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Asia Central, retaguardia estadounidense

A favor de la expectativa de elites ex soviéticas empeñadas en transformarse en clase dirigente, EE.UU. gana terreno en una región altamente sensible por tres razones: yacimientos y vías de paso de petróleo, gravitación del islamismo y área estratégica para Rusia. Pero a la vez que despliega bases militares y afirma su influencia política, Washington exacerba y multiplica las tensiones internas, en un terreno minado por la ambivalencia del legado soviético y la instalación inconclusa de un capitalismo que aumentó las penurias de la población.

Los vehículos militares abandonan la base situada en el aeropuerto de Manas, cerca de la capital de Kirguizistán, y se dirigen hacia Marmarnaya, un pueblo vecino de 1.700 habitantes. Allí se detienen, y los soldados comienzan su patrulla rutinaria. El ambiente es tranquilo; unos militares estadounidenses y noruegos distribuyen bizcochos a los niños. En el centro del pueblo, el alcalde Jindizbele Mazhitov y varios vecinos se reúnen a conversar: se quejan del ruido de los aviones militares que aterrizan y despegan día y noche; hablan del hecho de que nadie del pueblo trabaje en la base; de las rutas estropeadas; de las escuelas que habría que arreglar. Los pobladores esperan que la llegada a la zona de 1.900 militares de siete países les permita cambiar su vida.

En su plan de guerra contra el terrorismo internacional, Washington envió tropas bajo su dirección a varios países de la ex Unión Soviética. Las primeras llegaron a la base aérea de Khanabad, en Uzbekistán, desde donde jugaron un papel importante en la campaña aérea desarrollada contra los talibanes instalados en el norte de Afganistán. Desde entonces, hay fuerzas estadounidenses estacionadas en otras bases de Tayikistán y cerca del aeropuerto de Manas, en Kirguizistán. Un grupo de doscientos soldados de las fuerzas especiales llegó a Georgia para adiestrar al ejército local y ayudarlo a desarrollar operaciones antiterroristas en la quebrada de Pankisi, cerca de la perturbada frontera con Chechenia. Los acontecimientos del 11 de septiembre de 2001 acentuaron tendencias que ya existían desde hace diez años en la región: la disminución de la influencia de Moscú y la instalación de la nueva hiperpotencia mundial.

La llegada de los estadounidenses despertó esperanzas en la población. Kirguizistán obtuvo beneficios económicos por 24 millones de dólares; la ayuda militar a Georgia, para el adiestramiento de cuatro batallones de cien soldados cada uno, se estima en 64 millones de dólares. A eso hay que añadir 100 millones de dólares de ayuda para el desarrollo. Pero el más satisfecho es el presidente uzbeko Islam Karimov: “Estados Unidos jugó un papel fundamental en la eliminación de los talibanes y del aparato terrorista. De esa forma liberó a Uzbekistán de toda amenaza de agresión militar o ideológica”, explicó a la radio nacional1. Y agregó: “Creo que los estadounidenses van a permanecer aquí todo el tiempo que sea necesario para protegernos”.

La campaña militar estadounidense no sólo ayudó al presidente uzbeko a destruir las bases afganas del Movimiento Islámico de Uzbekistán (MIU) –cuyas incursiones fronterizas le causaban cada vez más problemas– sino que además le permitió obtener una ayuda de unos 160 millones de dólares. Su satisfacción obedece también a que la visión del mundo que tiene Washington corresponde a la que Taschkent adoptó desde hace años: el peligro para el orden reinante proviene de los militantes islamistas, a los que hay que combatir con determinación.

Sin embargo, la intervención estadounidense en Asia Central también despierta expectativas entre los grupos opositores. Para Boris Shikhmuradov –fundador del Movimiento Democrático Popular de Turkmenistán y ex canciller, detenido en circunstancias oscuras en diciembre de 2002– al igual que para Akezhan Kazhegeldin, ex Primer Ministro de Kazajstán, la implicación estadounidense y occidental representa un avance para la democracia2. De hecho, la casi totalidad de la ayuda de Estados Unidos a Uzbekistán, a Kazajstán y a Georgia, contribuye no sólo al desarrollo de la economía de mercado, sino también a fomentar un sistema político democrático. En marzo de 2002, la presión política ejercida por Washington llevó a Uzbekistán a firmar una declaración conjunta con Estados Unidos, en la que se compromete a garantizar “una sociedad civil fuerte y abierta”, “el respeto de los derechos humanos y de las libertades”, “un verdadero sistema multipartidario”, “elecciones libres y justas”, “pluralidad política, diversidad de opiniones y libertad para expresarlas”, “independencia de los medios” e “independencia de la justicia”.

Y, según Washington, esos compromisos ya comenzaron a plasmarse en hechos, incluso en el difícil caso de Uzbekistán: a comienzos del año, Taschkent abolió la censura, y luego autorizó oficialmente a una organización no gubernamental (ONG) de defensa de los derechos humanos. El secretario de Estado Colin Powell evocó ante el Congreso los “sustanciales y continuos progresos” verificados en temas humanitarios y de democracia. Sin embargo, Human Rights Watch y otras ONG subrayan que esos avances son muy limitados, y desean que Washington ejerza mayor presión3.

En los países vecinos, la situación parece aun más negativa. En Almaty, varios periodistas fueron atacados, y algunos resultaron muertos: Sergei Duvanov, detenido por una supuesta violación, está aún en la cárcel. En Kirguizistán, Feliks Kulov, dirigente opositor, fue condenado en mayo de 2002 a diez años de prisión por malversación de fondos; en junio, la detención del diputado de oposición Azimbek Beknazarov produjo manifestaciones en la ciudad de Jalalabad, donde las fuerzas del orden abrieron fuego y mataron al menos cinco manifestantes. En Turkmenistán, la tentativa de asesinato del jefe de Estado, el 25 de noviembre de 2002, produjo una nueva ola represiva y condujo al país al borde de una guerra con Uzbekistán.

Hace diez años, el desmoronamiento de la Unión Soviética había generado una mezcla de incertidumbre y de decepción. Las fuerzas de oposición se componían entonces de demócratas nacionalistas y de renovadores pro-occidentales. Desde entonces, el nivel de vida bajó de manera impresionante y la ideología nacionalista fue confiscada por elites que aprovecharon la flamante independencia. El islam se convirtió en la primera bandera de la oposición, desde Uzbekistán hasta el Cáucaso del Norte. Pero incluso para los islamistas, el enemigo número uno era Rusia. Los dirigentes locales eran considerados como simples apéndices de la nomenklatura soviética, dependientes de Moscú. Las fuerzas opositoras, incluidos muchos islamistas, no ponían a Washington en la lista de sus adversarios: al contrario, deseaban una creciente influencia occidental sobre las autoridades locales. Pero la alianza militar directa establecida entre Estados Unidos y los dirigentes de Asia Central, al igual que la presencia permanente de tropas estadounidenses en la región, podrían modificar ese sentimiento y difundir la idea de que las elites locales dependen ahora directamente de Washington, que está en guerra contra los movimientos islámicos de todo el mundo.

La línea seguida por Estados Unidos inquieta a Moscú. “A pesar de su orientación ampliamente pro-rusa, las dos últimas administraciones estadounidenses no detuvieron ninguna de las principales iniciativas políticas que perjudicaban a Rusia: Kosovo; la creación de una zona de influencia en el ‘extranjero cercano’4; el oleoducto Bakú-Tbilisi-Ceyhan; la extensión de la OTAN; o las bases militares en Asia Central”, explica Charles Fairbanks, experto en cuestiones rusas y profesor de la Escuela de Estudios Internacionales Avanzados de Washington.

Con la llegada de Vladimir Putin al poder, el ejército ruso consideró que podía frenar su decadencia. El Estado Mayor pensaba aplastar la resistencia chechena, aumentar su influencia en el sur del Cáucaso, y dominar un poco más Asia Central. En poco tiempo perdió sus ilusiones, a causa de la guerra en Afganistán y de la instalación de militares estadounidenses en la región. En Georgia, en Kirguizistán y en Tayikistán coexisten actualmente las antiguas bases soviéticas, dirigidas por oficiales rusos y compuestas sobre todo por efectivos locales, con tropas de la coalición internacional dirigida por Estados Unidos.

Nadie sabe cómo podrán convivir esas fuerzas a largo plazo. Entre bambalinas, la lucha por la hegemonía toma cuerpo. Según Oksana Antenenko, especialista de Rusia en el International Institute for Strategic Studies de Londres, “ya se observan tensiones allí donde existe una presencia militar paralela, como en Tayikistán o en Kirguizistán, pero también en los países que cooperan militarmente con Rusia y con Estados Unidos a la vez, como Kazajstán o Armenia. Estados Unidos reforma las estructuras de defensa y entrena a los oficiales, mientras que los rusos se limitan a suministrar armas a bajo precio. Esos países necesitan de Rusia por sus armas, pero sus orientaciones militares dependen cada vez más de Estados Unidos”.

La influencia política de Moscú se reduce velozmente. El 5 de noviembre de 2002, los dirigentes rusos convocaron a toda prisa una reunión del Tratado de seguridad colectiva de la Comunidad de Estados Independientes (CEI): Imomali Rakhmonov, presidente de Tayikistán, país en el que hay 25.000 soldados rusos, acababa de declarar que colaboraría con Estados Unidos en caso de una guerra contra Irak. La reunión no logró alinear claramente a los países miembros de la CEI tras la política de Moscú5.

Tensión en el Kremlin

Moscú supo mantener la calma luego de los atentados del 11 de septiembre de 2001, anunciando públicamente su intención de colaborar con Estados Unidos en la campaña militar en Afganistán. Pero el Kremlin y su ejército reaccionaron enérgicamente respecto del Cáucaso. Durante un cierto tiempo, Moscú acusó a Tbilisi de proteger a los combatientes chechenos en la zona de la quebrada de Pankisi, una región de Georgia poblada por una minoría chechena y que acoge refugiados de ese mismo origen. Tbilisi lo negó, pero efectivamente había combatientes chechenos en su territorio, y más grave aun, colaboraban activamente con el Ministerio del Interior de Georgia. Así fue que en octubre de 2001, fuerzas chechenas dirigidas por el comandante Ruslan Gelayev atacaron posiciones abjazas al este de Sukhumi6. Sin una ayuda de Georgia, esas tropas no hubieran tenido ni la motivación ni la capacidad logística necesaria para trasladarse desde la quebrada de Pankisi, en el noreste de Georgia, hasta Svanetia, en el noroeste del país, ni para lanzar esos ataques. Los responsables georgianos se oponen a cualquier intervención del ejército ruso en su territorio. Por otra parte, tratan de utilizar el problema checheno como un medio de presión para modificar la posición de Moscú sobre varios diferendos, en particular sobre los conflictos de Abjazia y de Osetia del Sur. Sin embargo, Tbilisi finalmente modificó su posición y aceptó que Estados Unidos envíe doscientos especialistas militares a la quebrada de Pankisi, para combatir allí a restos de Al-Qaeda.

Contrariamente a los acontecimientos de Asia Central, los que se producían al sur de las fronteras caucásicas de Rusia irritaron a los responsables en Moscú. En varias ocasiones la aviación rusa bombardeó posiciones georgianas7. En septiembre de 2002, los observadores pensaban que era inminente una invasión rusa a Georgia. Desde entonces, la amenaza de guerra disminuyó, pero la presión de Moscú sobre Tbilisi no cesó. Además, Rusia posee un arma que ya utilizó en el pasado: puede interrumpir el suministro de gas a Georgia, provocando de esa forma cortes de electricidad, en particular en Tbilisi, durante el invierno.

Para resistir a las presiones rusas, los georgianos apuestan al apoyo militar y a la ayuda para el desarrollo provenientes de Estados Unidos. Pero la economía de su país tiene problemas: la ineficacia, la corrupción gubernamental y el clientelismo se suman a las preocupaciones de una nación cuyas autoridades centrales no controlan totalmente el territorio. Desde hace dos años, los extranjeros instalados ocasionalmente en Georgia –en particular los miembros de organizaciones humanitarias, los diplomáticos y los hombres de negocios– son el blanco principal de la delincuencia. En ese contexto, el objetivo de la presencia estadounidense –organizar unas verdaderas fuerzas militares georgianas– resulta por lo tanto difícil de alcanzar.

Oficialmente, el país cuenta con 20.000 militares, cifra poco importante, y sin embargo considerada como muy exagerada por fuentes bien informadas. El presupuesto anual del ejército es de 23 millones de dólares, es decir, el 0,59% del PBI8. La mayoría de los soldados y de los oficiales no reciben paga. Un oficial entrevistado recientemente reconoció haber dejado el ejército tres años antes, pues no había cobrado ni un solo salario durante diez meses. Sin embargo, el hombre sigue siendo considerado como un oficial, lo que le permite pagar todos los servicios públicos a mitad de tarifa. Para los consultores militares estadounidenses, lo más difícil será reformar las estructuras del comando militar. En Georgia son siete, y la del ejército regular no es la más poderosa. Ese tipo de división es típico en los países donde los dirigentes no confían en la lealtad de las fuerzas armadas: para poder controlarlas mejor, dividen su comando en varios organismos diferentes.

Sin embargo, algo es seguro: el apoyo militar estadounidense atizará las rivalidades locales. En Asia Central, el poderío y la creciente influencia de Uzbekistán despertarán los temores y los celos de los países vecinos, que buscan los medios de garantizar su seguridad. A fines de noviembre de 2002, Kirguizistán hizo participar por primera vez fuerzas armadas chinas en sus maniobras, a la vez que permitió la instalación de una nueva base militar rusa en su territorio9. En el Cáucaso, la llegada de consejeros militares estadounidenses a Georgia ya provocó quejas de Ereván, que sin embargo tiene buenas relaciones con Washington. Armenia –que después de Israel es el país que recibe la mayor ayuda estadounidense por habitante– se inquieta al pensar que la presencia militar estadounidense en Georgia podría debilitar la de Rusia y aumentar la influencia de Ankara. Especialistas turcos ya renovaron la antigua base aérea rusa situada cerca de la ciudad de Marneuli, en el sur de Georgia. Ereván se preocupa además por las presiones estadounidenses para que sean desmanteladas las bases rusas en Georgia, en particular las de Batumi y Akhalkalaki, cuya evacuación dejaría encerradas a las fuerzas rusas estacionadas en Armenia. Once años después del derrumbe de la Unión Soviética, Ankara sigue negándose a abrir sus fronteras y a establecer relaciones diplomáticas con Armenia.

La llegada de fuerzas especiales estadounidenses a Georgia –lejos del campo de batalla afgano– reavivó las especulaciones en torno del Gran Juego petrolero. Las inversiones occidentales en el sector petrolero del Caspio subrayan la importancia del tema: las empresas occidentales invirtieron unos 13.000 millones de dólares en Kazajstán desde 1993, y 8.000 millones de dólares en Azerbaiyán desde 1994. En Rusia las inversiones fueron de 5.000 millones de dólares desde 199310, pero hay que tener en cuenta que Moscú se niega a ceder a extranjeros la propiedad o la gestión de sus recursos energéticos.

Sin embargo, a mediados de la década de los ’90 se había exagerado la importancia de esa región. Los supuestos 200.000 millones de barriles de reservas que estimaban las fuentes estadounidenses, reflejaban sobre todo los intereses estratégicos de Washington. La caída del precio del petróleo a fines de esa década, y los escasos descubrimientos de nuevas reservas en el sector azerí del mar Caspio, hicieron que varios gigantes petroleros abandonaran Bakú. En cambio, el hallazgo en 1999 de un yacimiento gigante en Kashagan, en el sector kazak, y la reanudación de las conversaciones sobre la construcción de un gran oleoducto entre Bakú (Azerbaiyán) y Ceyhan (Turquía) pusieron de nuevo el tema sobre el tapete. Las crecientes tensiones entre Washington y Ryad, junto a la incertidumbre de la situación en Venezuela y la perspectiva de una guerra contra Irak llevan a Estados Unidos y a los otros países occidentales a buscar nuevas y confiables fuentes de petróleo en todo el mundo.

Por esos motivos, la región del mar Caspio puede volver a interesar a la vez a Washington y a Moscú. Rusia se esfuerza por aumentar su poder de negociación con Europa y con Estados Unidos, presentándose como una fuente alternativa de petróleo y de gas, rival del Golfo Pérsico. Con ese objetivo pretende dominar el sector energético de las ex repúblicas soviéticas. Pero Estados Unidos rechazó sus tentativas de canjear la deuda de 90 millones de dólares que tiene Georgia por suministro de gas, por la adquisición de la empresa georgiana de distribución de ese combustible11.

Por ahora, los temores de Washington sobre temas de seguridad coinciden con los de la mayoría de los Estados del Cáucaso y de Asia Central. Estados Unidos se concentra sobre los grupos islamistas radicales, que considera sus enemigos, tanto en la región como en el resto del mundo. Estima que si los derrota se asegurará al mismo tiempo el control de los recursos petrolíferos. Con semejante visión a corto plazo, Estados Unidos es incapaz de comprender las causas internas de la disidencia dentro de esos países: los dirigentes actuales no responden a las necesidades de los ciudadanos y se apoyan cada vez más en la represión para mantenerse en el poder. La ayuda militar estadounidense y la alianza con Washington les permitirá ahogar un poco más las voces liberales y reformistas. Así, el terreno político quedará dividido en dos: de un lado, regímenes ilegítimos y represivos, y del otro, fuerzas clandestinas radicales y violentas.

  1. Citado por BBC Monitoring, 30-8-02.
  2. Asie Centrale, Zamira Eshanova, Radio Free Europe/Radio Liberty (RFE/RL), Praga, 4-7-02.
  3. Human Rights Watch, Nueva York, 9-9-02: http://www.hrw.org/press/2002/09/uzbek0909.htm
  4. Expresión que en la jerga política rusa designa a las repúblicas asiáticas de la ex URSS.
  5. O. Yelenskii, Nezavisimaya Gazeta, Moscú, 6-11-02. El Tratado de seguridad colectiva de la CEI reúne a Rusia, Armenia, Bielorrusia, Kazajstán, Kirguizistán y Tayikistán.
  6. Abjazia es una región de Georgia que hizo secesión luego de la desaparición de la Unión Soviética, y que Tbilisi nunca logró dominar. Véase “La Géorgie face à ses minorités”, Le Monde diplomatique, París, diciembre de 1998.
  7. Novaya Gazeta, Moscú, 9-9-02.
  8. Ver CIA, The World Factbook, 2002, en el sitio: www.cia.gov/cia/publications/factbook/geos/gg.html#Military
  9. Ver Sanobar Shermatova, “Russia´s Motives in Kyrgyzstan”, Moscow News, 29-12-02: www.mn.ru/english/issue.php?2002-50-6 ó www.mn.ru/english/issue.php?2002-50-6.
  10. Neela Banerjee y Sabrina Tavernise, The New York Times, 24-11-02.
  11. Michael Lelyveld, RFE/RL, Boston, 1-10-02.
Autor/es Vicken Cheterian
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 44 - Febrero 2003
Páginas:18,19
Traducción Carlos Alberto Zito
Temas Armamentismo, Conflictos Armados, Militares
Países Rusia