Le Monde diplomatique ÍndicesBúsquedaEste cdAyuda  
Home

Extorsión nuclear en Corea del Norte

Miembro del denominado "eje del mal" y potencial blanco de las "guerras preventivas" de la administración Bush, Corea del Norte, con su admisión de fabricar armas nucleares, trastocó el pasado mes de octubre el orden de ofensiva militar pensado por el Presidente de Estados Unidos: Irak, después Corea del Norte, después Irán. En Washington entran en conflicto los "halcones" del Pentágono y el vicepresidente Richard Cheney con los criterios más negociadores del Departamento de Estado, proclives a reanudar la política de la administración Clinton.

En 1991, la administración de George Bush padre se inquietaba por las actividades del complejo nuclear norcoreano de Yongbyon, que alberga un reactor a grafito. De todos modos, el Tratado de No Proliferación Nuclear (TNP) otorga derechos de autodefensa a los países que no tienen armas nucleares y se encuentren bajo la amenaza de este tipo de armamento. Estados Unidos tenía armas de ese tipo en Corea del Sur: artillería, minas terrestres, bombas y misiles Honest John (de 1958). Bush senior inició las primeras conversaciones con Pyongyang y el armamento nuclear estadounidense fue retirado de Corea del Sur poco antes de que aquel presidente abandonara la Casa Blanca. La nueva diplomacia quedó suspendida cuando asumió la presidencia de Estados Unidos William Clinton, quien sólo tenía ojos para la economía y al principio no prestó atención alguna a la República Popular Democrática de Corea (RPDC).

A las seis semanas de que Clinton hubiera asumido el poder Corea del Norte, para llamar su atención, declaró que los inspectores del Organismo Internacional de la Energía Atómica (OIEA) estaban bajo las órdenes de los servicios de inteligencia estadounidenses y anunció su retirada del TNP. Al tiempo que movilizaba su formidable aparato de propaganda, calificó las eventuales sanciones del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas como un “acto de guerra”. La crisis así desencadenada por el fallecido Kim Il Sung iba a durar dieciocho meses y a agravarse dramáticamente cuando, en mayo de 1994, Corea del Norte descargó del reactor de Yongbyon 8.000 barras de combustible irradiado que contenían una cantidad de plutonio suficiente como para fabricar cinco o seis bombas atómicas. A fines de junio de 1994, Clinton estaba a punto de declarar la guerra a Corea del Norte. El ex presidente James Carter voló entonces a Pyongyang, donde se entrevistó directamente con Kim Il Sung y logró el compromiso de un congelamiento total del complejo de Yongbyon.

El acuerdo marco de octubre de 1994 entre Estados Unidos y la RPDC ratificó este compromiso. El OIEA selló el reactor de Yongbyon, almacenó las barras de combustible irradiado en cajones de hormigón y vigiló la instalación durante estos ocho últimos años. La administración Clinton intentó a continuación llegar a un acuerdo global, proponiendo a Pyongyang una ayuda económica a cambio del congelamiento de su programa nuclear. Entre 1998 y 2000, William Perry, embajador itinerante del presidente Clinton, preparó el terreno para un mutuo reconocimiento y la recuperación de todos los misiles norcoreanos1. Esto mientras los servicios de inteligencia estadounidenses detentaban la prueba de que Corea del Norte había comenzado a importar, en 1998, tecnologías concernientes a un nuevo programa nuclear de enriquecimiento del uranio. Los republicanos pusieron entonces el grito en el cielo ante lo que evaluaron como complacencia para con un “Estado ilegal”.

La crisis actual estalló oficialmente después de la visita a Pyongyang –entre el 3 y el 5 de octubre de 2002– de James Kelly, subsecretario de Estado para los asuntos del Pacífico y de Asia Oriental, provisto de pruebas sobre la reactivación del programa nuclear norcoreano. Luego de negarlos, los norcoreanos admitieron los hechos. En 1998, Pyongyang habría firmado con Islamabad un acuerdo que prevé la transferencia de misiles norcoreanos a Pakistán a cambio de la tecnología pakistaní de enriquecimiento del uranio. El proceso era muy lento, pero si los norcoreanos intensifican su esfuerzo, con la ayuda de los 1.000 centrifugadores que les prestan, podrían fabricar una o dos enormes bombas atómicas –de difícil manejo– por año, según el modelo de Pakistán. Poco después del regreso de Kelly a Washington, un responsable estadounidense declaró a periodistas que el acuerdo marco de 1994 sobre la desactivación del reactor de Yongbyon era inexistente.

De hecho, se trataba de una profecía autocumplida, puesto que poco después de su llegada a la Casa Blanca, los consejeros del presidente Bush habían afirmado que para ellos el acuerdo era letra muerta2. Además, después del 11 de septiembre de 2001 Washington inventaba el “eje del mal”, abandonando en septiembre de 2002 su política histórica de contención (containment) por una estrategia de guerra preventiva.

En el caso de Corea del Norte, el presidente de Estados Unidos se permitió atacar gratuita e incesantemente a Kim Jong-il, al tiempo que daba muestras de un total desprecio por la política de reconciliación que Seúl llevaba adelante. Kim Dae Jung, presidente surcoreano y laureado con el premio Nobel de la paz, debió soportar en un encuentro con el presidente Bush, en marzo de 2001, alusiones a la no confiabilidad del líder norcoreano (como si el acuerdo de 1994 hubiese estado basado en la confianza y no en la vigilancia). Durante una reciente entrevista con el periodista Bob Woodward, el presidente Bush dijo que “detestaba a Kim Jong-il”, añadiendo que preferiría “derribar” el régimen norcoreano3.

El 27 de diciembre de 2002, la RPDC expulsó nuevamente a los inspectores del OIEA –denunciando a este organismo como instrumento de Washington– y comenzó enseguida a cargar nuevas barras de combustible en Yongbyon. El 10 de enero de 2003, anunciaba que se retiraba del TNP y que toda sanción que le impusiera el Consejo de Seguridad de la ONU sería considerada una “declaración de guerra”. Pero hasta el momento ha tenido buen cuidado de no abrir los cajones que contienen el combustible irradiado.

Washington ostenta su negativa a negociar con los norcoreanos, afirmando que eso sería ceder a “la extorsión nuclear”. Y ni que hablar tampoco de reconocer el régimen, cosa que Estados Unidos se niega a hacer desde el ascenso al poder de Kim Il Sung en 1946. Lo que parecía ser lo esencial de la posición de Estados Unidos había sido enunciado por William Perry, secretario de Defensa de Clinton, que declaró en 1994: “Nosotros no queremos la guerra y no provocaremos una guerra en Corea por este asunto ni por ningún otro”. Pero si las sanciones aplicadas por las Naciones Unidas “incitaran a los norcoreanos a entrar en guerra… asumiríamos el riesgo”4. El presidente Clinton no lo asumió, dado que el general Gary Luck, comandante en Corea, le informó que una nueva guerra duraría seis meses y podría causar hasta 100.000 víctimas estadounidenses.

Actualmente, Bush afirma que Estados Unidos no tiene la intención de “invadir” la RPDC, aunque los “halcones” del Pentágono preparen un “golpe quirúrgico” contra Yongbyon. En realidad, la decisión de septiembre de 2002 de confiar el problema de las armas de destrucción masiva (ADM) de Irak al Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas y al OIEA dio a Pyongyang la oportunidad de desatar la actual crisis. Bush tenía previsto proceder contra el “eje del mal” en un determinado orden: primero Saddam Hussein, a continuación Corea del Norte, luego Irán. En su apremio, Kim Jong-il trastocó el orden de las operaciones.

Entre la espada y la pared

Luego de casi dos años de una política exterior estadounidense que mezcla el más crudo realismo con el idealismo mesiánico, era inevitable que uno de los países del “eje” bajo amenaza de un ataque preventivo tomara la delantera y pusiera al Presidente de Estados Unidos entre la espada y la pared. Es lo que hizo Kim Jong-il. Sus recientes provocaciones le permitieron fortalecer su posición mientras Bush tenía los ojos puestos en Irak. Corea del Norte supone que Estados Unidos no posee los medios para librar dos guerras importantes a la vez. Y además, ¿cómo podría justificar Bush una nueva guerra devastadora? Él fue quien puso fin a la tentativa de Clinton, a punto de concretarse, de comprar los misiles norcoreanos de mediano y largo alcance y mantener el congelamiento nuclear.

Algunas fuentes informan que a su partida, el equipo Clinton “asesoró” al equipo Bush sobre la información obtenida acerca de las importaciones norcoreanas de tecnología paquistaní de enriquecimiento del uranio. No obstante, la administración Bush no hizo nada antes de julio de 2002, fecha en que recogió información que indicaba que era probable que Corea del Norte hubiera comenzado a construir una planta de enriquecimiento de uranio5. Numerosos expertos estiman que Pyongyang se apartó visiblemente de sus compromisos al importar esas tecnologías. Pero era posible congelar su utilización en el marco de la prosecución del acuerdo sobre los misiles y de la normalización de las relaciones entre Estados Unidos y la RPDC. Con su cambio de rumbo, el equipo Bush transformó un problema soluble en una crisis grave, que deja poco margen de maniobra a ambas partes.

El riesgo proviene de una conjugación de factores: las previsibles provocaciones de Corea del Norte; la intención estadounidense de utilizar armas nucleares desde el principio de un conflicto y la doctrina de guerra preventiva del presidente Bush: el derecho de Estados Unidos a atacar a un país del cual cree que podría atacarlo primero. A ese peligro se añade una nueva amenaza contra la estructura de disuasión existente en la península. Según el general James Grant, responsable de la información militar en Corea entre 1989 y 1992, los progresos estadounidenses en las municiones de precisión hacen que sea posible ahora destruir los 10.000 tubos de artillería ocultos en las montañas del norte de Seúl –hasta el momento inaccesibles– que constituían el principal muro de contención de la RPDC contra una eventual agresión de Corea del Sur. Si éste es el caso, y en ausencia de garantías de seguridad creíbles, los generales de Pyongyang se volverán hacia una disuasión más confiable.

Estos acontecimientos son tanto más lamentables por cuanto, desde principios de 1998, a instancias de Kim Dae Jung, se realizaron enormes progresos con vistas a una reconciliación entre las dos Coreas. Por primera vez desde la división del país en 1945, ambos jefes de Estado coreanos se estrecharon la mano en junio de 2000, en Pyongyang. En diciembre de 2002, los surcoreanos rompieron con el sistema político de la Guerra Fría cuando eligieron como presidente, contra todas las expectativas, a Roh Moo Hyun, un abogado de valeroso pasado como defensor de los dirigentes obreros y los militantes por los derechos humanos en las horas sombrías de la dictadura militar, en los años ’80.

Entre los jóvenes, asoma una oposición a la presencia estadounidense en Corea del Sur. Gigantescas manifestaciones que recorren la gran avenida que bordea la embajada de Estados Unidos en Seúl, reúnen a ex estudiantes que participaron en la movilización universitaria de los años ’80, cuando la diplomacia estadounidense apoyaba a la dictadura y su sangrienta represión del levantamiento de Kwangju, en 1980. Como el gobierno de Roh Moo Hyun tiene perfecta conciencia de la parte de responsabilidad de Estados Unidos en la actual crisis, Bush deberá gestionar una muy difícil relación con dos países: Corea del Norte y Corea del Sur.

La no proliferación descansa sobre un principio esencial: los países que no poseen armas nucleares no pueden ser amenazados por aquellos que las poseen. Con el fin de obtener el voto de los Estados no nucleares para que la ONU ratificara el TNP en 1968, Estados Unidos, el Reino Unido y la URSS se comprometieron a dar ayuda a toda “víctima de un acto o una amenaza de agresión que implique el recurso a armas nucleares” (resolución 255 del Consejo Nacional de Seguridad, 7 de marzo de 1968). En 1996, la Corte Internacional de Justicia de La Haya recomendaba la prohibición del empleo o la amenaza de armas nucleares, en tanto “mal último”. De todas formas, la Corte no pudo llegar a una decisión en cuanto a saber si el recurso a esas armas en caso de autodefensa estaba justificado: “La Corte no puede llegar a una conclusión definitiva sobre la cuestión de saber si la amenaza o utilización de armas nucleares serían legales o ilegales en circunstancias extremas de autodefensa, donde la misma supervivencia de un Estado estuviera en juego”6. Según este criterio, Corea del Norte tiene más fundamentos para desarrollar armas nucleares que Estados Unidos para amenazar de aniquilación a una Corea del Norte no nuclear.

La RPDC estima que su misma supervivencia está en juego. Es probable que se equivoque, pero en el clima explosivo que atraviesan los asuntos mundiales, no se puede esperar que asuma riesgos en cuanto a tan grave cuestión. La única forma de impedir la guerra consiste en volver rápidamente al statu quo de antes de 2001, a saber a la salida obligada, y aún posible, que Clinton y Kim Jong-il habían encontrado para la primera crisis.

  1. Bruce Cumings, “Vuelco en la política de Estados Unidos en Asia”, Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, mayo de 2001.
  2. Contrariamente a lo que afirma la administración Bush, el acuerdo no se opone al enriquecimiento de uranio, pero es cierto que Corea del Norte violó el espíritu de ese acuerdo.
  3. Bob Woodward, Bush at War, Simon & Schuster, Nueva York, 2002.
  4. Chicago Tribune, 4-4-1994. En un memorándum dirigido a las Naciones Unidas (10-4-1996), la RPDC afirmaba que “habría estallado una segunda guerra de Corea si las Naciones Unidas hubieran optado por repetir la historia imponiendo unilateralmente ‘sanciones’ a la RPDC”.
  5. Información comunicada extraoficialmente al autor por Joel Wit y Robert Galluci (quien negoció el acuerdo de 1994 con Pyongyang, siendo Wit uno de sus asistentes).
  6. The New York Times, 9-7-1996.
Autor/es Bruce Cumings
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 44 - Febrero 2003
Páginas:26,27
Traducción Patricia Minarrieta
Temas Armamentismo
Países Corea del Norte