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El viaje más largo

Del 9 al 14 de este mes, cientos de miles de peregrinos convergerán en La Meca para cumplir con el hadj, una de las obligaciones fundamentales que todo musulmán debe realizar por lo menos una vez en su vida. Hombres y mujeres mezclados, indonesios, franceses, estadounidenses, israelíes, paquistaníes, egipcios y malíes comulgarán juntos en territorio saudí y celebrarán la unidad de la umma de creyentes, aboliendo durante el tiempo de visita en tierra santa las diferencias de nacionalidad, de razas y de clases.

Cinco veces por día, desde que asoma el sol hasta que sale la luna, uno de cada cinco habitantes del planeta se descalza, lava su cuerpo, extiende su alfombra de oración y se prosterna frente a La Meca. En todo momento, de un extremo al otro de la “Casa del Islam”, el niño que circuncidan, la pareja que se abraza, el muerto que entierran, se orientan hacia la única ciudad en el mundo donde ya no se encuentran rastros de una sola tumba o estela. Fiel al rigorismo, Arabia Saudita hizo rápidamente tabla rasa del patrimonio arquitectónico de la tierra santa, dejando únicamente en pie, oculto detrás de una reja de plata y de una gruesa cortina, el mausoleo del Profeta, en Medina… En Yakarta como en Buenos Aires, pasando por Delhi, Karachi, Tashkent, Grozni, París o Argel, la mezquita más pequeña alberga un mihrab, una suerte de ábside orientado hacia la metrópoli de la umma, la “madre-nación” del Profeta. La carne del animal sólo es lícita si ha sido inmolado en dirección al “Ombligo del Mundo”.

El horizonte cotidiano de la umma –oración del individuo, orientación de la mezquita, del matadero y del cementerio– dibuja un círculo planetario alrededor de La Meca, cuyo centro a su vez es la Kaaba, el “Cubo” erigido en medio de la Gran Mezquita. Casa de Dios, templo de la humanidad, el edículo cubierto de brocado negro es considerado, según la tradición, un escalón al Paraíso. Oculta, encastrada en su ángulo sur, la Piedra de la Felicidad, un meteorito grande como un pan de campo. El pan del alma. Rozar, si no besar, este fragmento de Edén, elimina toda mancha. El primer círculo de gente orando frente a la Kaaba forma el Pecho del Islam, allí donde se escucharía el latido de su corazón.

Orar en La Meca. Un sueño, pero sobre todo una obligación para todo creyente en condiciones de cumplirla. Quinto y último “pilar” del Islam, luego de la profesión de fe, la plegaria, el ayuno del ramadán y el diezmo (zakat), el hadj (peregrinación) sigue siendo el más difícil de cumplir. De hecho, según estipula la charia, no basta con que el creyente sea adulto, sano de cuerpo y de espíritu, disponga de dinero… Es necesario, además, que el camino sea seguro, que no atraviese ningún país en guerra con el país de origen del peregrino… En este sentido, el siglo XX significó un terrible golpe para la peregrinación. La capa de plomo marxista arrojada sobre el imperio ruso, China, Albania y Yugoslavia, la creación de Israel, el boicot de Sudáfrica, privaron del hadj a alrededor de 100 millones de fieles. Tuvo que caer la Cortina de Hierro, hubo que abolir el apartheid, entablar negociaciones con Israel, para que La Meca volviera a ser la morada de la Casa del Islam. En un siglo, gracias al automóvil y al avión, el número de peregrinos se multiplicó por cien, ¡aumentando de 15.000 a 1.500.000! Se imaginan, pues, a la población del Gran Marsella, caminando como un solo hombre, durante ocho días, por la arena y la rocalla, a menudo a 45º a la sombra.

El carácter colectivo del hadj –¿no es el foro anual de la umma, la “nación” de Mahoma?– lo convierte en una apuesta internacional. La Meca ha sido el punto de partida de más de una sedición islámica. Por ello, desde el califa omeya de Damasco hasta el rey Fahd de Arabia Saudita, cada sultán quiso ser su protector oficial, garante ante el Padre Eterno de una peregrinación “segura”, abierta a todos. Pero, bueno, La Meca no puede albergar a todo el mundo al mismo tiempo. Sin embargo, la organización del hadj plantea un desafío constante a la Casa de los Sauditas. ¿Cómo albergar, encauzar, hospedar, alimentar, atender, en fin, hacerse cargo de todo un pueblo? Para esto, Riad fija, desde marzo de 1988, un porcentaje país por país, a razón de una visa cada mil habitantes. Así, sobre mil millones de creyentes, La Meca recibe un millón, más medio millón, proveniente de la península Arábiga, que no está incluida dentro del cupo de visas1.

Escapan también a esta suerte de numerus clausus espiritual, Europa, China, Estados Unidos e… Israel. A fines de 1978, el Estado judío, donde aproximadamente uno de cada cinco ciudadanos profesa el Islam, llegó a un acuerdo con el reino wahabita, en virtud del cual el candidato al hadj se inscribe primero en el Consejo superior musulmán de Jerusalén-Este. Luego pasa a Jordania, en un autobús especial. Ammán le otorga entonces un pase para tierra santa, que oculta su verdadera nacionalidad. Con unos 900.000 fieles, la minoría árabe musulmana de Israel sólo debería beneficiarse, en principio, con 900 visas. ¡Pero obtiene fácilmente el triple! En cambio, el Islam renaciente y sin dinero de la difunta Unión Soviética –el de Asia Central, con 40 millones de almas y el de Rusia, donde representa, dicho sea de paso, a casi un 20% de la población– aún no puede ofrecer el porcentaje al cual tiene derecho.

El hadj se extiende del 9 al 14 del mes de Dhou El-Hidja (“El de la Peregrinación”) que cierra el año lunar. El día musulmán, al igual que el judío, comienza al ponerse el sol, y el mes, al salir la luna. Un trimestre antes del día D, la masa de “invitados de Alá” emprende el camino a Su Casa. La visa del hadj solamente garantiza el derecho de acceso, vía Jeddah, al perímetro sagrado –prohibido para quien no es musulmán– que se extiende de La Meca a Medina. Jeddah, umbral de la tierra permitida, toma su nombre de Eva, la “abuela” de la humanidad.

Una Guía del peregrino, impresa en 40 idiomas, advierte al visitante que debe abstenerse durante el hadj, bajo pena de sanciones que van desde la expulsión hasta la pena capital, de generar polémicas, llevar pancartas, lanzar consignas políticas. Se ruega pues dejar de lado las opiniones y los prejuicios, las pasiones, pero también las vestimentas profanas. Y todo ha sido previsto con ese fin. Una “ciudad de peregrinos”, con una arquitectura futurista que mezcla estructuras de acero y techos de tela que evocan las vestimentas de los derviches danzantes, permite a cada cual ducharse, proceder a las abluciones para vestirse con el hábito del hadj: el ihram, el traje “consagrado” del peregrino. Tejido de algodón crudo, blanco como la nieve, virgen de toda costura, se compone de un taparrabos y de un chal. Así dispuesto, el invitado de Dios entra en estado de sacralización. Ya no debe realizar transacciones, pelearse –aunque tenga motivos– tener relaciones conyugales, cazar, matar animales, ni siquiera una mosca, cortar una planta. Debe librarse de este mundo para poder aspirar el perfume del otro.

Luego, el invitado de Alá se sube a un autobús especial que, tras una hora de autopista, lo conduce hasta La Noble Meca, la Madre de las Ciudades, la Cuna del Profeta. El autobús se desliza sobre el asfalto. A izquierda y derecha, se suceden colinas malvas, áridas como cascos oxidados. Inmensos carteles publicitarios alternan con llamados a la oración: Mitsubishi, Philips, “Alá todo provee”, Sony, Lipton, Sofitel, “Alabanzas a Dios”. Y McDonald’s, en la entrada a la metrópoli del Islam, la ciudad natal de Mahoma, ¡la Casa de Dios!

Finalmente, La Meca. Un McDonald’s, firme como un vigilante, en la entrada a la ciudad, recuerda, si es necesario, el siglo XXI, el de Estados Unidos invadiendo hasta las inmediaciones de la Gran Mezquita. Frente a la Kaaba, una hilera de hoteles –Hilton, Intercontinental– y sus luces centelleantes: Breitling, Hollywood, Chevrolet, Kentucky Fried Chicken… Nada de esto sorprende: el hadj ha sido siempre un sitio privilegiado para el comercio mundial, desde la Antigüedad. Y Mahoma, a diferencia de Jesús, nunca echó a los mercaderes del templo; él mismo fue guía de la caravana, antes de casarse con Khadidja, la rica comerciante para quien trabajaba. El comercio resulta aquí una actividad tan noble que una creencia popular asegura que en el Paraíso los elegidos gozarán una vez por semana de un día de zoco, donde cada uno podrá satisfacer su necesidad de vender, comprar, regatear.

La Kaaba. Faro de la piedad, asaltado por una marea humana embravecida, el Cubo enarbola la kiswah, la inmensa hopalanda de brocado negro, bordada con hilos de oro y plata. “¡Heme aquí, frente a ti, Señor, heme aquí!”, exclama el peregrino. Arrollado por el torbellino de la umma, gira siete veces alrededor de la Casa de Dios. El reloj de arena del hadj se pone en marcha. El día D, al amanecer, la ola de invitados de Alá se precipita en un gigantesco caos de autobuses, carretas, ambulancias y peatones, todo sobrevolado por una noria de helicópteros a cargo de la protección civil. Destino: la llanura de Arafat, al sur de la ciudad santa, en pleno desierto. Arafat, la ciudad efímera. Tiene tantos habitantes como la ciudad de París, y no dura más que un día: carpas por todas partes, ignífugas, autopistas atravesadas por viaductos, banderas de los cinco continentes, olor a curry, a pan caliente y a sudor, un calor aplastante y, en el cielo, helicópteros que vigilan el menor principio de incendio, la menor sospecha de disturbios. Al día siguiente, una parada en la depresión de arena ardiente, donde Adán el destronado habría “reconocido” –“arafa”– a Eva. Jornada de oración, de pie, bajo un archipiélago de garitas. Un grandioso encuentro, donde se codean, todos vestidos de blanco, el indonesio y el magrebí, el francés converso y el albanés reconverso, el blanco y el negro, el minusválido y el atleta, el emir y el barrendero. Fervor y humildad. La cumbre del hadj.

Llegada la noche, la umma levanta campamento. El cortejo emprende su regreso a La Meca. Un alto en el pequeño valle de Mouzdalifa, con el fin de recoger un puñado de piedras para lapidar la triple estela de Satán. Finalmente, una parada en el barranco de Mina. En recuerdo de Abraham, el invitado inmola un carnero. A tono con la ciudad santa, el mundo musulmán celebra ese día Aïd El-Kébir, la “Gran Fiesta”, la llamada Fiesta del Cordero. El hadj tiene como misión conducir al creyente al origen mismo de la Creación, del hombre y de la fe. Además del recuerdo de Adán y Eva, primeros fundadores de la Kaaba, la tradición está ligada a Abraham, quien habría abandonado Hebrón para encontrarse aquí con Ismael, el hijo mayor expulsado por Sarah, con el fin de construir el Templo de La Meca y de inaugurar el hadj. De allí proviene el sacrificio del cordero, el segundo día de la peregrinación, en el barranco de Mina, lugar donde el patriarca habría intentado inmolar a… Ismael, el ancestro –bíblico– de los árabes. La Meca, alfa y omega del Islam.

  1. El viaje “más largo” no tiene precio, pero tiene un costo: aproximadamente 2.500 dólares por persona. Además del pasaje de ida y vuelta en avión y del precio de la visa, debe sumarse el impuesto del hadj (unos 300 dólares), que el reino saudita percibe a cambio de las facilidades y de los servicios que ofrece en el lugar. Finalmente, el alojamiento en cada etapa de la peregrinación. Antes de partir, el Invitado de Dios ya sabe dónde se alojará, qué autobús debe tomar, qué contingente integrará. Una precaución aceptada por cuanto responde a un doble imperativo de confort y de seguridad para un país anfitrión tan expuesto como Arabia Saudita. Actualmente, sólo existe peregrinación en grupo, organizada a través de una agencia reconocida oficialmente por Riad, que cuenta con un delegado autorizado en el lugar.
Autor/es Slimane Zeghidour
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 44 - Febrero 2003
Páginas:24,25
Traducción Gustavo Recalde
Temas Islamismo