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Antes de la guerra

El discurso sobre el Estado de la Unión del presidente de Estados Unidos, George W. Bush, bien puede leerse como una fundamentación del ataque a Irak. Bush apuntó a las principales objeciones a su belicismo: la falta de consenso entre sus aliados y en Naciones Unidas y también de pruebas que vinculen a Irak con los atentados del 11 de septiembre. Para lo cual alternó la naturalización del liderazgo mundial de su país ("Una vez más, somos llamados a defender la seguridad de nuestro pueblo y las esperanzas de la humanidad. Y aceptamos esa responsabilidad") con el unilateralismo que signa su gestión: "El destino de esta Nación no depende de decisiones ajenas".

Todo indica ahora que estallará la guerra de Estados Unidos y algunos de sus vasallos contra Irak. Por tierra, mar y aire la formidable maquinaria militar está a pleno y la logística preparada. También las cámaras de televisión del mundo están dispuestas. La orden de abrir el fuego no debiera demorar.

Sin embargo, desde el punto de vista de la legalidad internacional, nada autoriza hasta hoy el ataque. Los inspectores enviados por la ONU para descubrir eventuales armas de destrucción masiva siguen con las manos vacías. Su informe, entregado a la ONU el 27 de enero, no es concluyente. Por otra parte, no se ha podido establecer ningún vínculo entre Bagdad y las redes terroristas islámicas, especialmente Al-Qaeda, autora de los atroces atentados del 11 de septiembre de 2001 y convertida desde entonces en el enemigo público número uno de Washington. Por consiguiente, la opinión pública mundial sigue reclamando las pruebas indiscutibles que justificarían la inminente agresión.

El régimen iraquí es por cierto odioso y Saddam Hussein es un autócrata particularmente detestable, que no vaciló en masacrar en varias oportunidades a su propia población, habiendo llegado a utilizar contra ella gases de combate prohibidos por los tratados internacionales. ¿Justifica eso una “guerra preventiva”? Infortunadamente, no es el único dirigente de índole tan siniestra. Cuando eso servía a sus intereses, en la década de 1980, Washington nunca tuvo el menor escrúpulo en apoyar a Saddam Hussein, así como a otros dictadores: Marcos en Filipinas, Suharto en Indonesia, el Sha en Irán, Somoza en Nicaragua, Batista en Cuba, Trujillo en Santo Domingo, Pinochet en Chile, Mobutu en Congo-Zaire, etc.

Algunos de los tiranos más sanguinarios y repugnantes siguen siendo apoyados por Estados Unidos, como el delirante Teodoro Obiang1 de Guinea Ecuatorial2, a quien el presidente George W. Bush recibió con todos los honores en la Casa Blanca en septiembre de 2002…

Ante tanta arbitrariedad por parte de Washington, incluso viejos aliados de Estados Unidos se resisten a apoyarlo en su cruzada contra Irak. Dos de ellos, Francia y Alemania, en un movimiento de cuasi insubordinación, afirmaron a fines de enero que no se habían reunido pruebas que justificaran una intervención militar. Exigen que los inspectores de la ONU prolonguen su tarea hasta despejar toda duda sobre la posibilidad de que Bagdad tenga armas de destrucción masiva. Y en todo caso, exigen que una segunda resolución de la ONU autorice explícitamente el empleo de la fuerza contra Bagdad. Francia no descarta, llegado el caso, el recurso a su derecho de veto. Esta posición franco-alemana parece haber alentado a Rusia y China, miembros permanentes del Consejo de Seguridad, a adoptar posiciones menos tímidas y a exigir también una segunda resolución de la ONU.

Todo eso irritó sobremanera a Washington, cuyo enojo especialmente con Berlín, a quien acusa de deslealtad, lo mismo que a París, no cede. Pero no parece haber modificado su decisión de invadir Irak. El secretario de Estado estadounidense Colin Powell, al llegar el 25 de enero al Foro Económico Mundial de Davos, confirmó que Estados Unidos podía contar con una docena de países “amigos”, lo cual según él basta para constituir una coalición internacional contra Irak.

El mundo sigue preguntándose con inquietud sobre las verdaderas razones de esta intervención militar. Por ejemplo, en el Foro Social Mundial de Porto Alegre, que reúne a los principales actores de la sociedad civil planetaria, esta preocupación pesó en el conjunto de los debates. Muchos intelectuales presentes –Noam Chomsky, Tariq Ali, Naomi Klein, Adolfo Pérez Esquivel, Eduardo Galeano– se preguntaban si no es absurdo, incluso criminal, dedicar decenas de miles de millones de dólares a hacer esa guerra que nada parece justificar cuando esas sumas serían tanto más útiles si se las dedicara a la educación, la salud, la alimentación, la vivienda y la alfabetización de los tres mil millones de pobres que hay en el planeta (ver págs. 8 y 9). Ese es el mensaje que transmitió el presidente de Brasil, Lula da Silva, en nombre de todos los desheredados, a los dueños del mundo reunidos en Davos.

Para gran parte de la opinión pública internacional, este conflicto no tiene otro objetivo que el petróleo. El verdadero fin es adueñarse de una de las principales reservas de hidrocarburos del mundo. Esta estrategia aparece como una manifestación de la nueva arrogancia imperial de Estados Unidos, como una suerte de “capricho de poderoso” cuyas consecuencias geopolíticas (sumadas a millares de víctimas humanas) podrían ser desastrosas.

Una guerra querida también por la reducida camarilla de halcones de extrema derecha (Richard Cheney, Donald Rumsfeld, Paul Wolfowitz, Richard Perle, Douglas Feith, Jack D. Crouch, John R. Bolton) que rodea al presidente Bush, y que cree, como todos los embriagados de poder, que a todo problema político, económico o social siempre se puede aportar una solución militar…

  1. El general Obiang llegó al poder mediante un golpe de Estado en 1979; el 15 de diciembre de 2002 fue “reelecto” por un período de 7 años con el 97,1% de los votos.
  2. Jean Christophe Servant, “Ofensiva sobre el oro negro africano”, Info-Dipló, 10-1-03.
Autor/es Ignacio Ramonet
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 44 - Febrero 2003
Páginas:40
Traducción Marta Vassallo
Temas Armamentismo, Conflictos Armados, Militares, Terrorismo
Países Estados Unidos