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Oscura alianza para el desarrollo de África

"La vida que nuestros ancestros llevaban aquí, hace varios millones de años, debería servirnos de lección: mientras que sus huellas en la naturaleza eran pequeñas, las nuestras se convirtieron en peligrosamente grandes. La Cumbre Mundial sobre Desarrollo Sustentable debe orientar a la humanidad hacia un nuevo camino, un camino que garantice la seguridad y la supervivencia del planeta para las futuras generaciones". La frase grabada sobre la placa colocada en la gruta de Sterkfontein poco se corresponde con la realidad.

En el marco del contraste entre las grutas prehistóricas de Sterkfontein y los rascacielos posmodernos del nuevo barrio comercial de Sandton, donde se llevaron a cabo a partir del 26 de agosto pasado, en presencia de más de 20.000 delegados, las negociaciones de la Cumbre Mundial de la Tierra sobre Desarrollo Sustentable, se trató el destino de la humanidad y la perennidad de la vida en una tierra cada vez más ultrajada.

La ciudad de Johannesburgo es una metáfora sorprendente de los males del planeta, como si el desarrollo no sustentable pudiera leerse allí a libro abierto. Las casuchas de chapa amontonadas que forman los squatter camps y los townships, se unen sobre colinas enrojecidas por la sequía y los incendios forestales, cerca de barrios opulentos y arbolados, con jardines bien regados, construidos a lo largo de avenidas privadas y amuralladas. Aquí, nadie se sorprende de los alambrados de púas electrificados, trenzados o cubiertos con hojas de afeitar. En este lugar abundan los carteles de la empresa de vigilancia ADT que indican “Armed Response” (respuesta armada), advirtiendo a los eventuales agresores.

El apartheid parece formar parte de estos paisajes urbanos surcados por vías rápidas, donde la mayoría de los automóviles son conducidos por blancos, mientras que unos pocos peatones, negros, caminan por las banquinas o venden rollos de bolsas de plástico en los cruces. En algunos lugares, los escoriales de las minas de oro forman colinas artificiales que, los días de tormenta, esparcen su polvo amarillo sobre los barrios pobres cercanos. Detrás del aeropuerto, las ocho chimeneas de una central térmica de la compañía nacional Eskom (Electricity Supply Commission), alimentada a carbón, recuerdan que Sudáfrica desprende emisiones de gas de efecto invernadero con niveles comparables a los de los países del Norte.

A lo largo de los accesos rápidos, los carteles publicitarios celebraron la cumbre: imágenes de pueblos provistos de agua e iluminados gracias a la electricidad, primeros planos de hombres y mujeres agradecidos: una consigna generosa “Some, for all, forever” (“Un poco, para todos, para siempre”), sintetizaba el proyecto de desarrollo equitativo y sustentable. Chrysler y BMW se sumaron también con su compromiso: en una ciudad que ofrece escasos transportes públicos, eran innumerables las publicidades creadas para la ocasión a favor de una “movilidad sustentable”, resumida por un ostentoso BMW a pilas de combustible, que se exhibía a pocos metros del centro de conferencias donde se desarrollaba la Cumbre de la Tierra. La empresa de diamantes De Beers, que desde el fin del apartheid trasladó su sede a Gran Bretaña, no escatimaba sus mensajes de “Ecology is forever”.

Cuadratura del círculo

Reemplazar el crecimiento clásico, cuya pesada huella ecológica es inviable a mediano plazo, por una forma sustentable de desarrollo planetario… ésta era la ecuación básica o la cuadratura del círculo de la Cumbre de Johannesburgo. Pero esta ecuación no termina aquí. La huella ecológica1 promedio de un africano o de un asiático es de sólo 1,4 hectáreas, mientras que la de un europeo occidental alcanza las 5 hectáreas, y la de un estadounidense, las 9,6 hectáreas. Mozambique, Burundi, Bangladesh y Sierra Leona se ubican al final de la clasificación: menos de 0,5 hectáreas por habitante. Podría considerarse que la cumbre de Johannesburgo se proponía reducir las diferencias existentes entre ricos y pobres del planeta, mediante una asignación equitativa de recursos y una modificación cualitativa de los modos de producción.

Mientras comenzaba la cumbre, en presencia de unas 163 empresas transnacionales2 agrupadas en la Business Action for Sustainable Development3, la arrogante plaza fuerte blanca de Sandton vio desfilar una decena de miles de campesinos sin tierra y de habitantes que llegaron a pie desde Alexandra, el township vecino. Sus 400.000 habitantes se amontonan sobre unas 500 hectáreas, en viviendas tan insalubres que el año pasado estalló allí una epidemia de cólera que amenazó con contaminar las canillas y piscinas de Sandton. Rodeados por los carros antidisturbios heredados del apartheid y por rollos de alambre de púa, estos hombres y mujeres, condenados a vivir como inmigrantes del interior, habían venido a reclamar por el cese de las privatizaciones, los cortes de agua y de electricidad en sus barrios miserables, y a manifestar a viva voz su rechazo a la Nueva Estrategia de Cooperación para el Desarrollo Africano (Nepad)4.

Lanzada en el G8 de Génova, en junio de 2001, por los presidentes Thabo Mbeki (Sudáfrica), Abdelaziz Bouteflika (Argelia) y Olusegun Obasanjo (Nigeria), la Nepad cuenta con el apoyo de James Wolfensohn, director del Banco Mundial (BM) y los primeros ministros Anthony Blair, de Gran Bretaña, y Jean Chrétien, de Canadá. Pero la “sociedad civil” africana la cuestiona porque no participó de manera alguna en su elaboración y porque no es sino la continuación de las políticas neoliberales.

Presentada como el antídoto contra el subdesarrollo heredado del colonialismo, la Nepad es un plan de desarrollo concebido para atraer inversiones extranjeras a África, sobre la base de un objetivo de crecimiento anual del 7%. La Nepad se propone alentar a los inversores del Norte, describiendo la ambición africana de renacer de sus cenizas gracias a una mayor competitividad en la economía mundial, y ofrecer condiciones locales más favorables luchando, por ejemplo, contra la corrupción5.

El 1º de septiembre, en el hotel Hilton de Sandton, Reuel Khoza, vicepresidente de la Business Action for Sustainable Development y presidente de Eskom, compañía sudafricana de electricidad, cuarto productor mundial gracias al carbón del subsuelo africano, se pronunció frente al panel del Business Day, ante una sala repleta. En su discurso elogió la Nepad, que abre a Eskom nuevos mercados continentales. Sin embargo, esta “nueva alianza” corre el riesgo de confinar a África a la periferia del mundo, reproduciendo los esquemas del mal desarrollo, sin que las poblaciones involucradas obtengan de ésta algún valor agregado.

Pese a sus intenciones de diversificar la producción, la Nepad corre el riesgo de canalizar las inversiones en la explotación de materias primas, carbón, oro, diamantes, petróleo, donde África posee una ventaja comparativa. Estas materias primas dependen de las cotizaciones mundiales y su explotación (por una mano de obra negra oprimida y rodeada de ejércitos privados), destruye los ecosistemas: daños a la salud y desplazamientos de las poblaciones autóctonas, poluciones, pérdidas de biodiversidad.

En este terreno, Sudáfrica es un típico ejemplo, pues heredó al salir del apartheid un pesado tributo de empresas tales como la británica Cape, responsable de cientos de muertes como consecuencia de la explotación del amianto y actualmente acusada de envenenamiento por 7.500 demandantes. La empresa minera Anglo-American, que figuraba entre los mecenas de la cumbre de Johannesburgo y en su página de internet hacía alarde de objetivos de desarrollo sustentable, estuvo involucrada en este escándalo y en otros, ya sea por su reticencia a entregar a sus mineros medicamentos antiretrovirales para el tratamiento del sida, o por su contribución a la caída del rand6 en 2000-2001, cuando repatrió su capital a Gran Bretaña.

En los tiempos del apartheid, la empresa Eskom proveía de electricidad a las explotaciones de minas de oro y celebraba acuerdos preferenciales con los propietarios afrikáners de minas de carbón para poner en funcionamiento sus usinas de producción. Industria clave del régimen, en los años ’80 Eskom se convirtió en un Estado dentro del Estado, al punto de contar con su propio ejército y de ofrecerlo durante las sangrientas represiones desatadas contra los opositores al apartheid y durante la guerra civil del comienzo de la siguiente década. En la misma época, Eskom suministraba las tres cuartas partes de la producción eléctrica de Sudáfrica, gracias a los préstamos otorgados por el BM y por bancos suizos e internacionales, a pesar del embargo internacional que sancionaba al régimen del apartheid.

Durante este desbarajuste, Eskom efectuaba cortes de electricidad en los townships donde la mano de obra negra, privada de derechos civiles, pagaba su electricidad a precios más altos que los abonados por las grandes compañías mineras. En 1978, Eskom convocó a Framatome para construir la central nuclear sudafricana de Koeberg, equipada con una instalación de distribución eléctrica por la empresa sueco-suiza ABB, convertida también, desde entonces, al desarrollo sustentable.

Desde el fin del apartheid, Eskom conectó a la red a más de cuatro millones de hogares. Pero durante el mismo período, unos 10 millones de sudafricanos sufrieron cortes de electricidad debido a las tarifas inadecuadas e injustas, insuficientemente subvencionadas para las categorías más pequeñas. En cambio, los precios mayoristas de Eskom, establecidos para las industrias de extracción y las acerías, son los más bajos del mundo y fomentan la multiplicación de centrales térmicas altamente productoras de gas de efecto invernadero. De hecho, la conversión de Eskom a favor del desarrollo sustentable no forma parte del orden del día: 25 veces menos de inversiones en energías renovables que en energía nuclear, y megaproyectos de grandes represas hidráulicas en toda África, con la bendición del BM y de la Nepad: Angola, Botswana, Camerún, República Democrática del Congo, Ghana, Malí, Mozambique, Suazilandia, Tanzania y Zambia7.

En el marco de la Nepad y de las alianzas de carácter público/privado promovidas por la ONU, las subvenciones públicas y la ayuda internacional para el desarrollo, financiadas por los contribuyentes, servirán para atraer inversiones tan “sustentables” y “socialmente responsables” como la represa de Lesotho en Sudáfrica. Porque las disposiciones del “Plan de acción” aprobado al finalizar la cumbre no brindan sino orientaciones vagas a favor de las energías renovables, sin excluir lo nuclear ni las grandes represas hidráulicas. En cuanto a la iniciativa europea “Agua para la Vida”, anunciada el 3 de septiembre pasado por Romano Prodi, consiste a lo sumo en una gran licitación a la medida de inversores como Suez, Thames y Vivendi.

Johannesburgo no habrá sido solamente una cumbre donde la regla del denominador común más pequeño prevalecerá en casi todos los capítulos. El “Plan de acción de Johannesburgo sobre Desarrollo Sustentable”, aprobado el 4 de septiembre pasado, al cabo de dos semanas de negociaciones, propone implícitamente una reinterpretación del desarrollo sustentable, que termina de desviarlo de su sentido inicial y lo suma a la globalización liberal.

El resultado más anunciado de la cumbre fue el compromiso de reducir a la mitad el número de personas sin agua, desde ahora hasta el 2015, lo que tendrá la ventaja para industriales como Suez o Vivendi de no implicar una modificación en los modos de producción, ya que, indudablemente, el agua es una materia prima, pero privatizable. En cambio, ningún compromiso concreto será asumido a favor de las energías renovables, pese a ser las que mejor se adaptan para proveer gratuitamente de electricidad a las poblaciones de los países pobres, sin incrementar el efecto invernadero y el riesgo de cambio climático. Eskom no pone en riesgo, al menos en el corto plazo, la competencia de proyectos micro-hidráulicos o solares, que serían financiados por micro-créditos y por el producido de una hipotética tasa mundial para el desarrollo sustentable y aportarían una electricidad casi gratuita y sustentable a las poblaciones de los townships de Soweto y de Alexandra.

  1. El concepto de huella ecológica propone un método de cálculo inédito de las consecuencias del desarrollo no “sustentable” actual. La huella ecológica se expresa en función de la superficie del suelo productivo necesaria para producir los recursos y absorber los residuos correspondientes, en diversas categorías de consumo: alimentación, vivienda, transporte, bienes de consumo y servicios. El estado de los recursos permite calcular el techo de la huella ecológica por habitante del planeta: un máximo de 1,9 ha por persona. Sin embargo, el consumo promedio de recursos naturales es de 2,3 ha por habitante, es decir, 0,4 ha mayor de lo disponible.
  2. Entre otras, Areva, Michelin, Suez, Texaco, DuPont, Aol Time Warner, Rio Tinto…
  3. Surge de la fusión del Consejo Mundial de Empresas para el Desarrollo Sustentable (World Business for Sustainable Developement) y la Cámara Internacional de Comercio.
  4. Sanou Mbaye, “L’Afrique noire face aux pièges du libéralisme”, Le Monde diplomatique, París, julio de 2002.
  5. Pero es sabido que la corrupción es generada por los propios inversores: un escándalo reciente involucró al BM en un asunto de sobornos pagados a la autoridad local de la provincia de Lesotho, donde se construye una enorme represa hidráulica.
  6. Moneda nacional sudafricana.
  7. Cf. Patrick Bond, Unsustainable South Africa, The Merlin Press, Londres, 2002.
Autor/es Agnès Sinaí
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 42 - Diciembre 2002
Páginas:30,31
Traducción Gustavo Recalde
Temas Desarrollo, Medioambiente, Salud