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Putin se disfraza de Bush

La incorporación del presidente ruso Vladimir Putin a la campaña antiterrorista de Estados Unidos, que se remonta al 11-9-01, se aceleró luego a propósito de la toma de rehenes por comandos chechenos en un teatro de Moscú el 23 de octubre último. El episodio, presentado como parte de ese combate internacional, permitió una radicalización del discurso del gobierno y del sentimiento popular, a cuyo favor Putin reasegura su impunidad en la política con los chechenos, a riesgo de realimentar el radicalismo musulmán.

La decisión que tomó el presidente ruso Vladimir Putin, tras los atentados del 11 de setiembre de 2001, de participar en la coalición internacional contra el terrorismo, dio comienzo a una partida de ajedrez a escala planetaria. Al cabo de un año, y sobre todo después de la toma de rehenes en Moscú el 23 de octubre pasado, el mandatario enfrenta el desafío de conservar las ventajas logradas.

Abandonando la psicología de la “guerra fría”, Putin consiguió reintroducir a su país como actor internacional y fuente de soluciones alternativas, según lo demuestra su colaboración con Francia para modificar el texto de la resolución de las Naciones Unidas sobre el desarme de Irak.

No es azaroso que esa colaboración se haya desarrollado fuera del marco de la Unión Europea (UE). En efecto, la relación entre Bruselas y Moscú padece al mismo tiempo la preocupación de los Quince por preservar la relación transatlántica (“todos somos estadounidenses”) y los bloqueos internos de la burocracia europea. Por otra parte, la décima cumbre Rusia-UE, reunida en Bruselas el 11 de noviembre pasado, ilustró una vez más la dificultad de la UE para construir un modo de relación con un gigante europeo que sin ser candidato, no está dispuesto a pasar bajo las horcas caudinas de la “experiencia comunitaria” o a aceptar las sutilezas burocráticas que en Bruselas pasan por ser el colmo de la sagacidad geoestratégica.

En contrapartida, el terrorismo permitió encontrar un lenguaje común en esa cumbre y prever formas de colaboración, en especial el intercambio de información. Esta era también una manera indirecta de hablar de Chechenia, que contrariamente a ciertas afirmaciones, nunca estuvo ausente de los encuentros entre europeos y rusos. ¿Cómo explicar, si no, la irritación de los rusos, confrontados reunión tras reunión a las protestas sobre la brutalidad de las fuerzas federales y a los llamados a una solución política?

Pero las actas ilustran los beneficios acumulados por Putin en la encrucijada del internacionalismo y el nacionalismo. No sólo ya nadie discute la versión de Moscú según la cual Chechenia es un problema interno; tampoco se discute que haya que abordarlo dentro del marco de la lucha contra el terrorismo internacional. El último cassette atribuido a Osama Ben Laden, difundido el 13-11-02, que incluye la toma de rehenes de Moscú entre las victorias de Al-Qaeda contra Estados Unidos y sus aliados, representa una bendición para el Kremlin. Antes de eso, habíamos podido leer las estridentes declaraciones de los sitios de Internet chechenos, que reivindican su vinculación con los talibanes y grupos extremistas político-religiosos. También la información aparentemente recogida en Georgia -con el acuerdo de Moscú, en la huella de la nueva cooperación antiterrorista- por las tropas especiales estadounidenses1, y los testimonios de vinculaciones con Al-Qaeda que aportaron los acusados del proceso de Hamburgo.

El 11 de septiembre ruso

El presidente Putin se puso el traje de George W. Bush para bosquejar el cuadro apocalíptico de un mundo librado al terror ciego y para pedir el apoyo del “mundo civilizado” en su lucha contra el terrorismo. Para él, la guerra en Chechenia representa la participación rusa en ese combate internacional: según el ejemplo de Estados Unidos, la amenaza terrorista le da derecho a intervenir preventivamente y fuera de su territorio. El poder puso en marcha una política de “afganización” de Chechenia, copia de la intervención de Estados Unidos en Kabul: también los rusos buscan un Hamid Karzai cuya nominación sería aprobada por una asamblea popular, seguida de un referéndum sobre la nueva constitución, y de elecciones.

Percibida y presentada a la opinión pública como el 11 de setiembre ruso, la toma de rehenes de octubre de 2002 radicalizó aún más tanto el discurso oficial como el sentimiento popular. Vimos al jefe del Kremlin adoptar el “quien no está con nosotros está en contra de nosotros” del presidente Bush, y a su Ministro de Defensa Igor Ivanov declarar : “Nuestras relaciones bilaterales dependerán cada vez más de la posición que adopte cada país frente al problema del terrorismo”2.

A pesar de sus acentos “bushescos”, el amo de Rusia sabe que la debilidad económica, política y militar de su país le impone límites que Estados Unidos no tiene. De modo que la guerra en Chechenia tiene su precio, pese al contexto antiterrorista, como descubrió Putin durante la última reunión UE-Rusia: por temor a comprometer el aspecto de “cooperación antiterrorista” de la cumbre, tuvo que hacer concesiones sobre la cuestión de Kaliningrado: aunque durante meses el Kremlin y toda la clase política rusa habían repetido que “el derecho de un ciudadano ruso a circular libremente por todo el territorio de la Federación no puede depender de la buena voluntad de una potencia extranjera”, Moscú debió admitir la norma de un documento de circulación emitido por Lituania, una forma de visa.

Si el aval internacional permite marginar aún más a quienes se oponen en Rusia a la política del Kremlin en Chechenia y el norte del Cáucaso, a nivel interno esa cruzada “contra el terrorismo internacional” adoptó acentos antimusulmanes no exentos de riesgo para la cohesión de la Federación Rusa. En medio de las repercusiones del 23 de octubre, eminentes orientalistas rusos temen que el alineamiento de su país con una “cruzada” contra el islam militante, con sus inevitables amalgamas, introduzca una grieta dentro de la multicultural sociedad rusa3. En particular, temen que la actual violencia verbal radicalice a los jóvenes musulmanes rusos, del mismo modo que la violencia armada radicalizó a los chechenos. De modo que el éxito de los dirigentes rusos no es total.

Otro sector donde se cruzan política nacional e internacional es la energía. En abril de 2002, el ministro de Relaciones Exteriores Igor Ivanov había formulado la famosa “diplomacia del petróleo” en una nueva publicación rusa, World Energy Policy. Según él, gracias a sus recursos el país tiene una diplomacia de la energía. Rusia, con su mezcla de “recursos naturales, base industrial, potencial intelectual y participación en el G-8”, puede ocupar un lugar preferencial en la escena internacional.

Esta convicción se fortaleció cuando Rusia, nueva aliada en la lucha antiterrorista, afirmó su independencia respecto de la Organización de los Países Exportadores de Petróleo (OPEP), negándose a reducir su producción. Al hacerlo, había percibido muy bien el deseo de Estados Unidos de desarrollar una red alternativa de aprovisionamiento a fin de disminuir su dependencia de los países del Golfo. Cuanto más se agravaba la crisis de Irak, más se alejaban las posibilidades de paz entre israelíes y palestinos, y más ancló en la política del presidente Bush la voluntad de encontrar otros proveedores.

Diplomacia del petróleo

Los rusos esperaban, concientes de que pese a todos sus problemas y la limitada atención de los inversores estadounidenses, representaban en esta búsqueda la fuente de aprovisionamiento más estable. Luego de una serie de aperturas técnicas (entre ellas la propuesta de LukOil de construcción de una terminal para petroleros gigantes en Mursmansk, con el fin de transportar su petróleo a Estados Unidos), la “diplomacia del petróleo” se lució por primera vez en el Forum de la Energía de Houston, el 1 y 2 de octubre pasados, cuyo principio había sido adoptado en la cumbre Bush-Putin de mayo de 2002.

Esta reciente alianza petrolera desempeñó un rol no desdeñable en el alivio de las tensiones que afectan a la relación bilateral ruso-estadounidense. El ejemplo más llamativo es el de Georgia donde, a fin de cuentas, los estadounidenses realizan el “trabajo” que los rusos no pueden hacer por sí mismos, política y militarmente. Washington heredó incluso la docena de combatientes detenidos en la frontera entre Georgia y Chechenia, evitándole a Moscú la organización de un proceso que habría podido servir de pretexto a otra toma de rehenes.

Esta diplomacia suscitó críticas de un sector de las élites políticas rusas, irritadas no sólo por haber sido marginadas de la decisión post-11 de setiembre, sino también por considerar excesivas las concesiones: desde el aval al desembarco de tropas estadounidenses en Asia Central y Georgia al cierre de bases militares rusas en Cuba y Vietnam, sin olvidar la muerte del tratado ABM. A este sector de la élite no le convence la posición oficial según la cual es preferible sacar provecho de las concesiones libremente consentidas antes que librar combates perdidos de antemano. No están conformes con su pérdida de influencia en la política exterior, comparada con la que tenían bajo el gobierno de Boris Yeltsin. Al mismo tiempo, saben que si Putin pudo reaccionar tan rápido al 11 de setiembre, fue porque hizo pocas consultas.

Ante todo, el Presidente ruso quiere sacar provecho de sus nuevas relaciones con los occidentales para progresar en el camino trazado desde hace dos años. Desprovista de toda preocupación ideológica, su política exterior apunta prioritariamente a crear condiciones favorables al desarrollo económico. Razón por la cual Moscú puede tragar sapos con tal de que mientras tanto esas concesiones le permitan reconstituir in fine sus fuerzas.

En tanto Putin consiga demostrar que su política de participación en la coalición antiterrorista favorece el desarrollo del país y que además la población se beneficia con el consiguiente boom económico, podrá sobrellevar las críticas y continuar capitalizando el viraje político asumido el 11 de setiembre de 2001.

  1. El 27-5-02, en Tbilissi, una ceremonia marca el inicio oficial de la operación “Train and Equip”. Semanas después, las autoridades de Georgia reconocieron la presencia de combatientes chechenos en su territorio, al cabo de dos años de negarla.
  2. Izvestia, Moscú, 4-11-02.
  3. Véase por ejemplo Evgeni Primakov, “La guerre avec l’Islam peut éclater la Russie”, Izvestia, Moscú, 5-11-02
Autor/es Nina Bachtatov
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 42 - Diciembre 2002
Páginas:20,21
Traducción Patricia Minarrieta
Temas Conflictos Armados, Terrorismo
Países Rusia