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Los árabes, en conflicto con la modernidad

El principal desafío al poder de Estados Unidos en el mundo actual proviene del islamismo radical del mundo árabe. Se trata de las mismas fuerzas que Estados Unidos armó e instrumentó a su favor durante la Guerra Fría, cuando se trataba de enfrentarlas con el comunismo. Esos islamitas reivindican las pasadas glorias del mundo árabe y su oposición a la modernidad, convirtiendo su propia exclusión en bandera contra Occidente. Desenmarañar la región requeriría comenzar por resolver su problema mitológico central: Palestina.

Cualesquiera sean los pretextos esgrimidos por Estados Unidos para atacar a Irak (y, de paso, implantar “la democracia en la región”), esta guerra sólo es posible debido al estado lamentable en que se encuentra el mundo árabe. El muro de Berlín cayó, la Unión Soviética no es más que un recuerdo, el planeta entró en una nueva era, pero este mundo sigue pareciéndose desesperadamente a sí mismo. Que los regímenes despóticos dominen ampliamente, no tiene nada de original. Otras regiones del planeta conocieron períodos de tiranía más o menos prolongados. Pero sin embargo, los años pasan sin que las sociedades árabes generen por sí mismas movimientos masivos a favor de la libertad, la democracia, la modernidad. Monarquías anacrónicas y regímenes militares más o menos disfrazados de civiles continúan ocupando el poder, con la única oposición sólida de movimientos de inspiración islamita. Los árabes parecen condenados a tener como única opción diferentes formas de opresión.

En Occidente, algunos sostienen que el Islam contiene un germen antidemocrático, y presentan como pruebas citas del Corán. Según esta sensación –que excede ampliamente los círculos racistas– “el retraso” sería un rasgo propio de los árabes, de su mentalidad, de la religión que inventaron y propagaron, de su falta de cultura política, etc. Al respecto, los árabes responden que no son para nada responsables, rigurosamente para nada, y que es Occidente (el colonialismo, el imperialismo, Israel) el que deliberadamente los excluyó de la modernidad. Ellos también presentan frases liberticidas, pero extraídas de la Biblia o de los Evangelios, arguyendo que las cruzadas o la Inquisición no eran mucho más graciosas que el islamismo actual. Recuerdan, sobre todo, que durante su edad de oro en Andalucía, el Imperio árabe había sido un modelo inigualable de tolerancia, de ciencia y de cultura. Fin de la cuestión.

Nostalgias del Imperio Otomano

Pero ya sea por su culpa, por la de los demás o una mezcla de ambas, resulta imperioso responder a la pregunta: ¿por qué los árabes, desde hace tanto tiempo, dan la impresión de estar atascados en su pasado (glorioso) y de no poder acceder a los tiempos actuales? El problema, lejos de ser retórico, amenaza la paz del mundo. Hace algunos meses, un periódico francés publicaba el artículo de un especialista militar, quien afirmaba que el planeta no podía adaptarse mucho tiempo a la parálisis de su principal región petrolífera. Preveía que este desequilibrio se tornaría inevitablemente explosivo y que Europa, en consecuencia, debería reorientar su estrategia militar con el fin de proveerse de los medios para intervenir en el mundo árabe. Confusamente, el presidente George W. Bush está poniendo en práctica esta teoría, pero a título “preventivo” (es decir, disparando primero).

En uno de sus mensajes, Osama Ben Laden afirmaba, en medio de una frase que apenas llamó la atención, que el mundo árabe estaba en decadencia “desde hace ochenta años”. ¿Por qué ochenta? Basta calcular: esto nos remite a comienzos de los años ’20, el fin de la Primera Guerra Mundial, la caída del Imperio Otomano, la región en manos de ingleses y franceses. En esa época, los árabes salían de cuatro siglos de tutela turca, para ser gobernados en adelante por Infieles. El hecho explica la observación de Ben Laden: no hay salvación fuera del gobierno musulmán (el califato).

Pero, independientemente de lo que piensa este individuo, los árabes –en efecto– han digerido muy mal esta transición de una época a otra. Vivían, pensaban, iban y venían en un espacio árabe sin fronteras integrado al Imperio Otomano. Su soberano, aunque fuese musulmán, era extranjero, turco, lo que resultaba más bien humillante para una comunidad con una concepción tan elevada de su pasado y de su identidad. Sin embargo, se adaptaba a esta dominación. La Sublime Puerta (qué hermoso nombre, a medio camino entre lo secular y lo trascendental) podía eventualmente dar muestras de salvajismo, pero tenía la ventaja de dejarlos en paz y permitirles administrar sus negocios con tal de que le entregaran a cambio dinero y hombres. Una vez que pagaban sus impuestos y sus hijos eran enviados al ejército, el común de los árabes de Beirut, Damasco o Jerusalén quedaban libres, o más o menos. El poder político estaba en otra parte, no tenían que preocuparse por ello. Agrupados en familias, clanes, comunidades, regiones, juramentos de fidelidad, eran árabes de Palestina, del Líbano, de Siria, sin que su “país” de origen fuese para ellos una nacionalidad.

Los intelectuales árabes, por su parte, se daban cuenta de que el Imperio Otomano declinaba ineluctablemente en beneficio de un Occidente con una superioridad y apetitos manifiestos. Para aceptar el desafío, habían iniciado a partir de fines del siglo XIX un gran movimiento de resurgimiento cultural y político, la Nahda, donde se mezclaban la voluntad de reformar el Islam, transformar la sociedad y encontrar las fuentes vivas que permitirían finalmente a los árabes formar parte del mundo. Esto se traducía políticamente en la necesidad de liberarse de la dominación otomana. Esta emancipación, al no poder llevarse a cabo bajo la bandera del Islam (el imperio turco mismo era musulmán), debía necesariamente hacerse en nombre de un nacionalismo árabe en gestación, que agrupaba a musulmanes, cristianos y laicos.

Hábilmente manejado por los ingleses (a través de Lawrence de Arabia) y los franceses, este gusto por la independencia se reveló con bastante fuerza como para que los árabes se sublevaran, llegado el momento, contra sus amos musulmanes y participaran en la caída del Imperio Otomano. Pero, evidentemente, el gran Estado árabe independiente prometido a cambio había faltado a la cita, y Gran Bretaña agravaba su caso prometiendo favorecer la creación de un “hogar nacional judío” en Palestina. Estafados, vencidos, heridos, fue con un sentimiento de amargura que los árabes se dirigieron a la modernidad tan deseada.

Inmediatamente, se trazaron fronteras sobre sus tierras y países creados. Fue necesario que abandonaran su representación de sí mismos, la de súbditos de un soberano, para abrazar otra, la de ciudadanos de un Estado-Nación (bajo mandato inglés o francés). ¿Por qué el mandato? Oficialmente, para tomar de la mano a estos jóvenes países destinados a la independencia, formarlos, dirigirlos, dotarlos de instituciones democráticas y conducirlos progresivamente a los tiempos modernos.

Aun en un marco tan fragmentado y restrictivo, el viento levantado por la Nahda no dejó de soplar. El modernista y liberal Saad Zaghloul, “padre” de la independencia egipcia, inscribía formalmente su acción en esta continuidad. En los años ’20, el gran escritor egipcio Taha Hussein señalaba que Oriente y Occidente eran dos ramas de un mismo tronco: la civilización griega. Gracias a la Andalucía árabe, esta herencia había podido llegar a Occidente, que se había desarrollado alimentándose de ella. En cambio, la rama oriental había sido inhibida debido a la ocupación extranjera (turca e inglesa) y el mundo árabe debía recuperar el tiempo perdido y desarrollar a marcha forzada un modernismo de Oriente, capaz de erigirse en socio del modernismo de Occidente.

No todo el mundo pensaba como Taha Hussein; para algunos, inclusive, la Nahda, el Renacimiento árabe, implicaba un retorno a la lectura más estricta del Islam. Pero la interpretación progresista era la dominante. Colectivamente, el mundo árabe se mostraba como candidato deseoso de integrar el mundo.

Las razones por las cuales no logró hacerlo son sin duda diversas y variadas. Pero la que los árabes han privilegiado ha sido el “hogar nacional judío”, proyecto británico integrado por la Sociedad de las Naciones al mandato de Inglaterra sobre Palestina. Israel aún no había sido creado cuando su realidad virtual ya era un rival fatal ante el deseado Occidente. Era necesario vestirse, cultivarse, votar, someterse a asambleas elegidas, respetar el derecho como en Europa (se consideraban preparados para ello), y al mismo tiempo soportar sin chistar (bajo la conducción de dirigentes más o menos vendidos a los ingleses) lo que se presentaba como una escandalosa denegación de derecho y una expoliación rastrera de Palestina.

En 1948, cuando se proclama el Estado de Israel, los árabes tienen la impresión de ser dejados, una vez más, fuera del mundo. El vergonzoso compromiso con Hitler de Hadj Amine el-Husseini (entonces jefe de los palestinos), durante la guerra mundial los desacreditó. En ese contexto, la simpatía (y la culpabilidad) internacionales se dirigieron naturalmente a los desgraciados sobrevivientes del Holocausto y de ninguna manera a la población palestina, cuyas tres cuartas partes fueron más o menos forzadas al exilio como consecuencia de la creación de Israel. Al antiguo resentimiento árabe por haber sido engañados luego de la Primera Guerra Mundial, se sumaba entonces un resentimiento más doloroso aun. Parte de la Nahda, el Renacimiento, el primer gran intento árabe de formar parte del mundo, se daba de bruces contra la Nakba, la catástrofe palestina.

Nueva geografía

El sismo es tan grande que, en diez años, arrastra a la mayoría de los regímenes y monarquías, considerados responsables de la derrota de Palestina. El puntapié inicial del desbarajuste lo da Egipto, donde la revolución lleva al poder a militares dirigidos por Gamal Abdel Nasser. En nombre de la unidad árabe, de la liberación de Palestina y (en menor medida) del socialismo, Nasser dibuja una nueva geografía. El mundo árabe se torna bipolar: por un lado, Egipto aliado a la Unión Soviética, y por otro, Arabia Saudita aliada a Estados Unidos.

En realidad, el régimen relativamente laico de Nasser, más o menos duplicado en otras capitales árabes, origina el segundo gran intento de alcanzar los tiempos modernos. Egipto elige llamarse “República Árabe Unida” con la esperanza de extenderse progresivamente a otros países, de romper el marco inmovilizante de los Estados-Nación y encontrar a término la forma “natural” del gran Estado independiente (“Del Golfo al Atlántico”), que permitiría a los árabes ocupar finalmente su lugar en el mundo. Mientras tanto, el “bando progresista” dirigido por Nasser trabaja, como su nombre lo indica, para el “progreso” (takaddom, palabra fetiche), o, al menos, la idea que de éste se hacían por entonces: nacionalizaciones, reforma agraria, control de las riquezas, modernización, educación, distribución de la renta, etc. Pero la democracia suele estar allí disfrazada del calificativo “burguesa”. La atracción por Occidente y su modo de vida, el deseo de ser aceptado por él, sin embargo, no cesan. Aquí también, a pesar de las proclamas antiimperialistas, el sentimiento de despecho amoroso continúa dominando.

La paradoja es que Estados Unidos, que profesa valores de libertad y de democracia, tiene como principal aliado en la región a la familia real saudita, los Saud, régimen de despotismo familiar, social y religioso, que vive de la renta petrolera y financia, por otra parte, un proselitismo islamita sin fronteras. Siendo su obsesión en aquella época la lucha contra el comunismo, Estados Unidos adopta en todas partes la costumbre de apostar estratégicamente al Islam más fundamentalista contra los “progresistas”, presentados como impíos, comunistas, ateos y enemigos de Dios.

El movimiento iniciado por Nasser fracasó indudablemente por diversas razones, pero la opinión árabe, aquí también, admite sólo una: la Naksa, la derrota militar histórica sufrida durante la Guerra de los Seis Días, en junio de 1967. Excluidos del mundo una vez más, los árabes sienten nuevamente a Israel como la fuente de todos sus fracasos y de todas sus desgracias, lo que por otra parte les evita cuestionarse a sí mismos. Derrotada, la nación árabe denuncia el “complot”, rechaza la autocrítica, acalla toda voz discordante y vuelca todas sus esperanzas en la Resistencia palestina naciente. El régimen nasserista desaparece con la muerte de su creador, en 1970, pero deja como legado en Siria (con Hafez el-Assad) y en Irak (con Saddam Hussein) regímenes de la misma naturaleza, que sobreviven convirtiéndose en implacables dictaduras militares.

En el otro bando, Arabia Saudita sigue siendo la pieza clave de los estadounidenses. Pero su victoria sobre Nasser y la cuadruplicación del precio del petróleo (en 1973) multiplican considerablemente sus medios de intervención y de proselitismo. Muy pronto, Irak y Siria (al igual que la lejana Argelia) aparecen como las fortalezas sitiadas del nacionalismo árabe en un universo comprado, islamizado y neutralizado por los dólares sauditas. En 1977, con la firma de una paz separada entre Israel y el Egipto del presidente Anwar al-Sadat, los estadounidenses pueden decir que su estrategia del “todo islámico” fue coronada por el éxito.

No por mucho tiempo. En 1979, la Revolución iraní les demuestra de inmediato que se puede ser perfectamente islamita y anti-estadounidense, una variedad que no habían conocido realmente hasta el momento. Luego de haber sufrido la humillante toma de su embajada en Teherán, acto casi fundador de la República islámica, vieron sin disgusto a Saddam Hussein desatar la guerra contra el régimen de los mollahs. Pero los iraníes resisten, contraatacan y se vuelven amenazadores. A excepción de Siria, el mundo árabe borra entonces sus diferencias y se agrupa detrás de Saddam Hussein para contener a estos islamitas persas y chiítas que amenazan con invadir los pozos de petróleo del Golfo. Estados Unidos alienta también a Saddam, haciendo que el enemigo de ayer acceda al rango de aliado.

Por otra parte, y especialmente en Afganistán, la antigua estrategia perdura: Estados Unidos apoya con todos sus medios a diferentes grupos fundamentalistas musulmanes para combatir la ocupación soviética y el régimen de Kabul al que financia. Se navega en plena esquizofrenia. Mientras que la mayoría de los regímenes árabes están aliados a los estadounidenses en la guerra contra el islamismo iraní, miles de voluntarios árabes disparan del lado de los islamitas afganos apoyados por los mismos estadounidenses.

Giro capital

En 1988, Irak gana oficialmente la guerra contra la República islámica. Pero el país queda exangüe, agotado por ocho años de conflicto, y es necesario reconstruirlo. Herido por el escaso reconocimiento que le brindan los países del Golfo y creyendo en la benevolencia estadounidense, Saddam Hussein se cobra entonces con Kuwait, antes de darse cuenta de que George Bush padre no está de ninguna manera dispuesto a dejarlo actuar. La primera guerra del Golfo destruye Irak sin derrocar su régimen, y conduce a Estados Unidos a instalar fuerzas y material militar en Arabia Saudita. Y es precisamente esta presencia “infiel” en las proximidades de Tierra Santa la que desencadena la “disidencia” de Osama Ben Laden, formado también en su origen por Estados Unidos.

El advenimiento de Ben Laden como figura de oposición representa un giro capital. Con él, ya no se trata de correr en vano para intentar alcanzar el “mundo moderno”, sino de vengarse de éste destruyéndolo, para reconstruir sobre sus ruinas la nación musulmana ideal. El hombre que sostiene este discurso apocalíptico (y que pasa a los hechos jubilosamente), no es cualquiera, sino el hijo muy rico de una eminente familia perteneciente al serrallo saudita. La duda recae inmediatamente sobre el sanctasanctórum, esta monarquía de los Saud a la cual Estados Unidos apostó todo. Espantados, los investigadores estadounidenses descubren que quince de los diecinueve terroristas del 11 de septiembre son sauditas y que, de un extremo a otro de la pirámide saudita, numerosos responsables son pro-estadounidenses con la mano derecha, y financistas del “terrorismo” con la izquierda.

En la Jihad desatada por Ben Laden, la inmensa red caritativa implementada desde hace décadas por Arabia Saudita sirve de vivero, y los antiguos combatientes de Afganistán de punta de lanza. Y, si bien el fundamento teológico es oscurantista, los métodos utilizados para hacer funcionar la nebulosa se asemejan a aquellos, sofisticados, desterritorializados, mundiales, de la administración del imperio financiero saudita. Al final, la estrategia del “todo islámico” llevada a cabo por los estadounidenses se vuelve cruelmente en su contra. Habiendo desaparecido el enemigo público número uno comunista, Estados Unidos entroniza uno nuevo, el Frankenstein islamita que creó con sus propias manos y que escapó a su control. Invirtiendo su estrategia punto por punto, proclama entonces una cruzada “antiislámica total”, y exige al mundo entero sumarse a ella.

Pertenencia y democracia

Este viraje dramático da a los árabes, una vez más, la impresión de ser tomados como blanco, y coagula su sentimiento de pertenencia, bloqueando todo pensamiento individual independiente. Sin embargo, los demócratas existen de hecho en esta región del mundo. Ignorados, a menudo reprimidos salvajemente, libran un combate particularmente difícil, casi sin apoyo exterior. Pero su mensaje no es recibido ni se hace carne. Aparecen como individuos valientes y aislados que no logran que las sociedades a las que pertenecen sigan sus huellas1.

Los pueblos árabes (y especialmente los pueblos iraquí y sirio) saben sin embargo que el régimen de Saddam Hussein es una tiranía sangrienta, sin escrúpulos, y que el régimen sirio de los Assad, tanto el del padre como el del hijo, no es mucho más simpático. Se alegrarían sin duda de verlos desaparecer, con la condición de que su desaparición no se produzca de manera apocalíptica. Pero, por el momento, el dictador sostiene el mismo discurso que ellos frente a la agresión. Cuando denuncia las falsas promesas, el doble discurso y la impunidad que Occidente ofrece a Israel, están de acuerdo. Cuando defiende la unidad árabe y la justicia de la causa palestina, también están de acuerdo. Al final, el sentimiento de ser árabe y pertenecer mal que bien a la comunidad se revela más fuerte que la aspiración democrática, percibida como un sueño inaccesible.

Los estadounidenses descubren hoy que con sus monarcas fundamentalistas, sus militares y sus islamitas bailando sobre pozos de petróleo, el mundo árabe se ha tornado imposible de administrar e inextricable. Es una marisma de la que no pueden salir sino trastornos y convulsiones. Para desenmarañar esta región, sería necesario comenzar por resolver con un mínimo de justicia y de humanidad su problema mitológico central: Palestina. Esto sin duda sería insuficiente (Israel está lejos de ser el único problema), pero suprimiría cualquier justificación a las dictaduras, al pensamiento comunitario, al repliegue sobre sí mismo, al sentimiento de exclusión y a la explicación automática que es la fuente de todos los males: “la culpa es de los demás”.

La otra “solución” es recurrir a la cirugía (la carnicería) para terminar con esto de una vez por todas. Atacando Irak, Estados Unidos no sólo hace la guerra a este país, sino al mundo árabe como tal, donde se confunden regímenes laicos e islamitas. Es una patada al hormiguero; después se verá qué sucede. Ebrio de su omnipotencia solitaria, George W. Bush imagina que sometiendo a Irak (que posee las segundas reservas petrolíferas del mundo) e instalando allí un poder “amigo”, se libera de la poco confiable Arabia Saudita (que posee las primeras). Y, una vez derrotadas las dictaduras y controlados los pozos de petróleo, un futuro radiante y democrático se abrirá milagrosamente para el conjunto de la región, incluido Irán. La única cuestión ahora es saber si el planeta (excepto Gran Bretaña e Israel) pesará lo suficiente como para hacer contrapeso al proyecto de este nuevo doctor Folamour.

  1. Gilbert Achcar, “Le monde arabe orphelin de la démocratie ”, Le Monde diplomatique, París, junio de 1997.
Autor/es Selim Nassib
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 45 - Marzo 2003
Páginas:6,7
Traducción Gustavo Recalde
Temas Islamismo
Países Arabia Saudita