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Final de época en Bagdad

La administración de George W. Bush no ha sabido convencer a los iraquíes de la grandeza de espíritu y de la moralidad de una guerra presentada como misión civilizadora y obra de paz. Pero, en cambio, esta vez están todos absolutamente convencidos de la realidad de las amenazas estadounidenses, que hasta hace poco no tomaban en serio. Se esperaba una de esas crisis crónicas que agitan al país desde 1991 y de las cuales el presidente Saddam Hussein, extrañamente, parece en cada oportunidad salir reforzado.

Estas crisis regulares, que dan lugar a campañas de bombardeos con objetivos muy precisos, no suscitaban más que indiferencia y resignación. Incluso en diciembre de 1998, la campaña “Zorro del desierto”, que marcó el apogeo de una serie de intervenciones militares llevadas a cabo durante los años ’90, no provocó casi ninguna compra de provisiones por parte de la población. Durante la mañana de esos primeros ataques nocturnos, los alumnos y estudiantes iban a la escuela o la universidad, donde se anotaba a los ausentes. Por la tarde, las familias subían a los techos para observar el vuelo de los misiles y tratar de descubrir, como en un juego, el punto de caída. Los relatos de esos días acerca de una guerra tan especial tienen un tinte casi de vacaciones.

Ahora, un desasosiego poco habitual se ha ido apoderando del país. A primera vista todo parece normal pero los índices de tensión son múltiples. La actividad comercial está detenida. Se deben informar los proyectos de inversión o de compras, con excepción de los víveres. El precio de los automóviles cae. La cotización del dólar varía brutalmente, alcanzando a veces récords (cerca de 2.800 dinares por dólar) a pesar de los importantes esfuerzos de las autoridades para controlar los bandazos.

El mercado cambiario, particularmente volátil, no hace más que expresar la sensibilidad general, amplificada. Muchos escuchan medios extranjeros, entre los cuales están a la cabeza Radio Montecarlo y un canal televisivo iraní por satélite, en árabe, accesible legalmente desde hace algunos meses. Revistas importadas circulan entre amigos e incluso quienes pretenden haberse cansado de las noticias repiten rumores que traicionan una receptividad no confesada e inconsciente de la actualidad. En Irak hay una explosión de la palabra, hasta el punto de hacer creer que el miedo, la argamasa misma del régimen, retrocede gradualmente.

¿De dónde viene esta nueva certeza de un cambio de época? El tono de las declaraciones estadounidenses no basta para explicar este viraje. Las reacciones de Saddam Hussein hacen pensar, en cambio, que el momento es decisivo. Ha aceptado sin condiciones el retorno de los inspectores del desarme (Unmovic, United Nations Monitoring, Verification and Inspection Commission), sometiéndose a la presión estadounidense. Más tarde, invitó a los agentes de la CIA a unirse a ellos, sugerencia que fue percibida como una verdadera traición. Abrió sin condiciones todos los santuarios de la industria militar e incluso sus propios palacios, fuente de fricciones con la anterior comisión de inspección (Unscom, United Nations Special Commission). Se ha excusado ante el pueblo kuwaití, más de doce años después de la invasión al emirato; son excusas tardías interpretadas en Irak como un signo de “pequeñez y cobardía”. En pocas palabras, aparece dispuesto a todo para salvar su poder personal, a riesgo de sacrificar a Irak y su dignidad. Los rumores indican que negocia secretamente el petróleo a cambio de su permanencia en el mando del país.

Sin embargo, esta nueva certeza también es frágil. La expresión generalmente empleada para describir la actualidad es la de “obra de teatro”. Los iraquíes no son más que los espectadores de esta intriga que se va tramando entre bastidores, y las motivaciones reales de la guerra de Bush parecen muy ambiguas: una empresa tan arriesgada debe explicarse mediante algunas razones sólidas, cínicas sin duda, pero que no se prestan precisamente para el debate.

En lo que se refiere al futuro, la administración Bush no ha hecho conocer ningún proyecto creíble. La oposición, desgarrada por querellas internas y desprovista de toda base social entre la población, discute el “después de Saddam” sólo con los estadounidenses. Las radios “subversivas” de la oposición son juzgadas tan confiables como los medios oficiales, cuyos métodos reproducen (propaganda, desinformación, discursos arreglados, etc.) con un contenido inverso. Los acontecimientos futuros parecen, entonces, tan determinantes como imprevisibles para quienes van a sufrir íntimamente las consecuencias. Se comprende su necesidad de hablar, explicar e intentar conjeturas.

En Irak la imaginación está liberada por esta necesidad irreprimible de encontrar algún sentido y por la ausencia de un discurso de referencia lo suficientemente coherente y estructurado como para satisfacerla. Al no percibir a los estadounidenses como liberadores, se los representan como una presencia de ocupación humillante. Algunos temen tener que presentar sus documentos a los soldados en cada esquina de su propia ciudad. Otros se indignan por adelantado ante la idea de ver a los “marines” victoriosos y arrogantes, en pantalón corto, con una cerveza en la mano, consiguiendo chicas gracias a la pobreza reinante.

La imaginación también trabaja para elucidar las razones subyacentes de este destino padecido, para identificar la fuerza oscura y maléfica que está en el origen de tanta injusticia y crueldad. La tesis dominante, sostenida por el régimen y conforme a todo el imaginario árabe mancillado, denuncia al imperialismo estadounidense cuyo objetivo es lograr, en un cierto plazo, el control de los recursos del mundo árabe puesto en vereda; una vasta trama con un fondo de complot sionista, evidentemente… Esta concordancia entre logomaquia oficial y ficción popular no debe generar ilusiones: a los ojos de los iraquíes Saddam Hussein, autoproclamado campeón de la lucha contra Estados Unidos e Israel, aparece más bien como su agente. Esta convicción hace temer que la guerra anunciada, a pesar de la pantomima de los movimientos de tropas, sea finalmente escamoteada en beneficio de un acuerdo secreto y amigable.

La ambigüedad de la información y la ambivalencia de los sentimientos, y la cohabitación en una misma persona de expresiones contradictorias es algo característico. Esta desorganización del discurso se extiende naturalmente a la futura guerra. La mayoría de la población desea el cambio. Pero hay demasiadas incertidumbres que hacen valorar el presente, lo que existe, lo conocido, antes que la aventura del cambio. ¿Será corta la guerra o habrá que soportar meses de penuria? ¿Será mejor quedarse en Bagdad o buscar refugio en las provincias? ¿Utilizará Saddam Hussein armas no convencionales contra sus propios ciudadanos? El uso de gases bélicos atribuido a los agresores podría servir para la propaganda guerrera del régimen, galvanizando el resentimiento de los iraquíes.

Suma de incógnitas

Estas y otras preguntas pueden resumirse así: el régimen terminará por caer, tanto mejor, pero ¿a qué precio? ¿Cómo creer en un futuro mejor surgido de una guerra que no es más que un asunto de intereses? La caída del edificio creará un vacío y abrirá una carrera por el poder, cuyos beneficios democráticos son muy azarosos. Y, sobre todo, cuando se desate el apretado entretejido que forman el partido Baas1, la policía y el aparato de seguridad, ¿quién contendrá las pulsiones agresivas de una población empobrecida, humillada, frustrada y llena de rencores? En 1991 los trastornos que siguieron a la campaña “Tormenta del desierto” y los amplios levantamientos calificados como “intifada” estuvieron dominados por los saqueos y los ajustes de cuentas.

Previendo represalias, muchos auxiliares del régimen, desde los miembros de la célula local del partido hasta los altos responsables de la información, se preocupan por su salvaguarda. En un momento en que cualquier signo de deslealtad puede ser fatal, les resulta imposible abandonar las funciones que mañana los expondrán a la venganza de sus antiguas víctimas. Algunos tratan de reconciliarse con los que antes humillaron, explicándoles que, en el fondo de ellos mismos, desaprobaban las órdenes… Otros eligen la opción más radical de la mudanza, en busca del anonimato. Su posición en caso de guerra consistirá en respetar las consignas, pero sin celo, para precaverse contra una supervivencia milagrosa del régimen, sin crearse nuevos enemigos. Se inicia así un juego explosivo de reposicionamientos, que explotará verdaderamente cuando el régimen se haya derrumbado.

La existencia en Irak de tribus2 que conforman comunidades muy estructuradas cumplirá esta fase de nuevo reparto de las cartas. Dirigidas por personalidades sociales y políticas de peso, tienen una fuerte capacidad de movilización de sus miembros cuando se trata de defender los intereses o el honor de la colectividad. Ya están bien provistas de armas (kalashnikovs, granadas, morteros, etc.), sin contar el material del cual se apropiarán cuando se disgregue el aparato de seguridad actual. Gozan de una fuerte autonomía social, aplicando el derecho tribal en numerosos casos contenciosos. De esta manera, es posible esperar relaciones de fuerza complejas entre las diferentes tribus, para la distribución de los recursos (tierras, agua, armas, prestigio, don de gentes, etc.) entre las tribus y el nuevo poder central. Relaciones complejas que corren el riesgo de volverse relaciones de fuerzas armadas.

Estas tribus, a diferencia de las de Afganistán, no le serán de ninguna utilidad a Estados Unidos durante el conflicto. Las más poderosas no tienen quejas de la política del régimen y quedarán en una posición de fuerza para negociar el favor del gobierno que lo reemplace. No ganan nada traicionando a Saddam Hussein, cuya supervivencia, siempre posible, les costaría todo. ¿Acaso no ha sobrevivido a innumerables intentos de asesinato, a diversos golpes de Estado y a una guerra contra 33 países aliados? Así, cada uno conservaría seguramente su lugar en el tablero mientras esperan ver caer al rey.

El escenario más probable es un vuelco. En los primeros momentos de la intervención estadounidense el aparato local de defensa y de seguridad desempeñará con prudencia sus funciones, ya que los habitantes sediciosos de las viejas “villas miseria” de Bagdad y de las ciudades del sur se mantendrán callados, esperando el momento de actuar. Luego, de pronto, llegará el final del régimen. Se disgregará brutalmente y la desbandada será general. Entonces comenzarán las insurrecciones, los robos y los linchamientos, sin utilidad alguna mientras se desarrolla la guerra. Si bien divergen en sus pronósticos sobre la capacidad de resistencia del régimen, los iraquíes son unánimes al predecir el caos que vendrá.

Preparativos para la defensa

La perspectiva de este vuelco, ignorada por Washington, aparece como una causa de los preparativos bélicos desde el lado del régimen. Su propósito es prevenir y retardar ese momento de cambio, manteniendo el control de la población el mayor tiempo posible. A la inversa de lo que pretende transmitir un discurso oficial grandilocuente, que anuncia el levantamiento masivo de los ciudadanos contra el invasor, el régimen espera que cada cual… se quede en su casa. Cuando se desencadenen las hostilidades se implementarán consignas de toque de queda total. Ya se han distribuido raciones para prever las necesidades alimentarias hasta junio. Y hay comunicados en la televisión desalentando a las familias a revenderlas, ya que podrían necesitarlas. Se han perforado pozos por todas partes en Bagdad y en las ciudades del interior del país, formando una red de aprovisionamiento de agua gestionada por el partido.

Los miembros de la estructura local del partido en cada barrio han abandonado sus locales, que son objetivos potenciales, prefiriendo las escuelas como cuarteles generales. Desde allí, llevarán a cabo las misiones que se les han asignado. Van a moverse distribuyendo el agua y el alcohol de quemar (necesario para la iluminación y la calefacción, y para cocinar), con los cuales se han constituido reservas. Van a cuidar el mantenimiento del orden mediante un responsable del partido designado en cada calle. Cada hogar será juzgado colectivamente, de manera tácita, como responsable del comportamiento de sus miembros. Se prohibirán las salidas. Y se han erigido tapias de bolsas de arena en las esquinas para garantizar una división de las calles en zonas.

Estas misiones toman sutilmente en cuenta la psicología de los funcionarios del régimen. La mayoría de ellos desertaría rápidamente si tuviera que combatir en el frente, ante la formidable tecnología estadounidense. Traicionando la angustia que esto les provoca, circulan rumores que mencionan tanques que tiran obuses a la velocidad de balas de ametralladora, aviones que superan 25 veces la velocidad del sonido e, incluso, misiles que se detienen en el aire para detectar el más mínimo movimiento. Protegidos en los cuarteles, serán más útiles en la función de mantenimiento del orden, lo que harán con celo. De todas maneras, se los prepara para conducir, si es necesario, posibles combates en las calles. A este efecto, la Guardia Republicana y los “fedayin de Saddam” han animado cursos de entrenamiento3. A algunos sectores de la población ya se les han distribuido kalashnikovs y, sin duda, en vísperas del conflicto las autoridades llegarán a agotar su stock de armas ligeras.

El objetivo principal del régimen consiste en mantener el control de la población. En las ciudades, donde hay un riesgo crítico de insurrecciones, el régimen se apoya en el partido y en el aparato de seguridad, al mismo tiempo que tiene en cuenta la frágil lealtad de sus agentes. Como pesa sobre ellos una amenaza tácita de represalias, simultáneamente les evitan un nivel insostenible de compromiso. El régimen no exige a sus empleados de la policía política, del servicio de informaciones, etc. que se sacrifiquen por nadie. No tendrán otra cosa que hacer que cumplir con sus funciones rutinarias. En el campo se aplica el mismo principio de compromiso mínimo. No se espera, especialmente de las tribus aliadas del régimen, que vayan a combatir inútilmente. Sólo tendrán que impedir cualquier levantamiento y cualquier infiltración en las zonas que ocupan.

Esta estrategia apunta a perpetuar, en un período de crisis, una inercia de la población adquirida desde hace mucho, en tiempos de paz. La dispersión del personal de seguridad, cuyos locales se evacuan ante la más mínima alerta, incrementa la eficacia y la fuerza de disuasión. Una propaganda hábil bastará para mantener un grado de temor suficiente como para inhibir cualquier veleidad de sublevación. Queda por garantizar la salvaguarda del propio Presidente, por medio de tácticas probadas en el curso de los conflictos anteriores, privilegiando la movilidad de las fortificaciones (multiplicación de falsos trenes presidenciales, desplazamiento en automóviles comunes, alojamiento sorpresivo en casas de familias secuestradas durante la noche, etc.). Los fuertes rumores sobre este tema ponen en escena a un Saddam Hussein polimorfo, inasequible, inventivo, que utiliza todos los escondites posibles de su país, hasta la red de cimientos de las inmensas mezquitas que se construyen en Bagdad…

La irresistible supremacía militar estadounidense proscribe cualquier intento de respuesta clásica. El régimen tiene todo para ganar en un enfrentamiento cuyas características sean simétricamente opuestas a las del proyecto estadounidense. Una guerra larga y que provoque numerosas víctimas, de uno y otro lado, podría determinar un vuelco en sentido contrario, un levantamiento popular contra el invasor, en este caso. La política estadounidense, tolerable a condición de derrocar rápidamente a Saddam Hussein, no deja de ser juzgada como injusta e inmoral. El régimen tiene, así, el mayor interés en tratar de llevar los combates a las calles.

En este escenario, ¿cuál sería el papel de las fuerzas convencionales, es decir el ejército regular y la Guardia Republicana, únicas fuerzas armadas capaces de enfrentarse directamente con la potencia de fuego estadounidense4? Saddam Hussein no puede tener ninguna confianza en la fiabilidad de estas tropas, ni en el plano militar, ni en términos de lealtad. Una solución a este problema sería no exigir a sus hombres más que la fidelidad al puesto, en el ejercicio de sus deberes mínimos. Una vez ubicadas fuera de Bagdad, estas fuerzas podrían oponer una resistencia blanda a los bombardeos y a la penetración del ejército estadounidense, dejándolo incursionar en el interior del país. Fuerzas de elite mantenidas en reserva podrían intervenir en una segunda etapa. Mientras, diseminadas en el tejido urbano habitado serán objetivos difíciles para los bombardeos.

Independientemente de los resultados que aporten las tropas sacrificadas en el frente, el régimen debe buscar la creación de múltiples zonas de combate. Así podría esperar suscitar, si las sediciones no lo han derribado antes, ese vuelco en sentido contrario, ya que ni siquiera la caída del régimen, bastante probable, resuelve la cuestión de la oposición violenta de la población a cualquier presencia estadounidense. Pocos, sin duda, tomarán las armas para defender al régimen; pero, en cambio, las armas están al alcance de numerosos iraquíes que se manifiestan dispuestos a matar a los soldados de una fuerza de ocupación.

El contexto que se va esbozando parece, en efecto, propicio para llevar a una situación más radical. Años de privaciones y de humillaciones, perpetradas tanto por el régimen de Saddam Hussein como por las sanciones impuestas por sus enemigos, han engendrado tensiones explosivas. La instauración rápida de la democracia en una sociedad pacificada no es más que una visión teórica. En la práctica, los iraquíes estarán seguramente dispuestos a escuchar nuevos discursos portadores de sentido, pero los discursos simplistas, dogmáticos y belicosos son con frecuencia los más convincentes, como bien lo ejemplifica Estados Unidos.

¿Qué dicen de todo esto los primeros involucrados, los iraquíes, extrañamente ausentes de todos los debates? Alguno dirá que su decisión está tomada: si la guerra no tiene lugar, dejará el país, incapaz de soportar el régimen de Saddam Hussein “durante otros diez años”. Otro, puesto a elegir, prefiere un Presidente ya “saciado” antes que eventuales sucesores ávidos, insaciables, dispuestos a devorar un país ya saqueado. En cuanto al optimista que piense que Estados Unidos va a asumir plenamente sus responsabilidades, desarrollando un plan Marshall y garantizando en Irak la paz y la prosperidad, todavía hay que encontrarlo.

  1. D. Baran, “Simulacro de temible eficacia”, Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, diciembre de 2002.
  2. F. A. Jabar, “Parti, clans et tribus : un fragile équilibre”, Manière de voir, N° 67, París, enero-febrero de 2003.
  3. Milicia creada por el hijo mayor de Saddam Hussein, compuesta por jóvenes voluntarios desheredados, cuidadosamente seleccionados.
  4. F. A. Jabar, “El ejército iraquí es una incógnita”, Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, enero de 2002.
Autor/es David Baran
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 44 - Febrero 2003
Páginas:12,13
Traducción Lucía Vera
Países Estados Unidos, Irak