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La propaganda guerrera y sus fallasHasta ahora, los esfuerzos realizados por el gobierno estadounidense para que la opinión pública mundial apoye una guerra contra Irak han fallado, a pesar -o quizá a causa- de los recursos aplicados y de su evidente doblez. Estados Unidos trata de ocultar sus verdaderas intenciones, pero dos documentos anteriores a la elección de George W. Bush, realizados por sus principales asesores, adelantaron los fundamentos de la política exterior. La defensa de aquellos objetivos se realiza ahora tomando al régimen de Bagdad como excusa.Con el pretexto de “comunicar” todos los gobiernos practican –en mayor o menor medida– la desinformación. En tiempos de guerra, cuando todo recurso es bueno para movilizar a la población, la manipulación de la información se vuelve moneda corriente, ya sea por la difusión de verdades a medias, o de mentiras, obrando por omisión o propalando rumores inverificables. Se presenta la guerra como “justa”, “inevitable”, “defensiva”… Cuando un Estado toma la iniciativa bélica, violando las convenciones internacionales –destinadas precisamente a abolir la ley de la selva en las relaciones internacionales– entonces la guerra se llama “preventiva”. La desinformación tiene sus reglas: la crisis previa al conflicto debe ser llevada a su paroxismo; el Estado enemigo, diabolizado, y su líder mostrado como un ser fundamentalmente malvado, de ser posible, como un “aventurero”, un “psicópata”, un “comunista” o un “nazi”. Desde el iraní Mossadegh1 al iraquí Saddam Hussein, pasando por el egipcio Nasser, el libio Kadhafi o el palestino Yasser Arafat, todos ellos fueron objeto de esos calificativos poco amables. El Presidente del Irak baasista –antaño aliado de honor de Estados Unidos y de Francia, entre otros– se transformó bruscamente de déspota probado en “nuevo Hitler”. Los opositores y los refractarios a la propaganda, al igual que los partidarios de una solución diplomática, son, en el mejor de los casos, inmediatamente calificados de “ingenuos”. De esa forma, se elimina rápidamente cualquier posibilidad de debate. Nunca antes, desde el fin de la Guerra Fría, se había puesto en marcha medios tan considerables para preparar a la opinión pública a una confrontación militar con Irak. Maestros indiscutidos en las tecnologías de la información, los estadounidenses se revelaron ahora verdaderos orfebres en la materia. Una multitud de “departamentos de comunicación” florecieron en el seno del gobierno, tanto en la Casa Blanca como en el Pentágono, en la CIA o en el Departamento de Estado. Esas oficinas, sumadas a consultores en “relaciones públicas” –pagados a precio de oro– se dedicaron a lo que la terminología oficial denomina “ganar los corazones y las mentes” a la estrategia del presidente George W. Bush, dirigida a “normalizar” Irak por la fuerza. Mentira oficialPero se produjeron algunos contratiempos. En febrero de 2002 estalló un escándalo cuando se supo, por una infidencia, que durante el otoño (boreal) precedente el Pentágono había creado, en el mayor de los secretos, una oficina de influencia estratégica, cuya misión era engañar a la opinión pública –suprema habilidad– a través de agencias de prensa no estadounidenses (fundamentalmente, la Agencia France Presse y la inglesa Reuters). Ante el alboroto generado en el Congreso y en la prensa, Donald Rumsfeld, secretario de Defensa estadounidense, se vio obligado a presentar sus disculpas y a anunciar el cierre de esa dependencia, que rápidamente reemplazó por otra que lleva el discreto nombre de Oficina de Planes Especiales. Esa astucia no fue del gusto de todos los partidarios neo-conservadores del gobierno. Uno de los “halcones” más notorios de Washington, amigo personal de Rumsfeld, Frank Gaffney, publicó un virulento artículo contra una “izquierda” que trataba de privar a Estados Unidos de un instrumento de guerra indispensable2. El presidente de la fundación Center for Security Policy –cuya divisa es “Promover la paz por la fuerza”– puso como ejemplo a Winston Churchill, recordando su frase: “La verdad es demasiado preciosa como para que no sea precedida de un cortejo de mentiras”. A primera vista, las mentiras inyectadas en fuertes dosis no generaron los efectos esperados. Contra todo lo que se podía esperar, pocas veces un proyecto de guerra despertó tantas dudas, tanta oposición. Jamás los países europeos –tanto la opinión pública como la mayoría de los gobiernos– se mostraron tan reservados respecto del aliado estadounidense. Jamás los Estados árabes estuvieron tan unidos para condenar una empresa que, después de todo, apunta a sacarles de encima a un Saddam Hussein que a la mayoría de ellos inspira miedo o desprecio. ¿Habrá que atribuir ese extraño consenso a la ola anti-estadounidense que barre todo el mundo? Sin dudas, pero eso no es lo esencial, como lo confirma la evolución de la propia opinión pública estadounidense, que, traumatizada por los atentados de Nueva York y de Washington, dos meses después había apoyado a su presidente cuando desató su cruzada anti-iraquí. Pero las encuestas revelan que la proporción de estadounidenses favorables a la guerra no cesó de bajar. En diciembre de 2002 eran mayoritarios (68%) los que se oponían hasta tanto el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas no diera su aval. Más significativo aun, el 72% de los estadounidenses (60% de ellos miembros o simpatizantes del Partido Republicano) estiman que su gobierno no presentó “suficientes pruebas” para justificar la guerra3. Es decir, que ya no le creen al presidente Bush, cuando dice y repite que la “amenaza iraquí” es “seria” e “inminente”. Para apreciar el desinterés de los estadounidenses basta ver la oposición implícita o explícita a la guerra que manifiestan, entre otros, oficiales superiores del Pentágono, funcionarios del Departamento de Estado, altos responsables que ocuparon funciones en los gobiernos precedentes, medios de negocios y hasta importantes empresarios cinematográficos de Hollywood. Evidentemente, no había muchos clientes para tal producto. Las tentativas de implicar a Irak en los atentados del 11 de septiembre de 2001, y de vincularlo en general con el terrorismo internacional, fracasaron de manera flagrante. El presidente Bush debió soportar nuevos y humillantes desmentidos, luego de haber afirmado que Irak produciría en un plazo de seis meses ojivas nucleares y que poseería aviones teledirigidos: los desmentidos vinieron respectivamente de la Agencia Internacional para la Energía Atómica (AIEA) y de la CIA. La acusación contra Bagdad por el supuesto envío de cartas con ántrax a diversas personalidades y empresas, se reveló sin fundamentos. Peor aun, la investigación mostró incidentalmente que esa variedad de ántrax y otras armas biológicas estaban siendo producidas por Estados Unidos de forma masiva. Lo menos que puede decirse es que la desconfianza fue general cuando se acusó a Irak de poseer armas de destrucción masiva. Más aun, teniendo en cuenta que Washington se negó hasta ahora a suministrar la menor prueba, no sólo a los miembros del Consejo de Seguridad, sino incluso a los inspectores de armas de la ONU, a la vez que no aceptaba la invitación de Bagdad para realizar su propia investigación enviando especialistas de la CIA. ¿Acaso Donald Rumsfeld no había declarado sin inmutarse que “la ausencia de pruebas no es la prueba de la ausencia de armas de destrucción masiva”? La credibilidad del secretario de Defensa no mejoró cuando ciertas personas malintencionadas le recordaron que, a pesar de sus negativas, él mismo había sido –como lo prueban los archivos del Pentágono– el artesano de la cooperación iraquí-estadounidense a comienzos de la década del ’80, durante la guerra de Irak contra Irán, al facilitarle a Bagdad el suministro de armas químicas. Fue gracias a ello que Saddam Hussein pudo atacar con gases a la población y a los soldados de la república islámica y a los kurdos de Irak4. El discurso angelical del presidente Bush tampoco tuvo mucho éxito. En efecto, hay que padecer de amnesia o de ceguera para creerle al jefe de la Casa Blanca cuando jura que uno de sus principales objetivos es liberar al pueblo iraquí de la tiranía e instaurar una democracia en la Mesopotamia asiática. Las opiniones públicas que tienen en mente la multitud de dictaduras apoyadas por Washington hoy en día o en las últimas décadas, sólo pueden ver en semejante promesa una nueva muestra de hipocresía. Incluso la opinión pública estadounidense, tradicionalmente favorable al papel mesiánico de Estados Unidos, cultivado a lo largo de los siglos por sus presidentes, desde George Washington y Abraham Lincoln a Woodrow Wilson, se interrogó sobre diversos temas, de los que se hicieron eco algunos cronistas. ¿Por qué deberíamos sacrificar nuestros boys para asumir un papel que le corresponde al pueblo iraquí? ¿Por qué eliminar el régimen del presidente Saddam Hussein y no el del presidente de Corea del Norte, Kim Jong II, más sanguinario aun, y que además posee ojivas nucleares y misiles de largo alcance? Ocultamiento sistemáticoLa desinformación puede ser descubierta en lo que se calla. El mutismo de los dirigentes estadounidenses sobre sus cálculos económicos y geopolíticos es de por sí elocuente. En las declaraciones oficiales no se dice nada de los beneficios que implicaría un Irak satelizado; nada sobre la importancia de las reservas petrolíferas que posee la República baasista (las segundas en el mundo, detrás de Arabia Saudita); nada sobre el peso y la influencia de ese país en la región del Golfo; nada sobre los fabulosos contratos para su reconstrucción que los industriales estadounidenses podrían asegurarse fácilmente a la sombra de un gobierno “democrático”; nada sobre la extensión y la consolidación de la hegemonía estadounidense en Medio Oriente y más allá, ni sobre el previsible aumento de la importancia estratégica de Israel frente a un mundo árabe fragilizado y más fácilmente expuesto al dictado de una pax americana. Dado que la mayoría de los grandes medios estadounidenses ocultan todas esas consideraciones, la opinión pública del país sólo recordará los aspectos secundarios y técnicos de la proyectada guerra. Sin embargo resulta fácil enterarse de la cara oculta de la estrategia estadounidense, por medio de los documentos de la fundación Project for a New American Century5, cuyos principios están fielmente expresados en la doctrina Bush. Dos de sus estudios, con aire de manifiestos, fechados en junio de 1997 y en septiembre de 2000 –tres meses antes de que Bush asumiera la presidencia– definen los fundamentos ideológicos, políticos, militares y económicos que deberían guiar la política exterior de Estados Unidos. Elaborados por una falange de neo-conservadores y de representantes del complejo militar-industrial, esos documentos llevan la firma de los principales pilares de la actual administración: Richard Cheney, vicepresidente de la República; Donald Rumsfeld y Paul Wolfowitz, respectivamente secretario y secretario adjunto de Defensa; Jeb Bush, hermano del presidente; Elliott Abrams, recientemente designado consejero de la Casa Blanca para temas de Medio Oriente; Richard Perle, presidente del influyente Consejo de Política de Defensa ante el Ministerio de Defensa, entre otros. El objetivo proclamado por los firmantes es asegurar “la preeminencia mundial” de Estados Unidos, fundamentalmente impidiendo que cualquier otra potencia industrial pueda jugar algún papel en la escena internacional o regional (los Estados europeos no son citados explícitamente). Se aconseja desarrollar una política unilateralista, al igual que recurrir eventualmente a guerras preventivas, con el fin de defender “los valores y los intereses” de Estados Unidos. La ONU es presentada como un “foro para izquierdistas, anti-sionistas y anti-imperialistas” al cual sólo se deberá recurrir si el mismo apoya la política de Washington. El problema iraquí es tratado únicamente desde el punto de vista de los intereses estratégicos de Estados Unidos, sin que se haga referencia a la existencia de una dictadura en Bagdad, a la violación de los derechos de la persona, a la existencia de armas de destrucción masiva, ni a maquinaciones terroristas, sino simplemente a la necesidad de mantener indefinidamente las bases estadounidenses en el Golfo, “ya sea que Saddam Hussein esté en el poder o no”. Los firmantes hacen una advertencia: si “la única superpotencia mundial” no aprovecha las “oportunidades” que se le presentarán, puede hacer fracasar su destino histórico. Esas orientaciones comenzaron a aplicarse después de los atentados de Nueva York y de Washington de septiembre de 2001: una oportunidad, podría decirse, caída del cielo.
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