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La extorsión de los hiper y supermercados franceses

A fines de noviembre, los agricultores franceses bloquearon las centrales de compra de los super e hipermercados para denunciar la presión a la que son sometidos. Esta extorsión, que dio origen a las colosales fortunas de los patrones de las grandes firmas, se ha vuelto tan insoportable que el secretario de Estado para el Comercio acabó prometiendo poner límites a ciertos abusos. Pero demasiados representantes locales percibieron "peajes" a cambio de la implantación de una "gran superficie" como para elevar la voz.

La gran distribución nació en Francia en los años ’50. En esa época, entre diez y doce intermediarios1 se interponían entre el agricultor y el consumidor. El precio de un kilo de manzanas se multiplicaba por cuatro cuando llegaba a la canasta del ama de casa. Las mercancías escaseaban y los precios aumentaban vertiginosamente. Los comerciantes sacaban partido de una situación casi monopólica. La demanda sólo encontraba una oferta en el límite de lo inaceptable. Algunos aprovecharon para amasar fortunas indecentes. Se difunde entonces entre la gente la idea de que el comerciante es aquel que prosperó gracias al mercado negro y se enriquece en detrimento del consumidor. Cincuenta años después, esta reputación perdura.

En 1949, Edouard Leclerc abre su primer autoservicio en Landerneau, pequeño pueblo de la Bretaña profunda. No se puede hablar de supermercado: el almacén familiar no ocupa más de 50 metros cuadrados y, por primera vez, el cliente se sirve por sí mismo. Los vidrios del negocio han sido oscurecidos para que los peatones no puedan reconocer los rostros de los consumidores que van a “comprar pobre” y aprovechar descuentos del 20 al 70% en productos de consumo masivo.

En la misma época, en Estados Unidos se democratiza el automóvil. El comercio especializado se efectúa con el sistema de autoservicio en unas especies de hangares instalados en la periferia de las ciudades. Los compradores tienen a su disposición grandes carros, amplios estacionamientos, e incluso surtidores de nafta. La idea cruza el Atlántico. Algunos franceses la hacen suya agregándole el famoso concepto “todo bajo un mismo techo”: desde productos frescos hasta electrodomésticos. En 1963, en las afueras de París, se inaugura el hipermercado Carrefour, la primera “gran superficie” que algunos años más tarde se convertirá en el primer distribuidor europeo, segundo a nivel mundial. Para mejor, pero también para peor, acaba de nacer la gran distribución “a la francesa”.

En un primer momento se respetan los principios tradicionales del comercio: las mercancías se revenden con un margen de ganancia destinado a cubrir los gravámenes y la remuneración del comerciante. Cuanto más rápidamente giran los stocks, más ganancias se acumulan. Hipermercados y supermercados2 compran en grandes cantidades y obtienen importantes descuentos, que extienden en parte a sus clientes. Un círculo, que se quiere creer virtuoso, se pone en marcha para el mayor beneficio de los consumidores.

Los volúmenes aumentan, y con ellos las exigencias de los distribuidores respecto de sus proveedores, conminados a bajar permanentemente sus precios. Las relaciones se vuelven cada vez más tensas, tanto que muy pronto las “grandes superficies” reclaman a posteriori una remuneración complementaria y totalmente arbitraria: ¡el “descuento de fin de año” que representa entre el 1 y el 2% del total de las compras de los 12 meses precedentes! Un engranaje destructor se pone inexorablemente en marcha. Ya no se detendrá…

“Márgenes retroactivos”

Los supermercados e hipermercados se expanden. Francia bate todos los récords de densidad en Europa: en menos de treinta años, la plaza pasa de 200 a más de 5.000 supermercados y de un solo hipermercado a más de 1.2003. Los establecimientos ya no encargan directamente las mercancías, sino que se agrupan en centrales de compras para tener más peso a la hora de las negociaciones con sus proveedores. La era de las fusiones y de las concentraciones desemboca en la constitución de un verdadero oligopolio4. Sacando partido de su posición dominante, las centrales establecen un sistema inédito de extorsión, desconocido hasta entonces en los Estados denominados “de derecho”: cada año, por diversos motivos, reclaman entre un 1 y un 2% de descuento suplementario. A veces mucho más. Única en el mundo, esta tasación, más conocida bajo la denominación “negociaciones comerciales” o también “márgenes retroactivos”, no hace más que remunerar la situación casi monopólica que beneficia a los grandes distribuidores franceses respecto a sus proveedores.

Esta tasación, constituida esencialmente por prestaciones ficticias o sobrevaluadas, representaba el 10% hace diez años, luego pasó al 35, al 40 y al 45%, para superar ampliamente la barrera del 50% del precio del producto y, en casos extremos, alcanzar la tasa del 60% a principios del año 2002. Aumenta todos los años. La superganancia así obtenida nunca repercute en el consumidor. Permite que los grandes accionistas de estas fábricas de consumo obtengan sustanciales dividendos. También sirve para financiar la corrupción del poder político, acostumbrado a vender su firma para las autorizaciones de apertura. El “peaje” obligatorio, de un millón de euros mínimo (aproximadamente 3.500.000 pesos) para un hipermercado, nació a fines de los años ’70. Con los “años Mitterrand”, las pujas aumentan, y los sobres engordan: se pasa a 1,5, luego a 2, luego a 3 millones de euros. Michel Edouard Leclerc, agudo conocedor del tema, lo reconoció por lo demás públicamente: “La verdad obliga a decir que cerca de la mitad de los grandes grupos comerciales fueron sometidos a ese tráfico”5.

Dentro de este sistema, los proveedores no sólo deben aceptar precios, sino que también deben pagar por todo: pagar un derecho de entrada; ofrecer a todos los establecimientos de la central mercancías gratuitas en las primeras entregas; pagar para ver sus productos expuestos en una ubicación privilegiada o en cabecera de góndola; pagar para financiar las campañas de promoción; pagar para figurar en los catálogos; pagar cuando se instala un nuevo establecimiento; pagar cuando se refacciona o mejoran los más antiguos; pagar incluso para hacerse pagar sus propias facturas. Pagar y pagar… Pagar sin saber ya por qué, ya que no hay relación alguna entre el precio pagado y la prestación real provista por el distribuidor a su proveedor. A tal punto que, en mayo de 2002, un muy mediático gran distribuidor francés lanzó, por primera vez, una campaña mediática en la que se reconocía implícitamente el fenómeno de facturación sin causa. Los diputados franceses identificaron más de 500 motivos invocados por las centrales de compra para exigir ventajas suplementarias a sus proveedores. Para estos últimos, la alternativa es muy simple: someterse o ser excluídos, es decir ¡guardarse las mercancías y cerrar sus fábricas! Los excelentes informes parlamentarios presentados a la Asamblea Nacional en 19956 y 20007 demuestran que el poder político conoce perfectamente la amplitud de las prácticas desleales de la gran distribución.

Sin embargo, uno de esos informes constata, con impotencia: “La relación entre los productores de bienes de consumo (70.000 empresas, 400.000 agricultores) y los 60 millones de consumidores es semejante al pasaje por un cuello de botella. En el punto más estrecho, cinco grupos de distribuidores controlan la venta de más del 90% de los productos de consumo masivo”8. Algunos proveedores son incluidos sólo por una o dos centrales de compra, lo que agrava aún más su situación de dependencia.

El poder político francés, beneficiario durante demasiado tiempo de los circuitos ocultos de financiamiento instaurados por estos grandes grupos, entregó las armas también en este caso. Los medios no manifiestan mayor disposición a hablar de este tema, que suscita incomodidad. “¿Será la elevada facturación por publicidad proveniente del sector de los grandes distribuidores una explicación de la prudencia de ciertos colegas?”, se pregunta Philippe Cohen en Marianne9. Este semanario fue excluido de las campañas publicitarias de la gran distribución por haber planteado la cuestión de la responsabilidad de las “grandes superficies” en la carrera por bajar costos, en el caso de las harinas animales. ¿Habrá que asombrarse, entonces, de que la prensa escrita, convertida en simple “soporte” en la jerga de los publicitarios, se contente en adelante con enunciar vagamente las consecuencias –deslocalización, despidos, desindustrialización– de ciertas prácticas, poniendo gran cuidado en no relacionarlas nunca con sus causas reales y profundas?

El aumento continuo de la tasa de “margen retroactivo” tiene un impacto desastroso en las empresas, que se ven poco a poco privadas de sus medios para invertir y financiar su investigación y desarrollo y no tienen más recurso que trasladarse. Por cierto, los intermediarios han desaparecido, pero junto con ellos, los empleos que representaban. De manera esquemática, en la actualidad los precios tienen dos componentes esenciales: la remuneración del proveedor (agricultor o empresa industrial), cada vez más comprimida, y la del distribuidor, que se lleva la parte del león. Las cinco centrales de compra que se reparten el mercado francés tienen una enorme responsabilidad en la desaparición del comercio de barrio, la aniquilación de la agricultura a escala humana (y por ende en la desertificación del espacio rural), en el éxodo industrial y las importaciones masivas.

Dictadura de la concentración

Al mismo tiempo, la competencia desaparece y la elección del consumidor se restringe a medida que se van operando nuevas concentraciones. Esta espiral infernal condujo a un empobrecimiento de la calidad de los productos y a un consumo en dos velocidades. Los más pobres deben contentarse con lo que se les presenta como “menos caro”: el pollo de criadero a 1,5 euro el kilo, la vaca de desecho, los tomates cultivados en suero e incluso, hasta abril de 1999, las aves alimentadas con lodo de las estaciones de depuración de agua. Esos productos alterados dejan sin embargo sustanciales márgenes a quienes los exhiben en sus estanterías. En realidad, lejos de ser baratos, son extremadamente caros: ¿podemos seguir hablando de “derrumbe” de precios cuando un kilo de tomates que se compra al agricultor a 0,3 euros se revende a 1,2 euros al consumidor, o sea en una relación de 1 a 4, como en 1949?

Tras captar a la mayor parte del sector de la alimentación, la gran distribución francesa, insaciable, arremete contra los mercados de la cosmética, higiene, salud, belleza, comunicación, informática, joyería, las flores, los vinos, espectáculos, viajes, artesanías, del automóvil, los bancos, seguros, servicios, internet, deportes e incluso de los cursos de manejo de automóviles. Sin ir más lejos, el joyero número uno de Francia se llama Leclerc, y el primer armador de pesca, Intermarché10.

En Francia, más de la mitad del volumen de carburante se distribuye en las “grandes superficies”. El parque automotor se duplicó entre 1975 y 1995, mientras que simultáneamente el número de estaciones de servicio pasó de 47.500 a 18.500. Treinta mil puntos de venta tradicionales desaparecieron en veinte años, para ser reemplazados por 3.000 estaciones de servicio en “grandes superficies”. Actualmente, cierran 500 estaciones de servicio por año. Ahora bien, para un mismo volumen, un punto de venta en un super o hipermercado emplea cinco veces menos personal.

Estos grandes grupos millonarios, que hicieron la fortuna de sus creadores y accionistas, parten con los mismos métodos, pero con multiplicados medios, a la conquista de Europa, los países del Este, América del Sur, el Sudeste Asiático e incluso China. En este momento se está instaurando, a escala planetaria, una verdadera dictadura de la distribución sobre los productores y los consumidores.

  1. Almacenador, expedidor, agrupador, corredor, repartidor, representante, mandatario, mayorista, semi-mayorista, minorista…
  2. Los hipermercados disponen de una superficie de venta de 2.500 m2 como mínimo y más de la tercera parte de su facturación corresponde a productos alimenticios. Los supermercados explotan una superficie de venta comprendida entre los 400 y 2.500 m2 y más de dos tercios de su facturación corresponde a productos alimenticios.
  3. A fines de 2001, se registran en territorio francés 1.211 hipermercados, que ocupan cerca de 7 millones de m2.
  4. El 90% del mercado francés de alimentos está en manos de cinco centrales de compra: Carrefour tiene el 26,2%; Lucie, central común de Leclerc y Système U, el 23,8%; Opéra, central común de Casino, Cora, Franprix, Leader Price y Monoprix-Prisunic, el 15,7%; Intermarché el 14,4% y Auchan el 12,9%. Fuente: Référencseigne Secodip, citado por LSA (grupo Usine nouvelle) Nº 1.746, 22-11-01.
  5. Michel Edouard Leclerc, La fronde des caddies, Plon, París, 1994.
  6. Jean-Paul Charié, “Pour une libre concurrence à dimension humaine. Redéfinir les règles de la loyauté”, informe a la Asamblea Nacional, Nº 2.187, 27-7-1995. Este informe es la continuación de otro, entregado al presidente de la Asamblea dos años antes bajo el título “Un enjeu de société : vers une concurrence libre et loyale”, informe Nº 836, 9-12-1993.
  7. Jean-Yves Le Déaut, “Rapport sur l’évolution de la distribution : de la coopération à la domination commerciale”, informe a la Asamblea Nacional, Nº 2.072, 11-1-00.
  8. “Rapport sur l’évolution de la distribution…”, op. cit.
  9. Marianne, París, 20-11-00.
  10. Cuatro nuevos barcos de pesca, que se agregarán a la flota de 40 navíos actuales, están en construcción. Intermarché significa también más de 40 fábricas integradas (conservadoras de pescado, mataderos, fábricas de embutidos industriales, pizzas, cremas heladas, etc.). Fuente: LSA, Nº 1.764, 18-4-02.
Autor/es Christian Jacquiau
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 43 - Enero 2003
Páginas:28,29
Traducción Patricia Minarrieta
Temas Agricultura, Desarrollo, Neoliberalismo, Privatizaciones, Estado (Política), Políticas Locales
Países Francia