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Los orígenes de la disputa franco-estadounidense

Desde el rechazo a la instalación de misiles y armas nucleares estadounidenses sobre territorio francés, al retiro francés de los comandos integrados de la OTAN, pasando por el reconocimiento de China y el discurso de Phnom Penh… La rivalidad entre Francia y Estados Unidos, simbolizada por el actual rechazo francés a un ataque a Irak, viene de larga data. En el corazón del conflicto, siempre, el orden internacional.

En 1958, al volver al poder, el general De Gaulle analiza el estado del mundo y lo que Francia debe deducir del mismo. La Unión Soviética, a su entender, ya no desea –y quizás ya no puede– extender su imperio hacia el Oeste de Europa, y debe además hacer frente a la rivalidad de China. De modo tal que –escribe– “si no se hace la guerra, tarde o temprano habrá que hacer la paz”. La paridad nuclear existente entre las dos mayores potencias les impide enfrentarse directamente con sus armas atómicas, pero a la vez el arsenal nuclear estadounidense ya no puede garantizar la protección de Europa. De eso De Gaulle deduce que Francia debe recuperar su libertad de acción, desligándose de la integración militar atlántica, establecer con la Unión Soviética y con China nuevas relaciones dirigidas a “la distensión, al entendimiento y a la cooperación” con los países del “bloque del Este”, y dotarse de sus propios medios de disuasión nuclear.

Este análisis y esa óptica conducirán a profundas divergencias con Estados Unidos, como se verificó en la entrevista del 5 de julio de 1958 entre el general De Gaulle y el secretario de Estado estadounidense John Foster Dulles. Éste hizo una descripción del mundo totalmente dominada por la amenaza que la Unión Soviética representaba, a su entender, tanto para Europa como para Cercano Oriente, África y Asia. Y preconizaba, para hacerle frente, un fortalecimiento político y militar de la Alianza Atlántica, al igual que un sistema de defensa regional por medio de misiles de alcance intermedio y de armas atómicas tácticas estadounidenses, que los países europeos debían aceptar en su territorio.

Punto por punto, el general De Gaulle sostuvo las tesis exactamente contrarias. Consideró que la política de la Unión Soviética era ante todo nacional o nacionalista, y que utilizaba el comunismo –dijo directamente a su interlocutor– “como ustedes utilizan al Congreso”. Anunció que Francia no aceptaría armas nucleares estadounidenses en su territorio a menos que pudiera disponer de ellas totalmente (lo que, naturalmente, Estados Unidos no deseaba); sugirió que la paridad nuclear neutralizaba a las dos mayores potencias entre ellas, y advirtió que Francia construiría su propio armamento nuclear. Luego, cuando se trató el tema de la crisis ocurrida en el Líbano, donde debía desembarcar poco después un cuerpo expedicionario estadounidense, pidió que se trabajara para reforzar la independencia de los Estados de la región en lugar de hacer de Medio Oriente un nuevo campo de batalla de la Guerra Fría.

El caso de los misiles

A pesar de que la política francesa estaba entonces marcada por la prosecución de la guerra de Argelia, las primeras decisiones adoptadas por el general De Gaulle mostraban qué sentido tomaba, en particular con la negativa de cualquier despliegue en Francia de misiles de mediano alcance. Sin embargo, el presidente de la República inició una correspondencia con el presidente estadounidense Dwight D. Eisenhower, acompañada de un memorándum que proponía una concertación permanente entre Estados Unidos, Inglaterra y Francia sobre todos los problemas internacionales, incluyendo los temas nucleares. Pero no se hacía ninguna ilusión sobre la respuesta estadounidense. “No van a aceptar”, le dijo al general Pierre-Marie Gallois, encargado de llevar el memorándum a Washington. Y así ocurrió.

Ni sus buenas relaciones con el Presidente estadounidense –que apreciaba su decisión de reconocer el derecho de autodeterminación de los argelinos y su firmeza durante la crisis de Berlín– ni su apoyo a la reacción del presidente John Fitzgerald Kennedy frente al despliegue de misiles soviéticos en territorio cubano (a pesar de haber decidido desde su vuelta al poder que Francia no participaría en ningún caso en el bloqueo comercial estadounidense sobre Cuba), no lo desviaron de la conclusión final y lógica de su política: el retiro de Francia de la organización militar atlántica y de sus mandos integrados, lo que ocurrió el 7 de marzo de 1966.

A partir de entonces, la política francesa se desplegó en todos los terrenos. La cooperación con los países del Tercer Mundo fue un ejemplo: en ruptura con las costumbres de las grandes compañías anglosajonas, se estableció con Argelia e Irán –y luego con Irak– un nuevo tipo de relaciones entre un país industrial avanzado y países productores relativamente subdesarrollados en todos los niveles de la producción y de la comercialización. En Laos y en Camboya se apoyó a los gobiernos que querían defender su independencia y su neutralidad respecto de Estados Unidos, país que deseaba convertirlos en sus aliados frente a Vietnam del Norte y a las primeras guerrillas sudvietnamitas.

El establecimiento de relaciones diplomáticas entre China y Francia, deseado por el general De Gaulle desde su vuelta al poder, fue por entonces el episodio más importante de esa política, en todo caso, el que provocó las reacciones más vehementes del gobierno estadounidense. Aunque su verdadera dimensión se vio a través de la guerra de Vietnam. Nunca antes se había evidenciado tanto el contraste entre la concepción de Estados Unidos, para quien se trataba de un frente esencial del conflicto Este-Oeste, y la de Francia, que condenaba esa guerra y no veía otra solución que el diálogo y un acuerdo con las “fuerzas reales”, a las que calificaba de “resistencia nacional”, fuere cual fuere el régimen que de ellas surgiera en lo inmediato.

Esa política llegaría incluso a desplegarse en América Latina, región a la que viajó De Gaulle para proclamar de manera espectacular que el rechazo de la hegemonía estadounidense no debía implicar recurrir al campo del Este, y que en ese continente, como en otras latitudes, seguía vigente el modelo de la independencia. Esa iniciativa encontró un dramático punto de aplicación en Santo Domingo, respecto del cual Francia reaccionó públicamente y con energía cuando el presidente Lyndon B. Johnson quiso restablecer una dictadura militar por medio del envío de un cuerpo expedicionario. En esa óptica, la célebre frase: “¡Viva Quebec libre!” pronunciada por De Gaulle en Canadá, también apareció como un desafío a la hegemonía anglosajona en América. Por otra parte, durante mucho tiempo el general francés había mantenido un punto de equilibrio entre sus cálidas relaciones con David Ben Gurión y sus advertencias contra todo lo que pudiera afectar los sentimientos de los pueblos árabes y a la conciliación de sus derechos con los de Israel. Pero cuando condenó el ataque israelí del 6 de junio de 19671, una vez más chocó en ese terreno con la posición estadounidense.

Por último, la dura crítica de De Gaulle al sistema monetario internacional –que daba al dólar la condición de moneda de reserva y brindaba así a Estados Unidos una poderosísima herramienta, al dispensarlo de todas las reglas habituales de gestión de su déficit– despertó en Estados Unidos un eco tan grande que una campaña de prensa, agresiva a la vez que humorística, ¡lo comparó con Goldfinger, el personaje de las aventuras de James Bond que quería robar el oro de la Reserva Federal, en Fort Knox!

Los cambios registrados en el contexto internacional influyeron necesariamente sobre el futuro de esa política. Un primer giro importante se produjo en 1981, bajo el impacto de las dramáticas tensiones de la última fase de la Guerra Fría. A este cambio contribuyó François Mitterrand: dos meses después de su elección, comenzó en Ottawa la serie de “cumbres” de los países más ricos para tratar todos los problemas políticos, económicos y estratégicos, institucionalizando el “bloque” dirigido por Estados Unidos. Un nuevo giro se produjo en 1991, luego del desmembramiento de la Unión Soviética. Lejos de ser la ocasión para cuestionar el sistema atlántico, totalmente dominado por Estados Unidos, fue el punto de partida de un aumento de la jurisdicción de la OTAN, fuera del área de cobertura del tratado que la había fundado, y poco después, de una extensión de la propia Alianza.

Francia se prestó a esa política. François Mitterrand no había logrado convencer a los demás Estados europeos de crear un sistema de defensa continental fuera de la OTAN, mientras que Jacques Chirac, para hacerlo aceptar, consintió que éste se integre en la organización militar atlántica. Pero el acuerdo logrado en Berlín en junio de 1996 estipulaba que el uso de fuerzas europeas dependería del consentimiento, del seguimiento y de las infraestructuras del comando atlántico, es decir, de Estados Unidos. La declaración franco-alemana del 9 de diciembre de 1996 proclamó solemnemente el carácter permanente e intocable de los lazos transatlánticos. Luego del regreso de Francia al Consejo de ministros de Defensa de la Alianza y a su Comité militar, el presidente Chirac propuso que su país volviera a participar de los comandos integrados, a condición de que el correspondiente al flaco “Sur” sea atribuido a un país europeo con costas en el Mediterráneo, a lo que Estados Unidos se negó.

A esto se agrega la experiencia de lo ocurrido con Yugoslavia. Los medios limitados de que disponían los europeos, pero también sus prejuicios, dejaron la acción en manos de la OTAN, organización que las Naciones Unidas erigirían poco después en su “brazo armado”. La guerra de Kosovo llevó esa evolución a su extremo: Estados Unidos decidió que en ese caso podía prescindir de la ONU y que la OTAN, con sus fuerzas integradas, incluidas las francesas, sería el único instrumento de su acción.

La lógica que se desprende de la línea seguida por los dirigentes estadounidenses al término de la Guerra Fría los llevó a extender el área de acción de la OTAN, y a abrir la alianza a países del Este de Europa que sólo ven su seguridad en la protección estadounidense. Francia aceptó tal evolución, pero luego comprendió las consecuencias a partir de los acontecimientos de Medio Oriente y de sus divergencias con Estados Unidos al respecto. A partir de allí, nada podía evitar una crisis, resultado de decisiones aceptadas durante demasiado tiempo, y posible comienzo de una nueva dirección en sus relaciones transatlánticas.

  1. Además de pronunciar la controvertida frase “un pueblo seguro de si mismo y dominador”, De Gaulle aseguraba, de manera premonitoria: Israel “organiza la ocupación de los territorios que ha tomado, la que no puede existir sin opresión, represión, expulsiones; y se manifiesta en su contra una resistencia que a su vez califica de terrorismo”.
Autor/es Paul-Marie De La Gorce
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 45 - Marzo 2003
Páginas:11,12
Traducción Carlos Alberto Zito
Países Estados Unidos, Francia