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El ejército iraquí es una incógnita

Con el rechazo estadounidense de las pruebas obtenidas por la comisión de la ONU, poco antes de las pasadas navidades, respecto del armamento iraquí, la posibilidad de la guerra aparece como poco menos que inminente. Si el ataque sobreviene, la incógnita mayor es la conducta que adoptarán los militares iraquíes. Contra la presunción estadounidense de que no ofrecerán combate, se presenta la hipótesis de formas combinadas de resistencia general, motines, golpes de Estado y guerra civil, que dificultarían los objetivos de Washington.

En la previsible guerra entre Washington y Bagdad, la actuación que tenga el ejército iraquí determinará el futuro del régimen baasista. En Estados Unidos se piensa generalmente que el ejército regular iraquí abandonará rápidamente el combate, pero que la resistencia de la Guardia Republicana podría ser mucho mayor. Más motivada, mejor equipada y mejor pagada que las unidades regulares, seguramente se mantendrá leal y dará batalla.

Sin embargo, ese paralelo esquemático entre las fuerzas de elite y el ejército puede desembocar en errores de apreciación, pues reduce las causas de cohesión o de desintegración a factores militares importantes, pero demasiado generales. Ignora además las complejas vinculaciones entre guerra y política, en particular en el conflicto que se avecina.

Para comprender la situación, en primer lugar hay que volver a considerar la naturaleza del partido Baas y remontarse a su toma del poder en 1968. Por entonces sus dirigentes estaban traumatizados por las divisiones registradas dentro del cuerpo de oficiales y por una década de régimen militar, permanentemente amenazado de golpes de Estado. El octavo congreso del partido, en 1974, fijó dos objetivos principales. El primero era someter el ejército al control del partido, purgando sus filas de “elementos dudosos, conspiradores o aventureros” y adoctrinando la totalidad de sus miembros: el ejército debía ser “baasisado”, o según el término oficial “adoctrinado”. El segundo objetivo consistía en reestructurar, modernizar y ampliar el ejército.

Esa “baasisación” del ejército era necesaria pero no suficiente. Por lo tanto, para asegurar una mayor lealtad se inyectaron en sus filas grupos familiares o clánicos. Así emergió un sistema doble: el partido controlaba el ejército y el clan controlaba el partido. Éste suministraba los hombres necesarios para la vigilancia; el clan garantizaba la confianza. Aparte del Estado Mayor se crearon otros tres centros de control: la oficina militar del partido, la oficina de seguridad nacional (que se ocupaba fundamentalmente de las tareas de inteligencia) y las redes familiares informales.

Gracias a esa entreverada estructura, el presidente Saddam Hussein adquirió un nuevo poder sobre la gestión y la supervisión de los asuntos del país. De esa forma podía pasar por encima de la cadena de mandos vertical y ejercer un control directo sobre cualquier sector militar. Por otra parte, durante la guerra contra Irán (1980-1988) algunos militares se quejaron de esa situación, pues si bien la personalización de los mecanismos de control resulta útil para la seguridad interna, constituye en cambio una desventaja en las guerras modernas.

En el pasado, durante la presidencia de los hermanos Aref (1963-1968) las fuerzas militares poseían una doble estructura: un ejército regular y una Guardia Republicana. El Baas mantuvo esa dualidad, pero transformó y agrandó la Guardia Republicana, formando así un ejército dotado de dos cuerpos. De manera perfectamente consciente el régimen disociaba la defensa nacional, confiada al ejército, de la seguridad interna, a cargo de la Guardia Republicana. Y ello a pesar de que esta última se mantuvo activa tanto durante la guerra contra Irán como durante la conquista de Kuwait o la guerra contra Estados Unidos y sus aliados.

Por otra parte, la reconstrucción del ejército generó también una modificación radical de los orígenes sociales de los comandantes militares de alto rango. El papel político jugado por el cuerpo de oficiales declinó poco a poco; el ejército fue confinado a sus cuarteles y los oficiales reducidos a la función de ejecutores. El primer Consejo de Comando de la Revolución (CCR), que se adueñó del poder en 1968 constituyendo el órgano supremo del país, estaba formado en su totalidad por personal militar. Tres años después, el segundo CCR contaba sólo con cinco oficiales sobre quince miembros. Y cuando Saddam Hussein concentró en sus manos todos los poderes, en 1969, ningún oficial formaba parte del CCR. Como lo explica el historiador Majid Khadduri, “el partido Baas fue el primer régimen que puso al ejército bajo control civil”.

Pero esos cambios se vieron también acompañados de una profunda modificación cuantitativa. La era del soldado-político llegaba a su fin, reemplazada por la era de un ejército pletórico. En un plazo de poco más de diez años, los efectivos de las fuerzas armadas se multiplicaron por diez, pasando de 50.000 hombres en 1968 a 430.000 en 1980. La relación entre el número de militares y la población pasó del 6 por mil al 31 por mil. A través de ese rápido crecimiento el régimen mostraba su estabilidad, pero también sus grandes ambiciones regionales.

La guerra contra Irán marcó el comienzo de un período de grandes cambios para el país y para su ejército. El costo pudo ser asumido gracias a la riqueza petrolera, al apoyo internacional y regional, y también a una mezcla de patriotismo popular y de nacionalismo oficial. El ejército creció hasta alcanzar el millón de efectivos, sin contar las organizaciones paramilitares de la milicia del partido (el Ejército Popular) y los 150.000 hombres que componían las unidades mercenarias tribales kurdas, llamadas “Batallones de Defensa Nacional”.

Eso absorbió los recursos del país, que se endeudó de manera colosal. Irak pasó a ser un gigante militar y un enano económico. El hastío generado por la prolongación de los combates, las dificultades económicas y la dislocación social producida por la política del régimen, pusieron al borde de la rebelión a la generación de la guerra. Las redes del partido y de los clanes, que en un momento habían sido muy densas, se achicaron poco a poco. El ejército corría riesgo de convertirse en un Leviatán incontrolable.

A partir de 1988-1990, a finales del conflicto, aparecieron fisuras en la vieja unión entre nacionalismo popular y oficial. El régimen debía continuar alimentando al millón de uniformados, o bien optar por financiar su retorno a la vida civil con dignidad. Llamados “los héroes de Saddam”, la actitud salvaje e indócil de esas tropas atemorizaba a la elite en el poder. El alto mando militar estaba dividido: algunos temían que los soldados desmovilizados, hambreados y furiosos, se convirtieran en una herida en la vida civil, al causar desórdenes y cometer crímenes. Otros temían la implosión del ejército si se lo dejaba inactivo durante demasiado tiempo.

Era necesario hallar nuevos recursos y promover reformas políticas capaces de aflojar las tensiones. La invasión de Kuwait, que debía ser el remedio a todos esos males, tuvo el efecto de un bumerán. La derrota humillante y las enormes pérdidas humanas transformaron la desgracia en un catalizador de desintegración y de motines. El levantamiento de 1991 (kurdo en el norte, y chiíta en el sur) en el cual sectores militares jugaron el papel de catalizador, marca la primera desintegración parcial del ejército.

Divisiones y rebelión militar

En efecto, la Guerra del Golfo puso en evidencia tres tendencias principales, aunque contradictorias, existentes en el ejército: amotinamiento, capitulación, cohesión. No era algo nuevo. Por ejemplo, la deserción ya representaba un problema antes de 1990. Durante la guerra terrestre de febrero de 1991, pocas unidades del teatro de operaciones kuwaití pelearon realmente: 70.000 hombres se rindieron el primer día de combates.

Luego del alto el fuego, los niveles de amotinamiento y de deserción en las tropas del frente fueron tales que el ejército se desintegró totalmente. Las unidades del norte, que contaban unos 150.000 soldados, depusieron las armas, decididas a la vez a no rebelarse y a no defender el régimen. En el centro del país, en el sector de Bagdad, el nivel de homogeneidad y de lealtad fue mucho mayor.

¿A qué se deben esas diferencias? En primer lugar, los soldados se mostraban en gran medida indiferentes a esa “guerra de Kuwait”, como la llamaban. Estaban agotados por la guerra contra Irán. La unión entre el nacionalismo oficial y el popular sufrió las consecuencias. Las numerosísimas bajas, una logística defectuosa, provisiones insuficientes, una mala gestión de las operaciones, la derrota, y por último, una retirada desorganizada, aumentaron la amargura de las unidades estacionadas en el sur. Para colmo, los comisarios del partido y los miembros de las redes familiares leales estaban dispersos y eran pocos en las tropas enviadas al sur y en las que quedaron en Kuwait. El control del partido y del clan era débil.

Paradójicamente, la devastadora campaña aérea de la coalición aliada, que al principio provocó una reacción de rabia entre los soldados en retirada en el sur, aniquiló a esas unidades, quitándoles toda capacidad de pelear eficazmente contra el régimen. La visión de Estados Unidos, impregnada por el miedo de ver a Irán entrometiéndose en los asuntos iraquíes, y su voluntad de mantener un contrapeso militar iraquí frente a esas amenazas –lo que llevó a Washington a no destruir totalmente a la Guardia Republicana– ayudó involuntariamente a Saddam Hussein a deshacerse de la amenaza del ejército derrotado del sur. Poco después de su retirada, las unidades, desorganizadas y desperdigadas, se rebelaron. Un tanque en retirada disparó contra un gran retrato mural de Saddam al llegar al centro de la ciudad de Bassorah. Ese fue el primer signo del levantamiento.

En el norte, por los mismos factores, se produjeron motines encabezados por los Moustasharin, los comandantes de los batallones tribales kurdos y la población urbana movilizada. Percibiendo la derrota y el aislamiento, las unidades militares tomaron la difícil decisión de rendirse a los kurdos. Ciento cincuenta mil soldados y oficiales desertaron de sus posiciones. Pudieron verse entonces escenas increíbles: miles de hombres en uniforme, pero desarmados, deambulando por las calles de Erbil, de Suleimaniya y de Duhuk. Algunas familias kurdas tuvieron piedad de esos soldados desilusionados y les dieron dinero y alimentos. Los comandantes explicaron su posición: Saddam había arruinado a la nación y humillado al ejército.

Pero esos militares no tenían directivas. Eran suficientemente valientes para desafiar la disciplina militar, pero demasiado timoratos para marchar sobre Bagdad. Ante la duda, pusieron deliberadamente sus armas fuera de uso. Incluso en el sur, la insurrección tenía más de desesperación que de movimiento con objetivos políticos claros. Tanto en el norte como en el sur, el nivel de despolitización de los militares era impresionante.

En cambio, la tercera sección del ejército, con base en el centro del país, dio muestras de cohesión y mantuvo su lealtad al régimen. Compuesta principalmente por unidades de la Guardia Republicana, como las divisiones Madina y Hamurabi, se convirtió en la principal fuerza de ataque de Saddam Hussein. El comando supremo la había mantenido en reserva para un contraataque que nunca llegó. Indemnes, esos soldados se lanzaron contra los insurgentes, diezmados y mal armados, y así acabaron salvando al régimen. Esas tropas, que George Bush padre había dejado intactas para preservar la defensa nacional de Irak, cumplieron a la perfección su papel de última defensa del régimen.

Varios factores pueden explicar esa cohesión. La fuerte densidad de la red del partido y de los clanes dentro de la Guardia Republicana –en comparación con el ejército regular– jugó un papel fundamental. Esos oficiales y soldados se mantuvieron unidos pues percibían una amenaza colectiva en su contra, lo que permitió al gobierno canalizarlos para aplastar la rebelión. Su moral era aun más elevada dado que sus posiciones no habían sido muy atacadas durante la guerra.

A partir de 1991, el régimen despliega una estrategia de reestructuración destinada a poner orden a la vez en su dirección y en sus instituciones. Prepara entonces una reorganización del grupo dirigente, que comenzaba a dar muestras de desunión; abre la vía a una sucesión tranquila; impone una vuelta a la “tribalización” de la sociedad, y reorganiza completamente el ejército. En veintidós años, de 1968 a 1990, Irak tuvo cuatro ministros de Defensa, igual cantidad que entre 1991 y 1996. Saddam Hussein siempre había confiado ese ministerio al clan al-Majid, pero en 1996, procurando satisfacer a las instituciones militares y combatir la baja de la moral, designó en el cargo a un militar veterano de la generación joven. Thabit Sultan, actual ministro y fruto de esa política, reemplazó entonces al siniestro Ali Hassan al-Majid.

Pero el cambio más importante fue la reducción de las fuerzas armadas, que pasaron de un millón de hombres a 350 mil. El stock de armas cayó a la mitad respecto de su nivel antes de 1991; fuera de los sistemas de defensa aérea, no se produjo ninguna mejora en el equipamiento. La disminución de personal le permitió al régimen reducir los gastos y aumentar la densidad de los grupos clánicos, que poco antes de la guerra se habían diluido peligrosamente. Por otra parte, se profundizó la brecha que separaba el ejército regular de las formaciones de elite. Hoy en día, numéricamente, la Guardia Republicana está a nivel del ejército regular en lo concerniente a divisiones blindadas y mecanizadas, y sólo es inferior en divisiones de infantería.

En realidad, las fuerzas armadas se componen actualmente de cuatro secciones: las unidades de la Guardia Republicana especial, formada por un cuerpo de ejército con tres divisiones (otras estimaciones hablan de ocho brigadas); la Guardia Republicana, que comprende tres divisiones blindadas, dos divisiones mecanizadas y dos de infantería; el ejército regular, que cuenta con cuatro divisiones blindadas, tres divisiones mecanizadas y quince divisiones de infantería; y una serie de unidades tribales encargadas de aplastar cualquier desorden civil, pero que también pueden representar una fuerza formidable en caso de combates en las calles. Por último, cabe señalar que el número de personas originarias del clan de Saddam Hussein representa entre el 35% y el 85% de los oficiales superiores y de rango medio: un temible factor de cohesión.

Invasión y política

La guerra que se perfila es de un tipo diferente a la de 1991, en términos de objetivos políticos, de dirección de las operaciones y de zonas de combate. La dimensión política de la campaña determinará, de manera mucho más importante que entonces, la actitud del ejército. Como Estados Unidos apunta abiertamente a derrocar el régimen, es previsible que las operaciones se concentren sobre Bagdad, sede del poder. De no existir rebelión contra Saddam por parte de algunas unidades importantes, ni golpe de Estado exitoso, el objetivo principal requerirá necesariamente una invasión y una ocupación total. La rápida victoria en Afganistán no puede servir de modelo para Irak. Quebrar la unidad de la “clase-clan” en el poder puede resultar muy difícil, sobre todo teniendo en cuenta que Estados Unidos no parece preocuparse por esa cohesión de la elite.

El régimen de Bagdad se ve enfrentado a dos problemas aparentemente insolubles. En primer lugar, la naturaleza del futuro conflicto: esta vez está en juego la supervivencia del régimen. Por otra parte, la clase en el poder es más que consciente del abismo infranqueable que se creó entre nacionalismo oficial y nacionalismo popular. Y se da cuenta además, con angustia, de que el ejército iraquí no puede hacer frente exitosamente a Estados Unidos y a eventuales ejércitos aliados.

Bagdad estudia diferentes soluciones. En primer lugar, el régimen trató de manipular el sentimiento de amenaza colectiva inducido por Estados Unidos, extendiéndolo a toda la elite en el poder. En efecto, frente al miedo de eliminación total, sus miembros podrían unirse para luchar masivamente hasta el fin. Ese sentimiento de vulnerabilidad colectiva se ve reforzado ya que Estados Unidos no trató de provocar fracturas en el seno de la elite.

En segundo término, frente a la debilidad propia del nacionalismo oficial, el régimen recurre a formas de religión populares e institucionales: a la vez el sentimiento comunitario anti-chiíta entre los sunnitas, y las condenas emitidas por los dignatarios chiítas contra la oposición de su propio campo.

En tercer lugar, el régimen eligió como punto central de su estrategia militar la fortificación de las ciudades, considerándolas como el terreno de batalla más favorable. Eso aumenta el riesgo de importantes pérdidas civiles; puede retrasar o circunscribir las operaciones estadounidenses; compensar la debilidad del ejército iraquí, y –quizás– concretar el sueño del régimen: causar el mayor número posible de bajas a Estados Unidos.

En cuarto lugar, con la esperanza de evitar que las fuerzas invasoras entren en Bagdad, se organizó un minucioso plan para utilizar a los medios internacionales. En el desierto hay pocas ocasiones de realizar una cobertura periodística espectacular. Durante la Guerra del Golfo, en 1991, las fuerzas de la coalición controlaban la cobertura mediática. Esta vez, el régimen quiere invertir la situación, e instaló diez centros subterráneos destinados a los medios.

En quinto término, para garantizar la continuidad del poder, el régimen creó un sistema bipolar, formado por Saddam Hussein, actual presidente, y por su hijo Qusai, sucesor designado. Aunque no fue anunciada, se estudia la creación de un tercer centro de poder, que recaería en el comandante de la Guardia Republicana, el general Kamal Mustafá.

Por último, para contrarrestar cualquier levantamiento de la población, comandantes militares reemplazaron a todos los gobernadores civiles del país. Las fuerzas tribales leales a Saddam Hussein también fueron desplegadas masivamente en los centros urbanos. Con esas medidas, y muchas otras más, el régimen muestra que conoce sus propias debilidades, pero también los límites del bando adverso.

Teniendo en cuenta la experiencia de 1991, puede pensarse que, según las circunstancias, las dos alas del ejército, la Guardia Republicana y las tropas regulares, tanto podrían dar batalla como rebelarse o desintegrarse. Una u otra de esas tendencias se impondrá, según el momento y el lugar. De su lado, la organización de un golpe de Estado parece aun más complicada. El ejército ya no está politizado como en 1958; entonces bastaba que una décima parte de las fuerzas armadas participara en un putsch para que el resto quede neutralizado. En las actuales condiciones, habría que movilizar al menos un verdadero cuerpo de ejército (tres o cuatro divisiones) y neutralizar políticamente otros tres. Sin la colaboración de un porcentaje considerable de miembros del clan Beijat –el clan del Presidente– tal iniciativa no es posible.

Cabe preguntarse si la política de Estados Unidos y de sus aliados logrará arrastrar en esa dirección a una parte de las elites tribales en el poder. Una tentativa fallida de golpe de Estado podría desembocar en amotinamientos dispersos y en crecientes riesgos de guerra civil. Entonces, la cantidad de bajas civiles sería dramática, el ritmo de la guerra lento y el aumento de fuerzas incontrolables superaría las peores pesadillas.

Autor/es Faleh A. Jabar
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 43 - Enero 2003
Páginas:12,13
Traducción Carlos Alberto Zito
Temas Armamentismo, Conflictos Armados, Militares
Países Irak