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El Sudoeste Asiático, nuevo eje estratégico

La estrategia de la campaña antiterrorista de Estados Unidos implica objetivos políticos y económicos en la zona del Sudoeste Asiático, donde también tienen vitales intereses otras tres potencias: Rusia, China e India. Es a la luz de este objetivo que es preciso leer la aplicación de la noción de "ataque preventivo" contra Irak, y por elevación contra Irán, que acumula razones para dotarse de un arsenal nuclear.

La estrategia de Estados Unidos se inscribe en tres marcos diferentes, que en parte se superponen: la política definida después de la Guerra Fría para impedir el resurgimiento de toda potencia rival análoga a lo que fue la Unión Soviética (de allí los esfuerzos por debilitar a Rusia); la lucha global contra el terrorismo, los Estados que lo apoyan y también los que decidieron adquirir armas de destrucción masiva o ya se las procuraron; y la guerra iniciada el 7 de octubre de 2001 contra Afganistán, con sus repercusiones y prolongaciones. En buena medida estos tres marcos coinciden con el espacio geográfico comprendido entre los mundos asiático, chino, indio, eslavo y árabe, que los expertos estadounidenses designan con el concepto genérico de “Sudoeste Asiático”.

De manera que los responsables estadounidenses conocían el teatro de operaciones de la guerra desatada contra Afganistán y pudieron tener la impresión de haber alcanzado sus objetivos después de la dispersión o la huida de las últimas unidades de talibanes y de miembros del grupo Al-Qaeda, y tras la formación en Kabul de un poder bajo la autoridad al menos nominal del presidente Hamid Karzai. Sin embargo, desde agosto pasado, el general Tommy Franks, jefe de las operaciones militares en Afganistán, anunció públicamente que las fuerzas de Estados Unidos se iban a quedar allí “por mucho, mucho tiempo”. Incluyen de 7 a 8 mil hombres, y de las escasas informaciones que se filtran sobre sus actividades cabe deducir que la mayor parte del tiempo se mantienen estacionadas en sus posiciones, salvo que reciban informaciones que les den suficientes posibilidades de éxito en la persecución de los fugitivos talibanes o miembros de Al-Qaeda. Por otra parte, la inseguridad sigue reinando prácticamente en la mitad del territorio afgano, sobre todo donde está implantada la comunidad pashtun.

Alrededor de un millar de los notables que la representan se habían reunido en Peshawar al comenzar la operación estadounidense, pronunciándose a favor de que el grupo Al-Qaeda abandonara territorio afgano, pero al mismo tiempo contra la intervención militar de Estados Unidos. Este episodio selló el fracaso de los intentos de constituir un gobierno sustentado por los pashtun, que sustituiría al de los talibanes. El curso de la campaña militar de Estados Unidos resultó modificado por ese fracaso.

Durante los primeros días, Estados Unidos concentró sus ataques en los depósitos de materiales, equipos, municiones y carburantes de los talibanes, pero había pedido a las tropas de la Alianza del Norte que se mantuvieran alertas. El fracaso de los intentos de formar un gobierno de mayoría pashtun llevó a Washington a bombardear masivamente las ciudades a conquistar: Mazar-i-Sharif, Kabul, Yalalabad y Kandahar. Las tropas de la Alianza del Norte penetraron en ellas prácticamente sin combatir, mientras que se revelaron inoperantes en las regiones de población pashtun, donde las unidades reclutadas en el lugar nunca manifestaron el ardor y la combatividad deseables.

El objetivo buscado (la destrucción completa de las fuerzas de los talibanes y del grupo Al-Qaeda y la captura de sus jefes), sólo se alcanzó muy parcialmente. La composición del nuevo gobierno de Kabul, con preponderancia uzbeca, tayik y en menor medida hazara (chiíta); la débil autoridad del presidente Hamid Karzai; la inseguridad que reina en la mayor parte del país, incluida su capital, bastan para demostrarlo. Más aun, la porosidad de la frontera entre Afganistán y Pakistán y el comportamiento común de las poblaciones pashtun a un lado y otro de la frontera confirmaron que el conjunto de las regiones pashtun de Afganistán escaparía al nuevo poder de Kabul, y que un día podría instalarse allí una guerrilla con bases situadas en el territorio de Pakistán.

Así es como la guerra de Afganistán se convirtió en la guerra de Pakistán. Sus primeras señales fueron los atentados contra los servicios diplomáticos estadounidenses y la operación terrorista que provocó la muerte de once técnicos franceses de la marina de Karachi, el 8 de mayo pasado. Para Estados Unidos, el compromiso total del presidente Pervez Musharraf representaba una baza crucial, pero no suficiente. Lo prueban los resultados de las elecciones legislativas del 10 de octubre: el partido del presidente –la liga musulmana Qaid-e-Azam– ganó con amplia ventaja en las zonas correspondientes a su base personal y comunitaria, pero los partidos religiosos reunidos en el Mutahidda Majlis-e-Aman (MMA) se impusieron masivamente en las regiones pashtun, tanto en las fronteras con Afganistán como en la vecina provincia de Baluchistán.

El rol de Irán

El MMA reúne a los partidos islamistas más radicales, cuya cultura se asimila a la de los talibanes: el Jamait Ulema-e-Pakistán, rigurosamente integrista; el Jamait Ahle Hadith, que se remite al wahabismo; el Millat-e-Jafria-Pakistán, que reúne a la comunidad chiíta; y los grupos más radicales del Jamait Ulema-i-Islam, uno de cuyos dirigentes, Samiul Haq, dirige una de las escuelas coránicas más célebres del país en Akora Khattak, donde estudiaron el mullah Omar y Osama Ben Laden. El vicepresidente del MMA, Qazi Hussain Ahmed proclamaba la voluntad de su partido de eliminar las bases estadounidenses en territorio pakistaní y de hacer salir al país de la coalición “contra el terrorismo” forjada por Estados Unidos, añadiendo que establecería en las regiones que controla una “ley islámica total”, sin “aceptar nunca la cultura occidental”.

Los militantes de la mayor parte de los grupos que constituyen el MMA, especialmente los jóvenes, no se distinguen fundamentalmente de los que se comprometen poco a poco en la lucha armada de uno y otro lado de la frontera bajo las etiquetas de los talibanes o Al-Qaeda. Imaginemos las consecuencias en un país que a pesar del carácter dictatorial de su régimen, sigue dividido entre comunidades irreductiblemente autónomas y encarnizadamente particularistas.

Toda guerra es un engranaje: ésta lleva a Estados Unidos a extender su campo de acción mucho más allá de los territorios afgano y pakistaní. Se reforzó la presencia de las fuerzas aeroterrestres en Diego García, en el corazón del Océano Índico. Doscientos asesores se establecieron en Yemen, donde el lanzamiento de un avión telecomandado contra un vehículo que transportaba a seis responsables del grupo Al-Qaeda reveló sus capacidades operativas. Se instalaron muy discretamente unidades especiales en Yibuti, antes de que se estableciera un cuartel general estadounidense con su estado mayor y sus servicios. La finalidad de este dispositivo no es solamente la prosecución de acciones contra los grupos terroristas en regiones donde, como lo testimonia el atentado del 6 de octubre pasado contra el petrolero francés Limbourg, pudieron dispersarse, reclutar y reanudar sus actividades: se trata sobre todo de suplantar las bases estadounidenses de Arabia Saudita, para el caso de que los dirigentes de ese país mantuvieran su decisión de no autorizar su empleo en caso de guerra contra Irak. De todos modos, el príncipe Saud Al-Faysal, ministro saudita de Asuntos Exteriores, declaró el 5 de noviembre que esa decisión no era irreversible.

Para la política de Estados Unidos, lo esencial sigue siendo el teatro de operaciones del Sudoeste Asiático y sus dos componentes: Irán y las repúblicas musulmanas ex soviéticas de Asia Central. La prioridad que George W. Bush otorga a la guerra contra Irak no debe hacer olvidar que Irán sigue en el corazón de los proyectos de Washington. Al inscribirlo en la lista de los países que constituyen “el Eje del Mal” con Irak y Corea del Norte, el presidente de Estados Unidos sorprendió a muchos observadores. En la guerra contra el régimen de los talibanes Irán había sido de hecho un aliado de Estados Unidos, que apoyó, armó y financió a las milicias de la comunidad hazara, miembro de la Alianza del Norte. Por otra parte, esta contribución sirvió de argumento a los medios diplomáticos, económicos y parlamentarios que en Estados Unidos siempre abogaron por un acercamiento a Teherán. Esta opción ya se ha descartado.

¿Por qué? La primera explicación se refiere a un análisis negativo del régimen1. Sin negar que éste se distribuye en centros de decisión múltiples y contradictorios, los partidarios de una confrontación dura denuncian la existencia de una autoridad –Velayat-e Faqih– que se ejerce sobre el conjunto de la vida pública y social. Su titular dirige los ejércitos, los servicios de seguridad, los guardianes de la revolución, las fuerzas paramilitares, las instituciones del poder judicial, los “imanes de los viernes” (cuyos sermones reflejan sus directivas) e incluso la radiotelevisión. De allí, dicen, la impotencia del presidente Mohamed Jatami para reformar el régimen2.

Pero, por encima de todo, invocan una razón de orden estratégico. “Es Irán, y no Irak, nuestro principal enemigo: Irán va a tener la bomba nuclear de aquí a 2005”, declaró de paso por Washington Benjamin Ben Eliezer, por entonces ministro de Defensa israelí. De buena o mala fe, los responsables estadounidenses comparten esta convicción, convencidos de que si el régimen del sha Reza Pahlevi había dado los primeros pasos para dotarse del arma nuclear, el régimen islámico tiene razones de mayor peso para hacerlo. Teherán se siente rodeado de enemigos antiguos o virtuales que tienen o pueden tener un arsenal nuclear: Irak, Israel, Pakistán y naturalmente Estados Unidos. Las armas que preparan los técnicos iraníes deberían funcionar con uranio muy enriquecido por baterías centrifugadoras que Irán trató efectivamente de adquirir o, más probablemente, mediante la separación electromagnética de isótopos. Irán posee 60 misiles Scud-C de 500 kilómetros de alcance que compró a Corea del Norte, además de misiles Shahab, especialmente los Shahab 3, de 1.200 kilómetros de alcance, y los Shahab 4 que podrían alcanzar al sur de Europa.

Todo induce entonces a pensar que los dirigentes iraníes todavía no eligieron entre tres opciones: la prosecución de las investigaciones hasta lograr materias fisionables y lanzadores suficientemente eficaces, a la espera de que amenazas exteriores precisas obliguen a hacer de ellos un verdadero arsenal nuclear; la construcción secreta de armas nucleares, al modo de Israel; y un ensayo futuro de bomba nuclear, como hicieron India y Pakistán. Todas hipótesis que Washington juzga igualmente inaceptables: no vaya a ser que Irán se convierta en una potencia preponderante en la región, ni que Estados Unidos se vea llevado a dar a las monarquías del Golfo una garantía nuclear automática; mucho menos que tenga que emplear allí sus fuerzas, convencionales o nucleares. Es preciso concluir que Irán corre el riesgo de convertirse bajo una forma u otra en un caso de aplicación de la nueva doctrina estadounidense de acción preventiva3.

Nadie puede ignorarlo. Así como la operación en Afganistán llevó a Pakistán a una conmoción de la que sólo se perciben los primeros signos, así también la guerra contra Irak podría suscitar reacciones iraníes más cercanas y previsibles de lo que se cree. Teherán no va a apoyar al presidente Saddam Hussein. Pero si Estados Unidos, que ya tiene presencia militar en los países del Golfo, Pakistán, Asia Central y Turquía, lograra dominar a Irak cercando por completo a Irán, no hay dudas de que el régimen islámico reaccionaría apoyando a los partidos y movimientos de oposición en Afganistán y Pakistán. Al mismo tiempo, podría apoyarse en los chiítas para impedir que el futuro Estado iraquí se inscriba enteramente en el dispositivo estratégico de Estados Unidos. Según este engranaje previsible, la guerra posterior al 11 de septiembre revestiría entonces otras formas y otra dimensión.

¿Nueva concertación?

La ofensiva de la administración Bush ya transformó el tablero político y estratégico en los países de Asia Central que formaron parte de la Unión Soviética. La política estadounidense buscaba prioritariamente impedir la formación de una potencia nueva comparable a lo que era la Unión Soviética. Por consiguiente quería reducir todo lo posible toda presencia e influencia rusa en Asia Central, como asimismo en los Balcanes y el Cáucaso. En esta empresa había logrado éxitos apoyándose en gobiernos, partidos u organizaciones autóctonos y musulmanes. De pronto, Rusia en nombre de la lucha “antiterrorista” había concluido un acuerdo con Kirguistán, Kazajtán y Tayikistán, ampliado a China bajo el nombre de “Grupo de Shanghai”.

Hubo quienes creyeron que los atentados en Nueva York y Washington iban a poner todo en cuestión. El presidente Vladimir Putin dio a conocer de inmediato su apoyo a Estados Unidos, que lo aceptó, anunciando que extraería las consecuencias y sobre todo daría prioridad a la lucha antiterrorista, después de haber practicado durante mucho tiempo en todo el mundo musulmán un apoyo calculado a los movimientos, gobiernos y partidos políticos de inspiración religiosa. Pero los desarrollos ulteriores mostraron que Washington no renunciaba ni a todas las alianzas, simpatías y vinculaciones derivadas de su política anterior, ni a los objetivos que había perseguido.

De modo que la administración Bush no vaciló en oponerse deliberadamente a las posiciones e intereses de Moscú en cuatro terrenos clave. Denunció el tratado ABM de 1972, que prohíbe las defensas antimisiles en el espacio. La Alianza Atlántica y su organización militar se extendieron a la mayor parte de las antiguas “democracias populares”, incorporando ahora a tres antiguas Repúblicas Soviéticas: Estonia, Letonia y Lituania. El trazado del oleoducto destinado al paso de parte de los hidrocarburos del mar Caspio, va de Baku a Ceyhan, pasando enteramente por el sur de la cadena del Cáucaso, fuera del territorio ruso4. Por último, Estados Unidos firmó con dos de las antiguas Repúblicas Soviéticas del Asia Central acuerdos que instalan bases situadas en el territorio de estas repúblicas a disposición permanente de sus fuerzas aéreas y aeroterrestres. Más allá de las operaciones en Afganistán, el objetivo a largo plazo es el mantenimiento de una presencia militar estadounidense en el corazón mismo del Sudoeste Asiático.

La dialéctica de la guerra ya llevó los imperativos de la lucha antiterrorista al desarrollo de designios políticos, económicos y estratégicos de Estados Unidos en esta región del mundo. Mañana puede acarrear tensiones que llevarán a Washington a oponerse a los intentos de Moscú de conservar sus posiciones en una amplia zona donde la población rusa, aunque en neto reflujo, sigue siendo importante, así como a los intereses que Pekín tiene inevitablemente en esa zona. Tanto más cuanto que las necesidades chinas en materia de recursos energéticos van a estallar literalmente si el ritmo de su desarrollo económico se mantiene durante los próximos veinte años5. Pero la dialéctica de la guerra también puede desembocar, como lo desea un influyente medio de Washington, en una concertación calculada entre las cuatro grandes potencias (The New Big Four) interesadas en la gestión del Sudoeste Asiático: Estados Unidos, China, Rusia e India. Tal vez por allí pase el nuevo eje del mundo.

  1. Frédéric Tellier, “L’Iran à l’heure du reformisme”, Politique étrangère, París, Nº 3, 2002.
  2. Mohammad-Reza Djalilki, “Iran: l´illusion reformiste”, Presses des Sciences Politiques, París, 2001.
  3. Paul-Marie de La Gorce, “Nuevo concepto: guerra preventiva”, en Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, septiembre de 2002.
  4. Marie Jego, “Grandes manoeuvres autour de la Caspienne”, Le Monde, París, 21-5-02.
  5. Philip Andrews Speed, Xuani Liao, Roland Mannryther, “The Strategic Implications of China’s Energy Needs”, Adelphi Paper, Londres, Nº 346.
Autor/es Paul-Marie De La Gorce
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 42 - Diciembre 2002
Páginas:18,19
Traducción Marta Vassallo
Temas Armamentismo, Conflictos Armados, Militares, Derechos Humanos
Países Estados Unidos, Irak, Afganistán, China, India, Rusia, Palestina