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Un proceso con final abierto

Del mismo modo que la de otras economías, la crisis uruguaya, desencadenada a partir de mayo pasado después de la devaluación en Brasil y sobre todo de la crisis financiera argentina, responde a causas estructurales que exigen medidas de fondo, un cambio de orientación y no soluciones parciales. El autor propone una profundización del diálogo nacional entre los distintos sectores políticos y sociales para recuperar los niveles de integración social que han distinguido al país, antes de que éste siga el camino de otros en la región.

El desempeño de la economía internacional en los ’90 permitió a las economías sudamericanas recibir un importante flujo de capitales que facilitaron los procesos de estabilización y crecimiento, que en el Cono Sur adoptaron un patrón particular. De acuerdo al comportamiento de los componentes de la oferta y demanda final en Uruguay, el patrón de crecimiento de la economía en los ’90 tenía las siguientes características:

-incremento de las exportaciones y servicios (turismo) al Mercosur, que se expandieron por el aumento de la capacidad de compra en dólares en la región (debido a la política cambiaria) y por la apertura de esas economías a los productos uruguayos, mientras se mantenía la protección frente a terceros mercados.

-incremento del consumo interno, sustentado por el aumento de la capacidad adquisitiva en dólares en Uruguay (debido a la política cambiaria) y porque la reducción de la inflación permitía reducción en las tasas de interés, lo que unido a la expansión del crédito al consumo alimentaba el crecimiento.

-incremento de la inversión, provocado por el abaratamiento relativo de los productos importados, los incentivos arancelarios a la importación de bienes de capital y la relación de precios entre bienes transables internacionalmente, transables regionalmente y no transables, que alentaba la inversión en estos dos últimos sectores.

Cada uno de esos factores sufrió un cambio. Si éste fuese transitorio, se estaría frente a una recesión coyuntural, en tanto que si fuese de carácter permanente, la recesión no podrá revertirse sin cambiar el patrón de crecimiento.

Del análisis de cada uno de los factores surge que los cambios que comenzaron en enero de 1999 con la devaluación de Brasil, son permanentes. Por un lado, la modificación de las políticas cambiarias en Brasil y Argentina no es un fenómeno transitorio: la evolución del tipo de cambio en esos países ya no tendrá el mismo patrón de evolución (dólar barato) que con las políticas de estabilización desarrolladas en los ’90. Por lo tanto, las exportaciones de bienes y servicios (turismo) no tendrán en los próximos años el dinamismo de los ’90.

En lo que respecta al comportamiento del consumo interno, el cambio es también permanente. El nivel de endeudamiento externo e interno se transformará ahora en una restricción al aumento del consumo interno.

En perspectiva histórica, la crisis del patrón de crecimiento de los ’90 dejó al desnudo un proceso económico que no había generado condiciones de crecimiento autosostenido y por lo tanto era altamente vulnerable a shocks externos adversos, a la solvencia del Estado, a su capacidad de endeudamiento y por tanto también a la capacidad de acceso a financiamiento del propio sector privado.

Pero además de ser una crisis del patrón de crecimiento, Uruguay también enfrenta una crisis estructural. En Economía se distingue entre producto efectivo y producto potencial. El producto efectivo es lo que efectivamente se produce en un país, en tanto el producto potencial es lo que ese país podría producir con la dotación de capital que posee, en sus diferentes formas. El capital físico lo constituyen las máquinas, las herramientas, etc… El capital natural, los recursos naturales: la tierra, los recursos hídricos, etc… El capital humano se refiere a la dotación en cantidad pero también en nivel de calificación (educación formal e informal) de la fuerza de trabajo. El capital financiero implica los recursos financieros a los cuales la economía puede acceder, tanto por su capacidad de ahorro, como de endeudamiento. Y el capital social significa el grado de integración social, de confianza y el espíritu de cooperación.

Una forma de definir la crisis es por lo tanto aquella que la identifica con la destrucción de capital, en cualquiera de sus formas. Estimaciones no oficiales arrojan que desde 1998 en Uruguay ha cerrado el 35% de las empresas. En la industria, en 1988 había 26.000 empresas; en 1998, 14.000, y según estimaciones de la Cámara de Industrias del Uruguay, a finales de este año sólo quedarían 12.000. Los más de 100.000 emigrantes de los últimos años no volverán, y los más de 180.000 desocupados tendrán dificultades de reinserción. Las familias separadas, la conflictividad creciente y la consiguiente destrucción del capital social constituirán un freno más a cualquier estrategia de crecimiento.

La destrucción de capital financiero es el componente más reciente de la crisis. Como sociedad, Uruguay ha perdido capacidad de acceso al ahorro y capacidad de endeudamiento. A fines de 2002, el ratio deuda sobre producto será aproximadamente del 90%.

Cuando el capital se destruye, la dotación de capital con que cuenta la economía es menor, y por lo tanto el producto potencial cae. Ya no alcanza con pensar en políticas de reactivación productiva sino que es necesario pensar en políticas de recomposición del capital: un nuevo patrón de crecimiento. Una vez más queda de manifiesto la vulnerabilidad externa de la economía uruguaya, que no es más que la contracara de la incapacidad para desarrollar formas de acumulación de capital que sustenten patrones de crecimiento con un alto componente endógeno.

La corrida bancaria

Lo señalado pone de manifiesto la vulnerabilidad externa del proceso económico uruguayo, que explica la corrida bancaria que atraviesa el sistema financiero desde febrero pasado. Para intentar comprender los factores que explican la corrida es necesario diferenciar tres tipos de comportamiento de los depositantes: los argentinos y los grandes nacionales; los medianos y los pequeños.

En el primer grupo –argentinos y depositantes nacionales grandes– la principal explicación de su salida del sistema se encuentra en la percepción de que factores externos desestabilizadores (caos argentino) podrían repercutir negativamente sobre la economía nacional, al punto de afectar la solvencia de los bancos. Como en Uruguay, por tradición, el Estado ha actuado no sólo como prestamista en última instancia sino además asistiendo bancos para salvaguardar los derechos de los depositantes, los argentinos y los depositantes grandes no sacaron la plata en diciembre, cuando se desencadenó la crisis financiera en Argentina. ¿Por qué entonces la sacaron en febrero?

Cuando existe asimetría de información, los agentes menos informados se guían por las señales que emite el más informado. En la ocasión, una calificadora de riesgo retiró la calificación de grado de inversor a Uruguay, y entre una de las razones señaló “la debilidad del sistema financiero”. Esta señal hizo que los argentinos y los grandes depositantes creyeran que con la rebaja de la calificación y el déficit fiscal elevado, el gobierno uruguayo podría no cumplir esta vez con su papel tradicional de asistencia al sistema financiero; guiándose por la señal del más informado, percibieron riesgo de crisis bancaria también en Uruguay.

La percepción de los argentinos y de los depositantes grandes se fundamentó también en que los factores que explican una crisis bancaria (boom de préstamos, alteraciones posibles en el régimen cambiario, supervisión inadecuada y debilidad del marco regulatorio) estaban presentes también en Uruguay y de allí su temor al contagio de la situación argentina.

La transmisión de información con información asimétrica hace que la corrida sea gradual y no homogénea. Los depositantes medianos sólo percibían una situación delicada, hasta que llegaron nuevas señales que provocaron su desconfianza. Los bancos internacionales en Argentina no contaban con el respaldo de sus casas matrices. Es más, el Scotia Bank vio subir el valor de sus acciones en Toronto, porque el no cumplimiento de sus obligaciones en Argentina fue percibido por sus accionistas como una acción para limitar pérdidas. La desconfianza en los depositantes medianos aumenta por la falta de compromiso de los bancos en Argentina y porque en Uruguay el “boca a boca” ya les había llegado desde los grandes depositantes.

Y finalmente, la señal que provocó el pánico en los pequeños depositantes: el discurso presidencial del 12 de mayo pasado. Ante el rumor y el “boca a boca” y la percepción de los pequeños de que el producto “depósito” valía cada vez menos pues la gente estaba retirando su plata de los bancos, el discurso del Presidente fue interpretado como una señal de gravedad de la situación. La emotividad del discurso buscaba generar compromiso en la población, pero generó desconfianza: la gente entendió que la situación no era manejable.

Para recuperar la confianza, enfrentar el pánico y desacelerar la corrida restituyendo la credibilidad del Estado de operar como respaldo del sistema financiero y salvaguarda del derecho de los depositantes, el gobierno siguió dos caminos: ajuste fiscal y búsqueda de respaldo internacional. El ajuste tuvo como objetivo mostrarles a los agentes nacionales e internacionales que desde el punto de vista político Uruguay no era comparable con Argentina y que se tomarían las medidas necesarias para recuperar la credibilidad del Estado. El apoyo de los organismos multilaterales (un crédito de 1.500 millones de dólares), permitió alejar el fantasma del default y, para los depositantes pequeños, el del “corralito” a la manera argentina.

De esa forma, en una primera instancia se desaceleró la corrida y se frenó el pánico en los pequeños depositantes, pero la liberalización del tipo de cambio, el 20 de junio pasado, fue la señal de que el gobierno no podía controlar la situación, ya que era evidente que no se podía contar con las reservas internacionales para sostener el régimen cambiario: se necesitaban para otra cosa.

Esto fue percibido por los agentes como la incapacidad del Estado uruguayo de actuar como prestamista en última instancia en una moneda, el dólar, en la cual no produce ni recauda. La caída de las reservas internacionales generó la desconfianza de los ahorristas uruguayos sobre los bancos en los que el Estado estaba interviniendo y en la propia banca pública. Cuando se decreta el feriado bancario se habían retirado el 45% de los depósitos en moneda extranjera del sistema.

La situación actual

Luego del feriado bancario de fines de julio, del apoyo de los organismos multilaterales de crédito y de la aprobación de la ley que habilita la reprogramación de los depósitos de la banca pública, se optó por suspender la actividad de aquellos bancos que no estuvieran cumpliendo adecuadamente con la normativa bancocentralista, de forma de que la población pudiera distinguir entre los bancos “buenos” y los bancos “malos” y de esa forma frenar la corrida generalizada. En el mes de agosto la corrida continuó a un ritmo más lento (464 millones de dólares de retiros) pero en septiembre se frenó (apenas 66 millones de dólares de retiro y 22 millones de nuevos depósitos). ¿Qué había ocurrido?

En un contexto de potencial conflictividad, trabajadores bancarios y ahorristas mostraron en forma elocuente la importancia del capital social en una sociedad. El espíritu de cooperación y de integración social son dos pilares fundamentales del capital social, y es sobre esos pilares que se ha desarrollado la actitud de trabajadores bancarios y ahorristas.

La hipótesis de este artículo es que al respaldo internacional logrado se sumó el comportamiento de trabajadores y ahorristas y el llamado del ministro de Economía a una mesa de diálogo con todas las fuerzas políticas para analizar en conjunto la problemática y las soluciones posibles. Hasta el momento el apoyo internacional se percibía como mayor endeudamiento, y no como mayor respaldo. Puesto que el endeudamiento deberá afrontarlo el próximo gobierno y no éste, una mesa de diálogo sobre el tema otorga credibilidad al apoyo externo.

No obstante, con las medidas que se tomaron no se solucionó la crisis. Se frenó la corrida, hecho importantísimo, pero la solución definitiva para los bancos suspendidos –y por tanto para los ahorristas, trabajadores y las más de 30.000 empresas que trabajan con esos bancos– todavía no está clara.

La crisis sigue en la medida en que la solución acordada con los organismos multilaterales no sólo dejó cabos sueltos en lo que se refiere a la red de seguridad, sino que además rompió la cadena de pagos a través de la ruptura de la cadena de créditos de cuatro de los más importantes bancos del mercado, con la consiguiente consecuencia sobre el nivel de actividad y de recaudación.

Se trata, como se ve, de una historia con final abierto. Illya Prigogine señala que es difícil a veces predecir en qué sentido pueden evolucionar las estructuras y los sistemas sociales, pues en general constituyen estructuras disipativas de final abierto. En esta lógica Prigogine identifica los llamados puntos de bifurcación. Son momentos en los cuales los factores que explican la evolución de una estructura hasta determinado momento no son los que explicarán la evolución posterior de dicha estructura1. Uruguay se encuentra en uno de esos puntos de bifurcación.

La comprensión por parte de los actores de que la crisis bancaria es mucho más profunda que la crisis de los cuatro bancos suspendidos es fundamental para poder prever el sendero que recorrerá la economía en los próximos meses y años. Si la crisis bancaria es el resultado de un patrón de crecimiento y forma parte de una crisis estructural más amplia, habrá que aceptar que no valen soluciones parciales. La crisis del patrón de crecimiento cuestiona la inserción internacional de Uruguay, la estructura actual de Estado, la propia estructura productiva y por supuesto el rol de integrador social de la función pública.

La crisis fiscal no es independiente de la crisis productiva, ni de la bancaria, ni de la de confianza, ni de la social. Es necesario diseñar políticas que articulen todos estos elementos. Las medidas que se tomen trascienden al actual gobierno y es por eso que deben decidirse en el marco de un diálogo nacional. Los motivos para llamar a un diálogo amplio son varios, pero debe resaltarse el que se refiere a la relación entre la confianza y la integración social. ¿Cuál es (más allá del mate amargo y la victoria de Maracaná)2 la esencia de nuestra identidad como Nación? La integración social. Es esto lo que hizo que Uruguay fuera identificado como “la Suiza de América”, lo que distinguió al desarrollo del país del de otros de América Latina.

El “final abierto” de la actual crisis es también una oportunidad para que la sociedad uruguaya recupere esa vocación integradora.

  1. Illya Prigogine, Tan sólo una ilusión. Una exploración del caos al orden, Tusquets, Barcelona, 1998.
  2. NdlR: el autor se refiere a la legendaria victoria del seleccionado de fútbol uruguayo sobre el de Brasil en el estadio Maracaná de Río de Janeiro, en la final de la Copa del Mundo de 1950.
Autor/es Luis Porto
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 42 - Diciembre 2002
Páginas:12,13
Temas Desarrollo, Deuda Externa, Neoliberalismo
Países Uruguay