el Dios de la Vida, el Dios del Amor, que impulsa a una solidaridad eficaz y operante; el Dios de la Verdad, la Justicia y la Libertad, no se contenta con “el vaso de leche sino que exige que devuelvan la vaca robada”3.

El Evangelio no es manual de política ni de economía, pero ¡ay del Obispo que pretenda anunciar la Buena Nueva Evangélica sin tener en cuenta la situación, la historia, la realidad, el mundo que pretende evangelizar! Daría manotazos en el aire, al decir de San Pablo. Por eso es que voy a hacer una síntesis muy apretada de las decepciones socio-económicas y políticas que aplastan a nuestro pueblo. Y uso con toda intención el vocablo “aplastar”: nada ha quedado en pie de lo que fue nuestra gran Nación.

El punto de partida del “desastre y destrucción nacional” fue el “Proceso de Reorganización Nacional” con la aparición de la deuda externa (impagable e ilegítima, “asfixiante, injusta e inhumana” al decir de Juan Pablo II), pasando por la guerra sucia como eufemismo de genocidio y violación de elementales derechos humanos, hasta la alocada guerra de Malvinas, tras sortear la demencial programada guerra con Chile. Esta crisis económica, social, política y cultural fue previsible desde el año 1976, cuando el ministro de Economía del gobierno militar habló a la Asamblea Episcopal, reunida en San Miguel. Las consecuencias del programa socio-económico presentado entonces, han superado en forma insospechada lo previsible en esa época.

Mi opinión pastoral es que desde entonces Argentina se fue sumergiendo en un mar de “pecado social” que fue crucificando a nuestro pueblo con los clavos de la tortura física y psicológica, de la violencia de las armas de uno y otro signo, del engaño y ocultamiento de objetivos, del manejo fraudulento de las finanzas y vaciamiento del patrimonio nacional, de la dependencia foránea contra el pueblo con privilegios irritantes para los entregadores, traslado de capitales argentinos a lugares de mejor postor. Dejando a nuestros empleados y obreros con los brazos caídos y sembrando la angustia y la decepción de la vida en los hogares con padres y esposos sin trabajo; el hambre, la desnudez, la enfermedad y la ignorancia en la niñez y juventud.

Luego de la euforia de la Democracia, recuperada con sudor y sangre, se fueron sumando las decepciones: desde la ambigüedad del período radical pasamos a la flagrante traición a la democracia representativa, las privatizaciones y la convertibilidad a favor del poder financiero contra el asalariado, los jubilados y la desocupación del período menemista-justicialista; luego, la desorientación de no saber quién es quién a partir del período aliancista-radical con el epílogo indefinido y tenebroso del actual gobierno duhaldista y elecciones en puerta con candidatos y fechas que no terminan de definirse, mientras se gastan millones en prematuras campañas pre-electorales.

Y para rematar, el pueblo argentino sufrió recientemente el fracaso de la Mesa del Diálogo en su primera versión, reiniciada ahora auspiciosamente con otros parámetros y otros actores4. Se puede afirmar rotundamente que el Dios de Jesucristo no quiere este desastre nacional, porque su “gloria” es que el hombre viva en dignidad5. Lo que cuenta para Dios es el “hombre”; por eso se hizo historia humana en Jesucristo. Y la Iglesia no existe sino para hacer presente al Dios de Jesucristo, liberador de la humanidad empecatada para transformar los pueblos de la tierra en una gran familia de hijos e hijas del Abba (Papito Dios). Transformación para que vaya surgiendo, a través de todas las culturas y razas, una convivencia fraterna, solidaria, justa, libre: la “civilización del amor”, signo de la realidad futura y definitiva de plenitud humana. Es el más “allá” que se construye en el más “acá”. No es la alienación, sino el construir la Historia con el horizonte de la plenitud del Reino que Jesús anunció para la humanidad.

Ambigüedades cristianas

En el huracán de decepciones y confusiones que azota a la sociedad argentina, también el concepto y la realidad de misión de las iglesias cristianas caen en ambigüedades, con desmedro de su propio rol en la construcción de la Nación. En el mismo concepto de “Iglesia” hay que desterrar reduccionismos que esterilizan la acción evangelizadora. La Iglesia es la “comunidad de los creyentes en Jesús muerto y resucitado” y tiene por misión exclusiva ser “signo e instrumento” del reinado del Dios de Jesucristo en la sociedad por donde transitan sus miembros. En el proyecto de Jesucristo, todos los bautizados somos Iglesia. Todos hemos sido igualmente llamados por Dios. Las diferencias son funcionales o ministeriales6. Tampoco somos Iglesia en cuanto individuos, sino en cuanto miembros de una comunidad eclesial. Nadie es más que nadie, porque todos sirven a todos y todos en cuanto comunidad eclesial sirven a la sociedad civil, a la ciudadanía como tal, sin distingos de confesiones religiosas, ni partidos políticos, ni clases sociales, con una única preferencia: quienes están en situación de necesidad. Es el tema eje de la opción preferencial por los pobres.

En esta Argentina de la desnudez y hambre, con generaciones que crecen sin salud ni educación elemental, con mujeres y hombres deprimidos y angustiados, arrojados como “excluidos”(nuevo nombre de la muerte en vida) en el agujero negro de la desocupación engendrada por el perverso sistema neoliberal; con cien casos de muerte infantil por día a raíz de desnutrición de la familia entera. En esta Argentina se producen anualmente alimentos para 300 millones de seres humanos. En esta Argentina que sigue siendo uno de los tres primeros productores de alimentos per cápita del mundo (3,5 toneladas por año; 450 kilos un europeo); en esta Argentina que vive un momento de aguda esquizofrenia social, producto de la corrupción política, sindical, empresarial, una Iglesia-Comunidad (pastores y laicado) que no sea fiel a Jesucristo y su Evangelio hasta el martirio de la sangre, si cabe, será doblemente culpable del “pecado social”.

Porque para responsabilidad de fieles y pastores, en esta Argentina rica con habitantes miserables, la mayoría de sus dirigentes se dicen cristianos y la mayoría de la población está bautizada. Al interior de la Iglesia-comunidad, la esquizofrenia social se llama “pecado de dualismo” –de falta de coherencia entre Fe y Vida– que el Concilio Vaticano II señala como la mayor traición a la misión que le ha encomendado Jesús, a partir de su muerte y resurrección, a quiénes pretendan ser sus discípulos: “ser testigos fieles de su Evangelio ante el mundo y la historia de todos los tiempos”7. Entonces, ¿qué Iglesia necesita esta Argentina arruinada por sus dirigentes, muchos de ellos cristianos y hasta cumplidores con la misa dominical?

Una Iglesia-Comunidad, servidora del pueblo, que “sirva” para recrear el tejido social, fomentando una convivencia fraternal, con solidaridad real hecha de justicia y equidad, sinceridad, respeto y promoción de los Derechos Humanos8. Una Iglesia pobre, desprovista de medios de poder, libre de influencias de las ideologías dominantes, cuya fuente de creatividad y compromiso sea la Fe en el “poder de Dios” en su enviado Jesucristo Liberador y Señor de la Historia. Una Iglesia-comunidad que destierre en muchos cristianos/as la falsa prudencia del “no te metás”, o del “cuidado, no te equivoques”. Una Iglesia que hable y actúe con osadía y claridad, evitando el mensaje “aguado” encerrado en meticulosa reglamentación jurídica o con equilibrios y eufemismos estereotipados en formas diplomáticas. Una Iglesia que sacuda la inercia espiritual de sus miembros, responsables por comisión u omisión de la Argentina caótica que padecemos, para que se pongan con audacia y riesgo, con entusiasmo y sin pausas, a la búsqueda de soluciones en la verdad, la libertad, la justicia y el amor solidario. Una Iglesia en la que los pastores y los fieles se dejen interpelar por la crisis de dirigencia que padece el país y pongan en práctica el llamado de Paulo VI a evangelizar el mundo actual: “dejen ustedes los laicos la pastoral al interior de la Iglesia a sus pastores y entréguense a actuar en el vasto campo de la política, de la economía, de los sindicatos, de los medios de comunicación social, del amor y la familia”9. Una Iglesia convertida al mensaje bíblico, que entienda que Dios habla en la historia y no en el inmovilismo de los ritos. En consecuencia, que viva la “vigilancia interior” en la reflexión orante, para escrudiñar los “signos de los tiempos” en el diario acontecer político del pueblo argentino, con el único temor de perder el momento histórico para transformar, con fundada esperanza, cada hecho privado o público en salvación de una historia argentina liberadora. Esta es nuestra Fe Cristiana; no una religión de ritos que satisfacen sentimentalismos o aplacan conciencias erróneas o sirven a intereses espurios.

Personalmente, vengo sosteniendo que la crisis política-económica-cultural tal cual se ha originado con “se dicentes” cristianos, es algo más que crisis moral. Es una aguda crisis de Fe Cristiana, porque en los objetivos-medios y estrategias de los planes gubernamentales están ausentes los criterios evangélicos de la Doctrina Social Cristiana, aunque “pongan la mano” en la tapa de los Evangelios durante los juramentos de práctica.

Argentina necesita de una Iglesia que forme sólidamente a sus bautizados para terminar con el cristiano “nominal” o del “cumplimiento” con actos piadosos y luego opera con criterios y actitudes que no reflejan los criterios y las actitudes de Jesucristo y su Evangelio. Esa es la nefasta incoherencia de la mayoría de nuestros dirigentes bautizados. Y son los responsables directos del “pecado social” que clama al cielo por la muerte de tantos inocentes niños, adultos y ancianos.

Una Iglesia que ante el hecho del pueblo argentino “crucificado” por mercenarios del “dios-mercado”, motive a los cristianos/as para que se desvivan por bajar a Argentina de la cruz. Esto significa atreverse a ser decididamente anti-neoliberal. Atreverse a ir contra corriente, y no esperar a que llegue el fracaso del neoliberalismo. Mi opinión personal es que en Argentina la Iglesia no ha proclamado a los cuatro vientos, como debería haber hecho, la perversidad latente (como un cáncer dormido) del sistema neoliberal, desenmascarando proféticamente la falsía de esa ideología, la mentira más genial que nos ha legado el siglo XX.

Es por eso que no faltan grupos de bautizados y organizaciones empresariales con el nombre “cristiano” que aceptan la doctrina neoliberal como el “evangelio” que normaliza sus actividades. Y se da el caso de sectores de la educación católica que se muestran indulgentes en la práctica con la doctrina neoliberal. Han caído y siguen cayendo en la trampa de que el neoliberalismo no es “ateo”. Pero de hecho no es al Dios de Jesucristo sino al “dios-mercado” al que adoran. Han caído en el engaño de la imposibilidad de “hacer otra cosa” por el fenómeno de la “globalización única” como pantalla para no cambiar nada. Muchas veces beneficiados económicamente en lo inmediato, han descuidado la solidez doctrinal evangélica y es así que numerosos cristianos cómplices de la devastación neoliberal se encuentran encaramados en no pocos estrados de la dirigencia argentina. Llamado por su nombre, esto es el pecado de apostasía práctica y crimen de lesa humanidad. Son tan culpables como los responsables del genocidio de la dictadura militar, porque la crisis general del país es fruto directo del sistema económico-político neoliberal que se nos ha impuesto y sigue vigente

La Iglesia que hoy necesita Argentina es una Iglesia lúcida y llena de coraje para afrontar nada menos que una estructura socio-económico-política “pecaminosa”. Por sus frutos los conocerán –advirtió Jesús– y vivimos una sociedad de tal modo estructurada que genera la muerte y no da vida. Reaccionar ante esta situación significa trabajar incansablemente por la paz social, cuyo único camino es la justicia social10 nuevo nombre del amor projimal hacia las mayorías injustamente oprimidas y excluidas.

Por eso la Argentina de hoy necesita con urgencia “ministerios” de la Iglesia que pongan al servicio del pueblo –creyente o no creyente– todas las capacidades humanas, intelectuales, científicas, tecnológicas y educacionales de sus fieles, con una sólida formación en el mensaje bíblico liberador. En definitiva, es redescubrir en el hoy de la historia la dimensión socio-política de la Fe Cristiana y formar al cristiano/a en forma integral, para que sea capaz de hacer realidad en la Argentina la misión que Jesús señaló a sus discípulos: “Ustedes son la sal de este mundo… ustedes son la luz de este mundo”11.

Por eso, concierne a toda la Comunidad-Iglesia formarse en la dimensión social-política de la Fe para que cada cristiano/a cumpla sus deberes ciudadanos y exija sus derechos ciudadanos. La comunidad- Iglesia debe ser, por misión propia, el humus cultural de dirigentes probos: honestos e idóneos. La honestidad es una cualidad moral ineludible. La idoneidad es la aptitud para poder desempeñar con responsabilidad y eficiencia la tarea asumida. Una y otra deben estar inspiradas en un “espíritu” de entrega por el bien de los otros12. Por eso, en cada cristiano coherente con su Fe hay un aporte al bien común de la Patria.

Mensaje a jóvenes y adultos

Sabido es que las estructuras son resultantes de los valores de la conciencia de un pueblo. Y ésta, a su vez, está condicionada por aquellas. En consecuencia, en orden a la misión de la Iglesia, hay que atender a la conversión del corazón de cada persona y al cambio de estructuras de la sociedad en forma simultánea. Persuadido de que esta misión de Iglesia en dos instancias simultáneas no se cumple sin un laicado maduro en la Fe Cristiana y sin una catequesis socio-política (formación gradual en la Doctrina Social Cristiana) como proyección capilar de valores humanos-cristianos que lleguen hasta la actividad socio-politica, desde hace años acompaño pastoralmente al Instituto Secular Cristífero13 y a la Asociación Jaime de Nevares como dos fuentes de evangelización para la formación del laicado eclesial en la doble instancia de su misión de levadura evangélica en la sociedad argentina. Quiero llegar por este medio a los adultos, con una palabra a favor de los jóvenes. Es lugar común que no hay generación espontanea. Los jóvenes de hoy son fruto de adultos y ancianos, y me incluyo. No nos quedemos con simples expresiones de alabanza o vituperio hacia las nuevas generaciones. Tomemos en serio que la juventud argentina tiene como primera carencia la falta de modelo de hombres y mujeres “probos”, testimonios vivientes de honestidad y, en cristiano, de coherencia con la Fe que se practica.

A los jóvenes les digo que a pesar del mal testimonio de muchos adultos y ancianos, ustedes son los protagonistas de su propia historia. Para los que tienen Fe Cristiana, aconsejo que profundicen la relación con Jesucristo el Señor de la Historia, tratando de asumir con fidelidad –heroica, llegado el caso– sus criterios y actitudes. Y a los que no tienen Fe Cristiana, les aconsejo se aventuren conocer a Quién un día, en plena asamblea religiosa, salió en defensa de la persona humana como tal en situación de necesidad, por encima de la observancia ritual, dejando la frase más revolucionaria de todos los tiempos: “La Ley es para el hombre y no el hombre para la Ley”14.

  1. Génesis 4, 8, 9.
  2. Plegaria Eucarística.
  3. Biblia, Libros Proféticos y Evangelio.
  4. Mesa del Diálogo Argentino: órgano presidido por la Iglesia y la ONU, ampliada en esta segunda etapa con representantes de otros credos y ONG. Ver M.L. Lenci, “La Iglesia contra los políticos”, Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, Buenos Aires, julio de 2002.
  5. San Ireneo (siglo II).
  6. Paulo VI.
  7. Hechos de los Apóstoles 1, 8.
  8. Juan Pablo II, Discurso sobre la Paz, 1999.
  9. Paulo VI, “Evangelii Nunciandi”, # 70. 1978.
  10. Juan Pablo II, “Iglesia en América”, # 56.
  11. Mateo, 5, 13, 16.
  12. El mandamiento del Amor: Lucas,10, 29.
  13. Instituto Cristífero (Instituto Secular). Es un ámbito eclesial para crecer en madurez humana y en Fe Cristiana en una lúcida y vigorosa espiritualidad cristiana laical. Brinda una formación cristiana integral para facilitar la coherencia de vida en el mundo y para el mundo actual. Instituto Cristífero. CC Bolívar 495- 7300. Azul, Buenos Aires, Argentina. e-mail: institutocristifero@copetel.com.ar Con el fin de “despertar la participación política desde el Evangelio”, también funciona la Asociación Jaime de Nevares, Carlos Calvo 3163, Buenos Aires 1230, Argentina. Teléfono: (5411) 4932 8372.
  14. Lucas 13, 14.
Autor/es Miguel Esteban Hesayne
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 42 - Diciembre 2002
Páginas:6,7
Temas Desarrollo, Neoliberalismo, Iglesia Católica
Países Argentina