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Necesaria crítica al capitalismo

Pensar en la resolución de las graves carencias que aquejan hoy a cientos de millones de seres humanos, sin pensar en el crecimiento económico, suena tan imposible como imaginar la satisfacción de aquellas necesidades sin un drástico cambio en el patrón de distribución actualmente existente.

La idea de desarrollo sustentable se convirtió en una referencia obligada para los responsables políticos y las instituciones internacionales. De hecho, este concepto llegó en el momento indicado para ayudar a las clases dirigentes a recuperar una legitimidad lesionada por la explosión de las desigualdades desde hace veinte años y los daños ecológicos del desarrollo1.

El concepto se basa en una ambigüedad congénita e incluso en una contradicción insalvable. Según la concepción de sus promotores institucionales, el desarrollo sustentable debe conciliar tres imperativos: el crecimiento, la reducción de la pobreza y la preservación de los ecosistemas. Ahora bien, la continuación del crecimiento económico es considerada una condición necesaria del éxito de las demás. Implícita o explícitamente, la ONU, los gobiernos, las empresas, las ONG y los economistas partidarios del desarrollo sustentable adoptan la distinción entre crecimiento y desarrollo, otrora establecida por el economista François Perroux, que ha sido fundadora de la economía del desarrollo en los años ’50 y ’602. El crecimiento designaba el aumento de las cantidades producidas, independientemente de su calidad y de su impacto social y ecológico; el desarrollo englobaba el crecimiento, pero lo superaba cualitativamente al tener como objetivo el bienestar del hombre. Ahora bien, para perpetuarse, el crecimiento necesita alfabetizar, cultivar, mejorar la salud, etc. Éste incluye siempre los cambios cualitativos que distinguía Perroux.

La distinción entre crecimiento y desarrollo padece pues una grave debilidad lógica: según los economistas que la defienden, el crecimiento genera in fine los cambios de estructuras económicas y sociales que, precisamente, constituyen la característica del desarrollo según Perroux. Allí reside la contradicción: en un primer momento, el crecimiento es considerado simplemente una condición necesaria del desarrollo; con el tiempo, se convierte en una condición suficiente (tornando sin objeto la distinción). El desarrollo se reduce así al aumento, eterno por supuesto, de las cantidades producidas.

El ardid liberal puede entonces operarse: equiparar el desarrollo de todos los pueblos con el de los países ricos sometiéndolos a los mandatos de las instancias internacionales que hacen gala de sustentabilidad.

Paradójicamente, los economistas no liberales, incluso opuestos a la mundialización capitalista, coinciden en este sentido con los economistas liberales recientemente convertidos a la sustentabilidad. Para los primeros, el crecimiento, sacrosanto, sólo puede producirse en un marco liberal, siendo el mercado el que establece la regulación ecológica, a tal punto que el crecimiento sustentable reemplaza a menudo al desarrollo sustentable. Para los segundos, el crecimiento tiene efectos negativos, pero el desarrollo es “sustentable por definición”3, lo que conduce a la siguiente contradicción: según la definición incluso de los economistas del desarrollo, es innegable que el Norte se ha desarrollado (educación, acceso a la salud, esperanza de vida, etc.); y, sin embargo, este desarrollo ha provocado los daños que estos economistas utilizan para distinguir crecimiento y desarrollo; en consecuencia, el desarrollo contiene lo que éstos niegan como propio del desarrollo.

Es entonces comprensible la crítica radical, que consiste en decir que el desarrollo no sería la solución sino el problema. Porque el tipo de desarrollo social y ecológicamente devastador que prevalece en el mundo es el que surgió en Occidente, impulsado por la búsqueda de beneficio con el fin de acumular capital. Y también porque, al imponer este desarrollo a todo el planeta, el capitalismo produce una desculturización masiva: la concentración de las riquezas en un extremo genera la tentación de la abundancia inaccesible a miles de millones de personas ubicadas en el otro extremo y cuyas raíces culturales son lentamente destruidas.

Sin embargo, sería un error rechazar la idea de desarrollo4. En efecto, las necesidades primordiales de una buena parte de la humanidad continúan insatisfechas. Los países pobres deben pues vivir un tiempo de crecimiento de su producción. Porque para que desaparezca el analfabetismo, es necesario construir escuelas; para mejorar la salud, es necesario construir hospitales y distribuir agua potable; para recuperar una amplia autonomía alimentaria, es necesario fomentar la agricultura. El fracaso del desarrollo en el siglo XX, es al menos tanto el producto de las relaciones de fuerzas que derivaron en la ventaja exclusiva de la gente pudiente, como el fracaso del desarrollo en sí mismo. Es preciso pues liberarse tanto de las trampas del “desarrollismo” como de las del “antidesarrollismo” y del frágil consenso en torno a la sustentabilidad.

El desarrollo conocido hasta ahora está históricamente vinculado a la acumulación capitalista en beneficio de una clase minoritaria. Del mismo modo, su otra cara, el subdesarrollo, se relaciona con las intenciones imperialistas del capital, especialmente en su fase de acumulación financiera. Disociar la crítica del desarrollo de la del capitalismo que es su soporte, sería como eximir a éste último de la explotación conjunta del hombre y de la naturaleza. Ahora bien, sin la primera, el sistema no habría podido sacar partido de la segunda; sin la segunda, la primera no habría tenido ningún sustento material. De ello se desprende que “salir del desarrollo”, sin hablar de salir del capitalismo, es un eslogan no solamente erróneo sino a la vez mistificador.

El contenido del concepto de desarrollo debe ser considerado junto con el crecimiento del cual es indisociable. ¿Podría entonces pensarse en un desarrollo diferenciado en su objeto, en el espacio y en el tiempo, para establecer prioridades en función de las necesidades y de la calidad de las producciones, y permitir el crecimiento a los más pobres y la desaceleración de éste a los más ricos? Porque el desarrollo necesario de los más pobres implica la renuncia al desarrollo ilimitado de los ricos.

  1. Manière de voir, Nº 65, “La ruée vers l’eau”, París, septiembre de 2002.
  2. François Perroux, Pour une philosophie du nouveau développement, Unesco, París, 1981.
  3. René Passet, “Néolibéralisme ou développement durable, il faut choisir”, documento de ATTAC, París, 2002.
  4. Serge Latouche, “Les mirages de l’occidentalisation du monde: en finir, une fois pour toutes, avec le développement”, Le Monde diplomatique, París, mayo de 2001. Véase también François Partant, Que la crise s’aggrave, Parangon / l’Aventurine, París, 2002.
Autor/es Jean-Marie Harribey
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 42 - Diciembre 2002
Páginas:27
Traducción Gustavo Recalde
Temas Mundialización (Economía), Medioambiente