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"Otro mundo es posible"

El último libro de Ignacio Ramonet (distribuye editorial Sudamericana) resume "el nuevo rostro del mundo". El director de Le Monde diplomatique en Francia pasa revista al panorama internacional luego de los atentados del 11 de septiembre de 2001 y del agotamiento global del neoliberalismo: "Guerra mundial contra el terrorismo"; "Oriente Próximo: la nueva Guerra de los Cien Años"; "Guerra social planetaria"; "El ecosistema en peligro". Se reproduce a continuación el último capítulo.

Desposeídos de voz y alternativas durante demasiado tiempo, cada vez son más los ciudadanos que exclaman de un extremo al otro del planeta: “¡Basta!”. Basta de aceptar la globalización liberal como una fatalidad. Basta de permitir que el mercado suplante a los representantes democráticamente elegidos. Basta de ver el mundo transformado en mercancía. Basta de aguantar, de resignarse, de someterse.

Un embrión de sociedad civil internacional, que reúne a decenas de ONG, colectivos de asociaciones, sindicatos y redes de numerosos países, ha empezado a tomar cuerpo.

A lo largo de los años noventa, el fenómeno de la globalización y el laxismo de los dirigentes políticos provocaron una profunda mutación del poder. Los auténticos dueños del mundo ya no son quienes ostentan la apariencia del poder político, sino quienes controlan los mercados financieros, los grupos mediáticos planetarios, las autopistas de la información, las industrias informáticas y las tecnologías genéticas.

Bajo la supervisión de este consejo de vigilancia planetaria se ha establecido una especie de directorio mundial o gobierno real del mundo, cuyos cuatro actores principales son el FMI, el Banco Mundial, la OCDE y la OMC.

Siguiendo el ejemplo de los Estados hiperindustrializados de antaño, como la Unión Soviética, grandes grupos privados explotan hoy el medio ambiente con medios desmesurados y esquilman las riquezas de la naturaleza, que son el patrimonio común de la humanidad. Y lo hacen sin escrúpulos ni freno. Exacerbando aquí y allí la crisis ecológica: multiplicando la contaminación de fuerte intensidad, acelerando el efecto invernadero, extendiendo la desertización, provocando “mareas negras”, propagando nuevas pandemias (sida, virus Ébola, enfermedad de Creutzfeldt-Jacob…), etc.

Indiferentes al debate democrático e inmunes al sufragio universal, estos poderes oficiosos gobiernan de hecho el planeta y deciden soberanamente el destino de sus habitantes sin que ningún contrapoder permita corregir, enmendar o rechazar sus decisiones. Pues los contrapoderes tradicionales –parlamentos, partidos, medios de comunicación…– son o muy locales o muy cómplices. Así las cosas, quien más quien menos siente confusamente la necesidad de un contrapoder cívico mundial que actúe como contrapeso de este ejecutivo planetario.

Al retomar la bandera de la contestación internacional, los insumisos de hoy –que se han expresado en Seattle, Washington, Praga, Davos, Québec, Génova, Barcelona y Porto Alegre– han empezado a construirlo. En cierto modo, intentan poner la primera piedra de un nuevo espacio de representación mundial, cuyo puesto central debería corresponder a la sociedad civil internacional.

Porque la mercantilización generalizada de las palabras y las cosas, de los cuerpos y las mentes, de la naturaleza y la cultura, provoca un agravamiento de las desigualdades.

Aunque la producción mundial de alimentos básicos equivale a más del 110% de las necesidades de la población del planeta, treinta millones de personas siguen muriendo de hambre anualmente y más de ochocientos millones padecen malnutrición. En 1960, el 20% de la población más rica del mundo disponía de unas rentas treinta veces superiores a las del 20 % de los más pobres. Hoy, la renta de los ricos es ochenta y dos veces mayor. De los seis mil millones de habitantes del planeta, apenas quinientos millones viven con desahogo, mientras que cinco mil quinientos millones pasan necesidad. Para vestirse, alojarse, trasladarse, cuidarse y alimentarse, más de mil doscientos millones de personas, es decir, un quinto de la humanidad, disponen de menos de un euro diario.

¿Es de extrañar que la exigencia de justicia e igualdad –que atraviesa como un mar de fondo la larga historia de la humanidad– haya resurgido con fuerza en nuestra época? Tanto más cuanto que no dejan de aparecer nuevos peligros. Porque, si bien la concentración de capital y poder ya se había acelerado formidablemente durante los últimos veinte años a causa de la revolución de las tecnologías de la información, lo cierto es que las nuevas técnicas genéticas de manipulación de la vida hacen presagiar un nuevo salto adelante en este inicio de milenio.

En particular, tras anunciarse en Washington, el 26 de junio de 2000, el desciframiento casi total del genoma humano o, lo que es lo mismo, de los tres mil millones de bases, o eslabones elementales de nuestro patrimonio genético. Los investigadores se aplican ahora al estudio de las decenas de miles de genes contenidos en el ADN, que constituyen tanto la memoria biológica de nuestra especie como el fundamento de la medicina del futuro. “Cuando conozcamos sus funciones, podremos obtener nuevos medicamentos y nuevas formas de terapias génicas y celulares. Esta perspectiva revoluciona las estrategias de la industria farmacéutica y suscita polémicas éticas y comerciales. Nuevo Eldorado para los inversores ‘posgenónicos’, nuestros propios genes representan hoy una fuente potencial de sustanciosos beneficios para quienes los han descifrado.”1

La explotación con fines comerciales del genoma humano y la generalización del patentado de la vida abren nuevas perspectivas de expansión al capitalismo. Ante estas nuevas amenazas, los ciudadanos, tras haber obtenido los derechos políticos y después los sociales, reclaman una nueva generación de derechos, esta vez colectivos: el derecho a una naturaleza preservada, el derecho a un entorno no contaminado, el derecho a la ciudad, el derecho a la paz, el derecho a la información, el derecho a la infancia, el derecho al desarrollo de los pueblos…

En la actualidad resulta inconcebible que la incipiente sociedad civil no esté mejor representada en las próximas grandes negociaciones internacionales en las que se discutan problemas relacionados con el medio ambiente, la salud, la prepotencia financiera, el humanitarismo, la diversidad cultural, la manipulación genética, etc.

Porque si queremos cambiar el mundo hay que empezar a pensar en construir un futuro diferente. Ya no podemos contentarnos con un planeta en el que mil millones de personas viven en la prosperidad mientras los otros cinco mil millones sobreviven en una miseria atroz.

Esos cinco mil millones de ciudadanos están representados, cada año, en el Foro Social Mundial de Porto Alegre, que es sencillamente la asamblea de las gentes del planeta. De las gentes, de los pueblos, de las sociedades civiles. Es la primera vez que, representadas por miles de asociaciones y de ONG, las gentes deciden reunirse en un lugar –Porto Alegre– para expresar públicamente cómo están sufriendo por culpa de la globalización liberal. Es la reunión de la gente que está humillada, que no tiene alojamiento, ni medicamentos, ni trabajo, ni agua potable, y que tampoco tiene el respeto de sus propios gobernantes.

En Porto Alegre se reúnen los marginados, los excluidos del planeta, los condenados a la globalización. Es un acontecimiento absolutamente innovador. Y esos marginados y excluidos están descubriendo que se pueden reunir, descubren la alegría de estar juntos, y descubren también que su reunión asombra e impresiona al mundo. Y atemoriza a los amos del mundo, a los que presentan una lista de reivindicaciones indispensables para salir del horror económico.

Pues ha llegado el momento de fundar una nueva economía, más solidaria, basada en el principio del desarrollo sostenible y que tenga al ser humano como preocupación central. Y el primer paso para conseguirlo es desarmar el poder financiero.

Durante los dos últimos decenios, el ultraliberalismo económico no ha dejado de achicar el territorio de lo político y reducir de manera preocupante el perímetro de la democracia. El desmantelamiento del poder financiero exige un gravamen significativo de las rentas del capital y, muy especialmente, de las transacciones especulativas sobre los mercados de cambio (Tasa Tobin)2. Se impone igualmente boicotear, asfixiar y suprimir los paraísos fiscales, zonas en las que impera el secreto bancario y que sirven para disimular malversaciones y demás delitos de la criminalidad financiera.

También hay que idear una nueva distribución del trabajo y de las rentas, dentro de una economía plural en la que el mercado sólo ocupará parte del espacio, con un sector solidario y un tiempo de ocio cada vez mayor.

Establecer un sueldo base incondicional y universal, concedido a cada individuo desde que nace, independientemente de su estatuto familiar o profesional y obedeciendo al principio –revolucionario– de que todo ser humano tiene derecho a ese sueldo vital por el simple hecho de vivir, y no para vivir. La implantación de este sueldo se basa en la idea de que la capacidad productiva de una sociedad es el resultado de todo el saber científico y técnico acumulado por las generaciones precedentes. El sueldo base incondicional sería la herencia de ese acervo común y podría extenderse a toda la humanidad, puesto que hoy por hoy el producto mundial equitativamente repartido bastaría para garantizar una vida digna al conjunto de los habitantes del planeta.

Con tal fin, es necesario devolver a los países del Sur al lugar que les corresponde, poniendo fin a las políticas de ajuste estructural; anulando la mayor parte de su deuda pública; aumentando la ayuda al desarrollo y aceptando que éste no adopte el modelo del Norte, ecológicamente insostenible; promoviendo economías basadas en los propios recursos del país; fomentando el comercio justo; invirtiendo masivamente en educación, vivienda y salud; exigiendo la protección de las minorías indígenas; facilitando el acceso al agua potable de los mil quinientos millones de personas que carecen de ella; estableciendo, especialmente en el Norte, cláusulas de protección social y medioambiental sobre los productos importados que garanticen condiciones de trabajo dignas a los asalariados del Sur, así como la protección del medio natural…

A este programa para cambiar el mundo habría que añadir otras urgencias: el Tribunal Penal Internacional; la emancipación de la mujer a escala planetaria; la creación de una autoridad internacional que garantice a los ciudadanos la no contaminación con mentiras de los medios de comunicación de masas; establecer el principio de precaución en materia medioambiental y contra toda manipulación genética, etc. Utopías hasta ayer, convertidas en objetivos políticos concretos para este siglo XXI que comienza…

  1. Le Monde, 27 de junio de 2000.
  2. Éste es el objetivo de la asociación internacional Attac (Acción por una tasación de las transacciones financieras para la ayuda de los ciudadanos, www.attac.org).
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 42 - Diciembre 2002
Páginas:37
Temas Mundialización (Cultura), Desarrollo, Neoliberalismo, Movimientos Sociales, Periodismo